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New York, NY. EE.UU. Año 6

Crítica Literaria


 
 

Madurez a plazos

            

Por Ricardo González Vigil

 

         Desde muy joven Isaac Goldemberg (Chepén, 1945) quiso contar una historia que recién ha alcanzado su versión definitiva en El nombre del padre (Lima, Alfaguara, 2001; 406 pp.). Primero dio origen a la novela La vida a plazos de don Jacobo Lerner (la traducción al inglés precedió en 1977 a la edición en español de 1978); luego a la obra teatral Hotel AmériKKa: Fábula en dos actos (2000); y, ahora, madura totalmente, a la novela que motiva este comentario: El nombre del padre.

La vida a plazos de don Jacobo Lerner concitó elogios en Norteamérica y, por supuesto, en el Perú, debido a la variedad de recursos narrativos mostrada por Goldemberg. A nuestro juicio, El nombre del padre marca su madurez artística: profundiza en la psicología de los personajes, desarrolla episodios apenas mencionados en La vida a plazos... y, sobre todo, sin perder el tono irónico, asume con mayor complejidad la herencia cultural judía y sus nexos conflictivos con el antisemitismo. Al igual que Hotel AmériKKa, El nombre del padre evita las precisiones geográficas de La vida a plazos.... Ya no se habla de Lima, sino de la capital; y en lugar de Chepén, se inventa el pueblo de San Sebastián. Goldemberg, a la manera de Faulkner, Rulfo y García Márquez, a pesar de que recrea un contexto histórico reconocible (el Sur profundo, Jalisco, el Caribe colombiano; en su caso Lima y el norte peruano), no quiere restringir su significación a un marco regional, sino que presenta cuestiones aplicables, en mayor o menor grado, a otras latitudes donde pueda darse el antisemitismo (el mito del Judío Errante, el estigma de pueblo deicida, el estereotipo de avaricia o codicia, etc.).

            La ampliación de la acción novelesca hasta 1941 (La vida a plazos... se detenía en 1935) favorece esa significación mayor, en tanto aborda el nazismo hasta los extremos pavorosos de la Segunda Guerra Mundial. De otro lado, abarca la guerra entre el Perú y Ecuador en 1941. Esto último resulta de singular importancia, dado que Goldemberg condena todo tipo de desfiguración de los extranjeros, atiborrados de rasgos despreciables o abyectos para convertirlos en enemigos a destruir, en vez de propiciar el diálogo y la concordia mutuamente provechosa.

            Complementariamente, y eso ya era patente en La vida a plazos..., Goldemberg rechaza toda forma de marginación por motivos étnicos, religiosos y culturales. Lo sintetiza bien Dorita Nouhaud, en el estudio que acompaña a Hotel AmériKKa: En torno al antisemitismo propone la novela una reflexión sobre el concepto de tolerancia, pues si es el nazismo la imagen más cruel y repugnante, que la legítima indignación no nos haga perder de vista que todos somos capaces de encontrar a nuestro judío para humillarlo, marginarlo y torturarlo: (...) los blancos desprecian a los indios, los indios a los asiáticos, los cristianos a los judíos, y para colmo, los judíos de origen askenasí miran de reojo a los sefardíes. La intolerancia convierte la existencia en un Vía Crucis generalizado, con su secuela de destrucción y locura. El hijo de Jacobo ahora se llama Jesús (y no Efraín, como en La vida a plazos...), connotando que sólo puede entenderse a Cristo desde sus

raíces judías (las del nombre del Padre), raíces actuantes en muchos personajes aberrantemente antisemitas: el avaro abuelo Benjamín, Fray Fernando y el mismísimo Hitler.


 

 

 

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