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Desde Lejos Para Acercarnos

[Entrevista de Ricardo León Peña-Villa (New York) a Ignacio Ramírez]

-Descríbete en Tercera persona, habla con ajeno pero afectuoso sentir.

Primero, en tercera persona: puede ser una serpiente disfrazada de colibrí o el Dalai Lama husmeando vitrinas vaginales en las calles de Copenhague en un invierno crudo. A veces parece que llegara de Paratebueno y otras se enquista en la montaña rusa que al tiempo que repasa cambia las rutas de los mapas convencionales. Un digresor, quizás. Tal vez un alfarero con manos alephosas. Astrolabio dormido. Jeque árabe en la punta de la lengua de la decapitadora Salomé. Una luciérnaga rampante, un buque perdido en el espacio sideral, un Francisco de Asís enamorado de Anaís Nin o de la Sulamita salomonófila, Caperucito negro o Huckleberry persiguiendo Lolitas en el atardecer. Ponga usted lo que quiera. Y aquí va en afectuoso sentir: es su mejor amigo y carga adonde puede con su jocunda pesadumbre siempre carcajeante y sabe distinguir en el aroma lejano del viento la palma de la mano de la aurora o la contralba de las seis de la tarde en el meridiano de Greenwich. Todos los días le veo desnudo como a un sapo cantor bajo la ducha. Le ayudo con el peso de su levedad a levantar los ojos hacia el éxtasis. No le conozco el llanto pero quienes le contemplaron en tiempos decadentes me contaron que de sus ojos llovió a cántaros el néctar y con sus ayes extremos inundó el universo e hizo memorables a los antípodas emparamados y a las mujeres húmedas que por doquier pedían a gritos afectuosos sentires aunque fuesen ajenos y primeras personas que se describiesen en terceras como si fuese posible el ditirambo y la coma siameses o el diosmelibre enfático con el erecto falo de un Satán famélico. Ama a Mozart más que a sí mismo. Y al Barón rampante Cósimo Piovasco de Rondó prendado de Viola Violante de Ondariva. Cuando está solo suele mirar a hurtadillas por las ventanas de la noche. Y le acomoda letras de Celina y Reutilio y al rompe bailan las estrellas. Sólo recibe visitas de mujeres con pieles de melocotonero y dicen que suele convertirse en meandro de terraplén en las noches de equinoccio vital. Dicen. Yo no sé nada de él. A duras penas su sensación de muñeca rusa o caja china cuando le retan a describirse de manera tan patasarriba y le entran súbitas ansias de arder como un cirio de Cavafis o de beber el agua que tenga sed de ser bebida como la de Gibrán que fue poeta y aunque quiso ser loco no pasó de la línea ecuatorial que quisiera ser el ombligo del mundo y sin embargo no es más que una sombra que se arrastra. Lo demás permanece innominado.

-¿Qué sientes al nombrar la palabra Cronopio o al ser reconocido como el Cronopio mayor?

Piedad del tiempo. Cronos: tiempo, Pío: piadoso. ¿Cronopio mayor? ¿Yo? ¡Si a duras penas soy un aprendiz de pinchajeta! ¡Cómo me dice usted semejante largueza! Hermano: Cronopios son el Parker y el Armstrong y el Thelonius y hasta Phileas Fog y Julio Verne y quizás Duchamp y acaso el oso que se desplaza por las tuberías de París, limpiándolas por dentro. Y fíjese que ni siquiera el propio Julio se las da de Cronopio. A duras penas niño gigantista, padre putativo de Rocamadour, portador de la piedrecita con la que se juega a la Rayuela. Desde la lúdica podríamos aceptarlo, eso sí, pues nos fue concedida durante el trayecto de esta cosmopista de autonautas. Entonces divido la pregunta y la respuesta. Usted me dice, 1º ¿Qué siente al nombrar la palabra Cronopio? Yo le respondo: Algo como ese corrientazo que nos frunce cuando nos damos un buen inesperado golpe en el codo, o como cuando por sobre el hombro nos llama una palmada (Vallejo lo sabrá), pero especialmente un estremecimiento abrupto aquí en plena mitad del hígado porque una palabra de semejante magnitud es como un rayo directo al potencial imaginario de un turulato a quien se le hacen cosquillas en los pies con una pluma de pájaro marinero (Silencio y estupor entre risotada y discreción). Y luego la segunda pregunta: ¿O al ser reconocido como el Cronopio mayor? Mire usted amigo mío –respondo circunspecto—: ser el Cronopio mayor es una inmensa responsabilidad que jamás pensé llegar a sustentar y por eso me sorprende su pregunta. Si usted me mira bien (míreme bien), descubrirá que tengo en mi mejilla izquierda una visible y memorable cicatriz que me produjo el mordisco de un cocodrilo en uno de mis aventureros viajes de adolescencia por las aguas del río Atrato en el Golfo de Urabá. Ahora, la nariz (míreme bien la nariz) por sí sola es cierto que es mayor, pero no de Cronopio sino de águila híbrida de gallinazo. Clepsidra sin agua es mi nariz. Botija de vino mi cerebro. Y yo mi propio ego, mi heterónimo, mi Fernando Pessoa y mi Machado Antonio. Este par de simples señas de identidad le darán idea de por qué nunca siento que me reconozcan como Cronopio mayor y en consecuencia no lo vayan a decir en público porque Julito puede creer que me estoy haciendo propaganda a costa suya o aprovechando una circunstancia irónica para evadirme de la realidad. Y créame, amigo poeta y periodista, que yo soy como esos árboles ya viejos que el tiempo cubre de úlceras y lamas (Julio Arboleda sabrá entender la eternidad).

-¿Quién es Cortázar en tu altar personal?

Creo que una vez dije que un gigante con ojos de color violeta, zapatos con suela de goma blanca, gabardina de cuello levantado y cachucha de inveterado caminante. Ahora, déjeme pensar qué me parece hoy a la hora de la medianoche en que elucubro mis respuestas. Mire: Cortázar es un muchacho en crecimiento que ya no cabe en su cama de tierra allá en París donde duerme al lado de su osita Carol. Aquí ya pasó de moda y eso le da un valor más grande y le concede el grado de dormilón por derecho propio. Es un buen compañero. Un tartamudo con cara de avestruz, un zángano y un mequetrefe de esos para adorar toda la vida. Granuja y holgazán vomitador de conejos y jinete invisible de los corceles blancos en la noche octaédrica. Eso es. Es delicioso encontrarlo agazapado en las armas secretas o en los reyes, cándido releerlo en sus discursos socialistas que no le cupieron en el corazón, ingenuo como un chirlomirlo cuando se mezcla con curas cardenales o se va a Calcuta a mirar de qué manera van los ríos a la mar. Lo que me gusta de él es la hermandad, esa distancia superlativa de los pies a su rostro, la cara de Caín que deseara siendo tan Abel, y la prestidigitación de las palabras como un juego de luces de navidad. Un duende. Una entelequia. Un caminante que se dejó tentar por el abismo. Un astronauta engatusado con la música de Charlie Parker. ¡Ay, perdóname muchacho! Iba olvidando la hora de la consagración: en mi altar personal hay una llama votiva.

-Describe lo que sientes en respeto ante la palabra.

¿Cómo, cómo, cómo, cómo? ¿Y cómo como? ¿Describir lo que siento en respeto ante la palabra? ¡Vaya valla! Ahí sí quedé noqueado, mi apreciado preguntador. ¿Lo que siento en respeto ante la palabra? Veamos: soy un irrespetuoso nato y no son las palabras la excepción a mi regla. Trataré de explicar, aunque es difícil. Por ejemplo: si la palabra es palabra, confieso que me erizo como una medusa terrestre sometida a insolación. En ese caso no puedo irrespetar a la palabra palabra porque muchas veces he repetido que la palabra palabra es la palabra que prefiero entre todas las palabras. Convengamos, entonces, en que en este caso sí respeto a la palabra palabra porque la palabra palabra por sí sola se hace respetar por su poder, por su significado, por su única vocal que es la a, o sea alfa y ya sabemos que alfa es el principio de todas las cosas, comenzando por las palabras. Pero si se da en el caso que la palabra no sea la palabra palabra sino por ejemplo la palabra capicúa o la palabra tránsfuga o la palabra peristáltico o la palabra amor o lluvia o alelí o espantajo o ternura o saltimbanqui o comején o científico o cualquiera otra que usted pueda imaginar o escoger en un diccionario antiguo o nuevo, confieso que no siento respeto alguno por ese tipo de palabras y por eso hago lo que hago como lo hago ahora cuando confieso que juego con las palabras y que lo mismo me da palafrén que Gargantúa, lapislázuli que Aridjis, pentecostal que acuarimántima, como decía Porfirio. Pero para no alargarme, mire: mi respeto ante la palabra es el mutismo. Y entonces música y pintura y siempre el cuerpo de la mujer como un arrobador manojo de margaritas blancas.

-¿Cuándo se inicia Cronopios?

Cuando a la clepsidra le pusieron whisky con hielo en lugar de agua. Fue ahí cuando se emborrachó la policía. Yo estaba muy pequeño y sólo lo conozco de oídas porque según cuentan los cronopios ya existían cuando Cronopios irrumpió en el infinito mundo virtual. Digamos que tiene todos los años, incluyendo por supuesto los que yo no he contado. Y digamos que mucho antes de aparecer Internet, Cronopios ya existía, pero era de papel. ¡Qué pena! Son cosas tan caducas que produce cierto rubor contarlas. Pero es cierto: Cronopios periodicó así de agudo durante muchos años. Aparecía aquí y allá y era como el solitario portador de un farol para mostrar la noche desde la propia noche. Luego, por allá en 1990, comenzó a asomarse por las rendijas de los computadores y al tiempo que literaludiaba en diarios de supuesta gran circulación, se iba abriendo campito en los laberintos cibernéticos, con tan buena espalda que de farolero se hizo bola de nieve y creció y creció y sigue creciendo y sigue derrotando fronteras y borrando límites con un señuelo grande que dice que todos somos poetas hasta cuando se demuestre lo contrario. Pero eso, que es virtualmente indemostrable, es un decir sin fondo del cual sale un rotundo colorario: súbase a la bola de nieve para que no lo deje el tren.

-El placer de dar, de ser hilo y puente de la información cultural, ¿de dónde nace? ¿Cuál es el gozo?

El placer nace del deseo y tanto el hilo como el puente no son originales, para ser exactos: son posiciones aprendidas en el kamasutra corregido y aumentado que acaba de aparecer en el futuro. El gozo, en cambio, sí tiene nacimiento y razón de tal: como lo dije ya, nace en la gana, sigue en el encabritamiento, pasa luego al deliquio y a la puesta en escena de la liturgia y finalmente va directo al clítoris y al orgasmo que, aunque sea en lenguaje figurado, son fenómenos reales como sucede con el placer y con el disfrute del amor: en este caso, la información cultural tiene claras connotaciones masturbatorias pero no por ello niega su identidad de gocetas de la revolución periódica del periodismo. Cronopios es una relación para gozar, exclusivamente. El periodismo es para pavosreales de poca monta en la cola, ninguna pluma iridiscente. Y le cuento una cosa, aquí entre nos: hilo y puente, nacimiento y gozo son susceptibles de pronunciarse con dejo de jaculatoria y por consiguiente ganarán la gloria eterna. O

-¿Quién respalda tu labor en lo económico y en lo técnico?

Tanto en lo económico como en lo técnico todo está muy bien cimentado en puro amor al arte. Eso se sabe, no nos digamos mentiras. Ahora, tampoco hay por qué quejarse. ¿No le parece que el tango Cambalache es todo un tratado de filosofía contemporánea? Aquí a lo que vinimos fue a gozar. Y en esas estamos, caballero...

-La mejor y la peor noticia que ha pasado por tu filtro.

La mejor fue la peor: ¡Se acabaron los filtros!

Y la peor fue la mejor: Se prohíbe fumar.

-¿Es periodismo o es convicción intelectual tu labor?

Ni lo uno ni lo otro. Es pura vagabundería cándida.

-¿Cuantos mensajes recibes al día, cómo se hace la clasificación y con cuantos receptores cuenta?

Al día recibo alrededor de 600 mensajes. La clasificación se hace por pura terquedad porque a la hora en que escribo ya estoy que me muero del cansancio. Para la muestra este botón: ya te habrás dado cuenta de cómo las respuestas son proporcionalmente largas o cortas de acuerdo con la energía que me queda. Y en este caso concreto, estoy que me caigo después de un día repleto de cosas por hacer, que ya se hicieron. Y, la parte final: Cronopios cuenta ya con más de 50 mil suscriptores gratuitos en los cinco continentes. Pero no quiere más porque la carga se va haciendo más y más pesada. Además, porque lo que vale la pena es tener receptores que interactúen, que estén despiertos y crean en la creación más que en la verborrea sempiterna. Cronopios es nada más ni nada menos que tú y yo y vosotros y nosotros y ellos.

-¿Cual es el placer en tu trabajo?

El placer en mi trabajo es la pereza. Amo a la pereza más que a la patria boba. Soy un perezoso sempiterno. Y se me nota. Todas las tardes voy a cine y me quedo dormido y mis amigas compañeras me dicen oye no te duermas que la película está buena y yo despierto momentáneamente y me regocijo con sus senos o con su cintura o con el roce de una de sus piernas. Es ese el más grande placer en mi trabajo. Lo demás no cuenta porque me parece fruslería de batán. Axioma: hago cuanto me place, luego insisto. Trabajo por puro amor al arte, luego plazco.

-¿Qué es cultura en tu propio diccionario?

Voy a buscar mi propio diccionario y vuelvo. Ya está: Abro comillas y dos puntos: Cultura=f. Cultivo. 2. fig. Resultado o efecto de cultivar los conocimientos humanos y de ejercitar las facultades intelectuales. Comillas hasta ahí. Permíteme un buen rato de silencio porque creo que he encontrado la razón de por qué jamás voy a mi propio diccionario. Pasa el silencio. Reflexiono: sí, en efecto, mi propio diccionario no me gusta. Fíjese de qué manera tan estúpida define la cultura. Como si así no más, en diez palabras académicas, se pudiese encerrar un cataclismo. ¡No! Discúlpame. Permíteme cerrar mi propio diccionario y abrir mi propio albur definitorio. Cultura es un tambor en manos de un negro palenquero. Cultura es una muchacha de pubis emplumado. Una barracuda sanandresana pintada por el mono Obregón. Una arepa de maíz pelado boyacense. Un billar de Saturnino, una medusa gongoriana, un Turner de Fernando Dennis, el país negro y malévolo y en messotinta de Antonio Samudio, la flauta de millo que sacó del bolsillo Crescencio Salcedo cuando se iba a morir y yo fui a acompañarlo para cantar la múcura. Cultura es un señor que moraba al sur pero disgregaba su rosa de los vientos por los cuatro puntos cardinales, son esos famosos días como agujas donde el enamorado está tan solo que a su cuarto solo suben los peldaños de la vieja escalera que traquea en el taller poético de Roca, es el abrazo que se dieron Roca y Jotamario después de cien años de soledad recíproca, es la farándula que todo lo aprovecha para atizar polémicas mediocres, es ver y oír cantando al viejo Aristarco Perea, a Petrona Martínez con su risa de arena bullerenguera y todos esos hombres y mujeres que los sábados se enfilarmonican y nos conciertan y nos desconciertan desde el León de Greiff, o el cuchuco o la butifarra o el arpa llanera o el acordeonista ciego que espera la moneda de quinientos que le doy cada año nuevo para que me cante la piragua. Cultura en mi bolsillo es todo, mi querido amigo. Quizá en mi propio diccionario la cultura no sea más que una palabra presa. Yo la libero y le doy pábulo para que vuele. Por eso también es este abrazo candoroso que yo te mando desde la isla donde moro como un albatros despeinado.

-Las más bellas palabras que te han dicho por tu labor.

Cópialas textualmente, por favor: “La dirección más amable de la red”, cosa que te agradezco hermano mío.

-Podemos publicar tu dirección para que te escriban nuevos suscriptores… Publiquen todo lo que quieran. No olviden que Cronopios es una casa de puertas abiertas desde cuyo cancel en este momento te digo adiós con un pañuelo blanco.

 

 

 

 


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