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New York, NY. EE.UU. Año 6

 

 

El Drama de

"Rosario Tijeras"

 

Por Gabriel Jaime Caro

 

La vena artística de Flora Martínez:

“Ah, tus sonrisas maravillosas sombrillas para el calor, tu que llevas prendido un cine en la mejilla”.

 

No sabe uno como empezar esta crítica a la más taquillera de las películas producidas en Colombia (y también la mejor). Algo similar pasó en México en el año 2000 con “Amores Perros”. Su director Alejandro González Iñarritú, con este su primer filme ha influenciado a todo el cine latinoamericano y, a Emilio Maillé en particular con esta su primera Ópera Prima, “Rosario Tijeras”, 2005. Ambas (y “Rodrigo D. No futuro”, por supuesto) Ya son de culto en la cinematografía latinoamericana, que se levantan de las batallas perdidas que ha tenido el cine del Tercer Mundo con respecto a Hollywood.

 

Son cinco años que marcan una pauta a seguir, claro está que la clave son los productores, que apuestan sus millones para la visión global, y con estos ejemplarizantes trabajos la cosa esta ganada, pues repuntamos hacia un horizonte pleno de ambientación para el éxito; con escritores, guionistas y artistas deseosos de meterse en el plató a demostrar la madurez en 110 años del Séptimo Arte.

 

“Rosario Tijeras”, desde que fue escrita por Jorge Franco, estaba predestinada a ser un guión para una futura producción de cine, y Flora Martínez, la actriz natural, la suerte del cine colombiano, la reencarnación fabulosa de una diosa en la pantalla grande, como lo fueron Marilyn Monroe O Rommy Schneider (como nos recuerda en su caminado a la actriz alemana en “Lo importante es amar”, “Bocaccio 70”, entre otros).

Esta vena artística se la notamos a Flora como “Rosario Tijeras” en algunas escenas de este memorable filme (con sus desnudos exclusivos para el cine que le sirven a un erotismo aparente, que todavía son tabú o “Tomboy” en gran parte de Sudamérica); en aquellos diálogos con Antonio (Unax Ugalde), después de las escenas violentas (totalmente académicas) Que van cargadas de un dramatismo sobrecogedor, totalmente opuesto a otras películas colombianas que desentonan por la falta de una buena edición (y dicción) en el sonido de las conversaciones: (“Perder es cuestión de método”, tremendo desperdicio, de Sergio Cabrera, entre otras).

 

Flora nos encanta con su voz, y más que todo con esa jerga paisa cargada de sensuales palabras con la tan acostumbrada “muévase gueva”, parcerita, pirobo (vocabulario parlachi), gonorrea con sus gonorreitos (del cine de porno-miseria a que nos tienen acostumbrados los neorrealistas colombianos de nuevo tipo). Una sicaria con sus sicarios que tenían su trabajo en los años ochenta, el cual era respetado por todos los demás, por eso, porque era un trabajo muy difícil, y se realizaba en moto, con el parrillero  armado hasta los dientes, y después de haberse metido su buena dosis de cocaína (“el cuarto poder”, o el quinto, da lo mismo).

Un pivotal, único en la cinematografía colombiana. Una charada que en “Rosario Tijeras” logró su mito inconmensurable.

 

El pueblo no aplaude después de la función, pero la clase media se llena de alborotos y aplaude. El pueblo de las comunas de Medellín, se siente identificado, y cree entender la parodia, sobre todo en aquellas escenas donde se vela al muerto que por lo general son jóvenes muchachos, que han aprendido a matar con la ayuda de la virgencita, ofreciéndola cada bala para que llegue a su destino. ¿Qué aprendieron todo esto con el narcotráfico? Yo diría que si, pero la causa aflora con la violencia generada a finales de los años cuarenta y cincuenta el siglo anterior, cuando los conservadores y liberales cometían genocidio a nombre de su glorioso partido político. Descuartizaban a sus víctimas y se las ofrecían al Sagrado Corazón de Jesús, patrono de la violencia racional e irracional en Colombia, y otros ultra territorios.

Pregúnteselo a ellos, o a la misma Flora que convivió con estos parceritos antes de la realización del filme en el 2003 y 2004.

 

Emilio Maillé es mexicano, parte de esta coproducción con Colombia y España, nos saludó a todos en la sala de estreno con el acostumbrado: “ánimo cabrones”, y nosotros plenos de dicha, porque entre México y Colombia hay mas que una onda bacana, una doble personalidad, un interés por trabajar unidos desde los años sesenta cuando emigraban al país azteca nuestros artistas a tratar de sobresalir y lo lograban a medias. Otros regresaban con el ceño entre las patas. Solo García Márquez hacia sus pinitos en el cine mejicano con sus cuentos llevados al cine.

Manolo Cardona hace su debut en el cine, después de varias telenovelas, con sobrados méritos, y el actor de origen vasco Unax Ugalde protagoniza un filme del que no parece ajeno con su acento paisa, super sensual (sus nalgas), y esa risa convencional tan gratuita y escasa entre nuestros jóvenes sicarios, ahora desempleados. Los otros dos actores coprotagónicos son el mexicano Rodrigo Oviedo, como Johnefe, el hermano de Rosario, y el antioqueño Alonso Arias, el antiguo amante que a la postre lleva al sacrificio mortal a la envalentonada Rosario Tijeras; que ha trabajado en los filmes “La virgen de los sicarios” y, en la recién “Sumas y restas” de Víctor Gaviria, que busca para octubre de este año su gran oportunidad en la taquilla.

 

Ya no es en el cine la vista panorámica de Río de Janeiro o New York, si no la de Medellín con su valle encantado y sus barrios barrocos en las laderas, donde se preparan sus habitantes para futuros filmes, desmitificando el estigma de ciudad prohibida por el crimen organizado.

 

Agosto 16 y 2005

 

 


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