agencia de NOTICIASLITERARIAS

 

 
 

 

 

 

CUENTOS Y RELATOS

 

Microrrelatos de Navidad

 

 

Atrevidos, clásicos, desafiantes, amables, urbanos, surrealistas, dulces, con moraleja, tristes, con regalos y reyes, biográficos, tiernos, cargados de humor, religiosos, revisiones...

 

De Dickens a Paul Auster, pocos escritores se han resistido a escribir su cuento de Navidad. Y hoy, empañados de humor, sarcasmo y nostalgia, J. M. Caballero Bonald, Pombo, J. M. Merino, David Torres, Borau, Luisa Castro, Aparicio Belmonte, Reig, José Luis García Sánchez, Paloma Pedrero, Juan Luis Arsuaga, Manuel Hidalgo, Ignacio del Moral y Mauricio Sotelo escriben a los lectores de El Cultural estos microrrelatos navideños.

 

 

Solo Navideño

por Álvaro Pombo

 

No reanudaba ninguna relación. Y esto quiere decir que, en el fondo, ni siquiera llegaba a anudarlas al principio. Con los años su soledad fue convirtiéndose en su medio de vida. Era su forma de vida, pero también su medio, como una profesión. Se debía esto a que era un poco poeta. Y escribía: Tu cara guapa/ En mi conciencia impreso/ como una lapa. Y también: He perdido la vida/ No costó nada/ He perdido tus labios/ Cáscara amarga. Se relacionaba, claro está, con mucha gente. ¿Y quién no? Y con chicos. Todos eran y no eran de la acera de enfrente. ¿Por eso no podían reanudarse? ¡Pero anudarse siquiera, sí que hubiera podido si quisiera! ¡Con tantos como hay, ahora en Navidades, gastándose mil euros per capita en todas las grandes superficies de Madrid! No tenía el arte navideño de reanudar las relaciones que anudaba en Navidades en los metros, en los parques y en los excusados. ¿Y en los bares, por qué no? Porque los metros y los bares y los parques y los excusados navideños eran aún más cutres que nunca en Navidades. Y así, este poeta hacía de la soledad su medio de vida estas felices fiestas.

 

 

Solsticio de invierno

 

por José María Merino

 

En el cielo del amanecer brillaba con fuerza aquel insólito lucero que la gente común contemplaba con asombro, pero el capitán sabía que era uno de los satélites de comunicaciones que permitían a su ejército mantener la supremacía en aquella guerra interminable

–Mi capitán– transmitió el cabo. –Aquí solo hay varios civiles refugiados, unos pastores que han perdido el rebaño por el impacto de un obús y una mujer a punto de dar a luz.

El capitán, desde la torreta del carro, observaba el establo con los prismáticos.

–Registradlo todo con cuidado.

–Mi capitán –transmitió otra vez el cabo–, también hay un perturbado, vestido con una túnica blanca, que dice que va a nacer un salvador y otras cosas raras.

–A ese me lo traéis bien sujeto.

–Mi capitán –añadió el cabo, con la voz alterada–, la mujer se ha puesto de parto.

–Bienvenido al infierno– murmuró el capitán, con lástima.

A la luz del alba, aparecieron en la loma cercana las figuras de tres camellos cargados de bultos y montados por jinetes de raras vestiduras, y el capitán los observaba acercarse, indeciso.

–Abrid fuego –ordenó al fin. –No quiero sorpresas.

 

En el cielo del amanecer brillaba con fuerza aquel insólito lucero que la gente común contemplaba con asombro, pero el capitán sabía que era uno de los satélites de comunicaciones que permitían a su ejército mantener la supremacía en aquella guerra interminable

–Mi capitán– transmitió el cabo. –Aquí solo hay varios civiles refugiados, unos pastores que han perdido el rebaño por el impacto de un obús y una mujer a punto de dar a luz.

El capitán, desde la torreta del carro, observaba el establo con los prismáticos.

–Registradlo todo con cuidado.

–Mi capitán –transmitió otra vez el cabo–, también hay un perturbado, vestido con una túnica blanca, que dice que va a nacer un salvador y otras cosas raras.

–A ese me lo traéis bien sujeto.

–Mi capitán –añadió el cabo, con la voz alterada–, la mujer se ha puesto de parto.

–Bienvenido al infierno– murmuró el capitán, con lástima.

A la luz del alba, aparecieron en la loma cercana las figuras de tres camellos cargados de bultos y montados por jinetes de raras vestiduras, y el capitán los observaba acercarse, indeciso.

–Abrid fuego –ordenó al fin. –No quiero sorpresas.

 

 

El abeto

 

por J.M. Caballero Bonald

 

La mujer fue trasladando las bolsas al dormitorio. A un lado amontonó las que contenían productos perecederos y, al otro, las de los juguetes y adornos de variada aplicación. El abeto lo dejó afuera, en el pasillo. La mujer observó el resultado de su tarea y la encontró bien hecha. Luego se acostó. Las compras la habían fatigado y ya era bastante tarde. Una vez dormida advirtió que se le había incorporado al sueño un roce anómalo, como de arañazos en la pared. Pensó en el abeto un segundo antes de no pensar en nada. El abeto era de plástico, pero llevaba incorporado un práctico mecanismo de crecimiento. A juzgar por los síntomas, tenía que haberse producido algún desajuste en la maquinaria, pues las ramas del abeto taponaban el pasillo de modo selvático. La mujer ni siquiera necesitó despertarse para comprender que estaba atrapada.

 

 

Árbol de Navidad

 

por David Torres

 

Odiaba las Navidades a muerte, pero nadie -ni su esposa ni sus hijos ni sus nietos- lo tomaba en serio. La tarde de Nochebuena, aprovechando que habían salido a comprar los últimos regalos, se desnudó, desnudó el árbol, pisoteó las bolas y se aderezó cabeza, brazos y piernas con bombillas de colores. Después metió los pies en una palangana en el preciso instante en que un cortocircuito dejaba sin luz a todo el barrio. Pero él aguardó, impertérrito, canoso, mojado y gordo, arrugándose a oscuras. Tras una hora de espera, el agua ya estaba helada y se levantó, tiritando, a buscar un albornoz. Su familia lo descubrió en el pasillo, justo en el momento en que volvía la luz, en pelotas, vestido sólo de estornudos y guiños parpadeantes, la estrellita plateada en la oreja, el reno en el ombligo y el muérdago en su sitio. “Feliz Navidad” dijo.

 

 

Noches de Reyes

 

por Rafael Reig

 

Ya había cumplido once, pero se negaba a aceptar la realidad. No existen los Reyes. ¡Cómo que no! Yo he visto que se han bebido el agua y se han comido los mazapanes. El agua me la bebo yo, le decía Gerardo. Y yo los mazapanes, explicaba Carmen. La niña se resistía. Prefería seguir sin saberlo. Juraba que había oído las pisadas de los camellos. Nosotros somos los Reyes. No puede ser. ¿Y por qué no puede ser? Pues… porque… ¿entonces quién es el tercero? ¡Falta un Rey! De pronto, la niña se rindió y dijo desilusionada: Es verdad. El tercero es el tío Julio, ¿a que sí? Por eso viene cuando no está papá, ¿verdad? ¡Basta de tonterías! Los Reyes somos papá y mamá. Ahora vete a tu cuarto. Gerardo no miró a Carmen, que se había puesto muy roja. Él también prefería no saber. ¿Para qué perder la ilusión? Julio era el hermano pequeño de Gerardo, el tercer Rey Mago.

 

 

El relevo

 

por José Luis García Sánchez

 

Le despertó con un vaso de leche caliente. Le tenía el traje rojo planchado y las botas lustrosas. Le dio entre lástima y vergüenza ver a su marido, jadeante, arrastrando por el pasillo un saco de regalos inútiles y pasados de moda, hasta cargarlo, entre resoplidos, en el trineo. Le puso la bufanda que acababa de tejer y le limpió el moquillo. El hombre bostezaba. Tosía: estaba hecho un viejo cegato y culón. Cuando los renos alcanzaron su velocidad de crucero, Mamá Noel murmuró: “El pobre está acabado, voy a tener que hacerme cargo del negocio...”.

 

 

Mazapanada

 

por José Luis Borau

 

Le estuvieron tocando las narices –aquel hocico ribeteado de fondan y con orificios de chocolate– desde el momento en que le colocaron en el trinchero. La nuera mayor dijo que el socio del abuelo bien podía cambiar de regalo, todos los años igual. Muy bonita, pero luego no hay quien le hinque el diente, añadió la cuñada de doña Nati. Es una tradición, mujer dijo ésta, mientras el tío Paco recordó que antes acababan comiéndosela las criadas. ¿Y ahora? Pues andará por ahí hasta que se ponga dura y alguien se la da al perro. Pero si no le conviene el dulce, pobrecito, protestó la prima Asunción, siempre huérfana.

 

Así que cuando el nieto pequeño le arrancó uno de sus garzos ojos de cristal, la criatura acabó por estallar a su modo, como habría hecho cualquier hijo de vecino. Se desenroscó, furiosa, convertida primero en áspid sibilino y luego en boa constrictor para transformarse por fin en inmenso dragón con siete cabezas y, claro, siete bocas también, que arrinconó a media familia contra el tablero del belén donde se los zampó de una dentellada simultánea, y persiguió acto seguido a la otra mitad, pasillo adelante, encalabrinado y bufando cual multicolor serpiente ciclista, sin dejar uno vivo. Por fin, aunque tuerta, volvió a enroscarse en su cajita para deglutirlos a todos con tranquilidad.

 

Nunca se pudo averiguar, ni por parte de allegados ni de la policía ni de nadie, qué pudo ocurrir con una familia tan bien para desaparecer en una noche tan santa. ¡Con lo fácil que hubiera sido practicar la autopsia a la anguila! Pero no cayeron en la cuenta, y eso que el condenado bicho estuvo hasta pasado Reyes pediéndose sin parar.

 

 

Navidad de falso charol

 

por Paloma Pedrero

 

Me lo habían dicho, pero, desolada, no quise creerlo. Tenía que comprobarlo yo misma. Así que ese año no escribiría carta. Si los reyes eran los Reyes conocerían mágicamente mis deseos. El seis de enero me levanté y corrí temerosa hacia el salón. En un rincón se apiñaban los juguetes de mi hermano pequeño. En otro, había una muñeca para mí. Era de plástico durísimo, llevaba un vestido imitación a terciopelo negro y unos zapatos de falso charol. Su pelo era de un rojo intenso, mal iluminado. Y su cara fea no parecía ni de niña ni de mujer. Tomé el espantajo entre mis manos y miré a mi madre con rabia. Ella me sonrió. No había duda. Ese día dejé de creer.Sin embargo, la espantosa muñeca ocupó un lugar en mi habitación. Ahí sigue, ya única, en un cajón de mi casa. Y yo cada Navidad, inevitablemente, lavo su vestido.

 

 

La vida borrosa

 

por Ignacio del Moral

 

De pronto una sordina de irrealidad pareció rodearlo todo: la calle abarrotada, las multitudes excitadas... La vida se volvió borrosa y ajena: Los carteles se volvieron ilegibles; las luces se difuminaron, convirtiéndose en radiantes círculos de luz que, empastados unos con otros, formaban un continuo multicolor, sin significado. Apenas podía descifrar el rostro del desconocido con el que acababa de tropezar, ni su expresión consternada: Lo siento, lo siento de verdad... mientras me tendía algo que se había apresurado a recoger del suelo y que aún no era consciente de haber perdido: mis gafas.

 

 

La misa del perro

 

por Manuel Hidalgo

 

Sucedió el día de Año Nuevo, muy temprano. La mujer menudita y el perro menudito entraron en el templo a escuchar la Santa Misa. La mujer tomó agua bendita de la pila, se persignó y también hizo la señal de la cruz en la frente del perrillo, que iba protegido del frío por un abrigo escocés. Se sentaron en el último banco, a mi lado. Llegado el momento de darnos la paz, la mujer me extendió una mano y el perro me dio una patita. ¿Qué iba a hacer yo? “La paz sea contigo”, le dije al perro, que me miró con agradecimiento. Cuando llegó la hora de comulgar, la mujer me pidió que cuidara del chucho hasta su regreso, y allí nos quedamos, el perro y yo, lejos ambos del estado de gracia exigido. Que recuerde, yo nunca he mordido a nadie, pero el perro quizá tuviera ese pecadillo sin confesar. En fin, eso no era asunto mío, del mismo modo que mis asuntos no parecían ser de la incumbencia de aquel perro, el cual, al término del oficio, se mostró huidizo.

 

 

Eye-toy music

 

por Mauricio Sotelo

 

Desde la helada arista cimera de una pantalla plana de televisión, Eye-Yoy - Ojo de Pez - no podía dar crédito a lo que sucedía allí abajo. Sentados sobre una alfombra de cálidos tonos dorados y rojizos, Pauli y Momito cantaban formando un curioso torbellino de sonidos, que a Ojo de Pez le parecían burbujas de secretos revoloteantes disolviéndose en el aire. Eye-toy se había acostumbrado a observar a los niños, pero invariablemente dentro de la pantalla, convertidos, unas veces, en héroes como Mr. Increíble y Frozono y, otras, en geniales futbolistas. Ahora bien, allí dentro siempre estaban “mazo” cabreados, mejor dicho: vomitaban más improperios que lava el volcán Nyaragondo. ¿Qué habría sucedido? Seguro que el malvado Espíritu navideño había devuelto a los niños a aquella era primitiva en la que todos cantaban en corro y se contaban historias mágicas, o sea mucho antes de que el alegre Ojo-Visión desterrase al lánguido Oído-Escucha. ¿O sería que el padre, clavándole a los pequeños una de esas raras agujas chinas, habría activado algún oculto mecanismo de la felicidad? Eye-toy decidió rebobinar su archivo digital y pudo ver al padre insertando con amorosa precisión las finas agujas en una enorme oreja de plástico llena de números y puntitos de colores. Reconoció en éste, un misterioso acto de extremo amor y se maldijo por ser el Ojo-Frío encaramado a la montaña de cristal. Cerró su único ojo y, mirando hacia su azulado adentro, se vio a sí mismo transformado en una Oreja-Feliz llena de puntitos, suavemente acariciada por la vibración de las canciones de los niños.

Desde la cumbre de la plateada montaña resbaló por la pantalla, muy despacio, una triste gota procedente del deshielo.

 

 

Chasco por Navidad

 

por Luisa Castro

 

Si reservas con tiempo coges vuelos baratos. Si no reservas con tiempo mejor te vas en coche. Si te vas en coche revísalo antes de viajar. Si no lo haces lleva al menos cadenas en el maletero. Si no llevas cadenas mejor no salgas de casa. Si no vas a salir de casa compra con tiempo. Si no compras con tiempo cierran los supermercados. Si no tienes comida prepárate para reservar. Si no reservas con tiempo no hay sitio en los restaurantes. Si no compras con tiempo te vas a quedar sin regalos. Si te quedas sin regalos mejor no salgas de casa. Si coges un vuelo barato a ver qué haces sin regalos. Si llevas cadenas y nieva, a ver si sabes ponerlas. ¿Y luego allí qué haces? En medio de la nieve, en la cima de la montaña y con el maletero lleno de regalos. Te vas andando al bar más cercano y está cerrado. El móvil sin batería, y tú sin cargador. ¿Dónde se compran cadenas? Envías un SMS: “una grua, por favor”. Está una noche preciosa: “Feliz año nuevo”.

 

 

El pozo

 

por Juan Luis Arsuaga

 

Nadie entendía el empecinamiento del famoso arqueólogo con aquel extraño yacimiento. Era un profundo pozo en la tierra, que había sido cavado y luego tapado muchas veces desde antes de que naciera Jesucristo. ¿Qué buscarían? El día que todos descansaban se metió en el agujero para seguir trabajando. Sentía que se acercaba al final. Dio con un hierro oxidado, quizás una azada. Aparecieron los dedos que sujetaban el mango: la mano muerta de un antiguo excavador. Se olvidó de que estaba solo y gritó con todas sus fuerzas: “He llegado”. En ese momento, con un rugido sordo, el pozo asesino se lo tragó.

 

 

Nochebuena infernal

 

por Juan Aparicio Belmonte

 

La cena familiar había sido un desastre. Empachado y enardecido aún por el último alfilerazo irónico de su cuñado, Luis sintió vértigo y un angustioso hormigueo que comenzaba en su mano izquierda y terminaba en su barbilla. Iba a pedir ayuda a su mujer cuando se desplomó sobre el árbol de Navidad, derribando también a su suegra. Al abrir los ojos, creyó encontrarse ante Papá Noel. El calor era delicioso; el silencio, un alivio. “¿Y el resto del mundo?”, preguntó con el rostro beatífico. “Eres el único condenado tras el Juicio Final” le contestó Satanás con frialdad, “el resto de la humanidad ha logrado el Cielo”.

© 2000 - 2008 por ANL

  Reservados todos los derechos