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New York, NY. EE.UU. Año 6

 

 

 

Los muertos de Almodóvar

“Volver” refleja las fijaciones de uno de los directores más populares y respetados del mundo.

¿Esta es su obra maestra?  Encuentro emotivo en Los Ángeles.

 

Por Alberto Duque López

Escritor, periodista, crítico de cine

aduquel@cable.net.co

 

Para Roberto Burgos

 

La nueva película de Pedro Almodóvar tiene que ver con la muerte, los pueblos desiertos y solitarios de La Mancha, las mujeres, la madre, las hermanas, los fantasmas de los seres queridos que se aburren en otros lugares y regresan a que les corten las uñas y sientan sus olores corporales.

 

También tiene que ver con el amor y la ternura y  el desajuste que provoca una  película que enloqueció a Cannes donde ganó dos premios, estremeció a Toronto, fue aplaudida en el festival de Nueva York y recibirá más de un reconocimiento en las noches de los premios Globos y Oscar, además de los Goya, los galardones del cine europeo y el premio de los críticos del mundo en el reciente San Sebastián.

 

Ha sido un año marcado por el director: recibió el Príncipe de Asturias;  en varias capitales del mundo, encabezadas por París, mostraron su obra completa, publicaron los guiones de sus películas, organizaron mesas redondas sobre lo que quiere decir cuando dice otra cosa, y en todos los idiomas el nombre “Pedro” o mejor, las palabras “¡Viva Pedro!” se hallan convertidas en signos de complicidad entre quienes gozan y comprenden y comparten sus obsesiones.   

 

A propósito de la muerte y la madre, debemos recordar nuestro encuentro una tarde en el hotel Four Seasons de Los Ángeles en 2002, cuando Almodóvar nos explicaba  la verdadera naturaleza del melodrama y, sorpresivamente, un asistente le pasó un celular. En el salón donde otros periodistas esperaban pacientemente, en medio de cables, reflectores, cámaras y susurros, se fue haciendo un silencio espeso a la espera del resultado de esa llamada.

 

Almodóvar no habló. Escuchó tranquilamente lo que le decían del otro lado del Atlántico mientras nadie se atrevía a moverse. El monólogo de la otra persona, acentuado con los gestos que el director hacía con la cabeza y los pies mientras miraba al otro lado de la calle del hotel, se extendió otros minutos y la impaciente tensión aumentaba en el salón.

 

Entonces Almodóvar dijo simplemente “Gracias”, cerró el celular, lo entregó al asistente, nos miró sin reflejar aparentemente la menor emoción y dijo en un susurro: “Mi madre se está muriendo”. Le respondimos que podíamos dejar esa conversación para después, “cuando volvamos a encontrarnos en San Sebastián” donde hemos coincidido tantas veces. Nos miró largamente, negó con la cabeza y dijo: “Está en las manos de Dios, nada podemos hacer, mis hermanos están con ella”.

 

Nos preguntó en qué tema estábamos. Le dijimos todavía en susurros: “El Melodrama”. Seguramente nos leyó el pensamiento. Seguramente utilizó ese mecanismo secreto que le ha permitido, a nivel internacional, desde el lanzamiento de “Mujeres al borde de un ataque de nervios”, conectarse con cualquier espectador en cualquier idioma.

 

Nos miró y dijo: “Claro, todo esto que estás presenciando, duele decirlo, es un auténtico melodrama”. En momentos dolorosos como ése, hasta fue capaz de sonreír: “Siempre me preguntan de dónde saco la inspiración para el melodrama que domina mis películas, y siempre apelo al mismo ejemplo. Es más que un género, es un verdadero espíritu melodramático. Estoy en cualquier lugar y veo en un televisor a una señora que está diciendo: Fulanito ha muerto. Esa es la primera línea, la de la realidad directa. La segunda, la que yo quiero ver, tengo que escribirla. Entonces la presentadora diría: Fulanito ha muerto. Yo sé quién lo ha matado porque lo he matado yo”.

 

El sentido melodramático de Almodóvar, dentro y fuera del cine, explícito más que nunca con “Volver”, también se siente en una secuencia suprimida de la edición final de “Hable con ella” cuando  el enfermero le cuenta al periodista que la madre le dijo un día que se iba a morir y cuando ella le preguntó qué haría; entonces, él con toda naturalidad, le respondió: “Pues suicidarme, supongo”. En el estilo del más auténtico melodrama.

 

Amigo de la oralidad (sus películas siempre impactan por los guiones y los diálogos, escritos por alguien que en el fondo se siente más narrador que cineasta), Almodóvar repite que el título “Volver” refleja lo que es la película, un regreso, multiplicado y emocionante:

 

a) regreso a la comedia, con la historia de Sole, una peluquera que regresa a su pueblo natal para el entierro de su tía, descubre historias sobre apariciones y fantasmas; y el drama de su hermana Raimunda, que no va a las exequias porque su hija adolescente ha matado a su padre acosador;

 

b) regreso al universo femenino porque los personajes son, esencialmente, mujeres, de todas las edades: maduras, jóvenes y adolescentes, de la ciudad y del campo: “Volver” rinde homenaje a la vecina solidaria, esa mujer soltera o viuda, que vive sola y hace de la vida de la anciana de al lado su propia vida”;

 

c) regreso a La Mancha, allí está el pueblo de la tía fallecida, igual que el de Almodóvar, Calzada de Calatrava: “Sin duda es mi película más estrictamente manchega, el lenguaje, las costumbres, los patios, la sobriedad de las fachadas, las calles empedradas”;

 

d) regreso a las actrices: Carmen Maura, figura de las primeras películas del realizador, con quien no había vuelto a trabajar desde hacía 17 años, y  Penélope Cruz, actriz de “Carne trémula” y “Todo sobre mi madre”…

 

e) regreso a la maternidad y a su propia madre. Para el director,  la maternidad es en esta película, más que en las demás de su carrera,  el “origen de la vida y de la ficción, con esas madres que se aparecen, madres que luchan por sus hijas, madres que cuidan de otras madres. Pero sobre todo, hace referencia a mi madre, porque durante la escritura del guión y el rodaje ha estado siempre presente y muy cerca. Es claro que la principal vuelta de “Volver” es la del fantasma de una madre, que se aparece a sus hijas. Bueno…a mí no se me ha aparecido mi madre, aunque como he dicho he sentido su presencia más cerca que nunca”.

 

Cuando le piden una definición concreta de la película, siempre oral, Almodóvar responde que, “Supongo que es una comedia dramática. Tiene secuencias divertidas y secuencias dramáticas. Su tono imita a la vida misma, pero no es costumbrista. Más bien es de un naturalismo surreal, si eso fuera posible, y el hecho de incluir en el argumento un fantasma es un elemento básicamente cómico, en especial si lo tratas de un modo realista”.

 

Solo un director como éste, dotado de una carga demoledora de humor negro puede encontrar comicidad en las apariciones (casi ridículas) de ese fantasma que intenta (como lo hizo en vida), seguir reordenando las vidas ajenas. Solo se le ocurre a él.

 

Con las películas de Almodóvar sucede algo curioso. En la oscuridad de la sala uno siente que los personajes, las historias, las situaciones, las bromas, las referencias  ridículas o sublimes, todo puede encontrarse a la salida del cine, en cualquiera de las ciudades españolas y sobre todo en Calzada de Calatrava donde vive su familia, donde, vestidas de negro, las hermanas y las tías y las parientas de este hombre sentimental, con ocasión de “Volver” han contado y vuelto a contar todas las historias creíbles o increíbles de los muertos que aparecen en cualquier momento en esas calles polvorientas, muertos que no hacen daño, son tiernos y sienten preocupación por ese mundo que anda desordenado sin ellos.

 

Una de las mejores fuentes es esa mujer desconfiada, Raimunda, tía del director que a los 80 años ha estado al lado de numerosos agonizantes y se ha enfrentado a tantos fantasmas. Raimunda y las demás mujeres del clan Almodóvar que inspiraron “Volver” en todo su sentido alucinante de la muerte, el rencor, el perdón, la vida y el amor. Y la soledad, por supuesto. Y si alguien quiere más datos, màs historias de muertos y aparecidos solo tiene que buscar a una de las hermanas de Pedro, María Jesús o Antonia, la mayor, y descubrir que, si hay un espejo en la habitación de un muerto, hay que voltearlo para que no reciba el reflejo del cadáver….

 

Como dijo alguien, una de los grandes logros de Almodóvar con su nueva película es que regresa de un modo feroz a sus raíces,  porque  “ahí están los inquietantes escenarios de su infancia, sobre todo la muerte, uno de los asuntos cardinales de esa cultura en la que el trato con el más allá forma parte de las ocupaciones cotidianas. Ha conseguido reproducir magistralmente la naturalidad con la que se produce esa relación, en un mundo en que los límites entre la vigilia y el sueño –quizá entre la vida y la muerte– no están nada claros”.

 

Aquí están los muertos de Almodóvar, captados en ese patio donde, siendo un niño, aprendió que no hay que temerle a la muerte, ni al dolor. Por supuesto no fue un proceso fácil, ni el guión que tuvo la accesoria de las hermanas, ni el rodaje, ni la escogencia de las actrices y eso se siente en sus palabras: "Al terminar me he sentido más blandito que cuando empecé, porque he escarbado en el pozo de la memoria y me ha ayudado entender ese concepto de la muerte que jamás acepté".

 

Después de verla, a uno le parece casi imposible que Almodóvar con sus nuevas películas pueda superar el humor negro, la imaginación, la agresividad y sobre todo, la ternura que tanto asoman en “Volver”….Como si fuera su testamento.

 

 

       Penélope, bella musa de Pedro

 

Desde “Sin noticias de Dios”, Penélope Cruz no filmaba en España. Sin embargo, niega que sea un regreso en este diálogo, tomado de varias fuentes:  

 

–No es un regreso, porque nunca me fui. He estado revoloteando, han salido más cosas afuera y al final me he comprado una casa en Los Ángeles. Eso es todo.

 

- Sigue reacia a comentar su vida privada….

 

- Es que uno está en su derecho de reservarse eso para su familia, para sus amigos. Y cuando tenga un hijo no creo que hable mucho de mi relación con él. Pero me niego a vivir mi vida siendo prisionera de la fama. No voy a prohibirme enamorarme de alguien que tenga mi mismo trabajo para no estar en el ojo público.

 

- Con tantos viajes, ¿ha podido superar el miedo a los aviones?

 

- Lo había superado pero un aterrizaje de emergencia el año pasado lo reavivó: cuando me vi con la mascarilla puesta y junto a azafatas histéricas, pensé: Se acabó. Pero tuvimos un aterrizaje perfecto, aunque en otro aeropuerto. ¿Qué pensé? Me parecía miserable tener que separarme de la gente que quiero. Y deseé sobre todo que mi familia y la gente que me quiere no sufriera por mí, porque he tenido una buena vida. En ese instante tan fugaz aprendí que nunca me ha gustado la mediocridad, que he procurado vivir cada día como si fuera el primero y el último.

 

- Una leyenda dice que usted decidió ser actriz después de ver “¡Átame!”. Tenía 15 años….

 

– Lo recuerdo. Perfectamente. Iba sola, pero como aparentaba 18 –de pinta era más mujer que ahora–, me colé en la sala. Fue tan fuerte lo que me hizo sentir la película que al salir del cine tomé la decisión. No conocía absolutamente a nadie. Sólo oía que era muy difícil, imposible. Empecé a compaginarlo con el instituto y con mis clases de baile, hasta que llegó un momento en que me machacaba, hacía de todo. Sí, soy actriz por Pedro: poder trabajar con él algún día era mi sueño, y sigue siéndolo.

 

– ¿Cómo fue el reencuentro siete años después de “Todo sobre mi madre”?

 

–Ensayamos durante tres meses, con los mismos nervios que cuando me llamó para la prueba de “Kika”, con el mismo hormigueo en el estómago. Creo que aunque hiciera diez películas con Pedro me pasaría lo mismo. Y me encanta. Es tan generoso y se ha portado tan bien conmigo, que es un reto que se quede contento al ciento por ciento. Lo adoro. Es muy especial en mi vida. Con él hay un poco de todo: director, amigo, algo de padre, algo de hermano. Una mezcla de energías.

 

– ¿Cómo ha ido evolucionando su relación? El primer día de rodaje usted le regaló un libro muy privado.

 

–Nos vemos siempre que vengo a España y nos escribimos a menudo. Tengo e-mails suyos de tirarte al suelo de risa. En el libro están todas las cartas que nos cruzamos desde “Carne trémula” (1997), muchas fotos suyas y mías, y muchas juntos hechas por terceros. Lo hice con muchísimo cariño. Llevaba años preparándolo.

 

– ¿Distingue, a la hora de trabajar, entre el amigo y el director?

 

–En el rodaje, por muy amigo que sea, es mi director. La amistad me ayuda a estar más tranquila, a relajarme emocionalmente y dejarle que hurgue todo lo que quiera. Lo que quiera. Porque nunca me ha hecho daño. Yo no me acerco a contarle algo que me ha pasado con mi novio si él está sentado en su silla al lado del monitor. Hemos sabido diferenciar eso de una forma muy natural. Pero me conoce tanto que me mira y me radiografía, y lo utiliza muy bien para sacarme cosas como actriz. Y para este personaje hemos tenido que buscar en sitios muy dolorosos. Pero nunca me siento sola con él. Siempre está ahí para agarrarme. Al final del día nunca te vas ansioso a casa. Te vas incluso mejor, porque te ha sacado cien monstruos que quizá necesitabas quitarte.

 

– ¿Qué ha descubierto de él que no supiera?

 

–Siempre lo he considerado un genio, y es una palabra que no me gusta utilizar a la ligera, pero es lo que siento. Y cada vez está mejor, en todos los sentidos.

 

–La edad fue un obstáculo insalvable que impidió que fuera su “Kika”, pero ambos se quitaron la espina en “Carne trémula” y en “Todo sobre mi madre”.

 

–Me llamó a casa mientras estaba en el baño y mi novio (entonces Nacho Cano) tomó el teléfono y me dijo que Almodóvar estaba del otro lado. No me lo creí. Tuvo que decírmelo dos o tres veces. Me felicitó por “Jamón jamón” y por “Belle Époque”, y me llamó para vernos para “Kika”. Me dijo: "Vas a ser pequeña, pero quiero verte igual". Estaba muy nerviosa. Yo sabía que no iba a aparentar 30 años ni de coña, porque tenía 17, pero tuvimos muy buen encuentro, y me escribió una carta, que todavía conservo, en la que me decía que me escribiría un personaje que se me iba a ajustar como un body, que fue el de “Carne trémula”, y luego uno que creía que sería ideal para mí, que fue el de “Todo sobre mi madre”. Todo lo que me decía se iba cumpliendo. Y me pasaban con él cosas muy curiosas, muy raras. Antes de que me llamara para “Kika”, yo estaba en un cine o en una discoteca, pensaba en él y me lo encontraba. ¿A qué suena?, ¿a ciencia ficción? Pues me pasaba.

 

– ¿Cuál es el regalo más especial que le ha hecho Almodóvar?

 

–Este personaje, la Raimunda. ¡La quiero tanto! Es un tesoro. Es buena. Pluriempleada. Una superviviente. Su motivación vital es dar de comer cada día a su hija, que tuvo con 15 años. Le han pasado cosas muy fuertes en la adolescencia. No es rencorosa, pero tiene dentro de sí tantos kilos de dolor que lo lleva en la mirada. Tiene el carácter algo agriado por los palos que le ha dado la vida; un toque de amargura. También es muy actriz. Le da la vuelta a cualquier situación; es la mejor improvisando si con eso va a poder darle de comer a su hija. Puede pasarle la mayor desgracia del mundo, pero a los dos minutos ya se ha inventado la solución. Raimunda es un torbellino, una fuerza de la naturaleza, nada la para, nada.

 

–A usted le gusta cambiar de perfume para cada personaje. ¿Cuál ha utilizado con ella?

 

–Ninguno. Ella no tiene tiempo de ponerse perfume. Trabaja con lejía, pero se cuida mucho. Tiene esa mezcla del pueblo y del barrio. Es una tía de Vallecas de las que se arreglan para ir a limpiar los baños del aeropuerto. Me encanta eso, me da una ternura... Tiene una dignidad increíble, y un respeto a sí misma, a su familia, a sus valores. Vive aquí abajo (se echa mano a las caderas), en la Tierra. ¿Sabes una cosa que me ayudó mucho? El culo.

 

– ¿El culo?

 

–Es que el culo que llevo no es mío. El día que nos lo probamos encontramos a la Raimunda. Estábamos ensayando, fuimos a hacer las pruebas de vestuario y me lo puse. Me da otra manera de andar, de moverme, de sentarme. Ella vive más aquí abajo, mientras que yo soy más de aquí (se echa mano al cuello), por tantos años de ballet clásico. El culo fue clave. Me encantaba; a veces me lo llevaba por ahí.

 

–La película está impregnada de la presencia de la madre ausente de Almodóvar. ¿La conoció?

 

–Sí, una mujer increíble. Hicimos un viaje a Santiago y me contó emocionadísima lo mal que lo pasó cuando Pedro quería dejar su trabajo en Telefónica para dedicarse al cine, y el miedo que ella tenía. Lo recuerdo como uno de los momentos más bonitos de mi vida. Ese día el Rey le daba un premio a Pedro y a ella le hacía mucha ilusión conocerle. Era una mujer muy especial, con un corazón enorme. Un ángel.

 

– ¿Cómo la llama Almodóvar?

 

–Pe, o Penélope, o... Miss Paranoia, cuando le pregunto 800 veces la misma cosa sobre una toma.

 

– ¿Sigue siendo la perfeccionista y autoexigente de siempre?

 

–Yo creo que eso me viene del ballet. Me marcó mucho, me dio una disciplina que me ha ayudado mucho pero que, llevada al extremo, te convierte en un control freak y te hace sufrir. En el rodaje no soy así, me niego. En el rodaje quiero estar en manos de alguien en quien confiar, y dar y buscar. Pero no me parece algo malo querer llevar las riendas de lo que pasa en tu vida. He vivido y he sentido muy claramente los dos lados opuestos.

 

– ¿Y de qué depende?

 

–De cosas tan simples y básicas como las recetas de la abuela: comer mejor, tener tus horas de descanso, de sueño, tu tiempo para estar sola. Ha habido temporadas largas, de uno o dos años, en las que no me cuidaba nada.

 

 

 

Almodóvar y su espíritu femenino

 

Pedro Almodóvar tiene 56 años y “Volver” es su película número 16. Ganadora de dos premios en el reciente festival de Cannes y otros galardones, tiene conmovido a medio mundo. El director, locuaz como pocos, no ha ahorrado palabras con la prensa:   

 

-¿A qué vuelve?

 

-Es una vuelta a muchas cosas y creo que el título del tango de Carlos Gardel y Alfredo Le Pera, así como parte de la letra, sintonizaban muy bien con el espíritu del film.

 

-¿Quedó conforme con el universo masculino de "La mala educación"?

 

-Uno quiere a todas las películas y aprende de todos los rodajes, pero nunca tuve la sensación de haber estado tan cerca del precipicio como durante esa película. Pero es cierto que me siento más cómodo y hasta más cercano al universo femenino. Será por eso que en "Volver" las mujeres matan a los hombres; en las anteriores, eran ellos quienes se mataban entre sí (se ríe). Pero toda generalización es injusta; no todos los hombres son abusivos, violadores, aunque esas cosas desgraciadamente ocurren.

 

-Hablaba de un regreso a La Mancha...

 

-Yo crecí en el seno de ese universo femenino, dentro de una pequeña comunidad endogámica. Tengo bellos recuerdos de esas mujeres fuertes, pero también de las horribles cosas que escuchaba decir a ellas sobre los hombres. Mientras los hombres trabajaban en el campo, las mujeres del pueblo representaban para mí la vida por su enorme capacidad de lucha.

 

-¿La energía y la locura que muestra la película tienen que ver con Cervantes?

 

-Sí, hay una relación con la época cervantina. Siempre pensé que esos vientos solanos vuelven un poco loca a la gente. Pero también pensé que esos grandes molinos modernos son muy bellos.

 

-¿Tenía miedo de que los elementos fantásticos del relato resultaran artificiales y forzados?

-Ese era el gran reto del film porque además decidí trabajarlos sin mostrar ningún artificio, que se viesen como algo natural. Mis hermanas han tenido visiones de aparecidos. Yo les creo; en verdad, han visto algo. La mente puede representar algo que no necesariamente es corpóreo. Lo respeto, aunque yo no creo en ello. Yo nunca vi a mi madre aparecer con algún grado de especificidad, pero está presente constantemente en mi vida. El aspecto fantasmagórico debía ser lo suficientemente fuerte y emotivo como para que el espectador lo creyera y lo aceptara.

 

-¿Alguna vez se sintió tentado de documentar su propia historia familiar?

 

-No, es mi hermano el que suele filmar a la familia. Yo hice muchas fotos. Prefiero las imágenes fijas que los videos en ese contexto. Cuando vuelvo a Madrid me digo que debería tener más imágenes para el recuerdo, pero nunca pensé en filmar mi propia vida.

 

-¿Cuándo se dio cuenta de que quería escribir y rodar películas?

 

-Mi primer contacto de niño con el cine fue a través del chocolate. Era una época muy pobre de España y en los chocolates venían imágenes de los actores de Hollywood. Esos cromos me pusieron en contacto con un mundo paralelo, ya que no había visto películas aún. No tenía información, pero ya quería pertenecer a ese círculo. Fue en la adolescencia cuando descubrí mi vocación por hacer cine. Pero mi familia no era rica y vivía en un pueblo perdido: era como querer ser torero en Japón (risas). Tras la secundaria, a los 17 años, me decidí a estudiar cine, pero  Franco cerró la escuela. Hice otros trabajos y, a los 20, reuní suficiente dinero como para comprar mi primera cámara super 8. No sabía nada de lenguaje cinematográfico, eso lo aprendí después. Ya de adolescente escribía pequeñas historias. Puedo admitir que soy un novelista frustrado. Me di cuenta de que me era más sencillo contar historias en imágenes que escribir novelas.

 

-¿Cómo empieza el proceso para una nueva película?

 

-Escribo todo el tiempo diferentes historias que están en distintos niveles de desarrollo. Tomo notas constantemente. Cuando tengo meses más libres, como, por ejemplo, agosto, me dedico a escribir de lleno. Por ejemplo, ahora ya tengo dos historias listas para filmar. La selección es siempre por intuición. En determinado momento me doy cuenta de que debe ser ésa y no la otra. Es como si la historia me eligiera a mí y no yo a ella.

 

-¿Cómo se produce esa elección intuitiva?

 

-La elección ocurre siempre en un terreno irracional, aunque debe estar basada en razones psicológicas importantes. Para mí siguen siendo un misterio incluso después de hacerlas. Yo me siento, en términos de narrador, como un médium: la historia deposita la primera idea en mi cabeza, se va desarrollando, me atraviesa, me indica que debe ser contada y finalmente me deja una huella. Es un proceso muy misterioso. Puedo hablar de los efectos que una película ha dejado en mí, pero sigo sin saber por qué la he hecho.

 

-¿Cómo se siente siendo una figura de alcance internacional tras haber empezado en el cine más underground?

 

-Lo he vivido como un proceso natural; no he tenido que hacer ninguna concesión en el camino. Soy la misma persona, no tuve que traicionarme y en ese sentido he tenido mucha suerte. Pasé de "Pepi, Luci y Bom", el más absoluto under, a ganar dos premios Oscar. Pero soy la excepción: el director homosexual under que se convierte en una figura popular internacionalmente. Ni en mis sueños más delirantes tuve la fantasía de alcanzar semejante repercusión. El hecho de ser gay no tiene tanto que ver, sino más bien el tipo de películas que hago. Lo inusual es ser famoso con este tipo de cine. Hay muchos directores gays que hacen cine mainstream y no tienen problema. Para una estrella de Hollywood, en cambio, sí es más complicado ser gay o lesbiana, porque los encasillan y les dan sólo personajes estereotipados.


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