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New York, NY. EE.UU. Año 6

 

 

 

Controversia con  la película  “Sophie Scholl”

La Niña que desafió a Hitler

 

Por Alberto Duque López

Escritor y crítico de cine colombiano

 

 

El jueves 18 de febrero de 1943 hacia frío en Munich. Una joven de 21 años, Sophie Scholl, escuchaba entretenida en la radio un concierto de Billie Holiday con una amiga, cuando descubrió que se le hacía tarde para encontrarse con su hermano y los compañeros de una célula subversiva, “La rosa blanca”, dedicada a desafiar a Adolfo Hitler. Corrió por las calles vacías, resbaladizas y llenas de nieve hasta cuando entró, acezante, al sótano donde sus amigos  imprimían y ordenaban miles de panfletos.

Durante los cinco días siguientes ella protagonizaría las jornadas mas salvajes, desatadas por los verdugos nazis empecinados en doblegarla y humillarla mientras ella, aferrada a su fe cristiana, sus principios filosóficos y políticos y el recuerdo de su familia, fue capaz de hacer algo que millones de alemanes por miedo nunca se atrevieron: desafiar al régimen que estaba en plena agonía.

La película alemana “Sophie Scholl, la rosa blanca” del director  Marc Rothemund, protagonizada por Julia Jentsch, Fabian Hinrich y Alexander Held es la reconstrucción de los últimos cinco días de una muchacha que nunca se sintió especial, ni elegida sino alguien decente y libre que sentía la necesidad de despertar la conciencia dormida de sus paisanos, en Munich y otras ciudades, practicando la resistencia pasiva y abriendo los ojos de muchos ciudadanos temerosos.

Con un lenguaje austero, documental, sin maniqueísmo inútil y una impecable reconstrucción física y sicológica, la película nos lleva a través del pensamiento de Sophie, su hermano Hans Scholl y sus compañeros Christoph Probst, Alexander Schmorell y Willi Graf (asesorados por el profesor Kart Huber). Los varones habían peleado contra rusos y franceses, testigos de las atrocidades nazis en los campos de batalla y los campos de concentración, y sabían que el hundimiento de Alemania era cuestión de meses.

Cuando Hitler inicia en 1942 la deportación masiva de judíos y extranjeros,  “La rosa blanca”  se rebela, rechaza el militarismo prusiano alimentada con los principios cristianos de la tolerancia y la justicia, se apoya en la Biblia, Lao Tse, Aristóteles, Novalis, Goethe y Schiller, y apela a los sectores inteligentes y cultos alemanes que, supuestamente, deben estar contra Hitler. Supuestamente.

Redactan e imprimen  manifiestos que  distribuyen por todos los medios. Esas actividades, resumidas ya en  películas de Michael Verhoeven y Percy Adlon, entre otras, marcan  el tono de los panfletos. En el primero, dicen: “nada es tan indigno de una nación como permitir que sea gobernada sin oposición por una casta que ha cedido a los bajos instintos…  ”.El segundo: “Desde la conquista de Polonia 300.000 judíos han sido asesinados, un crimen contra la dignidad humana”. El tercero pide el sabotaje en “las fábricas de armamentos  y el Partido Nacional Socialista”. El cuarto  pregunta al lector cristiano, “si tiene la esperanza de que otro levante su brazo para defenderlo”. En medio de los rumores de la invasión aliada, el quinto panfleto acusa a  Hitler de “llevar al pueblo alemán hacia el abismo”.

Esa era la situación ese jueves 18 de febrero de 1943 cuando Sophie y su hermano entran a la universidad de Munich con centenares de panfletos que reparten. A punto de marcharse, ella se devuelve, arroja desde lo alto un puñado, se topa con los estudiantes que salen en estampida y es señalada por un conserje.

Lo que sigue, es terrible. Sophie, su hermano y Probst son acusados. En los anales  judiciales alemanes se encuentran las transcripciones del interrogatorio de cuatro días y noches por un verdugo, Robert Mohr, famoso por doblegar a los enemigos más recios. Con su rostro tranquilo  la muchacha niega todos los cargos. Responde con humor, cinismo, valor y coraje. El verdugo duda, aprieta el cerco, ella resiste, él apela a las confesiones del hermano y el amigo, ella no cede y en un momento, solo un momento, parece que saldrá libre.

Llevados a juicio deben enfrentar a un auténtico asesino, el juez Roland Freisler quien se desplaza desde Berlín. Todos en la sala saben que la condena a muerte es un hecho y los tres jóvenes muestran dignidad y valor. Las escenas de la guillotina son terribles, más por lo que insinúan que por lo que muestran. Antes de morir, la joven resume su ideología con estas frases: “¿Cómo podemos esperar que prevalezca la justicia cuando casi no hay gente que se brinde individualmente en pos de una causa justa? Un día tan lindo, tan soleado, y debo irme…pero, ¿qué importa mi muerte, si a través nuestro miles de personas se despiertan y comienzan a actuar?”. Los otros dos amigos serían ejecutados después.

Para los alemanes, de antes y ahora, Sophie Scholl es una referencia obligada. Lo mismo que esta película emocionante, dura, aleccionadora y valiente. Dolorosa. Los sitios públicos bautizados con su nombre. Los monumentos. Los libros, documentales y conferencias frecuentes. Los recuerdos siguen muy vivos.

Finalmente, recordemos a Kart Jaspers y su mirada sobre la culpa (él, que a diferencia de otros intelectuales no colaboró con los nazis), con estas cuatro divisiones que conforman el problema de la culpa y  se leen, pensando en Sophie, no culpable:

1)    Una culpa criminal: Los crímenes consisten en acciones demostrables objetivamente que infringen leyes inequívocas;

2)    Una culpa política: Se debe a las acciones de los estadistas y la ciudadanía de un Estado;

3)    Una culpa moral: Siempre que realizo acciones como individuo tengo, sin embargo, responsabilidad moral…nunca vale, sin más, el principio de la obediencia debida…es que los crímenes son crímenes aunque hayan sido ordenados;

4)    Una culpa metafísica: Hay una  solidaridad entre hombres como tales que hace a cada uno responsable de todo el agravio y toda la injusticia del mundo, especialmente de los crímenes que suceden en su presencia o con su conocimiento.

 


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