COLUMNAS DE OPINION

New York, NY. EE.UU. Año 8

  Abril 22/2006

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Zahur Klemath

DE NEW YORK A RAWALPINDI

 

 Por Zahur Klemath Zapata

Dieciocho horas de vuelo son suficientes para dejar las piernas  inflamadas y todo el cuerpo como si estuviera en una bolsa de agua. Después de un viaje de New York a Rawalpindi, Pakistán. Antes de partir se me aconsejó y se me advirtió que no debía viajar a esas tierras tan lejanas, donde no se tenia noticias de ellas. Había toda clase de ideas sobre el país que el solo hecho de pensar en ir lo hacían ver como un viaje muy peligroso. Pero nadie decía nada en concreto porque nadie había estado allí. Cuando el avión aterriza los sentidos se conectan con la tierra firme y esa sensación de ingravidez se va desapareciendo.

El aeropuerto de Islamabad es igual a cualquier otro de su tipo. A la salida hay un gentío que espera a sus familiares y amigos que llegan del exterior. Sus rostros son diferentes y sus ademanes hacen que uno se de cuenta que ha entrado en otro mundo, otra civilización.

Mi amigo Atha me estaba esperando y al verme se alegro de saber que había llegado y que todo estaba bien. Vino corriendo a ayudarme con el equipaje. Afuera un taxi nos esperaba que luego nos llevara a una pequeña casa en las entrañas de Rawalpindi. Trate de organizar mis cosas después de mi llegada. Para ellos era de noche pero para mi eran las horas de la mañana, había diez horas de diferencia de horario. Aquí el horario esta adelantado del mío, es como si hubiera atrasado el tiempo o como si las horas que pasé viajando se esfumaron de la memoria.

Al principio hay una desorientación por el cambio de horario que uno no puede precisar, porque cuando se esta de día uno tiene sueño y cuando se esta de noche no se tiene. Hay que dejar que el reloj interno se ajuste solo con el paso de los días.

Comencé a trabajar lentamente con la persona con la que antes había negociado para realizar el proyecto. No es fácil trabajar con alguien que por primera vez vas a realizar un proyecto de largos alcances. Las primeras tres semanas las pasamos hablando y delineando el proyecto y a su vez conociéndonos. Su cultura era completamente ajena a la mía. Y había que ir con mucha cautela. Él estaba en su medio y lo conocía y hablaba su idioma y yo simplemente un aparecido. Nos comunicábamos a través del Ingles ya que éste es un idioma que se habla en Pakistán. No fue fácil esta comunicación. Los días para él no eran los mismos que para mí, ya que su calendario no era el de occidente. Todo estaba basado en el Islam y el día viernes es el día sagrado para ellos. Los sábados y domingos son días normales, a pesar que el nuevo gobierno esta occidentalzando  el calendario. 

Después de muchas discusiones logre establecer los horarios de trabajo con la gente que comenzó a trabajar en el proyecto. De ahí en adelante todo fue bien. En las oficinas trabajan unas quince personas. Casi todos ellos ingenieros de sistemas y programadores. Lo mas interesante es que no hay una sola mujer entre el grupo y todos ellos fluctúan en las edades de 21 a 34 años, y para mas datos, solteros. Cada uno espera que sus padres les encuentren una mujer para casarse. Ninguno de ellos ha tenido relación directa o indirecta con una mujer, ni siquiera han llegado a darle la mano. Aunque todo el tiempo están hablando de mujeres y soñando con ellas.

Sobre este tema hable muchas veces con ellos y desconocían por completo como era una relación de pareja. Las veces que fui invitado a casa de alguien, no vi una mujer, todas estaban alejadas del mundo social o de la conversación con los hombres. Cuando comí, siempre estuve con ellos y jamás hubo una mujer a nuestro alrededor. Sabía que estaban ahí porque escuchaba sus voces. Los hombres se referían a ellas como algo allá, sin importancia pero a la vez con mucho respeto. Por razones de ser extranjero tenia ciertas libertades de poder actuar y decir, pero siempre tenia mucho cuidado con mis movimientos. Las mujeres a pesar de ese confinamiento, ellas se las arreglaban para comunicarse con las personas que ellas querían hablar. Es muy sutil todo lo que pasa y en una forma que es casi indetectable, sobre todo en una ciudad de cinco millones de habitantes.

Rawalpindi es una antigua ciudad, anclada en un valle cerca de la frontera con Afganistán y a pocos kilómetros de distancia de Islamabad la capital. Alguien que venga de Latinoamérica encontrará un mundo nuevo, pero con toques muy familiares. La construcción a veces muy parecida y sus gentes con ese aspecto de que vinieran de cualquier región de México o Suramérica. Pero a su vez tan diametralmente opuestos en sus costumbres y en sus ceremonias que lo hacen sentir realmente en otro continente. Durante los seis meses que pase allí pude vivir todo tipo de experiencias, ya que todo era nuevo. Pude comparar muchas cosas con las que ya conocía de otros países y ver la vida que se vive allí.

Por las calles es raro ver una mujer y cuando uno las ve siempre van vestidas de negro tapándose la cara y muy pocos se dejan ver sus rostros. Las mujeres siempre andan entre mujeres y en pequeños grupos. Cuando caminaba por las calles las observaba porque me llamaba mucho la atención su forma de comportarse y la imposibilidad de verles el rostro. Con el tiempo me fui familiarizando y como caminaba por los alrededores de la oficina haciendo compras, por lo general veía a la misma gente y así fui entablando una amistad con muchos lugareños, lo que hizo que mis días fueran más amables. En mis largas caminadas puede conocer mas y poder descifrar la estructura de la ciudad, ya que no tiene la misma conformación de las ciudades del resto del mundo. Allí no existe una planeación de la ciudad. Existen tres o cuatro grandes avenidas que comunica toda la ciudad, el resto son callejones que no conducen a ningún sitio. Solo quien conoce el área puede llegar a su destino. Me tomó dos meses para poder comprender la ubicación de los sitios y como llegar a ellos cortando distancias. El trasporte se hace en moto, o en motos de tres ruedas que son las más comunes. No existen casi semáforos y cada cual maneja a su saber y entender. La policía se estaciona en las calles de más tráfico a controlarlo. Pero lo más interesante es que hay sitios donde se desembocan hasta cinco y seis calles como si fueran las ramas de un árbol.

Hay muchos centros comerciales por donde solo transitan personas y no son como lo que estamos acostumbrados a estar sino una gran extensión llena de  viviendas con pequeñitos almacenes  uno pegado del otro. Todo pegadito el uno del otro como un bazar y así se extiende inmensamente. Todo lleno de color y de mercancía de todas partes y telas multicolores que adornan los lugares y joyerías con exquisitas prendas de oro de 24 quilates. Ahora cuando se sale de allí y se camina por las grandes avenidas que son las vías principales. Hay árboles frondosos y téngalo por seguro que al pie de cada árbol encontrara un peluquero ya sea afeitando o cortándole el pelo al cliente de turno. Otra de las cosas particulares es que no existen bares y centros de diversión. El alcohol esta prohibido, ni siquiera se consigue en las farmacias.

Pakistán es un país adorable, sus gentes son amistosas y con un profundo respeto a sus costumbres y creencias. A pesar que desconocen las costumbres de otros continentes, ellos tratan de vivir en una forma humilde entremezclados los ricos con los pobres y esto hace más unida la sociedad. Es normal ver una casa de un rico enseguida de la de un pobre y no la división entre ricos y pobres como es costumbre en el resto del mundo. Es un país donde se puede invertir en bienes raíces y en la minería. Además se puede vivir en la mas completa tranquilidad sin la zozobra del secuestro o que lo van asaltar a la vuelta de la esquina.

Allí se puede hacer tantas cosas, porque todo esta por hacer. Es un país nuevo que apenas se esta construyendo. Y por eso es llamativo a las nuevas inversiones.

 

 

zahurk@hotmail.com

 

 


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