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New York, NY. EE.UU. Año 6

Crítica Literaria


 
Benhur Sánchez Suárez

 

CALI  Y PERICO

 

Por Benhur Sánchez Suárez

 

Quítate de la vía Perico

Umberto Valverde

Editorial Planeta Colombiana S. A.,  Bogotá, 2001, 256 p.

 

 

Cali, la capital de la salsa, ha sido una ciudad afortunada. Esta vocación por la música ha sido llevada a la literatura por varios escritores que, seducidos por el ambiente de rumba y la tradición festiva, recogen en la ficción, como acertado testimonio, esta parte constitutiva de la cultura de la ciudad. Autores como Andrés Caicedo (Que viva la música), Marco Tulio Aguilera Garramuño (Los placeres perdidos), Fabio Martínez (Un habitante del séptimo cielo), Mario Morales Rincón (Dos metros bajo tierra), Umberto Valverde (Bomba camará y Celia Cruz: Reina Rumba) han dejado en su obra la impronta de una vocación colectiva, que ya se puede considerar leyenda. Leyenda urbana, además.

En los autores mencionados la música popular se constituye en eje de sus obras y es a través de ella como se perfila la ciudad. Son, por decirlo de algún modo, literatura de lo urbano, no por oposición a temas rurales o provincianos sino por que nacen con naturalidad de una cultura citadina, con el sentido de lo colectivo. Esta actitud narrativa se da también, por supuesto, en el ámbito latinoamericano, donde La Guaracha del macho Camacho, de Luis Rafael Sánchez, se constituye en uno de los más significativos ejemplos.

El autor.

Valverde ha sido siempre fiel a su entorno y a los escenarios donde se formó y ha desarrollado su vida. Ha publicado Bomba Camará (1972), En busca de tu nombre (1976), Celia Cruz reina rumba (1981) y las obras ensayísticas y de investigación Reportaje crítico al cine colombiano (1978), La máquina (1992), Abran paso (1995)  y Memoria de la Sonora Matancera (1997)

 

A diferencia de los otros autores de su ciudad, para quienes el tema toca tan sólo alguna de sus obras, él tiene la música y la ciudad como centro de su trabajo literario. No es capricho. Es algo que le nace de lo más hondo de su ser, sin asomos de imposición o forzado compromiso.

Ninguna de sus obras se desvía de ese eje que la ciudad le diera desde niño: el Barrio Obrero, el ambiente festivo con la rumba y el baile, la Feria anual, el Festival de Orquestas, el fútbol con su equipo del alma, el América, pero, sobre todo, la música  popular.

Su vida literaria ha girado en torno a su gusto por la música, el cine y el periodismo. Esta fidelidad le ha dado una enorme carga de compromiso con sus recuerdos, con sus amigos, con la ciudad y es la materia prima que él desborda en sus obras con maestría.

No hay parangón para él en la literatura colombiana, así de diga que todo escritor en el fondo es monotemático, que siempre vuelve a sus orígenes. Valverde no sólo lleva en la sangre la ciudad y la música, no sólo las vive a plenitud, sino que las expresa siempre en su obra. Esto, por supuesto, le da la sapiencia que poseen los especialistas.

La crónica ficticia.

Quítate de la vía Perico, su más reciente obra, a pesar de la duda que siembra la presentación de la contratapa (¿Novela, autobiografía o memorias?) es una cascada de textos que, dada la cronología con la cual se unen sus partes, permite al lector construir una historia desde la década de los 50 hasta hoy.

El narrador cuenta su infancia, se vuelve adulto, participa de la euforia de la rumba y el dinero, los cuales, mezclados, pareciera que lo hubieran llevado al paraíso, hasta aterrizar en el desencanto que produce ver cómo se esfuma el artificio de la riqueza fácil y descubrir que la realidad es más dura que las ilusiones.

Los principios cambiaron: sólo el más astuto y el más fuerte obtiene la victoria sobre sus semejantes. ¿Acaso, no te gusta el poder?  ¿Anhelas riquezas, hermosas casas y mujeres que parecen inalcanzables? Mi padre nos decía que a través de la inteligencia se podía llegar muy lejos. ¿A dónde?  A la vuelta de la esquina, donde te atracan. La virtud no te lleva a conocer los muslos de Jennifer López. Antes de llegar a la celebridad, otras cien personas han tratado de pasar por encima de ti. Las victorias y las riquezas no llegan solas, antes hay que derramar mucha sangre. El crimen es la ley de esta sociedad. (p. 15)

El párrafo anterior resume la demostración, si es que la literatura puede intentar demostrar alguna cosa, acerca de la degradación progresiva de la sociedad colombiana. Y es el eje temático que nos lleva de la mano por las crónicas que conforman el libro.

¿Qué hemos vivido? Una pesadilla, un sueño cruzado por un río de perico o una película de Hollywood: las épocas buenas  vienen y se van. La gente nunca las aprecia en su momento. Ahora vivo con mis recuerdos, con las imágenes de tantas vivencias insólitas.

La vida no es para toda la vida.

La muerte es inevitable.

No hay tiempo que perder.

Hay que vivir cada instante.

Sentir que respiramos.

Caminamos en busca de la melodía.

Me curo con rumba.

Bailando me arrebato el corazón. (p. 256)

Los ejemplos anteriores, uno del principio y otro del final, redondean la realidad del narrador, inmerso en una época y una sociedad que se derrumba, de rumba en rumba, hasta chocar con la realidad.

 

De otro lado, la Aclaración necesaria, que el autor incluye al iniciar el libro, nos despeja muchas de las dudas que pueden surgir con la nota de presentación: Este relato es y debe ser leído como ficción. ¿Qué hay más allá o más acá de la realidad en las crónicas de Las calles ocultas, de Alirio Bustos, por ejemplo, y la ficción en Quítate de la vía Perico? ¿Dónde colocar la línea divisoria? Es obvio que, a mi juicio, debe colocarse en el arte. Porque Valverde hace verosímiles sus crónicas desde la literatura y Bustos narra realidades verídicas desde el periodismo. Esto, a manera de ejemplo, para verificar cómo la crónica periodística debe demostrar su contenido mientras que en la ficción sólo deben hacerse creíbles, aunque no sean verdaderas.

 

Recorrido por la rumba.

Cuatro capítulos, con divisiones que suman cuarenta secciones, tituladas casi como artículos periodísticos, conforman el libro. Esta apariencia no es casual. Valverde ha ejercido el periodismo desde muy joven. De él ha tomado el lenguaje directo, la capacidad de síntesis, para el desarrollo de sus trabajos literarios. Cada capítulo va precedido de paratextos tomados de las canciones que son el motor de la historia, ordenadas según la época en que se desarrolla la acción.

Además de esos clásicos populares, se desarrolla el guión de una obra que ratifica el planteamiento presentado de reconstrucción de una época, la vivida por el narrador. Y su conocimiento y gusto por el cine. Bajo el título de La dura, el guión da inicio a los cuatro capítulos que conforman la obra.

Muy importante encontrar que Valverde recupera para la ficción aquella explosión que destruyera parte de la ciudad en la década de los 50. Con el título de Cayó Rojas asistimos al testimonio de la tragedia.

Don Chucho, hermano de don Luis, era el administrador del teatro Roma. Al terminar la función, salió caminando por la 25 abajo. La explosión lo tiró al suelo y por un momento perdió el control. Alcanzó a devolverse dos cuadras, pero cuando vio correr personas sin cabeza, mujeres desnudas con un solo brazo, los rieles del ferrocarril levantados y mujeres embarazadas con el vientre abierto, comprendió que debía correr en busca de su familia. Nunca se conoció una explicación del estallido de la dinamita: exceso de calor, un cigarrillo que alguien tiró, un atentado. Fue un enigma. La zona se declaró en emergencia y de inmediato se militarizó metro a metro para que nadie pudiera ver la dimensión de lo ocurrido. Los cuerpos de los muertos y los pedazos que estaban regados fueron enterrados en una fosa común. (p. 36)

Esta tragedia sucedió en 1957, durante la dictadura de Gustavo Rojas Pinilla. La caída del dictador generó el revanchismo de los reprimidos.

Mi padre salió de la clandestinidad y se le veía sonriente[...] Se había iniciado la persecución a los antiguos pájaros para hacer un rápido ajuste de cuentas. El más famoso de todos, que llevaba como sobrenombre Caracolina, un ungüento de moda, le abrieron el estómago y le dieron de su propia medicina. Yo me subí a la ventana para izar la bandera tricolor. (p. 40)

También el sicario, que produjera como nefasta secuela el narcotráfico, queda plasmado en la novela. El aparte titulado La tarde de Tirofijo es muestra clara de un capítulo de nuestra historia que, con la mirada atenta del escritor, se fija en la conciencia del lector como una lacra social de difícil solución. Se encarcelan o mueren los grandes capos, pero los sicarios siguen ahí a disposición de cualquier postor. Ya son parte de esta sociedad facilista, que no sabemos en qué momento comenzó a formarse, que ha perjudicado a todo el país, sin distingo de niveles económicos ni sociales.

—Ya sabes que Ana María es la más bella del barrio.

—¿Desde cuándo le tiras flores a mi mujer?

—No te pongas escamoso que somos como hermanos, ¿si o no, mi parce? Nos criamos en la misma calle y aguantamos la misma hambre.

—Pero ya no aguantamos hambre y la gente nos respeta.

—Arranquemos por si las moscas.

—Voy por mis gafas y mi cachucha.

—¿No te vas a echar loción?

—La buena loción es para cuando salgo con Ani o me voy a capotear sardinas por la Sexta.

—¿Cuando vas por un muñeco te recordás de los anteriores? El más extraño fue cuando te bajaste a ese viejo político en el baño turco.

—¿Vos crees que el patrón confía totalmente en mí?

—Eres como la niña bonita de sus ojos.

—Él me enseñó todo lo que soy. Él me contó de la vida de Kennedy, el presidente de Estados Unidos por los años sesenta, y me dijo que me viera esa película porque si se puede matar a un presidente, se puede matar a cualquiera. (p. 134)

 

A medida que se avanza en la lectura, se encuentran joyas incrustadas en el armazón de la novela. Por ejemplo, es estupenda la sección del capítulo III, ¡No fue una derrota sino un golpe en el corazón!, que narra el frustrado anhelo de los caleños y del país de tener al América campeón de la Copa Libertadores. Valverde, amante y practicante en su juventud del fútbol, escribe en esta sección una de las mejores páginas que se hayan hecho sobre el deporte más querido por los colombianos. Su vinculación como periodista con el equipo caleño, del cual dirigiera una de sus publicaciones, le da los conocimientos necesarios para escribir con solvencia y fluidez sus éxitos y fracasos deportivos.

 

Tener la oportunidad de estar en Montevideo y en Santiago de Chile era vivir un sueño inolvidable con el equipo que uno aprendió a amar en las calles del Barrio Obrero. Todo quedó en la memoria: la aparición en el campo con la bandera chilena. La jugada de Willington Ortiz que desbordó y tiró el centro atrás para Gareca y Santín, que llegaban frente al arco. El jugador argentino intentó hacer una chilena imposible y nos quedamos con el grito de gol en la garganta

[...]Y yo pensé en la gente del barrio Obrero, en la tristeza de mi madre frente al televisor; me arrinconé contra una pared y volví a sentir en lo más profundo el dolor, lo único eterno para el ser humano, y lloré tratando de encontrar la explicación que no había, porque lo cierto era la derrota, la impotencia y la frustración por no obtener la victoria que soñamos desde niños. (p. 150)

 

El fútbol se esfuma en el resto del libro, como sucede con otros temas, y esta es, quizás, una de las causas por las cuales se teje la duda de si es una novela o es una suma de crónicas, periodísticas además, en las cuales su autor es un maestro. Sin embargo, al concluir la lectura, se descubre que la suma de hechos narrados como entidades autónomas, no son otra cosa que una manera propia de hacer una novela, de irla edificando con el lector.

 

Hasta la debacle final, el lector asiste a hechos definitivos de la historia nacional, como un gran fresco de la época, los años 80s, perfectamente estructurados con la suma de crónicas que encuentran su hilo conductor en el desarrollo vital del narrador.

 

Fatiga a veces las relaciones amorosas del narrador con una gran cantidad de mujeres, con las cuales se repite el mismo ritual: el baile, el licor, la droga, la cama y el desencanto. No se percibe la mujer, salvo la madre, distinta a un objeto de placer, a un instrumento que sólo sirve para divertir la vida dura de todos los días. ¿Es el signo de la época, es el resultado del consumismo?

Me tocó irme con una flaca llamada Lupe. Amanecimos con el Principito en dos suites de Nueva York, el motel de moda. Él se había quedado con Karen y Lucía. Ellas me dieron su teléfono. A la semana siguiente salí con Karen. La primera noche hicimos el amor en el baño, en la alfombra, en la cama y sobre el sofá. Era una bomba y fue todo un descubrimiento en mi vida. (p. 116)

En casi toda la obra hay referencias recurrentes bien a composiciones musicales bien al cine, música y películas de cada época en que se desarrolla la historia. Son referencias rigurosas, justas, precisas, que demuestran el gran conocimiento del autor sobre estos temas.

Del armazón y otros detalles

La obra, como ya se dijo, está escrita en un lenguaje sin estridencias, un leguaje claro y preciso que deja leer la novela sin interrupción. Aunque introduce el lenguaje propio de los sicarios y el lenguaje popular, de acuerdo a los momentos e intensidades que se narran, no hay abuso de esa terminología subterránea y cifrada. Por el contrario, el autor ha sabido imbricar con pericia los múltiples lenguajes de la vida real en uno sólo, el artístico, que fluye con sus profundidades semánticas y sus sugerencias vitales como la vida común.

La narración está elaborada en primera persona, propia del testimonio o de la confesión. Y a pesar de la crueldad de los testimonios, un fino humor se perfila en sus páginas como si su autor, a pesar de la solemnidad de los fracasos, soltara de vez en cuando una carcajada.

 

La novela es lineal. Esto lo hace evidente la cronología que permite ensamblar cada uno de los apartes y que a partir de los recuerdos de la niñez del narrador avanza por la juventud y culmina en la realidad trágica de una década violenta. Pareciera como si su autor hubiera escrito en forma independiente los hechos y luego los hubiera organizado por el tiempo de cada uno para lograr la textura de la novela. En verdad, la novela se hace en la imaginación del lector, el cual reconstruye, a través de la identificación, su propio tiempo.

Si para Balzac París fue su escenario vital y literario, para Valverde Cali significa ese mismo espacio que se lleva con amor y rabia y que sólo con la pericia de un narrador logra llegar a un feliz término. Pero más que eso, Valverde ha logrado, al igual que Balzac o Proust, el testimonio de una época que no por cruel deba ser echada al olvido. Queda gratamente consignada en un gran libro.

Ibagué, Altos de Piedrapintada, 2002.

 

 

 

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