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New York, NY. EE.UU. Año 6

 

Carlos Castaneda

Castaneda: el profeta casado

 

Por Eduardo Gonzales Viaña

 

Vendió ocho millones de copias de "Las enseñanzas de don Juan", su primera obra. Dio vueltas sobre el tema del chamanismo en otros ocho libros que le produjeron más de 50 millones de dólares. Fue traducido a 20 idiomas. Se le consideró el profeta de los norteamericanos de los años 60 y, por fin, parodiando a Jesucristo, a partir de él un grupo de intelectuales desesperanzados fundó una "Nueva Edad" (el movimiento gringo del New Age). Pero cometió un solo error en la vida: se casó, aunque después se separara, negara el matrimonio y afirmara reiteradamente que un profeta casado es un personaje ridículo.

Carlos Castañeda no protestó en absoluto cuando los editores le quitaron el rabito de la eñe a su apellido, y no aceptó cuando le pidieron una foto para la contracarátula. Sus libros no tenían más identificación que aquel nombre debajo del cual no aparecía ninguna reseña biográfica, y por eso nadie supo jamás, a ciencia cierta, de dónde era, qué edad tenía, qué había estado haciendo antes, y ni siquiera si el nombre que estaba usando era un nombre real.

En las poquísimas entrevistas que concedió, aseguró que provenía de Brasil, aunque también dijo ser un príncipe persa, un sabio portugués y un faraón egipcio reencarnado. Ahora se sabe que era cajamarquino. En cuanto a su personaje, el sentencioso chamán mexicano don Juan Mateus, Castaneda sostuvo que lo había conocido en una estación de autobuses de Los Ángeles: en estos momentos se duda de si de veras existió.
La sabiduría de don Juan, o tal vez la del propio Castaneda, provenía supuestamente de haber ingerido la raíz del peyote y, gracias a los poderes alucinógenos de aquél, de haberse puesto en contacto con los viejos maestros mayas que caminaron sobre las tierras de México en los milenios del ayer.

El asombroso brujo del libro tenía recetas para volar, para hacerse invisible, para transformarse en un animal, para caminar sobre otros mundos y para vivir eternamente, pero sobre todo para llegar a ser feliz. Es natural que fuera escuchado, en los sesentas, por una generación que veía el fracaso de Estados Unidos en Vietnam, que estaba cansada de una racionalidad impotente y que comenzaba a escudriñar los secretos de las viejas culturas precolombinas. En toda la nación, desde un café de San Francisco que frecuentaran los beatniks hasta una rebelde comuna de Filadelfia, el libro fue una suerte de manifiesto contra la razón y la cultura que no habían podido impedir el apocalipsis del superpaís en desgracia.

De Norteamérica, el sortilegio saltó a los otros países, y de un momento a otro todo el mundo estaba contagiado de brujería. Cuando conocí en París al escritor peruano José Manuel Gutiérrez Sousa, aquél llevaba el nombre de Kurfú Orifuz que se había puesto con el afán de convertirse en brujo pues, según los mayas del libro, para adquirir poderes y conocimiento es preciso borrar la identidad y la historia personal de uno.
Recuerdo que una noche, en casa de Julio Ramón Ribeyro, Kurfú nos relató que había pertenecido a una secta de las selvas de Colombia en la que era necesario devorar al Maestro para adquirir su nombre y su talento. Me parece que ése fue el instante en que Julio dejó de aceptar que Kurfú lo llamara "maestro", y creo recordar que nunca más lo invitó a su casa, ni aceptó encontrarse en un café con él a solas.

Sin embargo los poetas Elqui Burgos y Abelardo Sánchez León fueron pronto convencidos por el discípulo de Castaneda. Los tres recorrieron todas las cuadras de Champs Elysées, una tarde, dando saltos sobre el pie derecho, la cual –según me contaron, pero no practico– es una forma de recibir los efluvios de la tierra y asimilar las fuerzas mágicas de los peatones.

Lector apasionado de Don Juan y autor de una tesis sobre ese personaje, Teodoro Rivero-Ayllón viajó en esa época a la Isla de Pascua para entrevistarse allí con un Maestro desconocido. Por su parte, Juan Morillo Ganoza, por su propia designación sacerdote peruano de la creencia, impuso a nuestro amigo Arturo Corcuera la condecoración de Responsable de los Sonidos del Universo, por la cual el buen Arturo se convirtió en una especie de policía de la literatura, encargado de evitar las malas rimas y el exceso de versos asonantes.

Estoy hablando sobre los castanedistas peruanos que recuerdo, aunque debo confesar que los hubo en uno y otro lado del mundo, y que el único vínculo que los juntaba, por encima de sus disímiles creencias, era su ignorancia sobre la real nacionalidad del autor... ¿persa? ¿brasileño? ¿portugués? ¿egipcio? ¿cajamarquino?
Al respecto, el artista gráfico –ya fallecido– José Bracamonte Vera me contó una vez que había estudiado con él en la Escuela de Bellas Artes de Lima. Por su parte, Douglas F. Sharon, director del Museo del Hombre de San Diego, me dijo que habían sido condiscípulos en la universidad de Los Ángeles.

Y, por fin, cuando era profesor visitante de la universidad de Berkeley, Mario Vargas Llosa recibió a Carlos Castaneda. Me contó Mario que el recién llegado se resistió a revelarle su nacionalidad y, más bien, le hizo creer que había recorrido a pie el trecho entre Los Ángeles y San Francisco (más o menos 500 kilómetros) tan sólo para conocerlo.

Decía al comienzo de esta nota que casarse fue el único error de Carlos Castaneda, y lo ratifico. Acaba de aparecer Margaret Evelyn Runyan de Castaneda. Tiene 76 años y vive en Charleston, West Virginia. Papeles en mano, prueba que hubo matrimonio, que se celebró en 1960, y que su marido no fue un príncipe persa sino un imaginativo cajarmarquino.

En cuanto a don Juan Mateus, parece que éste no existió. Según la viuda, el apellido tiene un curioso origen. Castaneda adoraba un vino portugués de marca "Mateus", y en una ocasión en que lo bebían, proclamó a toda voz: "De aquí, del vino, provienen toda la magia y los conocimientos del universo". En total coincidencia con él, creo que esa vez sí dijo la verdad.

 

 

 

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