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New York, NY. EE.UU. Año 6

Crítica Literaria


 
 

  DE SUEÑOS, DESDOBLAMIENTOS Y MASACRES

 

Satanás

Mario Mendoza

Premio Biblioteca Breve,

Seix Barral, Barcelona, 2002. 285 p.

 

por Benhur Sánchez Suárez

En una conferencia dictada el 4 marzo de 2002 en España, cuyo planteamiento principal está dado por el concepto acerca de la dualidad en el hombre o de sus múltiples identidades y en la cual demuestra con ejemplos su conocimiento e investigación acerca del tema, Mario Mendoza expresa:

 

[...] Entonces, como ven, no se trata de un fenómeno aislado. A lo largo de mi última novela, Satanás, mi primera novela publicada en España, he procurado reflejar todas estas experiencias, creando protagonistas que, en algún momento, se vean abocados, de buena o de mala manera, a sensaciones de desdoblamiento de personalidad similares. De hecho, el texto se origina a partir del caso real de un psicópata de Bogotá que asesinó a 29 personas en diciembre de 1986 y que el día anterior a la masacre había estado conversando conmigo.[1]

Y finaliza:

Por eso he colocado la frase de «Yo soy Legión» no sólo como epígrafe, sino también como línea que conduce al corazón mismo de las historias de los personajes que están en esta novela. Y si he titulado la conferencia de hoy «Todos somos el mal» es porque, efectivamente, en cada uno de nosotros existe la posibilidad y la capacidad de transformarnos para residir en otra cosa, en otro estado, ni mejor ni peor que el habitual. Todo depende de lo que hagamos con dicha capacidad.

Con base en lo expresado por el propio Mendoza, no es Campo Elías,  el asesino y suicida de Pozzetto, el protagonista de Satanás, la novela con que el autor obtuvo el Premio Biblioteca Breve 2002, que patrocina Editorial Seix Barral en España. Tampoco lo es aunque así se haya promocionado entre ávidos lectores, tocados por el morbo de la violencia a que hemos sido abocados después de varias décadas de protagonismo de la sangre.

De hecho, además de sus palabras en la conferencia, el epílogo de la novela ratifica mi apreciación anterior:

Al día siguiente de la masacre de Pozzetto ningún lector se percató de que en las páginas finales de los diarios, en rincones de poca importancia, aparecía una noticia que hablaba de una niña poseída por el Demonio, una niña que había asesinado en el barrio La Candelaria a su madre y a una empleada del servicio doméstico. La posesa había escrito en las paredes con la sangre de sus víctimas «Yo soy legión» (p. 283)

Son muchos los asesinos que coexisten en la obra como para que el protagonista sea uno sólo. Tal vez el psicópata de origen a la novela o, más bien, sea el pretexto para una visión mucho más amplia del destino de unos hombres y mujeres, posiblemente convergentes y con múltiples identificaciones con la realidad actual. Por tanto no es la novela del psicópata sino del reinado  de la maldad.

A mi modo de ver el protagonista debe buscarse, entonces, en el sentimiento místico religioso, en la religión o la religiosidad, y en una sociedad que la practica a pesar de la descomposición en la que vive y de la cual se nutre. Es una novela, por decirlo así, más de situaciones, de ambiente, que de un personaje paradigmático que pueda totalizar una época. Aún más, es de situaciones actuales e inmediatas, actitud que hasta hace poco menos de cuarenta años, con la famosa novela de la Violencia, se criticaba acerbamente  por aquello de la debida distancia con los hechos, que permite el raciocinio, de la decantación de la historia, del lenguaje propicio, etc.

Lo que antes se condenaba ahora se pondera como una cualidad: la inmediatez. Pero no se trata de escribir sobre lo que sucede ahora, en la forma más rápida posible, para que se venda, para que dóciles lectores lo consuman como si fueran revistas de farándula. No. Se trata de captar la realidad y contarla de inmediato con altura literaria.

Pienso que lo que hemos aprendido los colombianos, después de tantos años de pocos aciertos y bastantes desaciertos, es saber contar los hechos sin pasión ideológica, con madurez literaria, cosa que los odios partidistas no permitían en las obras precedentes de nuestro desarrollo literario y era lo que originaba ese reclamo crítico tan contundente. El partidismo, evidente en aquello de los malos son los contrarios, ha sido superado.

Pienso, también, que el ejercicio periodístico o, mejor, el periodismo, y el cine han sido claves para lograr la madurez a que han llegado los más jóvenes escritores colombianos, y es lo que les permite hacer la crónica de lo cotidiano con la distancia debida y altura estética necesaria. Además, el escritor hoy es más profesional, más investigador y menos instintivo. Por ejemplo, Mario Mendoza conoció a Campo Elías y compartió con él las aulas de la Universidad, pero necesitó investigar mucho para concebir el Diario y elaborar el periplo del asesino de una manera verosímil y, por tanto, convincente.

Los aires del Maligno

En Satanás todos y cada uno de los personajes cumplen su destino y, en este aspecto la novela es una novela total. No quedan hilos sueltos. Por este sentido religioso cada cual purga los errores de su otro yo frente a un justiciero loco, psicópata, producto de la civilización capitalista, ya posesionada del mundo por completo con su imperio de la globalización y el consumismo. El autor los guía sabiamente hasta la debacle final. Queda viva la maldad en la figura de aquella niña posesa, con lo cual el reinado de Satanás continúa  incólume sobre la tierra.

[...]Asimismo, explicó que en esa crisis general la novela Satanás lo que está mostrando no es la típica violencia colombiana, no es el narcotráfico ni la guerrilla, sino lo que algunos sociólogos han denominado la violencia transpolítica, es decir, algo que está ya en la raíz de la misma explosión de las grandes ciudades.[2]

 

Las anteriores son palabras tomadas de un extracto de la entrevista al autor, que aparece publicada en la página web de Librusa el 18 de mayo de 2002, divulgado también en Internet.

Esto quiere decir que el clima que domina el mundo, el de la novela, es copado por un aire maligno y diabólico que, a diferencia de la maldad de literaturas anteriores, no claudica frente al bien ni tiene finales moralistas, finales felices, sino que es el resultado de su dominio total de ese clima sin otra verdad que la de su discurrir por el mundo con la fuerza de un imperio. En este caso triunfa el maligno por encima de cualquiera otra consideración.

El padre Ernesto observa las formas perfectas de la espalda de Irene, desde los hombros torneados y amplios hasta la estrecha cintura que anticipa la amplitud generosa de unas caderas firmes y protuberantes. Pasa su mano por esa piel tersa y sudorosa, y se da cuenta de que es la primera vez que toca a su amante sin culpa, sin remordimiento, sin avergonzarse por la contundencia de sus pasiones. (p. 226)

Pues bien, todos los protagonistas convergen, de algún modo, donde el padre Ernesto, cura de La Candelaria. Y el cura coincide con sus allegados en el restaurante italiano Pozzeto, donde Campo Elías ejecuta su venganza del mundo, cumple su papel de ángel exterminador y, en definitiva, salda su cuenta con la humanidad y consigo mismo. Desde diversas posturas, personales y  religiosas, cada uno refleja la realidad del país y en este sentido es contemporánea de los hechos narrados. Y, aunque no se trate de una mirada global del mundo de hoy, si marca las tendencias del comportamiento de la sociedad en su momento.

Salvo el diario de Campo Elías, que se incrusta en la novela entre las páginas 119 y 145, nada hace prever que él sea la unidad temática que de cohesión a la novela. Más bien es el padre Ernesto, símbolo de la época, quien aglutina y da hilo conductor a las historias personales que conforman la novela. De hecho, los personajes principales tienen contacto directo con él. Siguiendo los planteamientos de Mendoza en la conferencia citada al principio, cada personaje se ve abocado a una situación que desdobla un yo perdido en su interior y lo obliga a actuar de una manera contraria a como lo haría en su cotidiano discurrir por la vida.

El padre Ernesto decide abandonar la iglesia y casarse con su criada Irene; Andrés, el pintor, sobrino del padre Ernesto, decide infectarse de SIDA con Angélica, su novia, en un proceso de autodestrucción originado al conocer la promiscuidad de ella; María, la chica desplazada de su pueblo por una toma guerrillera, protegida del padre en su infancia, vendedora de tinto y aromáticas en el mercado y convertida por acción de dos padrinos del robo en atracción para sus víctimas del «paseo millonario», en bares elegantes del norte de Bogotá, decide asesinar a sus violadores y volver a la senda del bien bajo la nueva protección del sacerdote amigo; el padre Ernesto confiesa accidentalmente a Campo Elías y este decide vengarse de la humanidad asesinando a quienes encuentra en su camino, el día preciso, el día en que la posesa triunfa porque es la única que continúa viva. Ella prolonga el reinado de satanás sobre la tierra, asesina a su madre y a la criada de su casa, se pierde para las autoridades y se confunde con los habitantes de los sórdidos parajes de la ciudad.

A mi modo de ver los resultados de las acciones de cada uno revelan el sentimiento religioso cristiano del autor. El que peca es castigado, lo que puede ser entendido como la presencia de la justicia divina. Si bien cada uno logra su objetivo de vida, dentro de la normalidad del desarrollo humano (el padre Ernesto se enfrenta a la jerarquía eclesiástica para lograr su liberación personal, pero ha vivido en el pecado; María logra enriquecerse a costa del delito pero se libera también para enfrentar una nueva vida; Andrés es un pintor Premio Nacional, etc.), sus malos actos son castigados con la muerte, en manos del vengador psicópata. Él, a su vez, paga los pecados de su vida itinerante al lado de la guerra, con el asesino dentro.

Al final todos, de alguna manera, son tan asesinos como Campo Elías. Por eso Satanás representa a un individuo histórico y, al mismo tiempo, una sociedad histórica: la actual, es decir, una sociedad que no toma al individuo como una entidad en abstracto, universal, atrapado en clases sociales, razas, partidos e iglesias, como lo proponía la modernidad ilustrada, sino un ser concreto con sus intereses específicos, como lo vemos en la nueva modernidad o post modernidad como la llaman algunos, o nuevo Ismo dentro de las vanguardias agotadas del siglo XX, como la consideran otros.

El hombre, agobiado por la globalización y el consumismo, ya no encuentra identidad con su entorno, identidad externa, y debe buscarla en su interior, lo que posibilita el misticismo, la religiosidad, el hedonismo, la vida fácil y, por supuesto, la violencia.

Octubre 21: No soporto el ruido de los autos, los pitos, los taladros, los aviones surcando el cielo de la ciudad constantemente, las fábricas y las máquinas de construcción. A veces me levanto a medianoche y percibo la alarma de un carro atravesando mi cerebro y sé que no se trata de un robo, sino de algún imbécil que ha decidido fingir una imprudencia para torturar a sus vecinos. Entonces cargo mi revólver y me dan ganas de salir a la calle a darle una buena balacera a los cretinos que hacen escándalo sin pensar en los demás. (p. 134)

 

En este sentido Satanás innova, desde la temática, una literatura colombiana que no había superado, hasta ahora, la nostalgia, el sociologismo, la política, y cierta ambición dictada por la academia al reclamar la novela total, la gran novela de la época, que no se da ni en Cien años de soledad, así los críticos pretendan lo contrario. Colombia es un país múltiple, de variadas culturas interiores, que no puede caber en una novela.

Dos detalles resienten mi lectura, aunque es poco probable que sean errores para otros lectores de la obra: El primero tiene que ver cuando Andrés, el pintor, pasa por la plaza de Bolívar y recuerda la destrucción del palacio de justicia y la avalancha que destruyó Armero, en el Tolima. Armero no es volcán, como está mencionado en el texto (p. 182).

El segundo tiene que ver con el encuentro de Campo Elías y Andrés en un sórdido bar del centro de la ciudad. No es verosímil que un personaje obsesionado por la pulcritud y la limpieza, que ni siquiera es capaz de hacer el amor con una hermosa mujer porque el cuarto a donde van tiene una cama cubierta por sábanas sucias, penetre a ese antro para dialogar con el pintor (p. 187). Pienso que el personaje se resiente, aunque cumpla su destino de todas formas.

 

De la armadura y el oficio

Por la tradición del premio Biblioteca Breve, en la década de los años 60 del pasado siglo, se sabía que le apostaba a la experimentación, a la búsqueda de nuevas formas de narrar. Sin embargo, el actual premio, en esta segunda época, ha convalidado una novela sin avance notorio en el modo de hacer una novela, armadura o estilo que desde Mario Vargas Llosa (La ciudad y los perros, premio 1962) hasta Nivaira Tejera (Sonámbulo del sol, premio 1971), ya había sido impulsado con sus obras: Varias historias contadas que se fragmentan y se mezclan, que varían de primera a tercera persona o viceversa, que mezclan el modo personal y los tiempos verbales, que cambian de tiempo con la introspección o los recuerdos, y que al finalizar redondean la historia que se quiere narrar. No hay innovación escritural, entonces, en este premio, aunque los tiempos de hoy con otras realidades, con más lecturas, otras lecturas, son distintos. 

Parece ser que las editoriales ya no buscan la creatividad sino el dinero fácil que provee su igualdad con los medios de comunicación: la noticia, entre más truculenta más vendible. Debo confesar que me decepcionó, tal vez porque aspiraba a una conmoción en el lenguaje, quizás porque me ratificó que las historias y sus calidades no dependen del autor sino de una corriente de mercado que impone lo vendible sobre la creación.

Lo anterior desde el punto de vista formal, lo cual no necesariamente constituye un error ni ninguna carencia, salvo mi expectativa personal por una innovación que no es la cualidad más importante en esta obra. Tampoco excluye de plano la novela, mucho menos a su autor.

Por supuesto Satanás se enmarca en esta tendencia, que ya puede considerarse tradicional si se tiene en cuenta que fue impuesta por los premios Biblioteca Breve de hace cuarenta años, la de historias fragmentadas y mezcladas, pero completas. A lo mejor, y esto no me corresponde definirlo, sea producto de la decantación de un período experimental literario que ahora se consolida de esta manera porque, no es difícil entenderlo, toda experimentación produce a la postre un resultado permanente. Y las rupturas terminan siendo norma, asimiladas por las corrientes de la historia que querían cambiar o, en el fondo, destruir.

Por esta razón, y esto obedece sólo a una percepción muy personal de la literatura, para mí son más novedosas en su estructura y en el engranaje de la narración, incluso en el lenguaje, Quítate de la vía perico (2001), de Umberto Valverde y Cartas cruzadas (1995), de Darío Jaramillo Agudelo, que Satanás, aunque sobra decir que las tres son excelentes novelas. Cada una, curiosamente, define su tiempo en una época precisa, y totaliza, desde su particular perspectiva, el espejo de nuestra realidad. Y cada una utiliza un recurso de ruptura, incrustado en el armazón de la obra: el guión cinematográfico en Valverde, el diario personal en Jaramillo Agudelo y en Mendoza.

La novela está escrita desde la perspectiva de un narrador omnisciente, con textos en presente en los que se intercalan, sin solución de continuidad, párrafos de reflexión o introspectivos en primera persona y tiempo pasado, muy bien logrados, con un lenguaje fluido y preciso que cautiva al lector.

 

[...] No había dos bandos opuestos, los buenos y los malos, sino sólo un grupo compacto cerrando filas en torno al odio, la sevicia y la monstruosidad. El triunfo total y pleno de la maldad. No era una suposición tan absurda. Dios mío, ¿qué fue lo que hice con mi vida todos estos años? Monologa el sacerdote para sus adentros. Si yo nunca me sentí a gusto en la Institución, si siempre tuve problemas y detesté la cobardía, la hipocresía y la doble moral de los demás clérigos, ¿por qué no me retiré a tiempo? ¿Por qué no escuché los gritos de libertad que emitía mi propio cuerpo? ¿Por qué? Y ya en pleno corazón de Bogotá, caminando por la Carrera Séptima, continúa pensando: Me queda Irene, aún puedo recomponer el camino. (p. 205)

 

Otro valor enorme, que es, según la tradición crítica, a través del cual se pulsa la pericia del escritor, es el manejo de los diálogos, impecables y naturales, sin forzamiento alguno, a pesar de la complejidad semántica de los temas tratados.

 

—¿Quién eres?, dime quién eres —exige con la voz ahogada.

La muchacha sonríe y contesta en un tono bajo, profundo, totalmente masculino:

—Estoy en muchas partes, mi nombre es muchos nombres, mi rostro son muchos rostros.

—¿Quién eres? —se limpia las lágrimas con la mano liberada.

—Me divido, me multiplico, prolifero.

—¿Quién eres?

—Soy materia fértil y fecunda.

—Pero, ¿quién?

—Cundo, me propago, pululo.

—Contesta, ¿quién?

—Soy manada, cardumen, bandada, piara, rebaño.

—¿Quién?, dame un nombre.

—Yo soy legión. (p. 179)

De otra parte, la intertextualidad en Satanás también adquiere un estado de frescura y naturalidad que en ningún momento torna pesado el transcurrir del lector por las páginas de la novela. Antes bien, lo enriquecen en los pasajes claves. Párrafos de libros, recortes de prensa, pensamientos, noticias, se mezclan en la narración para darle la fuerza que necesita en los momentos justos de su desarrollo. No son elementos artificiosos ni arrogantes, como en aquellos escritores que intentan a través de este recurso literario imponer una erudición de la cual ni ellos mismos están muy seguros. Demuestra una selección minuciosa con la cual confirma que estamos ante una novela muy bien escrita, de lectura incitante, que dará mucho de qué hablar y será punta de lanza de la literatura colombiana en este principio de siglo tan caótico y desesperanzador como el que vivimos.

 

Ibagué, Altos de Piedrapintada, 2002


Del autor

Mario Mendoza es hoy, y no sólo por el premio, uno de los serios exponentes de la nueva narrativa colombiana. Su formación y la seriedad con que ha asumido su oficio así lo confirman. También lo confirman sus otros libros publicados: La ciudad de los umbrales (1992), Scorpio City (1998) y Relato de un asesino (2001).

 

 

 

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