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New York, NY. EE.UU. Año 6

 

 

“Diarios de motocicleta”

El mito del “Che Guevara” llega al cine desmitificado.

 

Dirección: Walter Salles.
Países:
Argentina, Brasil, Chile, Perú y USA.
Año: 2004.
Duración: 126 min.
Género: Drama.
Interpretación: Gael García Bernal (Ernesto Guevara de la Serna), Rodrigo de la Serna (Alberto Granado), Mía Maestro (Chichina Ferreira), Mercedes Morán (Celia de la Serna), Susana Lanteri (Tía Rosana), Jean-Pierre Noher (Ernesto Guevara Lynch), Lucas Oro (Roberto Guevara), Marina Glezer (Celita), Sofia Bertolotto (Ana María), Facundo Espinoza (Tomás).
Guión: José Rivera; basado en el libro "Notas de viaje" de Ernesto "Che" Guevara y en el libro "Con el Che por Sudamérica" de Alberto Granado.
Producción: Michael Nozik, Edgard Tenembaum y Karen Tenkhoff.
Producción ejecutiva: Robert Redford, Paul Webster y Rebecca Yeldham.
Música: Gustavo Santaolalla.
Fotografía:
Eric Gautier.
Montaje: Daniel Rezende.
Diseño de producción: Carlos Conti.
Vestuario: Beatriz Di Benedetto y Marisa Urruti.

 

Por Gabriel Jaime Caro

 

Gael García Bernal ha llegado al mundo del cine a representar cuanto papel de fondo cinematográfico - digno de nuestra América Hispana - haya que hacer rapidito, porque se nos vienen los gringos sabihondos a realizar lo que los latinos podrían haber hecho hace rato, y no lo han podido trabajar por jodidos motivos O lo peor por respetar ciertos mitos, hasta que llegue el Mesías que lo haga a la perfección. Cosas de la gente.

Es el caso de este filme (“Diarios de Motocicleta”) del autor brasilero Walter Salles, metaforizando un poco los textos iniciales de Ernesto Guevara, en lo que iba a ser su famoso Diario (Diario del Che, que son tres), nos recrea con sobrados atributos una primera parte de su vida, comenzando a sus 23 años con su amigo Alberto Granado (que le apodaba Fuser), un viaje en motocicleta juntos desde la Patagonia hasta la Guajira venezolana, que viene a ser la Guajira colombiana, en mala geografía para la producción en su interpretación amañada. Lírica y concienzuda (por el mismo Guevara que narra), mordaz cuando entretiene, fresca en las escenas con chilenos (hermanos y tan distantes) y con los indígenas peruanos con los que práctica la soberbia hermandad que no tenemos. En ningún momento sumaria, solo intervalos de creación. La música introducida por el famoso Santaolaya la hace exquisita. Si, hay filmes exquisitos que no son necesariamente “La Comilona” de Marco Ferrari.

  

Es placentero que un autor brasilero (el responsable de esa otra gran cinta llamada “Estación Central”) Nos haga este filme, desmitificando el mito, porque para nadie, digo para los que lo conocen (al Che) en acción o en el simple afiche con su boina y escudo rojo - como él nadie; y no le perdonan dos cosas a Walter Salles: Primero, el haber hecho la intentona, dizque porque Gael no habla bien el argentino (el escritor Fernández Retamar apuntó acerca de su voz: “Es curioso, al oír su voz, escucharle un acento que no es ni argentino ni mexicano ni cubano, sin ser tampoco, por supuesto, ese español abstracto, exangüe, de algunos profesores de lengua en tierra extraña. Es en realidad, con referencia a nuestro continente, lo que Unamuno proponía  para el área del idioma: el sobre castellano. En donde siempre hay algo de otra parte.) Estamos seguros que con estas palabras escritas por el que fuera amigo del Che, se sintieron confiados Gael y Walter para realizar el filme.

Y segundo, otros dicen que le faltó lo que el exigente culto reclama siempre: carisma. Esa odiosa palabra que fuera enterrada por Vargas Vila hace más de un siglo, comentándonos (con sobrado terror) la imagen carismática de nuestros líderes suramericanos, que aun hoy la repiten con su sufrida ignorancia.

 

Tomemos dos ejemplos de estos tiempos, Videla y Pinochet, tuvieron carisma como neo nazis espectaculares, no cabe la menor    duda. ¿El Che también? Carisma para desenmascararlos.

Tenía ángel, por ese rol de comentarista y de latinoamericano que se fue modelando con el contacto con los mineros de aquella gigantesca mina de cobre (Chuquicamata) en Chile y con los indígenas del antiguo imperio del Cuzco. Es memorable cuando en la película Gael como Ernesto dice: que cómo los españoles destruyeron una cultura tan milenaria como la del imperio incaico para hacer esto, y en ese momento la cámara se da vuelta y nos muestra a Lima hundida y pérdida en la llanura costera, espacio casi muerto donde los conquistadores creyeron hacer una Cádiz o una Madrid costera. Que paradoja, y que nos perdonen los limeños.

No es el caso, pero si la nota postrera en El Diario del Che donde se va configurándose como libro.

Algo que también destacamos a favor del Gael García Bernal, es su buena interpretación del che con sus ataques de asma, llegando en un momento a parecerse tanto al él (en aquella escena del barquito, que nuestro aplauso se sintió entre el fondo de las manos muertas, y la boca que lo deslíe. Por poco me  asalta mi vecina en la sala un poco stalinista. Valiente suerte la mía, porque no le gustó nada de la representación, ni con esas palabras de amor que dejaba en cada ocasión) Digo en el filme en cuestión, limitadísima.

 

El humor en estos temas casi no está permitido, pero en este filme es extraordinario, la sala toda salio diciendo con chiste que Alberto (interpretado por el actor Rodrigo de la Serna) le robó el protagonismo a Ernesto. Algo tenía que hacer el director al introducir un personaje de origen argentino, para que nos cuente todo en su argentino grosero y jovial. –mirá voz, eres un hijo de puta!, con magnífico rubor, y cuantas veces lo diga, mejor. Ah, la danza de Alberto, nos saca del sillón a bailar con el vecino.

Y la pregunta del siglo, ¿bailaba o no bailaba Ernesto O el nuevo divo de Gael, ni idea? Porque tan ocupadito en estudiar y actuar, que no hay tiempo de hacer boludeces con el mambo O con el tango muñón, que si lo impulsaba, según parece. Y aquellas cumbias (ay “cuando me aprietan bailando”) para mover el esqueleto. Son los años de 1952-53. A Chile había llegado ya la cumbia colombiana.

La motocicleta se daño definitivamente entre Los Andes y el desierto de Atacama. Y los valientes caminantes viajaban a dedo y en botes improvisados. El interés que mostró el director por enseñarnos a Ernesto Guevara trabajando como médico especializado en LEPRA, catapultó al personaje, porque estas escenas se llevan gran parte de la obra, y nosotros quedamos por fin convencidos de la mano del director: que de aquí en adelante El che (Fuser) ya había empezado a hacer historia.

Si pensamos en las escenas del Budha saliendo por fin de su mundo de paraísos donde nada envejecía, ni nada moría, lo podemos comparar desde el momento mismo, cuando Ernesto emprende el viaje por el Sur y encuentra la  desajustada miseria y la opresión social y política que han sufrido estos pueblos desde la conquista española, dividiendo a un solo pueblo, que se expandía (los Incas) por todo el continente suramericano en aquellos momentos. Lo dijo Ernesto Guevara, mas o menos así, el día de su cumpleaños 24 en aquel espacio donde vivían aislados los enfermos de lepra, en aquella época, cincuenta años atrás y ahora según aparece allí el centro médico dedicado al cuidado de la enfermedad. Este homenaje se lo debemos a Walter Salles.

Como el coraje libertario de unificación de Bolívar se quedó sólo en el nombre de Bolivia. Propósito que no pudo lograr El che, asesinado en Bolivia; precisamente un mito a desbordar por la gigantesca esperanza de Tiahuanaco. Pero este tema es para otra película.

 

Diarios de motoclicleta”, Especial presentación en la inauguración del Latin BEAT 2004 (The film Society of Lincoln Center), antes de su estreno nacional.

 

Para W.Salles

E-mail: gajaka@hotmail.com

 

 


 

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