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New York, NY. EE.UU. Año 6

Crítica Literaria


 

 

El notario de la intimidad

 

El escritor colombiano Marco Tulio Aguilera Garramuño presentó durante la pasada Feria del Libro de Bogotá su nueva novela 'El amor y la muerte'.

Garramuño, radicado en México desde hace más de 20 años, siempre ha estado ligado a las mujeres. Fue siguiendo a una mujer que llegó a ese país y fue por una mujer que decidió quedarse.

Esta novela es un intento de rescatar de la muerte a un personaje que en Colombia no se conoce, pero es maravilloso: Edith Viscontini, añadió el autor. 

Edith en su trasegar por América Latina se vio inmiscuida en hechos políticos de países como Argentina, Costa Rica, Colombia y hasta en la revolución de Nicaragua'. 

El escritor explica que apoyado en datos históricos y con una buena dosis de ficción logró hacer de Viscontini una especie de 'Mata Hari'. "Estuvo muy ligada a la historia de estos países. Como parte de la novela van apareciendo personajes como Daniel Ortega, Jorge Luis Borges y Jorge Eliécer Gaitán", afirma el autor.

Con su inmodestia característica -que no le molesta aceptar- dice que esta novela está llamada a causar revuelo internacional porque revelará muchos secretos políticos. "Por ejemplo, cuando Edith descubre cuán sucia está la revolución nicaraguense decide abandonar ese país. A pesar de la investigación histórica, no es una obra de este tipo, es más bien una reflexión muy profunda sobre el sentido del amor, y filosófica en cierta manera", dice Garramuño.

 

 

Presentación

 

Gustavo Álvarez Gardeazábal

 

Palabras pronunciadas por Gustavo Álvarez Gardeazábal durante la presentación de la novela 'El amor y la muerte'¸ de Marco T. Aguilera Garramuño, publicada por Alfaguara Colombia y presentada en la pasada Feria del Libro de Bogotá.

"Marco Tulio Aguilera Garramuño fue el más aventajado de mis alumnos en el ya mítico Taller de Escritores de la Universidad del Valle hace treinta años. Entonces Marco Tulio tocaba violín y jugaba básquetbol. No sabía de otras cosas todavía. Marco Tulio quería estudiar filosofía no para aprender a pensar sino para hacer creer que pensaba más que sus maestros y que era mejor filósofo que los filósofos de los libros que leía. Entonces dizque resultó epiléptico. Nunca lo vimos tomar epamina. Sin embargo, lentamente se fue abriendo paso, con la misma lentitud con que tocaba violín y no dejaba dormir a sus vecinos en las residencias universitarias de Meléndez, en Cali. El primer libro se lo publicaron en la Argentina y allí supimos que su mamá, doña Ruth era argentina.

Después comenzó a hablar sobre un pueblo llamado San Isidro del General y casi nadie le entendía, pues la ignorancia geográfica que teníamos la mayoría de los seres humanos que llenábamos el recinto de la Universidad del Valle era grande. Hablaba de un mitológico San Isidro del General. Quienes conocíamos el mapa de Costa Rica sabíamos que tal pueblo sí existía, pero otros creían que Marco Tulio, como casi todas las cosas, se las estaba inventando. Continuó su trasegar y prefirió abonarse a la lista de los que se iban. Finalmente, quienes sabíamos quién era doña Ruth entendíamos que los genes no se pierden. Eso sí, se negaba insistentemente a decir quien era su padre.

 

Pasaron los años, Marco Tulio se refugió en una universidad norteamericana gracias a una de esas cosas que uno sabe hacer en la vida, como es mandar recomendaciones a tiempo. Por supuesto, Marco Tulio pretendió que la moralidad que él tenía frente a los actos y que ahora se le ha recrudecido, era muchísimo más importante que cumplir con los compromisos de la égida norteamericana y de los estrictos cánones de las universidades norteamericanas. No sé si fue en Kansas, en Chicago o en Kentucky, en alguna de las tres ciudades, dio el giro y de pronto terminó en la Universidad Veracruzana desde donde ha azotado a la literatura mexicana país haciéndoles creer que nadie es mejor escritor ni más prolífico que él. 

Durante todo este tiempo, casi 30 años, Marco Tulio Aguilera Garramuño no ha perdido su ingenuidad de niño bueno, no ha dejado de ser un niño grandote, ése que durante todos estos años ha insistido en decirnos a todos sus lectores y a los amigos que a veces lo oímos, que nadie sabe en la faz de la tierra hacer el amor como lo hace él, que nadie sabe cómo son las mujeres y que todas las mujeres del mundo deben leer los libros de Marco Tulio para aprender lo que es el ejercicio del amor. Marco Tulio se ha estado todo este tiempo escribiendo libros de erotismo para hacer creer que él es un burbujeante volcán que a cada instante está a punto de erupcionar, creando unas pasiones irreversibles. Son muchos años en ese mismo ajetreo y no había podido convencernos. Muchos años en los cuales ninguno de sus lectores podemos admitir que él sabe de mujeres (y si lo digo yo que no sé de ellas ni las he probado, creo que mi palabra es mucho más valiosa). Todo este tiempo él se la ha pasado diciendo que sabe de formas eróticas y de hacer el amor mucho más que cualquier sabio oriental. Como no la ha hecho con quien debe hacerlo, no puedo asegurarlo. Pero como además siempre nos ocultó quién era su padre, pero no pudo ocultar la cara de Aguileras que tenían todos sus hermanos: grandes, culones y narigones, todos sabíamos muy bien cuál era el ejercicio de sus hermanos: los unos deslumbraron por un lado, los otros por el otro, y llevaron a la hermana a estudiar la universidad para que posara de la niña tenue, que a veces hacía de boba, cuando era la más inteligente de todos. 

Dentro de todo ese esquema, Marco Tulio se negó durante 28 años a demostrar que es un gran escritor, a demostrar que sabe hacer literatura y que además, todavía, pese al neoliberalismo, cree en ella. Marco Tulio se negó, como en trinchera de la primera guerra mundial a demostrarnos que él podía contar la mejor veta que un novelista tenía: su familia. Esta novela, por supuesto, no es de amores, como él la ha querido titular. Ni más faltaba. Jamás pudo entender los amores de su madre. Y doña Ruth es doña Edith Viscontini, protagonista de la novela El amor y la muerte, para que todos lo sepan de una vez y ese personaje legendario es tan fuerte, tan antagonista como lo ha dicho Germán Castro Caycedo...Y como lo es, sin duda alguna, la sombra creciente y mayestática, del doctor Aguilera Camacho, que montado en su limosina, o atendiendo pacientes pobres o haciendo operaciones prodigiosas en el Hospital San Juan de Dios durante los días del Bogotazo, va copando el espacio edípico que Marco Tulio siempre nos negó y que le estaba haciendo falta. Tal vez por eso, porque esta novela es de él, y no de lo que Marco Tulio dijo que era; porque esta novela es de su gente, y no de las mujeres que Marco Tulio dice ha probado. 

Esta novela es de su verdadero amor, su madre, doña Edith Viscontini, el gran personaje novelesco. Es una maravillosa novela que no vacilo en recomendar cualquiera que sea el punto de observación desde donde se quiera mirarlo. Vengo aquí, no a rendirle tributo al mejor de los alumnos de mi taller; no a rendirle tributo al amigo que durante treinta años ha sido leal con este loco contradictorio Gardeazábal. No. No vengo siquiera a rendirle tributo a un novelista colombiano, perdón, colombo-mexicano de gran categoría. No. Yo vengo a rendirle tributo al escritor, distinto a los nacidos en mi pueblo, que encabezo yo, que ha sido capaz de meter a Tuluá dentro de una novela como parte vital de su familia, porque acá moja nalga uno de sus hermanos y allá paseó la sombra de su madre A ese hombre que fue capaz de abordar a mi pueblo desde otra órbita novelística vengo a rendirle tributo emocionado."
 

 

 

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