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New York, NY. EE.UU. Año 6

 

Liviano, vacío, inocuo. Ese es el Alberto Fuguet que nos engancha a muchos de quienes crecimos con  los video-clips; a muchos de quienes nos aburre la mayor parte de los escritores que escriben como si la televisión no existiera y como si la cultura-de-masas no fuera determinante en nuestro trayecto hacia la construcción de un mundo mejor. Un Alberto Fuguet para adelgazar el intelecto. Y es sólo Rock and Roll… pero nos gusta. Acaba de sacar Cortos, un recopilatorio de cuentos, y en NoticiasLiterarias lo tenemos hablando de…

 

 La era del nicho

 

Por: Alberto Fuguet
 
Extractado de la Revista de Libros de El Mercurio, viernes 25 de marzo de 2005

 

A veces me lo preguntan y, a veces, sin querer, también hago la pregunta. Sobre todo cuando no he visto o no me he escrito con un amigo y/o conocido que ha editado un libro durante los últimos, no sé, tres a seis meses. La pregunta sale espontánea, de una, sin querer, y muchas veces no es muy bien recibida por aquel o aquella que recibe la interrogante, porque, y esto es lo nuevo, ahora la respuesta es otra.

Es otra, porque ahora, casi todos, y aquí me incluyo, responden "más o menos". O "no pasó nada". O "al menos sigue en librerías, todavía no lo tiran a saldos". Antes los escritores locales decían "la crítica me cagó"; ahora comentan "ojalá me critiquen, aunque sea mal". Esto no es sólo acá, en Chile, donde hasta hace poco vivimos una suerte de paraíso literario (ruido, ventas, masa crítica, grupos, polémicas, odio, amor, interés general), sino en todas partes. Algo sucedió en estos diez o quince años y no fue la desaparición de la Nueva Narrativa Chilena (algo que, más bien, habría que celebrar), sino algo no menor. Algo de lo que, se me ocurre, pocos escritores se dieron cuenta. Lo que pasó fue simple y, a la vez, cósmico. Se llamó cambio de siglo. Si la novela fue el género artístico del siglo 19, es bastante lógico que al llegar el ansiado y ansioso siglo 21, el tema novela, primero, y el tema literario, en segundo término, sufrieran al menos algún golpe. Varios golpes. Combos, incluso.

El mayor puñetazo fue darse cuenta (o empezar a darse cuenta, porque mi impresión es que pocos han querido darse cuenta) que la literatura pasó a ocupar el nivel de la danza. Esto no es peyorativo o exagerado. Quizás un poco exagerado, sí. OK, perdón. Pero tampoco tanto. Mal que mal, esta es la "Revista de Libros". Aún no existe la Revista de Danza o Revista de Escultura, al menos en un medio masivo como éste. Las letras son las letras, siempre lo serán. Es la base de nuestro lenguaje y, por lo tanto, de nuestro pensamiento. Por suplemento se llama "Artes y Letras" y no Plástica y Música. Pero qué se quiere decir con letras. Lo cierto es que letras no necesariamente tienen que ver con literatura. Eso es lo primero, y eso duele o, al menos, impacta e incomoda. Hoy por hoy, una de las entretenciones culturales es averiguar qué exactamente significa literatura. Es el nuevo tema, y de ahí surgen aún más dudas. Demasiadas. Tantas que, por eso mismo, cuesta escribir novelas que no parezcan remedos de aquellas que gustaron tanto durante el 19 y el 20. El remake, una opción más que válida, aún no ingresa a la república de las letras.

¿Cómo definir lo bueno o lo malo cuando la estética de este nuevo siglo aún no está fraguada? La novela no ha muerto, para nada, y dudo que muera, pero de que está resucitando como novela gráfica ya es incuestionable. La no-ficción ya ha envejecido tanto que ahora se debe hablar de crónica o novela de no-ficción o lo que sea. ¿En qué momento aparecieron Sebald o Dave Eggers? ¿Fue acaso el 31 de diciembre del 99, cuando Douglas Coupland pasó de ser el peor de todos al más contemporáneo, global y lúcido de todos? ¿Es El código Da Vinci un libro o una película escrita? ¿No es sospechoso atacarlo? Además, por qué. ¿Para qué? ¿Qué importa lo que pasa con El código Da Vinci? Es como si Woody Allen o Ingmar Bergman reclamaran o, lo que es más impresentable, compitieran con Michael Bay o las producciones de Jerry Bruckheimer.

¿Un autor es local dependiendo de su lugar de nacimiento, de sus temas, de su lenguaje? ¿Se puede decir que lo que escriben Fresán o Bolaño es normal o correcto o fácil? No. Pero narrar - o tratar de narrar así- tiene su costo, y ese costo no es grave, pero es, sin duda, un costo: no ser masivo. Digan lo que me digan, no digamos que 2666 es una novela masiva (en páginas, sí, claro) y popular y accesible y grata. Es una novela, además, que divide a los sectores. ¿Qué sector? ¿El de los autores cool? ¿De los jóvenes críticos iracundos? No. De los lectores que entran a las librerías. Ese, ahora, es el sector. El único sector. El sector que compra en librerías y el sector que compra en las veredas los libros piratas. Los piratas entienden qué libros son masivos y, aunque a veces se equivocan (el notable El inútil de la familia ha funcionado y seducido, pero dudo mucho que sea, de verdad, una novela ultramasiva y pirateable en el sentido real del término, pese a haber sido pirateado), lo cierto es que no imprimen libros de nicho. Los piratas desprecian a los autores de nichos, excepto cuando ese nicho es muy grande. Detestan a esas minorías silenciosas. Quizás esas minorías están divididas, ideológica y estéticamente, pero ahora son una minoría. Ese es el mayor cambio. Ya nunca más, o casi nunca más, un libro "experimental" o "raro" o "serio" venderá como loco o será tema mediático a no ser que el libro o el autor quieran que lo sea. Los medios masivos se aburrieron de los libros porque no son tema para ellos. Esto puede ser atroz, por un lado, pero personalmente me parece un alivio. Ahora el lazo entre el autor y sus lectores es directo. No pasa ni pasará por el cedazo de la farándula o la manipulación mediática. Eso no implica que los libros desaparecerán de los medios, para nada, pero sin duda que el circo se acabó.

Antes, leía gente que no estaba interesada en los libros; ahora, lee la gente que le interesa - o necesita- leer. Lo masivo ahora es, salvando excepciones, masivo. Con todo lo que eso implica: fácil, digerible, ultrapredecible, transversal, es decir, que es capaz de llegar y agradar a gente muy, muy distinta al mismo tiempo. ¿Eso es malo? Para nada. Es sólo masivo. Lo que no volverá a pasar, creo, es que un autor, o un libro, no-masivo, de nicho, intelectual, vuelva a ser masivo. La literatura ahora será lo que que quizás siempre fue: una alternativa a la vida y, dentro de toda la gran gama de las entretenciones, una alternativa.

 

 

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