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New York, NY. EE.UU. Año 6

Crítica Literaria


 
 

 

¿Victoria o derrota en España?

Por: Cristóbal Valdelamar Moreno

 

Victoria en España

Benhur Sánchez Suárez

Migema Ediciones, Bogotá, 2001, 155 p.

Titular esta reseña ¿Victoria o derrota en España? Constituye, evidentemente, un juego que aprovecha la polisemia del nombre de la protagonista para confrontarlo a su antónimo (derrota). Juego estimulado por las ambivalencias de los estados emocionales de Victoria quien, de manera constante, enuncia un sentimiento de derrota, no obstante los logros conseguidos.

El primer capítulo (p. 7 a 14) precisa la actualidad de la novela: esta transcurre en un hoy, en un momento presente de una tarde.

Es a partir del capítulo 17 cuando se inicia el esclarecimiento de los orígenes de la relación entre Victoria y Andrés: formalizamos relaciones por correspondencia (p. 110)

Esta Victoria actual presenta una verdadera metamorfosis respecto a la Victoria de Bogotá. Asumo con paciencia mi labor de cocinera (p.111)

La Victoria del pasado no es una protagonista derrotada ni completamente exitosa, ni cien por ciento egoísta, ni incapaz ni superdotada. Profundizando en el sentido de su posible tabla de valores, se ve que ella asume, en más de una ocasión, actitudes ambivalentes. Son fluctuantes las influencias que la han rodeado a través de su periplo por la vida: lo familiar, el ambiente escolar, la cultura local, el medio universitario, el mosaico bogotano de caos y valores, cierta ligera sensación de autosuficiencia y afirmación personal.

En ella no tiene cabida el ser o no ser hamletiano sino el ser y no ser de la modernidad, puesto que desarrolla una movilidad característica de los entornos sociales contemporáneos. Camina por el filo de las fronteras; si cae, está presta a levantarse. Se siente derrotada en más de una vez, pero llega a parecer que tal sentimiento lo experimenta exteriormente, en cuando al medio social porque, por lo demás, nunca llegan a doblegarla síntomas de vencimiento o indigencia en su desempeño profesional. Muestra inmediata capacidad de reacción, saca fortaleza de donde no se sabe, olvida momentos y fases vividas que la impactan a fondo, para comenzar nuevos procesos, nuevas experiencias.

Victoria informa en el primer capítulo, además, que tiene cuarenta y dos años, que hace cinco vive en España pero aún no se acostumbra al cambio de estaciones (p. 7)

En la página 117 (capítulo 17) identifica al español Andrés Jaén: ingeniero mecánico, de cuarenta y cinco años, separado, dos hijos, y con un cargo que le proporciona suficientes recursos económicos. Ahora, cinco años después, cumplirá los cincuenta.

Al completar la evocación de su pasado, la reconstrucción de su vida, en el capítulo 22, expresa: Hoy, que re recorrido mi pasado, siento lástima de mí misma (p. 148)

La novela comporta el desenvolvimiento de dos líneas temporales: la del pasado y la del presente. La primera nos devuelve al tiempo lejano o remoto, el de Laboyos, en una palabra, el de Colombia. La segunda la constituye el tiempo actual, el de Madrid, España. En medio de los datos que este presente permite conocer, el lector analítico se formulará este interrogante: ¿Quién es Andrés? ¿El héroe o el villano?

Si Victoria fuera la encargada de responder, quizá diría: Tal vez los recuerdos me han deprimido más de lo debido y Andrés queda enredado en una situación de la cual sólo yo puedo salvarlo. Y salvarnos (p. 149)

Andrés es un hombre tranquilo, un cincuentón sin afanes, sin urgencias económicas, que lee El país y que necesita a Victoria para que cumpla un papel tradicional en el hogar, como: Asegurar un orden en su vida (p. 9); prepararle un café, que toma por costumbre una hora antes de la cena (p. 46); ir a la cocina a preparar la cena (p. 110); recoger el periódico y dejar todo en orden (p. 148)

Lo anterior corresponde a la visión de Victoria. Por Andrés directamente conocemos un único juicio que emite al contestar el teléfono: Victoria se divierte en el jardín. Está muy caprichosa y sentimental últimamente. ¡Joder! ¿Será que está embarazada? (p. 155)

La incertidumbre del lector subyacerá más allá de un experiencia de lectura y, quizá, no culpe del todo a Andrés Jaén por la fatiga, el fastidio, los temores, dudas y desasosiego de Victoria Santamaría. Quizá concluya que tales sensaciones o sentimientos sólo son reacciones propias de una mujer acosada por la temperatura del verano (ver. Capítulo 1)

Novela e incertidumbre

El territorio de la novela es un espacio de incertidumbre, dudas, inseguridades y contradicciones. Esto lo constata Victoria al realizar el seguimiento de las peripecias de Natalia, Norma, Aldred, Agnés, Jordi, personajes de la novela de Monserrat Roig, La hora Violeta, que aquella lee mientras transcurre la línea temporal del presente.

Victoria a resumido ciertos hechos de su vida considerándolos cadena de desaciertos en mis relaciones con los hombres. En verdad ¿fue su primera relación con Sebastián un desacierto? Ante la fuerza de la decisión de los padres, de mandarla a vivir en Bogotá para que terminara allí el segundo semestre del último año de estudios secundarios, y cortar así con el noviazgo de Sebastián y sus pretensiones matrimoniales, cualquiera otra joven, en su lugar, hubiera tenido igualmente muy pocas probabilidades de oponerse al destino. Tal vez falló al no sincerarse a tiempo con el pretendiente, respecto a la intenciones del padre.

Al prepararse para viajar a Miami, en donde ha de contraer matrimonio con Andrés Jaén, después de la dolorosa ruptura con Pedro José Ramírez, en Bogotá, Victoria sueña y entrevé el futuro e intenta saldar cuentas con el pasado para liquidar fantasmas que, como monstruos de épocas prehistóricas, la han perseguido amenazando aniquilarla. Fantasmas tales como soledad, tristeza, abandono, desolación, miedo, indecisión, inseguridad, que ella misma ha identificado en distintos momentos.

En medio de las ambivalencias que la caracterizan, Victoria acierta el formular este juicio:

Yo creo que una novela no es sólo un invento, como afirman algunos entendidos o como lo cree Andrés, que se burla de mis lecturas. Estoy segura de que en ésta hay fondo de verdad, que es como la vida. Me da herramientas, tal vez me permite aclarar conceptos sobre los seres humanos. No es que me de consejos, ni más faltaba, pero sí percibo que con su lectura tengo otra visión de mi propia conducta. Como un espejo. Es claro que no trato de hacer de mi vida una novela, pero me ayuda a comprenderla. A través del comportamiento de sus personajes, comparo mi propio comportamiento.

Y me siento menos dola (p. 137)

Este criterio resulta válido si se recuerda que una de las líneas gruesas de acción de Victoria en España es la lectura que la protagonista hace de La hora violeta, de Monserrat Roig, lo que establece un paralelismo con los recuerdos de su vida, evocados en el transcurso de la mayoría de los 22 capítulos, como otra línea gruesa de acción del texto novelístico.

Desde nuestra óptica, plantearíamos que la enorme diferencia entre vida y novela es el mayor grado de coherencia con que esta, por el contrario de aquella, presenta hechos y expectativas en secuencia de éxitos y fracasos, de victorias y derrotas, que se suceden inevitables, día tras día,  en el continuum temporal de lo vivido. Coherencia que integra la etérea sustancia del azar a la mucho más sólida y contundente consistencia de la causalidad, disolviendo fronteras.

Aquí cabe interrogar: ¿cuándo o cómo  considerar exitosa una novela? Lo que afirma la literaturiedad de una novela es su modo particular de incorporarse a las vidas de los lectores, definiendo así una identidad, un sentido, un devenir en el transcurso de las dinámicas de la cultura.

Lo más cierto o evidente es que la novela constituye el producto artístico que mejor corresponde a la naturaleza del mundo complejo de la modernidad. Esta correspondencia se da tanto en el aspecto formal (lo esencialmente artístico) como por los elementos de contenido. Se quiere decir con esto que la novela imbrica admirablemente procedimientos artísticos y procesos cognitivos; profundiza la textura de los sentimientos al igual que los estratos del pensamiento intelectual. Es decir, devela y profundiza singularmente los meandros de la conciencia.

Si un texto literario no cumple las anteriores expectativas, tampoco cumplirá con los requerimientos y exigencias de prefigura toda experiencia de lectura de la novela; en otras palabras, no obtendrá la consagración o el éxito que implícita o explícitamente el grupo de lectores debe asignarle para que siga viviendo, de modo sui generis y autónomo en el entramado y la dinámica culturales.

Novela y sociedad

La novela de Benhur Sánchez Suárez parece connotar, entre otras funciones, ser una obra de vocación internacionalista, que debe leerse en distintas latitudes (Europa, por ejemplo), en donde el desprecio y persecución a lo extranjero (en especial a colombianos) ha hecho curso.

La novela, punta de lanza de los géneros literarios, no puede ser sólo experimentación, innovación, entretenimiento, sino que, junto a estos logros, debe conllevar (como ha sido característico a través de los siglos) una reflexión profunda sobre las relaciones humanas y los modos de convivencia entre las diferentes sociedades de las naciones.

Victoria en España no es –de ninguna manera– sólo una tesis o un compendio de tesis sociales. El mundo de la protagonista está adecuadamente trabajado al articular los particulares elementos de su historia de vida, las minuciosidades de su cotidianidad, la red de personajes entre los cuales se desenvuelve la trama de acciones. Aquí conviene mencionar, aunque sólo sea de paso, a Sebastián Tovar –el primer novio, antes de finalizar sus estudios secundarios–, Oswaldo Santamaría, Esperanza Gutiérrez, Rodrigo y Jorge Arturo –padre, madre, hermanos, respectivamente–, Pedro Nel Gamboa –el del Renault 12 en el que mueren los padres de Victoria–, Clara Inés –compañera de apartamento, en Bogotá, quien fue siempre positiva y solidaria–, Pedro José Ramírez –un apuesto ejecutivo, quien será su primer amante– y Nati, ingenua y fiel trabajadora.

Otros nombres de la realidad real, como acostumbran a llamarla los entendidos (para oponerla a la realidad ficticia) se mencionan con profusión, entre ellos Gloria Díaz Salom, Mauricio Puerta y el libro de este, Signos y planetas.

Múltiples detalles de la narración, nombres de lugares y ríos, marcas de objetos y máquinas, nombres de instituciones estudiantiles o comerciales, de canciones escuchadas por la radio, definen como realista tono y estilo de la novela.

Mediante evocaciones Victoria reconstruye el proceso de formación de su personalidad. Mientras tanto, el lector observa, simultáneamente, la evolución y metamorfosis de una mujer colombiana que avanza a través de círculos concéntricos, pasando del de menor diámetro (la casa paterna) a los siguientes (Bogotá, Madrid), cada vez mayores.

Queda caracterizada así la influencia de factores familiares en la edificación de una épica individual, frente a experiencias de crecimiento en el mundo y con el mundo. Y se desmitifica la temática de la gran ciudad como escenario en el que, invariablemente, el lobo feroz arremete contra toda caperucita provinciana que aparece a la vuelta de la esquina.

Se logra esclarecer el juego dialéctico de coordenadas contradictorias que intervienen en la formación de la personalidad femenina moderna y plasman conflictos al mismo tiempo que permiten realizaciones y superaciones. En tal juego, la conciencia evoluciona, crece, se afirma, pero el lector puede preguntarse si, en efecto, madura de verdad o, más bien, y de modo paradójico, se hace fuerte en el componente intelectual aunque débil e insegura en el de los afectos y sentimientos.

En este sentido, es frecuente encontrar profesionales universitarios, triunfantes en lo laboral, que enniñecen o decrecen en la afectividad. Entonces el hombre se abrazará a la figura materna y la mujer a la paterna, como náufragos agarrados al fuerte madero que flota más cerca, para lograr sobreaguar.  Cuadro este en el que se enmarcan las relaciones sentimentales de Victoria, primero con Pedro José, luego con Andrés (ver p. 89) Entonces se tiran por la borda principios y valores como la conciencia de la propia individualidad, la necesidad de la independencia económica para la mujer en la vida moderna.

Después parecerá que Victoria pensara en salvarse a través de la lectura de la novela lo que, a su vez, facilita, tanto a ella como al lector, una toma de conciencia acerca de la introspección  y su importancia para recrear y aumentar la coherencia del pasado, es decir, de la propia vida. Aseveración respaldada o apoyada en un fragmento de la novela La hora violeta, señalado por Victoria:

Creo que no somos capaces de valorar la realidad hasta que ésta no se convierte en recuerdo. Como si así quisiéramos volver a vivir. Por eso creo que la literatura todavía tiene un sentido. La literatura no es historia. La literatura inventa el pasado basándose en unos cuantos detalles que fueron reales, aunque sólo lo fueran en nuestra mente.

Construía el recuerdo según mis propias sensaciones y creaba mi propio ritmo. (p.21)

Esta novela, en su parte central, conforma cuidadosamente la personalidad de Victoria, destacando en ella el rasgo de la inseguridad. Pero este elemento también está contenido en ciertas páginas, en donde se le identifica como rasgo de la sociedad colombiana de los últimos tiempos, causado por las crisis de todo tipo que han regido el acontecer nacional, en cada metro cuadrado de su territorio. En el capítulo 19 (p.120 a 131) se menciona la irrupción de la guerrilla y el narcotráfico, tanta inseguridad y tanto miedo, las bombas terroristas que arruinaron algunos edificios, y en el veintiuno (p.1136 a 147) Masacres, secuestros, corrupción administrativa, enfrentamiento gobierno–guerrilla, narcoterroristas sedientos de venganza.

Así pues, en la opción de este viaje de Victoria se entrecruzan sentimientos y actitudes bien contradictorios. Como lo es dejar el país en donde, pese a todo, hacía ya tiempo había consolidado una imagen prestigiosa a nivel profesional, reconocimiento al establecer su propia empresa, Decorsan. Todo esto es cambiado por la posibilidad de asegurar una vida matrimonial en España, dependiendo de la seguridad económica con que cuenta Andrés Jaén, pero pagando el precio de asumir en esta relación actitudes de sumisión y automatización.

La novela de Benhur Sánchez Suárez, sin caer en esquemas de denuncia o testimonio, como bien se ha visto, ilustra sobre fenómenos de discriminación que merecen la toma de conciencia de los colombianos y del resto de ciudadanos del mundo.

Es correcto calificar de urgente deber el compromiso de rechazar enérgicamente y por todos los medios, hechos de tal naturaleza, en tanto vulneran a fondo dignidad y derechos humanos universales, de hombres y mujeres arrinconados bajo el rótulo de ciudadanas y ciudadanos de segunda o tercera categorías, por decir lo menos, ante la indiferencia y arrogancia europeas, o del resto del mundo; actitudes que suelen encubrirse bajo mantos de hipocresía o cuestionable diplomacia.

El manejo experto de recursos narrativos (dato escondido, elementos de sorpresa insinuados que reaparecen y se hacen explícitos páginas adelante, simultaneidad en el desenvolvimiento del pasado y el presente, simultaneidad entre el acto de lectura de la protagonista y las acciones tanto presentes como evocadas) completan la estructura artística de Victoria en España, cuya protagonista abre todo un abanico de conjeturas en relación al verdadero carácter de su vida de casada, oscilante entre el sentido de la victoria personal y el de la derrota. El periplo que la ha llevado desde Laboyos hasta Madrid, se cierra ante una basculante puerta de relatividad (es decir, la permanencia expectante de horizontes que se abren y se cierran) representada en la respuesta de Andrés al contestar el teléfono:

—Victoria se divierte en el jardín. Está muy caprichosa y sentimental últimamente. ¡Joder! ¿Será que está embarazada? (p. 155)

 

 

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