AGENCIA de NOTICIAS LITERARIAS

New York, NY. EE.UU. Año 6

 

          Rodolfo LLinás         

provoca auténtica pasión entre sus colegas neurofisiólogos. Es conocido no sólo por su trabajo, sino por la brillantez con la que lo expone en público; él es consciente y, como buen coqueto, se deja querer. LLinás es audaz: lo mismo se va a Suiza (y se cuela en experimentos ajenos) que vuelve a Colombia y monta una empresa para ser autosuficiente en su trabajo. Sus amigos dicen que puede ser encantador o cruel con sus interlocutores. Esta vez hubo suerte y vimos al mejor LLinás.

 

Por: Silvia Churruca

  

 

 

Parece un niño grande con esos ojos brillantes de curioso insaciable, esa sonrisa pícara y ese flequillo canoso pero rebelde. Sobre el escenario -porque convierte cada charla científica en un espectáculo- despliega toda su energía y su talento: mide las pausas y cambia de ritmo para mantener la atención del público al que deleita con guiños en forma de comentarios cargados de humor e ironía. Su entusiasmo hace que cada experimento que narra parezca algo único y prodigioso. Resulta tan convincente que acaba uno por entender que su padre cediera y le liberara de ir al colegio.
Al bajar de la tarima LLinás no sólo no pierde un ápice de ese magnetismo, sino que lo incrementa con su encanto personal. Es menudo, con rasgos indígenas y un atuendo impecable.

Cuando quiere -y en esta entrevista quiso- es arrolladoramente simpático. Seduce con un relato cargado de realismo mágico, acento genuino y una voz que a veces se escapa hacia dentro.
Dicen sus amigos que existe otro Rodolfo, que a primera vista decide que el que le aborda no merece que él pierda su tiempo. Entonces simplemente ignora al extraño o le desdeña. Pero si la intromisión llega en forma de mujer la reacción cambia, según esos mismos amigos.

Con abuelo, padre y tío médico, ¿podría haber elegido otra profesión?
-Fue una decisión voluntaria. Dije que quería ser médico a los 4 años. Ese año estaba viviendo con mi abuelo. Era neuropsiquiatra y veía pacientes en casa. Yo me asomaba al patio y curioseaba. Un día un señor tuvo un ataque de epilepsia. Quedé fascinado. Pensé que no estaba enfermo, porque no le faltaba una pierna o algo así. Quería comprender qué estaba pasando.

 

 


Vamos, que en aquel momento eligió también la especialidad.
-Le pregunté a mi abuelo el motivo del ataque. Sabía que el señor no estaba loco, pero no entendía por qué había hecho lo que había hecho. Mi abuelo intentó explicarme que el hombre no había podido elegir lo que hacía. Yo no lo entendía y le contestaba que todo el mundo sabe lo que hace y lo elige, y si no quiere hacerlo, pues no lo hace. Me pareció que intentar entender eso era la gran pregunta.

¿Era muy curioso?
-Era una máquina de preguntas. Hasta tal punto, que en un viaje fluvial, en la primera parada, mi abuelo, desesperado, llamó por teléfono a mis padres, que pensaron que pasaba algo grave, y les dijo que le tenía contra las cuerdas. Pero es que todo eran estímulos -era como un safari- y mi abuelo tenía el talento para contestarme.

La ciencia y la paciencia...
-Me planteé qué necesitaba aprender para entender qué movía a las personas. Era un malísimo estudiante. De hecho, convencí a mi padre para no ir a la escuela, porque no me enseñaban nada útil. Sólo iba a la hora del recreo para jugar y era el único niño, porque era una escuela de niñas. Yo era el malo y el huraño.

¿Era de los que investigaba en el interior de los juguetes?
-Por supuesto. Duraban un segundo, todos estaban desbaratados. Me gustaban más así: es mucho más interesante ver cómo funcionan, cómo se convierte la energía en fuerza, que el caparazón.

¿Mantiene esa capacidad de asombro y entusiasmo como investigador?
-Sería imposible trabajar sin ella.

Quizá por su peculiar experiencia tiene su propia teoría educativa.
-Sí. Creo que a los niños no hay que enseñarles detalles, sino grandes conceptos y cómo se relacionan. Si a uno no le dan un marco conceptual, se pierde en los detalles. Por ejemplo, en Historia, para entender una época hay que plantearse un conjunto: los problemas políticos, económicos, sociales, cómo se desarrollaba la agricultura... Todo lo que podamos saber, sepamos y hayamos sabido se puede reducir a dos conceptos: inducción y deducción.

¿A qué edad enseñaría eso?
-A los 7 años.

Eso requerirá contar con buenos maestros.
-Lo hemos puesto en un CD-Rom. El niño tiene que aprender y jugar a la vez. Debe saber los puntos cardinales: qué, cúando, cómo y dónde. Será la base para describir todo lo que le rodea. Y a partir de ahí intentará llegar al porqué.

Su mujer es filósofa.
-Nos conocimos en Australia. Aunque yo estaba estudiando fisiología, me relacionaba con los filósofos. Mi mujer es mi compañera, me cuida y me tolera. Entre nosotros no hay charla de café; siempre hay alguna cuestión filosófica que podemos tratar.

Antes de Australia había estudiado en Suiza.
-Dije a mis padres que quería ir a Europa para ver qué hacían allí. Tenga en cuenta que mis padres me habían tolerado que fuera al colegio sólo en el recreo.

¿Eran excéntricos?
-No. Simplemente me dejaban hacer lo que quería siempre que tuviera una buena razón. Teníamos una relación muy linda y si había algún problema llamaba a mi abuelo.

Comenzó a estudiar Medicina y viajó a Europa.
-Primero estuve en España, luego en Francia y finalmente me quedé en Suiza, en el laboratorio de W. Rudolph Hess, en Zúrich.

Me han contado que metía la cabeza y si veía un experimento que le interesaba, se colaba.
-Era gente de trato muy fácil.

Así que se compró el equipo y volvió a Colombia para repetir allí esos experimentos.
-Además, para llevar a cabo mis experimentos me di cuenta de que necesitaba componentes electrónicos; así que monté junto a mi padre una fábrica de motores y una siderúrgica para tener asegurado todo lo que requería.

¿Era un negocio que les interesaba desde el punto de vista empresarial?
-No, es una reacción típica de Colombia: no haces las cosas por una razón concreta, es más un impulso. De esta forma el proyecto de investigación se auto soportaba.

Pero creo que tuvo un problema sorprendente...
-Sí. Los gatos de Colombia no eran como los que utilizaban en Suiza para los experimentos. Los colombianos se defienden. Ellos tienen su propio punto de vista. Sólo conseguí capturar cuatro. Recuerdo que mandé cerrar las ventanas, pero uno encontró una rendija. Llegué justo para sujetarle de la cola: estaba suspendido desde un cuarto piso, pero saltó y salió corriendo. Necesitaba domadores. El problema que tiene la gente ante los animales es que pocas veces les ve en situaciones reales.

¿Su arrojo le ha ayudado a la hora de investigar?
-Hay que tener el valor de las ideas y el coraje de defenderlas. Es importantísimo.

¿Hay algo que le haya dado miedo?
-Cuando empezaba mi carrera en Estados Unidos me acerqué a la neurocirugía y no me gustó. Quizá me dio miedo dañar la integridad de alguien, herirle. Me pareció que aquello era una bestialidad: abrirle la cabeza a alguien. Ejercí muy poco en Colombia.

Además de Colombia, ha vivido en Suiza, Australia y Estados Unidos. ¿Cómo se ha adaptado?
-Nunca he tenido problemas de adaptación, ni siquiera en Iowa.

¿Por qué cita Iowa?
-Porque vivía en una ciudad muy pequeña que, como me decía un amigo, no será el fin del mundo, pero desde allí se ve. Por eso decidí hacerme con un avión y aprender a pilotarlo. Así podía irme de fin de semana a Chicago a ver ópera.

¿Se enorgullece de dedicar las vacaciones a seguir haciendo experimentos?
-Desde hace 38 años paso las vacaciones en un lugar de la costa estudiando la conexión sináptica del calamar.

Entonces, ¿lo único que distingue su periodo de vacación es lo que investiga?
-Sí, pero para mí eso son vacaciones.

Cuando alguien pretende incorporarse a su equipo le amenaza con trabajar 24 horas al día, 7 días a la semana.
-Absolutamente. Yo les digo lo que hay y ellos eligen libremente.

Tanto estudiar el sueño y le quita todas las horas que puede.
-Pero cuando duermo lo hago a conciencia. Soy de los que se ha dormido antes de apoyar la cabeza en la almohada. Puedo dormir en cualquier momento y lugar.

En sus investigaciones habla de que "la vida es sueño". ¿Es un seguidor de Calderón de la Barca?
-Es que es muy inteligente. Vivimos para soñar y para hacer imágenes. Una gran parte de esas imágenes vienen directamente del mundo externo, pero los humanos podemos crearlas, y eso me parece increíble.

¿Lo que diferencia al ser humano es la imaginación?
-Cuanto más tejido y más conexión hay, más se separa uno de la realidad.

Usted ha dirigido un proyecto de la NASA. ¿Cómo fue la experiencia?
-Simplemente me llamaron, trabajé con ellos y se acabó.

Choca que un hombre al que no le gusta perder un minuto disfrute yendo de tiendas.
-Cuando quiero algo para mí voy yo a comprarlo. Me parece algo muy personal.

También afirman que es detallista en las relaciones humanas.
-Los amigos son como los dientes viejos; hay que cuidarlos. Y yo lo hago con cariño.

Y añaden que, cuando conoce a alguien, o conecta en el primer momento o le ignora.
-Es que la vida es muy corta y todo pasa muy rápido.

¿Le preocupa tanto el tiempo?
-No es eso. Cuando doy una conferencia siento los corazones de las personas que están sentadas y sólo espero corresponderles por el tiempo que me están dedicando. Cada momento es único.

Y consigue su objetivo. Ellos disfrutan y usted parece que también. ¿Mira a su público?
-Sí y sé que ellos saben que yo les estoy observando.

Me han dicho que cualquier día le darán el Nobel.
-La verdad es que no es tan interesante. Creo que me interesa más tener la ilusión de conseguirlo que ganarlo. Cuando ya lo tienes es como morirte.

¿Eso le dice su amigo García Márquez?
-No; el Gabo es muy especial.

Siempre elogia a Cajal. ¿Qué le gusta de él?
-Su integridad intelectual, que peleó siempre y que tuvo el coraje de defender sus ideas, a veces difíciles de defender. Es un camarada en armas.

¿Es usted revolucionario?
-No, apenas espero poder seguir conforme a mis ideas.

¿Tenemos desde fuera una imagen de Colombia distorsionada por la violencia?
-Hay violencia, pero el 90 por ciento de la gente colombiana es amorosa. Desde fuera se conoce el uno por mil de la realidad colombiana.

¿Qué salida tiene la situación de su país?
-Existe una, pero no me gusta. Esto es como quien tiene gangrena en la pierna. Amputar aquí sería acabar con lo que se está comiendo el corazón del país. Yo soy liberal y me horrorizo de lo que me dice la corteza cerebral: que
necesitamos un Fujimori.

Entre sus amigos están varios de los ex presidentes de Colombia y usted es un personaje en el país. ¿No le han tentado para entrar en la política?
-No. Me sería muy difícil: soy liberal y no digo mentiras, a pesar de mi mala memoria.

¿Tiene mala memoria?
-Malísima, salvo para lo que me interesa.

¿Un experto en cerebro no la ejercita?
-Es que no quiero ejercitarla. No quiero malgastar mi memoria.

Investiga qué mueve al cerebro. ¿A usted qué le mueve?
-La curiosidad.

 

 


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