agencia de NOTICIAS LITERA

New York, NY. EE.UU. Año 6

 

Las píldoras de vida

 

Por Hugo Ríos

 

Desde Doncello, Caquetá, Colombia, zona de guerra, el autor nos hace llegar este diálogo fantástico en torno de la vida y de la muerte.

 

 

—    ¿Tiene algún remedio contra la muerte?

—    Sí, señor: las píldoras de vida.

—    ¿Me las deja ver?

—    Un momento. Son estas.

—    ¿Tan chiquitas?

—    Sí.

—    ¿Por qué rosadas?

—    Yo no lo sé. Sólo las vendo.

—    ¿Qué sabe de ellas?

—    Que son una fórmula secreta de un tal doctor Ross.

—    ¿Un gringo?

—    No lo sé. El apellido Ross puede ser de cualquier país del mundo.

—    Quizás no sea gringo. Es imposible que un gringo invente algo contra la muerte.

—    Nunca lo había pensado, pero usted tiene razón.

—    ¿Sabe cuánta vida se puede dar o recuperar con una estas píldoras?

—    No. No lo sé, supongo que ocho horas, porque los médicos las recetan para que sean tomadas así, cada ocho horas.

—    Difícil. Se necesitarían muchas para levantar a los heridos en Bagdad.

—    Muchas más para los heridos en Colombia o en Sarajevo o en Bosnia Herzegovina y todos esos lugares de la tierra donde la gente se muere de guerra.

—    Pues de todas maneras tendríamos que probar.

—    ¿Y cómo?

—    Busquemos algún herido a punto de morir y probemos.

—    No es fácil. Aquí los heridos casi todos ya están muertos. Y Bagdad queda lejos.

—    No tanto. Yo tengo un viejo libro de Las mil y una noches que habla todo el tiempo de Bagdad.

—    ¡Ah! Pero allí no hay muertos. Sólo fantasía.

—    ¿Qué hacemos, entonces?

—    Yo no sé. Podríamos ir a los hospitales donde traen los heridos de otras guerras. Y probar.

—    ¿Cuánto cuestan las píldoras?

—    Un sobre que trae diez, 30 mil pesos.

—    Costoso siempre. Diez sólo prolongan 80 horas la vida. Haga cuentas.

—    Costoso, como usted dice.

—    ¿Y no existe otro remedio contra la muerte?

—    No, yo conozco otro. Sería la paz, pero eso no lo venden.

—    Eso sería mucho más dispendioso. Mire cuánto lleva la historia con ese cuento...y nada.

—    Pero, bueno. En tantos años como trabajo de farmaceuta jamás se me había ocurrido que aquí tengo guardada la vida en píldoras rosadas.

—    ¿Y, qué piensa?

—    Que ahora me va a ser difícil vivir con esta zozobra. Tanta gente necesitando vida y yo aquí guardándola o esperando a venderla.

—    Ahí está lo grave: la vida debe ser gratis.

—    Vaya dígale eso a los locos de la guerra.

—    ¿Cómo hacemos?

—    ¿Cómo cuántas píldoras de vida cree usted que deberíamos arrojar sobre Bagdad para llevarle esperanza a los heridos?

—    No lo sé. Muchas más que las balas. Porque una bala mata ya, pero las píldoras hacen revivir sólo por 8 horas cada una.

—    Uno vive millones de horas. Muchas píldoras.

—    Un momento ¿No será que las píldoras reviven a los muertos? Si son de vida...

—    Yo no lo sé . La gente viene y las lleva y yo luego los veo siempre vivos, pero jamás se las he vendido a un muerto.

—    Yo creo que sí. Si son de vida así tiene que ser.

—    ¿Qué vamos a hacer, entonces?

—    ¿Sabe de qué están hechas?

—    No. Ahora los medicamentos no traen explicaciones y no se sabe qué contienen.

—    Véndame un sobre. M e tomaré una y trataré de averigüarlo.

—    Tómelo. Ni siquiera se lo vendo. Se lo regalo. La vida no se vende. Usted lo ha dicho.

—    ¿Se toman solas o con agua?

—    Sin agua. Se deslíen en la boca.

—    A ver...¡Es puro azúcar! Esto no tiene nada más que azúcar.

—    La vida sabe a azúcar ¿No?

—    Sí, creo que no será difícil fabricarlas. Toneladas de píldoras de vida.

—    Hagámoslas tres veces más grandes para que duren 24 horas.

—    ¿Y después?

—    Después a revivir los muertos y a fortalecer a los heridos con píldoras de azúcar.

—    De vida, no de azúcar. Lo que pasa es que la vida sabe a azúcar, pero no es bueno decirlo.

—    ¡Qué risa! Me imagino la cara de tristeza de George Bush cuando vea a la muerte edulcorada.

—    Saddam Hussein lo mismo.

—    Y Tirofijo y el Mono Jojoy lo mismo.

—    Y Álvaro Uribe lo mismo. Y todos los políticos lo mismo.

—    Y Aznar un asno. Y Blair una serpiente.

—    Y nosotros azucarando el mundo.

—    ¡Vivan las píldoras de vida!

 

Cronopios – Agencia de Prensa

 

 

 

 

© 2006 por NoticiasLiterarias.com

Reservados todos los derechos 

Diseño Gráfico: Grafisoft Digital