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CUENTOS Y RELATOS

 

La Paquita

 

 

Por Martha G. Aguirre

 

Déjenme aquí. Bajé del auto, y caminé desde San Luis Y Rivadavia hasta la playa. El viento repetía la noticia: ”Víctima de un colapso cardíaco, dejó de existir esta madrugada, el Doctor Luis José Alsina conocido médico cirujano de la vista…”

 

¡Qué ironía…!

 

I

 

Lo que vimos por la ventana, fue una colcha de gatos garabateados en una cama, la luna de un espejo, y una peluca colgada de una puerta, que parecía haber perdido la cabeza.

 

Estábamos perdidos, por propia voluntad, esa había sido la consigna: vamos... a encontrar lugares que no existen…!El auto, yá tenía una antigua manera de perderse, a la cual respondía con absoluta espontaneidad. Dimos vueltas esdrújulas, en un espacio de tiempo cómplice, amigo del olvido.

 

Detrás de un nubarrón, se balanceaba un cartel de limosna,”La Paquita-cocktail, estaba cerrado, aparentemente como resignado a su destino. Golpeamos, hasta  aventar a la tormenta, que se venía en tronadas como una conspiración de ángeles rebeldes. Una mujer redonda, a la cual identificamos como al eslabón perdido de la peluca, abre la puerta, con un vestido negro, ceñido a un cinturón de gatos, mostrando una antigua juventud, donde un sostén trataba vanamente exhibir, dos pechugas, amontonadas en un escote como un mástil, por donde aún transitaban las nostalgias.

 

Entramos a una bóveda de escombros diluvianos, donde un trajín de arañas, habían construido un salvoconducto de secretos y amonias trasnochadas, restos de una opulencia compasiva.

 

Luis -mi amigo de alma-, se había sentado a una mesa  descubriéndole  a la silla su color original. Distraído, como le era costumbre, miraba a un fonógrafo, al que a soplida limpia, logró hacer aparecer, el perrito de Víctor.

 

“La Paquita”, había desaparecido, como un rulo en el viento. Las fotos colgadas en las paredes, tenían una languidez  estoica, solemne  transitada por una patena de tiempo indescifrable, como sus dedicatorias. Marlene Dietrich, ocupaba el centro  de un marco  oval y trágico, acompañada por un  réquiem de querubines desteñidos: Tito Scihipa, Caruso  Edith Piaf, contrastando con la vana  truculencia de Zaza Gabor, entre otras criaturas celestiales.

Las botellas de licor, estaban abrazadas a un encaje de algas, abandonadas a un mar de novias de cantina.

 

Mojada, y con la peluca atravesada, apareció la Paquita, con una extraña bolsa de impredecible contenido.

 

Con el aliento cortado, por la prisa de otro tiempo -dijo- traje cerveza, pan y mortadela, no hay mucho para elegir los domingos, concluyó.

 

Limpiando una botella con el dorso del brazo, le pasó una cerveza a Luis, como sabiendo que su sed venia de lejos.

 

Salimos al patio, a respirar lo que quedaba de aire disponible. Una plantación de álamos prolija y abrumante, se nos clavó en los ojos, como un cielo de astillas. Estábamos rodeados por un  pálido holocausto de esqueletos tiesos y disciplinados. ¿Para  qué tantos álamos Luis?:

para hacer cajones de muertos -dijo-.

 

¿De álamo?-

 

Sí,- sonrió irónico,-para los pobres…

 

La tarde  se había levantado en una lluvia densa, de ojeras calcinadas que olía a azufre, sobre una tierra  huérfana, como un sudario gigante abandonado.

 

Entramos al bar, embarrados y felices. Juan -el hijo menor- de Luis- que era la reencarnación del Apocalipsis, estaba  en un taburete, manducando un sándwich de oreja a oreja; mientras la Paquita  bebía de un vaso verde, la consagración de un domingo compartido.

 

Luis -a quien le intrigaban los acentos extranjeros-, se había enredado en un diálogo, del que, finalmente descubrió, que la Paquita había nacido en Polonia, y viajado sus galas por todos los mares, hasta llegar a Argentina, decidiendo anclar en Mar del Plata, donde yá había llamado a relevo, sus inquietudes artísticas.

 

¿Cuánto hace que abrió este lugar? - le pregunté.-

 

Tantos como usted, no necesita ocultar, y yo insisto en conservar -dijo- con un mohín de cazadora irredimida, mientras se hundía como una mesa giratoria, a buscar cerveza, de un balde con hielo derretido. Actuaba, como una marioneta, sostenida por hilos de clemencia.

Luis, se había quedado muy callado, y eso, era – para mí- que bien lo conocía, una señal de atención, indicativa de alguna extravagancia inesperada tanto como incisiva. Pero no hubo de que alarmarse, solo estaba en uno de sus viajes, que se parecían a una muerte previsible de navegante a vela sin destino.

 

La música, empezó a salir de una bocina ronca, girando de un 78 ondulado, destinado definitivamente al suicidio, Luis, volvió a la realidad, y en dos zancadas, le arrancó la aguja del corazón al pobre Caruso. Inspeccionó al aparato, como si se tratara de un paciente con múltiples diagnósticos. Sacó de su bolsillo un alicate, y le afinó la púa, con la paciencia, que solo tenía con los oficios, por eso se había especializado en púas moribundas. Después de la sencilla, pero riesgosa operación, volvió a poner el aparato en su sitio. Juan, que se las ingeniaba, para exasperar al más pintado -dijo- papá, la mesa tiene tres patas…lo que necesita es un exorcista… sabiendo que esta observación, le haría ganar la puerta de salida, dejándonos aturdidos entre la risa y la paranoia.

 

La Paquita estaba eufórica con la arreglada del fonógrafo, flotaba buscando discos a los que sacudía con una toalla que usaba para todo y en todo, la cual dejaba su indeleble mensaje de pelos de variados orígenes. Marlene Dietrich, en Melody D’amour inauguró la tarde.

 

Juan reapareció con aire de misterio, se sentó, y mirando al fonógrafo exclamó divertido: ¡Andó…!

 

Prometimos volver.

 

Mientras tanto, los recuerdos empezaban a golpearse unos a otros, como una serie de eslabones inarmónicos. Volvíamos trastornados de asombro, con la última rosa del cenit, borrándose detrás del horizonte.

 

Ahora, la ciudad encendía sus colores y sus ruidos; volvíamos a la monotonía del asfalto. Llegamos al departamento de Rivadavia y San Luis, abrimos el balcón, donde la vida de ciudad, continuaba, sin haber notado nuestra ausencia. La calle había entrado en el desenfreno del verano. Habían llegado los tres meses trágicos, Enero Febrero y Marzo, donde todo se convertía en un trajín de gentes, que involuntariamente nos invadía, sin el más mínimo pudor. Buenos Aires, empezaba a interrumpir la paz de nuestro pequeño paraíso.

Venían a robarnos el mar, a plantar hileras de cuerpos y sombrillas, en una arena sumisa y pálida, donde no quedaba una milésima de oxígeno, que no hubiera sido aplastado por una colonia mortal de celulitis.

 

Salíamos a caminar, cuando anochecía, a contemplar  el mar, después que la horda había dejado sus mensajes. El agua quedaba obscura, con bronca, sacudiéndose vanamente del ultraje de un día invadido de orines inocentes. En las playas de lujo, los ricos, también entretenían sus hidráulicas nostalgias. Será por eso que Dios creó la sal, para abolir el pecado original, desde entonces, el hombre siempre espera que alguien haga milagros.

 

 

Con Luis, nos conocimos solos, huérfanos de no hacerle falta a nadie. Estábamos heridos, buscando por donde había entrado la bala, para encontrar el orificio de salida.

 

Total que nos juntó un invento de transplante y decidimos vivir juntos; en todos éramos compatibles. El amor, fue de mi parte, el único rechazo. Seguimos juntos, porque después de todo, era más importante compartir el alma.

 

La casa, era un arca de desamparados, sobre todo mis amigos poetas, que encontraban donde compartir la palabra y la fatiga. Todos se iban con los bolsillos llenos de esperanza, y a veces, de algunas rupias porque Luis sabía, que a los sueños hay que alimentarlos de vez en cuando.

Mi vida se repartía parte ayudando a Luis en la consulta privada, y otras en el Hospital, sobre todo cuando operaba casos delicados, apreciaba mi calma.

 

Volvíamos a la casa, yo a escribir mis poemas, y Luis a mirar televisión “Bonanza” su programa favorito, porque amaba el “principio de familia”, para no admitirlo abiertamente, decía que “Joseph” uno de los personajes, le recordaba a su hijo mayor Luis María, cosas que inventa la angustia, cuando no tiene una disculpa...

 

Al atardecer salíamos a comer pizza, después a caminar por la rambla hasta Cabo Corrientes.

Al pasar, vimos gente pescando, nunca había visto pescar de noche.

 

¿Qué pescan, Luis?      

 

Fetos… -dijo con su ironía acostumbrada-

 

¡Qué animal  que sos…!

 

No, en serio piba, Cabo Corrientes es el cementerio de los fetos.

 

No -Luis- son parte de un velamen abandonado en mitad de la tormenta.

 

Para vos -que sos poeta- para mí son fetos navegando al revés de la

Vida.

 

Ese verano conocí a Félix María (Felo) el hijo segundo de Luis, venía  a pasar las vacaciones de verano con su padre, estudiaba Ingeniería, y como Luis, amaba la electrónica, con frecuencia se enredaban en una verbotecnia intraducible, la cual terminaba invariablemente en un conflicto generacional.

 

Felo parecía un cofrade de extramuros, siempre estaba nervioso, buscándose las manos en los bolsillos, tratando de encontrar un escondite compasivo. Nos hicimos amigos, porque a los dos nos sobraba la ternura, y nos hacía falta compartirla. Mi pasión por escribir, desafiaba a la ortografía, Felo con paciencia de monje franciscano me corregía. Lo que no sabe es que aún, lo necesito.  Luis María, el primogénito, venía a las perdidas, era el que más me resentía; sin embargo, un día me eligió para llorar. Eso me hizo quererlo sin que el lo supiera. Nos unió “Das Lied von der  Erde“ de Malher, con una dedicatoria que hasta hoy me hace reír decía: “tanto hinchó, que al final, lo consiguió” y yo le respondí: “aunque mucho te haya hinchado”, hinchar se escribe con “h”.Gracias a Malher se hizo más frecuente, y menos engreído.      

 

Me faltaba conocer a Mercedes, por ser mujer me hacía sentir insegura, hasta que no pude más y le pregunté a Luis: -vos creés que Merceces, ¿vá a creer que somos amigos?

No vá a tener otro remedio- contestó

 

¿Por qué, Luis?

 

Porque no tenés pinta de amante

 

-¿Y de qué tengo pinta?

 

-de poeta-

 

Un día apareció Mercedes, no nos conectamos mucho, pero no me rechazó totalmente, como yo esperaba. Se sentó al piano y comenzó a tocar el “Claro de Luna”, -aparentemente, por la cara de Luis-, algo trágico iba a pasar, y pasó inevitablemente, en la segunda parte, donde sus falanges  perdían el equilibrio entre dos dientes de ivory inclementes.

 

Así  acabó Debussy y la visita, a la pasada se le olvidó una lágrima.

 

(Los sueños me traen los reproches, de una identidad de pérdida. La palabra y los ecos ¿cuándo me vas a escribir un poema?

 

Cuando te mueras Luis, te lo prometo. Ironía por encima de un tiempo Iluminado)

 

Luis José Alsina: eterno navegante sin destino, con una licencia de tiempo suspendida, como todos los héroes y los genios, murió solo víctima de un homicidio colectivo.

 

“Poems are made by fools like my but only God can make a tree”

 

Incidentally: “La Paquita”, fue un diseño de tiempo transferido.

 

 

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