agencia de NOTICIASLITERARIAS

 

 
 

 

 

 

CUENTOS Y RELATOS

 

El testamento de Fo-Yao

 

 

Por Porfirio Barba-Jacob

Poeta colombiano (1883-1942)

 

En el bosque de las leyendas del Oriente hay una que habla de Fo-Yao, sabio que floreció en la ilustre Sérica en remotísima edad, y a quien los más ilustres de sus contemporáneos veneraban como a uno de los depositarios de la perfecta sabiduría. No se ufanó jamás de poseer la ciencia infusa. Tuvo una mocedad desordenada, desperdició en temerarios empeños gran parte de su energía, amó, fue engañado y engañador, y entró luego en la madurez y al fin en la decrepitud, tras unos días de niebla, como el año entra en la estación otoñal: silenciosamente.

    Fue entonces cuando comprendió que no había reunido tesoros para la senectud y que sus hijos vivirían tras él en medio de los horrores de la pobreza. Sabíanlo bien los extraños, y murmuraban entre sí, oponiendo saludables ejemplos de humana previsión. Hubo a la postre amigos que, aguijoneados por el afán de dar consejos - una de las múltiples formas de la necedad humana -se atrevieron a llegar hasta el sabio, no sólo para reñirle suavemente, sino también para incitarlo a realizar el postrer esfuerzo, a fin de que adquiriese algunos bienes qué legar a sus pósteros.

    Fo-Yao recibió a los visitantes con alma serena: incorporado en su lecho de paja como Job en su estercolero, les dejaba hablar, en tanto que en su boca semihundida se insinuaba apenas una sonrisa de piedad y quizás un leve gesto de orgullo.

    Fo-Yao (dijo el más elocuente de los tentadores), tu vida llega a su término natural, y pronto has de caer como la endeble caña de arroz bajo los vientos de noviembre. Dejarás tu sangre, que se ha renovado en las venas de tus nietos, y un nombre ilustre en la memoria de tus conciudadanos. Algo te falta, sin embargo, para haber cumplido tu misión en el mundo como corresponde a un verdadero sabio: no te preocupaste jamás por el porvenir de los seres que provienen de tu amor. ¿No quedan ellos expuestos a que la estrechez ahogue sus nobles potencias? ¿No pueden verse mañana, cuando ya tu gloria no les sirva de escudo, acosados por implacable acreedor? Alguno de ellos heredará los principios de tu vastísima ciencia, pero no todos llegarán a ser sabios: y, ¿qué es la vida de un hombre ignorante si carece de las cosas que le hacen digno de ser amado? La heredad que maduran los soles de estío; la casa constituye el único abrigo contra las inclemencias del tiempo y el mundo; la seda resplandeciente; las muelles alfombras; los versos de los poetas; la dulce y consoladora música, todo es necesario a quien no alcanzó a comprender el íntimo secreto de la existencia. Fo-Yao, piensa bien, llena el arcón vacío que vas a transmitir a tus sucesores.

   Al oír esto, Fo-Yao entrecerró sus ojos ligeramente oblicuos; le brilló la testa con la serenidad de una montaña besada por la luna; guardó un breve silencio preñado de sublimes ideas, y dijo después, con un dejo de blanda y casi meliflua ironía, que sus oyentes no alcanzaron a penetrar:

   -No os habéis equivocado, nobles amigos míos, sino que tenéis razón; y aunque os hubiese agradecido esta solicitud hace unos sesenta años, no disputaré con vosotros, porque, en el fondo, estamos de acuerdo... Pronto caeré como las cañuelas del arrozal a impulsos del viento, y mis sucesores tendrán que alzar querella contra mi memoria porque no poseo tesoro alguno qué dejarles. Haré, sin embargo, ese último esfuerzo que me decís, y espero que, al llegar mi hora fatal, podré llamar cerca de mí al más amado de mis nietos, a quien transmitiré toda mi riqueza que me haya sido dable adquirir. Gracias os sean dadas en mi nombre y en el nombre de él por vuestra oportuna benevolencia.

   Y los amigos de Fo-Yao se retiraron murmurando: —Viejo ruin y necio, decía uno.

   —Porque ha comprendido que le abrumaríamos a razones, ha rehusado disputar con nosotros, exclamaba el más presuntuoso,

   —A caso sea un avaro -decía otro— y posea un tesoro recóndito, que no se resigne a entregar a sus póstreros, sino bajo el apremio ineluctable de la muerte....

   No maduraron dos veces las espigas del arrozal después de esta escena, cuando el sabio Fo-Yao comprendió que iba a emprender el viaje definitivo. No se inmutó por ello: como hombre que sabe el arte de morir, se dispuso a soportar el beso que nos transmite frío eterno, y de sus ojos ligeramente oblicuos, que mostraban pupilas sin brillo, no se escapó una lágrima. Su cabello lacio y poco, se erizó como al impulso de un viento del más allá; su piel amarilla fue haciéndose transparente, y a través de ella se hubiera podido adivinar ya el blanco hueso desnudo. En el aire parecía flotar un extraño aroma, como de una alcoba donde manos piadosas acaban de apagar los blandones.

    El moribundo mandó que se acercase hasta su lecho de pajas el menor de sus nietos, a quien amaba entrañablemente, y le hizo entrega de un gran tesoro por medio de las siguientes palabras:

   -Hijo mío, voy a morir. Yo corrí todos los caminos del amor y de la alegría; yo destilé en mi corazón las amargas hieles de la experiencia. Mi mano agregó una cuerda de cera a la lira; mis pies fueron hasta las aguas salutíferas de los montes de Pelling, y mi índice señaló a los hombres del viejo País de En medio las rutas que van a Occidente... Y, sin embargo, voy a morir... No hay hazaña que nos sustraiga al rigor de la ley extrema. Y ahora distingo desde mi rincón las voces que murmuran contra mí, que mañana se alzarán a estigmatizar mi memoria. Desóyelas, nieto mío, y escucha esta final admonición, que te doy a guisa de herencia resplandeciente: Nunca disputes con los estúpidos.

   Trémulas perlas de sudor de agonía brillaron en la frente del sabio. El cual, tras una ligera pausa, reanudó su entrecortado y vehemente discurso:

   —No trabes querellas de palabra con los ignorantes, que están envenenados por el odio y corroídos por la vanidad. Si atraviesan en tu camino, dales de golpe con el báculo, pero no trates de probarles por medio de razonamientos que tienes algo qué hace brillar sobre sus frentes obscuras. ¿Has visto al ruiseñor argumentando para demostrar la pureza de su melodía? ¿O a las rosa componiendo discursos filosóficos para probar que tienen aroma? ¿O a la fuente allegando testigos para que el mundo sepa cómo ella fecunda los campos que cruza? Confía en tu propia e íntima superioridad, en tu nobleza recóndita, en el fondo a donde quiere que se encamine tu acción, y deja que los estultos te desafíen vanamente a discutir con ellos. Recuerda que te están reservado altos destinos: que una musa acaricia tu cabellera; que la lira guarda el secreto crepuscular de la melodía, y que tus manos expertas pueden suscitarlo; que tienes un corazón ardiente, y que tu cráneo, lleno de pensamientos vivaces, resplandece con azulina llama en medio de la oscuridad. Nunca disputes con los estultos La estulticia es madrina de ruidos desapacibles que ahogan la voz del varón prudente, y querer sobreponerse a tales ruidos es tai inútil empeño, como pretender que un suave hilo de la flauta s sobreponga al coro de las ranas nocturnas...

    Fo-Yao dejó de hablar. Sus brazos se crisparon como sarmientos entregados al fuego; sus ojos adquirieron de súbito la inmovilidad de la muerte, y una última palabra de sabiduría se ahogó entre sus labios, que no volverían a hablar más...

    Así expiró el sabio Fo-Yao, prez de la antigua Sérica, rodeado de sus hijos y de los hijos de sus hijos, de piadosas mujeres, y de algunos amigos discretos, que vertieron largo y doloroso llanto.

     

© 2002 - 2010 por ANL

  Reservados todos los derechos