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New York, NY. EE.UU. Año 6

Crítica Literaria


 
 

 

Haiku y la estética japonesa

por Ryukichi Terao

  

Cuando Yasunari Kawabata ganó el Premio Nobel de Literatura, por primera vez en la historia de la literatura japonesa, él habló, en su discurso de la ceremonia, de la estética tradicional de la cultura japonesa, que consistía fundamentalmente en apreciar la belleza de la naturaleza y del cambio de estaciones, y afirmó que la fuente de inspiración más importante para las creaciones artísticas en la cultura japonesa era el deseo de compartir esta belleza con los vecinos. Desde la antigüedad el pueblo japonés, que tiene cuatro estaciones bien marcadas, nunca ha dejado de apreciar la belleza de la naturaleza, especialmente la naturaleza típica de cada estación. Esto lo verifica el inmenso vocabulario del idioma japonés para expresar la variedad de la naturaleza; sólo para expresar la lluvia podemos enumerar fácilmente más de 10 palabras, y cada temporada tiene su forma de la lluvia. En este aspecto el idioma japonés tiene una expresividad superior a las lenguas occidentales, incluyendo el español. Así, la naturaleza, desde la antigüedad, hasta hoy día, ha sido el tema más importante de la poesía japonesa, especialmente de Tanka y Haiku, del que vamos a hablar en adelante.

Ya en el comienzo del siglo X, Kino Tsurayuki, uno de los poetas más  importantes de esa época, en el prólogo de La antología de las poesías antiguas y contemporáneas, que él mismo editó en 905, dice que los dos temas fundamentales de la poesía son el amor y la naturaleza. Mientras que los poetas de Tanka se inclinaron bastante hacia el tema del amor, Haiku, que aparece más de 800 años después de Tanka, siempre se mantuvo fiel al tema de la naturaleza.

El tono fundamental de la poesía japonesa es su espontaneidad ante la naturaleza. En la poesía japonesa, no existe tal cosa como la Musa. La gente, culta o inculta, encuentra lo bello de la naturaleza, e inmediatamente siente la ansia compartirla con sus vecinos en forma de poesía. Este haiku de Onitsura expresa muy bien esta espontaneidad de la poesía japonesa:

¿Quién no / tomará pluma? / Ante la luna de hoy

Frente la belleza de la naturaleza, al poeta le sale espontáneamente el ritmo que se forma por la combinación de versos de 5 y 7 sílabas; La combinación de y 7 sílabas es el arquetipo del ritmo de la poesía japonesa, arraigada profundamente en el pueblo japonés, y se observa ya desde la primera colección de la poesía japonesa, que se editó en el siglo VIII. Hasta hoy día, muchas canciones populares utilizan esta forma de versificación. Este ritmo se quedó definitivamente establecido cuando se inventó el abecedario japonés alrededor del siglo X. Antes de eso, los japoneses no teníamos nuestra propia escritura, y teníamos que acudir a los caracteres chinos. El invento del abecedario japonés, según el que una letra corresponde siempre a una sílaba, facilitó mucho la versificación de la poesía, y trajo, como resultado, el florecimiento de la poesía de Tanka, en que los versos se ordenan en 31 sílabas, divididas en 5 versos de 5-7-5-7-7 sílabas. Esta forma de poesía, desde el comienzo, no era una creación individual. Aparte de que en la mayoría de las veces los poetas se reunían en ciertos lugares para hacer las poesías, existía una curiosa forma de colaboración para hacer una sola poesía de la siguiente manera; la primera persona formula solamente los primeros tres versos de 5-7-5, y se la pasa a otra persona para que la complemente con los últimos dos versos de 7-7. Este tipo de obra colectiva para hacer una poesía se practicaba mucho en los siglos X y XI, e incluso aparecen varias anécdotas sobre esto, por ejemplo, en El libro de la almohada (994), una de las obras clásicas de la literatura japonesa. Este hecho indica que, desde la antigüedad, la poesía japonesa no fue la expresión individualista sino más bien la búsqueda de compartir el sentimiento ante la naturaleza.

Esta forma de creación se desarrolló, o mejor dicho, se popularizó para dar en el siglo XV otra forma de creación cooperativa que se llama Renga. Mientras que Tanka era artística y practicada principalmente por la gente noble de la corte, Renga era esencialmente un juego desde el comienzo y luego se convirtió en una de las pocas diversiones que tenía la gente popular de esa época, a la que le tocó vivir las sucesivas guerras. El juego se practica de la siguiente manera; la primera persona inaugura el juego con dos versos de 5 y 7 sílabas escogiendo un tema cualquiera; luego la segunda persona, siguiendo el mismo tema, colabora otros dos versos de 5 y 7, y así sucesivamente mucha gente entra en el juego siempre aportando el par de 5-7 manteniendo el mismo hilo del desarrollo. Es un juego instantáneo como el Jazz, en que todo se desarrolla por la improvisación del participante. Y como era muy sencillo y no requería ninguna erudición, hasta la gente sin ninguna preparación podía participar en el juego y se podía divertir, haciendo bromas, críticas satíricas y blasfemias. Aunque nunca llegó a ser un arte formal, como Tanka, Renga constituía una parte esencial de la cultura popular de la época de las guerras (los siglos XV y XVI).

Haiku se considera como hijo directo de Renga. Después de la formación del gobierno de Edo en 1603, se acabó la época de la guerra, y con el establecimiento de la paz social, volvieron los afanes por las actividades artísticas, especialmente entre la gente de la clase burguesa. En medio del florecimiento cultural que se dio alrededor del año 1700, conocido como la época de Genroku, Haiku fue ganando el estatus del arte. El poeta que lo estableció definitivamente como un género de arte literario era Matsuo Basho (1644-1694), el fundador de Haiku tradicional. La forma esencial de Haiku consiste en el uso de los tres primeros versos de Renga; es decir, es una poesía de sólo 17 sílabas, repartidas en los tres versos de 5-7-5 sílabas. Es todavía más corta que la Tanka, que tenía 31 sálabas, y hasta ahora se ha dicho que es la forma más corta de la poesía en el mundo.

¿Cómo es posible hacer una poesía en sólo 17 sílabas? Lo que hace posible esta forma de creación es la existencia de la sensibilidad común, que se formó durante el largo tiempo del aislamiento cultural de Japón. Desde el año 894, en que el gobierno dejó de mandar a los estudiantes al gobierno chino, durante más de 600 años, Japón no tuvo intercambios culturales importantes con ningún país extranjero salvo en ocasiones esporádicas. Por ejemplo, en el siglo XVI, llegaron algunos jesuitas, pero el gobierno de Edo rápido prohibió el cristianismo y en 1639 prácticamente echaron a todos los extranjeros del país. De tal manera que en Japón se formó una sociedad supremamente homogénea, y al mismo tiempo se fue formando una sensibilidad peculiar en el pueblo, que se caracteriza por la ambigüedad. Los términos japoneses para expresar esta sensibilidad, palabras como aware, okashi, wabi, sabi, son palabras intraducibles y no somos capaces de explicarlos ni siquiera en japonés. Son sentimientos que existen en la profundidad de nuestro espíritu y que sólo se asoman a la superficie como reacciones a ciertos estímulos. Como dijo acertadamente Octavio Paz, nuestra cultura tradicional no está fundamentada sobre la razón; más que pensar, lo esencial consiste en sentir ese algo, que no es mera sensación ni menos pensamientos.

En una cultura homogénea como la nuestra, la gente no expresa lo obvio. No hay necesidad, porque sabemos que todos vemos las mismas cosas. No hay necesidad de expresarse a sí mismo, porque lo entienden sin que diga muchas palabras. Más que hacerse entender, la gente busca compartir esos sentimientos profundos con sus vecinos: sentimientos inefables que no se pueden expresar sino que sólo se pueden insinuar mediante el uso especial y supremamente conciso de las palabras. La poesía japonesa es la forma suprema de esta forma de comunicación; insinúa apenas una que otra cosa y deja que los otros complementen el resto. Así el autor busca confirmar que en lo más profundo del mundo interior tiene en común la misma sensibilidad ante la realidad con los lectores. Como consecuencia, la literatura japonesa aparece, especialmente a los ojos de los occidentales, demasiado incompleta y fragmentaria; desde El libro de la almohada, El libro del ocio, incluso La historia de Genji, que es una novela extensa, comparable a En busca del tiempo perdido de Marcel Proust, la fragmentariedad es un rasgo particular de la literatura japonesa.

Haiku es la forma más desarrollada de esta fragmentariedad. A través de unas cuantas palabras intenta dar una vibración a la sensibilidad más profunda de los lectores. Y a la vez los lectores, aunque no saben decir

exactamente qué es lo que sienten, perciben la resonancia, originada por estas pocas palabras, en lo más profundo de su mundo interior. Muchos críticos occidentales afirman que Haiku es la obra abierta que permite la interpretación libre de los lectores, pero eso es cierto sólo parcialmente.

La verdad es que ni el lector ni el autor da la interpretación en el sentido

exacto de la palabra; ninguno sabe lo que se dice; sólo lo siente, o más bien, lo presiente. El autor nunca impone su subjetividad, como en el romanticismo europeo, sino ofrece lo que siente con modestia para compartirlo con sus compañeros. De hecho, Haiku, igual que Tanka, casi nunca se hace individualmente, hasta hoy día, se practica en companía de muchos compañeros. Dijimos que el tema fundamental de la literatura japonesa era la naturaleza. Lo que se comunica en Haiku es la sensibilidad ante la

naturaleza; cómo ver la naturaleza, cómo sentirla. En este punto la cosmovisión budista es esencial en la creación de Haiku. Destaquemos una vez más que los primeros poetas de Haiku eran todos budistas, empezando por Basho. En el mundo budista no existe diferencia entre las platas, los animales y los seres humanos. A diferencia del mundo católico, todos estamos en el mismo nivel. De ahí viene la profunda simpatía que tenemos los budistas con la naturaleza, y el gran anhelo que sentimos por la naturaleza, especialmente la naturaleza estacional.

En este aspecto interviene otro factor importante que también tiene el origen en el budismo: conciencia de lo efímero de la vida humana.

 Este mundo del rocío / es el mundo del rocío / pero aun...

 Este poema de Issa, aparentemente incompleto, muestra muy bien el

reconocimiento de lo efímero del mundo y, al mismo tiempo, el sentimiento de inconformidad con esta inestabilidad. Esta conciencia lleva inevitablemente a los poetas a enfrentarse con el ciclo de las estaciones y su correspondiente cambio de la naturaleza. No es gratuito que Haiku siempre tenga una palabra que indique una estación específica. Es un canto hacia la naturaleza estacional. Mientras que la vida de un individuo es efímera y dura apenas 50, 60 años, la naturaleza, aunque desaparezca completamente el ser humano, perdura siempre y las estaciones nunca dejan de volver.

Haiku manifiesta el anhelo de unirse con esta naturaleza cíclica y apropiarse de una pequeña parte de ella. Los poetas de haiku se vacían a sí mismo, no en el sentido del nihilismo europeo sino en el sentido budista de Zen, para fundirse en la naturaleza, y de ese estado espiritual corta un pequeño pedazo de la naturaleza. Por lo tanto, las poesías de Haiku, a la primera vista, parecen supremamente objetivas. Pero a la vez, en la misma selección para hacer el corte se refleja lo más profundo de la sensibilidad, el punto de vista personal, del poeta. Ser objetivo y subjetivo al mismo tiempo, la contradicción, que buscaron realizar los surrealistas europeos, deja de ser contradicción en Haiku.

Aquí se podrá señalar la semejanza que existe entre el Haiku y la fotografía. Los japoneses tenemos la fama de andar cargando siempre una cámara, pero esto también tiene su fundamento cultural. Refleja este anhelo de apropiarse de una escena que escoge uno y de compartir después su selección con sus amigos. El Haiku y la fotografía apuntan a la misma dirección: compartir la sensibilidad ante la naturaleza y eternizar la escena recortada por la selección del autor. Pero el Haiku, en algunos aspectos, es superior a la fotografía. Citemos un Haiku clásico, de Yosa Buson, que es sucesor de Basho, como ejemplo:

 La flor de colza / y la luna al este / el sol al oeste

Este corte no se puede hacer en la fotografía. La luna y el sol, que están en los dos polos opuestos, no pueden juntarse en una misma fotografía. Pero en Haiku sí; la flor de colza, la luna y el sol se unen en un mismo plano después de pasar por la sensibilidad del poeta, y esta unión se concreta en forma de este haiku maravilloso. Lo que insistió repetidas veces Basho era justamente eso: hacer su propio corte de la naturaleza en que se unen los varios objetos naturales en un plano para sugerir la relación secreta que

subsiste entre ellos, y es en esa unión donde se exterioriza su sensibilidad, que será comunicada a los lectores a través de Haiku. Esta es la esencia de Haiku de Basho, que hasta hoy día sigue siendo la forma principal de Haiku japonés.

Citemos algunos ejemplos de las obras de Basho:

 El silencio / el canto de la cigarra / penetra la roca

 Aquí se observa claramente la poética de Basho.

La siguiente poesía es realmente bella:

 Se va la primavera / pájaro  llora, los ojos / de pez lagrimean

 

La nostalgia hacia la primavera que se proyecta en los dos animales.

El siguiente ejemplo es interesante:

Enfermo en el viaje    / mi sueño recorre / llanos desnudos

Hasta delirando de la fiebre, Basho busca la unión con el paisaje del

invierno.

El siguiente ejemplo es de Moritake:

Flores que vuelven / volando a la rama / eran mariposas.

Ahora para terminar, citemos un haiku de Masaoka Shiki, el poeta de la época de Meiji, que resume lo hasta ahora venimos hablando.

¿Cuántas veces / he preguntado por / la altura de la nevada?

Es un poema realmente bello. Masaoka sufrió mucho tiempo de la tuberculosis, por la que murió finalmente, y en el momento de escribir esta poesía también estaba enfermo en la cama. Como él mismo no se puede asomar a la ventana, pregunta a sus vecinos cuánto ha nevada afuera. Ni siquiera en el momento en que estuvo padeciendo de la terrible tos, se le olvida el transcurso del invierno. Aunque no puede apreciar la naturaleza por sus ojos, se la imagina e intenta compartir la belleza natural con sus vecinos.

Desde la Restitución de Meiji, que tuvo lugar en 1868, la sociedad japonesa ha cambiado mucho. Nos hemos asimilado voluntariamente la cultura occidental para la modernización del país, que siempre equivalía a occidentalización, y la sensibilidad de los artistas también ha venido cambiando. Mientras que los novelistas japoneses de la época moderna, para bien o para mal, se han quedado bastante afectos a la cultura occidental, los poetas de Haiku han sido siempre fieles a su tradición. Haiku, en este sentido, es un género muy conservador, que ha servido para proteger la sensibilidad japonesa de la influencia de la cultura occidental. Y ahora que estamos perdiendo hasta esta sensibilidad japonesa tradicional, quiero destacar una vez más que es importante saber apreciar su valor.

En el mundo occidental existe una tendencia que se llama ecologismo; en la cultura oriental nunca existió este concepto. De hecho en japonés no existe ninguna palabra equivalente. No existe, porque es demasiado obvio que nosotros, los seres humanos también formamos parte de la naturaleza y que vivimos en la naturaleza. La estética de la cultura japonesa, que consiste en ese anhelo de unirse a la naturaleza y ese deseo de compartir el gozo de la belleza natural con sus vecinos, manifestado magistralmente en las poesías de Haiku, puede aportar una clave para abrir un camino hacia el futuro de los seres humanos.

 

 

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