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  Mayo 30-2006

 


 

 

 

 CUENTOS Y RELATOS

 

Las musarañas

 

 

Un cuento del escritor serbio Ratomir Rale Damjanovic

Traducción de Biljana Bukvic

 bukvic@EUnet.yu

 

La llave media en la cerradura superior, dos vueltas a la derecha, en dirección opuesta; la grande, en la mediana, dos veces a la izquierda, y una vuelta más hasta que no se oiga el sonido de las rejas invisibles que en forma de cruz vinculan la puerta con la pared, la pequeña, amarilla, en la cerradura inferior y después, dos movimientos a la izquierda.  ¡Crac! a la izquierda, ¡crac! a la derecha, arriba–abajo, la cerradura superior – la llave inferior, la cerradura inferior – la llave mediana con la fundita amarilla... Cada vez  con más frecuencia alguien roba las bombillas en el entrepiso, así que, en el corredor semioscuro, ni su papelito le ayuda mucho. Más invoca en la memoria la distribución de las cerraduras que lee lo que se ve escrito. Como aquel famoso director que, ya delante de la orquesta, primero sacaba un papelito del bolsillito de su frac concentrándose en él por un momento y sólo después de doblarlo cuidadosamente y de volverlo de nuevo en su bolsillito, levantaba su batuta y daba la señal a la orquesta. El misterio se descubrió después de la muerte del maestro. “A la izquierda: los violines, a la derecha: los violonchelos”, estaba escrito en el papelito, pero ¿cómo se llamaba aquel director? ¿Y dónde había leído esa historia?

     Al resolver el enigma de las cerraduras, iba a por su amigo Janko, y después se dirigían ambos hacia la taberna danubiana cerca de la Antigua Capitanía. Si no lo lograba, cerraría tan sólo la una, aquella antigua suya, cuya llave es como cualquier otra y no grande y complicada como si fuese para abrir el universo. Lo único importante era  recordar eso. En caso contrario, al regresar, mientras intentaba abrir las no cerradas, las enmarañaba tanto que apenas entraba en su piso.

     Es verdad que pasó unas noches en un banco junto a orillas del Danubio, pero todo lo demás está bien. De vez en cuando pierde el rumbo, pero todavía se vale solo.

     Las nuevas cerraduras fueron idea de su hija, para que se asegure bien mientras está en el barco, lejos de casa, aguas arriba o aguas abajo... Y adentro no hay nada excepto los mapas fluviales, un uniforme de capitán, los libros que compraba en los puertos, un poco de dinero que guarda en un cajón abierto para no olvidar dónde lo dejó y un televisor viejo en el que se ven malas noticias y mujeres semidesnudas. Podía haber comprado en uno de los suburbios, por la misma cantidad de dinero, un piso dos veces más grande pero, así está en el río, en su cabina de capitán en el quinto piso con una gran vista al Danubio. Cerca del restaurante “Venezzia” y del club de remo “Radetzky” donde se reunen lobos del río. Al frente de la Isla de Guerra. No lejos de la desembocadura del Sava en el Danubio. Al pie de la Torre de Sibinyanin Janko y Gardos, desde donde las campanas de la iglesia vigilan las orillas. Con vista a la Fortaleza de Kalemegdan, donde el tamiz histórico es el más denso.

     “Al pie de Belgrado, la ciudad gloriosa, clara y serena” – recordaba ese verso de Orlando furioso de Ariosto – llevaban los caminos de los ejércitos imperiales.  

La hora de Janko y de él era alrededor de las 11. Un cafecito y una copita de aguardiente de uvas, sólo una, a las 12 el Informe sobre nivel de aguas del transistor grande colgado en una columna de hierro que “trabaja” todo el día, más tarde, la sopa de pescado, una cerveza pequeña, la de los jubilados, los diarios, y pláticas, pláticas...

     Qué haría el ser humano con tanta pena en sí mismo si no existieran palabras.

     El Informe sobre nivel de aguas, que de costumbre escuchaba hace años, ahora no es como antes, pero siempre algo hierve en él – como si toda la cuenca fluvial esté en sus entrañas – cuando se alborotan las aguas por el éter. Pero, antes eso sonaba diferente: Ici Belgrade – Aquí Belgrado. El gong resonaba larga y ahogadamente y la voz del locutor batía como con un mazo: “Un golpe en el gong señalará las 12 en punto; el Informe del día sobre nivel de aguas fluviales”.

     El radio en los tiempos de postguerra estaba “encendido” todo el día, así que parecía que esa emisión de mediodía, avanzaba por el éter como derribando algún dique invisible. Como si todas las aguas corrieran por la voz del locutor, o como si el Mar de Panonia, del cual apenas habían oído poco en la escuela, regresara por los lechos de muchos ríos a su lugar natal conquistando jardines, huertos, patios, casas... Disfrutaba del extraño juego de voces en el que se alternaban y entremezclaban los nombres de ciudades y ríos...

     Los ríos están bajando o subiendo, hay en todo eso un cierto orden y principio, los barcos navegan, el Danubio inunda sus orillas, pero no puede ir más allá de lo que se desbordó después de la Gran Migración de 1690, cuando en Srem la peste causaba estragos. Y los días corren, vuelan... El hombre siempre navega río abajo, a pesar de esforzarse río arriba, es decir, de oponerse a la corriente vital.

     Janko es más un tipo de tierra firme, nunca subió a un barco, pero le gusta mucho escuchar los cuentos de marineros. Con seguridad que ya está inquieto, en su piso, esperando la orden: “¡A la cubierta inferior, mi teniente!” “Radetzky” es la segunda casa de los barqueros, pescaderos, jugadores a los naipes y jubilados. A la entrada un letrero: “¡Prohibido hablar de política!” De pescados, de fútbol, naipes, mujeres, remo, de pesca con caña, de barcos está permitido hablar – de la política y de los políticos: no. Tampoco del Gobierno, con el cual mantienen un pacto de no agresión. Algo como una asociación por la paz, desde cuando las autoridades les dejaron “Radetzky”, destruyendo todos los quioscos, cafés y bares que brotaron arriba y abajo al lado del malecón. Para Zemun “Radetzky” es una República de Dubrovnik cuya autonomía reconocían dos imperios, así que el Gobierno municipal de Zemun tampoco tenía otro remedio.

      

     El vecino del piso inferior, cuya cara nunca ha visto a la luz del día, le advierte de vez en cuando que cierre todas las cerraduras y compruebe la cocina, aunque después de lo que le ocurrió con la placa, ya no usa la cocina. El café lo toma con Janko, la comida que le trae su hija –  no la calienta nunca. Si cambia el color u obtiene un mal olor, la echa a la basura, lava la vasija y le dice a ella que se comió todo. Les llama regularmente, para que su hija y su yerno no le visiten, pero él no contesta al teléfono. No está en casa, está en “Radetzky”, mira las naves, los barcos, las barcazas, evalúa tipo de cargas, la hora, su velocidad... Cuando gimen o asesan.

     Muchas veces recorrió por el Danubio aguas arriba y aguas abajo.

     El barco es su verdadera casa. Aun en los puertos, mientras otros buscaban diversión, él prefería permanecer en su cabina. Se sabía que le gustaba leer, particularmente desde cuando murió su mujer. Estaba entonces muy lejos, río abajo, cerca de la Tabla de Trayano. Necesitó tiempo para llegar al entierro, lo cual su hija no le perdonó nunca. Y parece que tampoco Dios,  puesto que desde entonces empezó a irle mal. Se le mezclaron las orillas, la brújula se echó a bailar delante de sus ojos, se le confundieron los días y los años.

     Los médicos le encontraron una enfermedad en latín: la demencia.

     En otras palabras: pensar en las musarañas. O el naufragio.

     Así empezó. Arribó a un cabo de miedo e inseguridad. Como el barco perdido del poeta. Los lobos marinos recitaban sus versos en cantinas de puertos:

     “Harta de la vida, temiendo a la muerte, como

     un barco perdido con el cual juega la marea,

     para pavorosos naufragios mi alma se prepara.”

     Duró mucho esa prematura agonía de jubilado, hasta que descubrió “Radetzky”, la nave de Zemun en tierra, a la que tenían acceso y las mujeres. Habían unas de voz ronca.

     También otras, de faldas cortas, que llevaban los tripulantes jóvenes.

Los marineros creen que la presencia de una mujer en el barco anuncia desgracia. Si no en el río, con seguridad más tarde, en tierra. En casa, fuera de casa, en cualquier lugar algo ocurriría, solían decir, y tenían razón. Siempre ocurría algo.

     Las botellas se abrían en la orilla, cerca del barco, y a veces una moza vestía el uniforme marino sobre su cuerpo desnudo. Una vez, en Veliko Gradiste, él también llevó una muchacha a la cubierta. Un encuentro casual en la biblioteca adonde iba para sacar o devolver libros entre dos navegaciones. Se sabía en el puerto que al capitán de “Dyerdap” le gusta leer, así que le dejaban las nuevas ediciones. Ella quería ver el barco, sólo echar un vistazo a su interior, y nada más, pero embriagada de vino tinto quería también algo más de lo que él quería. Después se durmió con su camiseta de marinero puesta.

     No volví a verla.

     Cuando arribó de nuevo en Gradiste, salió a la orilla, dio un paseo por las calles y los bares, visitó la biblioteca, pero ya habían pasado tres meses. Bueno – dijo – las mujeres esperan a los barcos en los puertos... Hay otros capitanes, él no es el único... Seguramente ya había frecuentado algún barco...

     Por un tiempo evitaba irse temprano a la cama, porque soñaba con su rostro y ardía por su calor. Como si estuviera en la caldera del Danubio.

     Pronto se supo de ese su amor. Los marineros pitaban al pasar junto a Veliko Gradiste.

     Un día llamó a su puerta un chiquillo de unos quince años: “Es usted el capitán Pavle?”, preguntó. “Sí, yo soy”, contestó mientras observaba al chico. Le pareció conocido.

     “¿Y su buque, se llamaba ‘Dyerdap’?”

     “Sí, así se llamaba.”

     “¿Tenía usted en su cabina el libro Martin Eden de Jack London?”

     Martin Eden era de la estirpe marinera. También él, con la tripulación de “Dyerdap” escuchó tantas veces el Informe sobre nivel de aguas fluviales.

     “Sí”, dijo, “tenía ese libro.”

     Entonces el chico le dijo: “¡Hola, papá!”

     Al día siguiente le llamaron los organizadores del encuentro, felicitándole la paternidad; en la reunión anual de los jubilados aquella era la broma principal.

     Seguramente Jankan ha salido a comprar algo y aparecerá en cada momento.

     El Informe sobre nivel de aguas fluviales es para él como un vínculo con su pasado y su buque en el exilio actual. Un retorno a la infancia cuando en su patio, repitiendo tras el locutor los datos de nivel, alternaba los ríos, los buques, las orillas y ciudades en su entusiasmo infantil por la crecida imaginaria de las aguas. En “Radetzky” le gastan pequeñas bromas pero siempre se callan y tranquilizan cuando empieza la emisión, escuchando también ellos, con una oreja, el Informe.

     Quizá debería pulsar un poco más el timbre. Ya llevaba por lo menos cinco minutos pulsando. Desde cualquier lugar adonde hubiera ido su amigo, ya debería haber llegado y vuelto. Llamará con el puño a la puerta, eso siempre se oye mejor.

     ¡Quizá se hayan cruzado! Seguramente bajó a comprar algo y lo está esperando delante del edificio. O quizá... ¡Dios no lo quiera!... se haya “acostado” para siempre...

     “¡Capitán!”, le llamó alguien desde la oscuridad, “¿capitán, está todo bien?”

     Desde arriba prorrumpió un pálido rayo de luz.

     Algún vecino de Janko, se diría, quien cuida de Janko como el suyo lo cuida de él. Le pregunta si todo está bien.

     Golpeaba demasiado fuerte a la puerta, pero no tenía otro remedio cuando Janko no responde. Y el diablo nunca duerme. Le gustan más los jubilados solitarios. De entre ellos se compran más barato las almas.

     Así le dice. Y se disculpa por el ruido.

     “He venido a por un amigo, pero no está en casa.”

     “Sí, lo veo. Pero, mi capitán, ésta no es la casa de su amigo sino la suya. Ni siquiera se dirigió a casa de su amigo, está llamando a su propia puerta.”

     “¡No me diga! Es por eso que nadie responde.”

     “Bueno...”

     “Sí, sí, entiendo, no estoy adentro, pero es muy bueno que así sea. Ya he comenzado a preocuparme por Janko. Y seguro que él está preocupado por mí, preguntándose por qué me demoro. A las 12  se emite el Informe sobre nivel de aguas.”

      

Tomado de Cronopios

      

Sobre el autor

      

     Ratomir Rale Damjanovic – prosista y periodista. Ha publicado las novelas: El asco (SKZ, 1995), La versión de Sancho (SKZ 1999, Narodna knjiga 2001), El cielo sobre el circo (la novela para jóvenes – Narodna knjiga 2004); las colecciones de cuentos: Conmemoración (Beletra, 1993), La Noche Vieja (Rad, 1997), El solo de Jonny (Rad, 2005); libros de ensayos: Unas palabras sobre la lengua – dilo en serbio para que todo el mundo te entienda (Beletra, 1991; Cigoja, 2000), El habla de la poesía (Museo del Arte Teatral de Serbia, 1997), De la recitación (Itaka, 2001), Homero, el Ciclópeo y los serbios (Prometej, 2002). Redactó (con Sanja Cosic y Novo Tomic) la antología SERBIA – el pueblo serbio, la tierra serbia, el espíritu serbio en obras de autores extranjeros (Itaka, 1996-2000). Galardonado con el premio “Milos Crnjanski” en el campo de la novelística. Su novela El cielo sobre el circo obtuvo el premio “Rade Obrenovic” que se otorga en el festival Juegos Infantiles de Zmaj a la mejor novela para jóvenes publicada en serbio (2004). Durante treinta años se presentó como rapsoda profesional en recitales solistas de poesía en el mundo entero. Grabó en los discos y CDS versos de los poetas más conocidos del mundo. En la actualidad trabaja como periodista en Radio Belgrado. Por sus logros en el periodismo obtuvo el reconocimiento más prestigioso de Belgrado – “El Premio de Octubre”. Vive en Belgrado.

     Tanto en sus novelas como en sus cuentos Damjanovic trata el mundo de los artistas, siendo la más conocida de sus novelas La versión de Sancho (publicada en varias ediciones) en la que el protagonista principal (el actor), un Don Quijote contemporáneo, chocando con la realidad y con los molinos de los nuevos tiempos quiere quitarse su armadura quijotesca, para librarse de su aspecto de caballero de la triste figura y aceptar la filosofía y la realidad de Sancho Panza.

 

 

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