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  New York, NY. EE.UU. Año 6 -

 

  Mayo 28 de 2007

 

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  COLUMNA DE JOTAMARIO ARBELÁEZ

Poeta nadaísta

Asesinar

al asesino

Sin armas blancas ni de fuego, ni

picanas eléctricas ni motosierras.

 

 

Jotamario Arbeláez 

“¿Qué ha cambiado en el último medio siglo, desde que empezó a escribir poesía nadaísta, hasta el momento presente? ¿Qué sinsabores y que satisfacciones le ha deparado? ¿Sirve para algo la poesía en estos tiempos de masacres y de globalización?”

     Estas preguntas me las plantean escamosos profesores de literatura y estudiantes nerviosos de que los sorprendan cultivando el poema nadaísta que propusiera Amílkar U en 1959. Cuando ya nadie nos persigue ni discrimina, y antes bien nos abren tribunas para que a tutiplén desbarremos, los muchachos que nos siguen tienen que meterse al clóset que abandonaron las “locas” para escribir sin que los juzguen iconoclastas de mierda los actuales críticos de la tradicional pobreza de solemnidad literaria.  Cuando al fin y al cobo más plastas ellos.

     Desde mis primeros pasos de adolescente, cuando Vladimir Nabokov escribió Lolita y Hugo Heffner lanzó Playboy con Marylin Monroe desnuda sobre un edredón rojo en la tapa, me encuentro “haciéndole a la palabra”, buscando convertirla en instrumento de seducción y en arma de legítima defensa. Sin proponérmelo -sin haber escrito nunca un poema de amor propiamente dicho- siento que he merecido tantos besos como versos he publicado. Y he sorteado amenazas mortales tras el biombo blindado del verbo público que, para que no se perciba tan ofensivo, he barnizado con una capa de humor negro que termina por hacer reír al mismo verdugo.

     Los poetas nadaístas dejamos de hacer poesía nadaísta para convertirnos en poetas sociales, porque se nos hace imposible consagrarnos a una poesía despojada de significados, como fue la primera propuesta en el manifiesto. Y para que fuera social sin dejar de ser poesía, asumimos formas prosaicas como la nota periodística, a la que ponemos todo el sentido fustigante y disociador, sin olvidar el vuelo picaflor por entre los jardines colgantes de nuestras babilonias mentales.

     Por un poema redimí mi bachillerato y por otro poema merecí el doctorado honoris causa en una universidad. Un libro de poemas me llevó a Macedonia a encontrarme con 80 poetas del mundo en pantaloneta. Por un poema Artemio Franco mandó a restaurar los techos desplomados de mi casa de las agujas. Por un premio de poesía llegué a la publicidad a seguir recibiendo el mismo premio todos los meses. Por un poema Pacho Santos me llevó a El Tiempo. Por dos poemas que le leí a mi mujer al oído tengo dos hijos. Y con poemas edifiqué mi casa y tanqueo mi Mercedes. Por ser poeta me piden que defienda causas perdidas. Por la poesía fui a Islanegra a saludar a Nicanor Parra. Y la poesía, que es contradictoria como la realidad, no me ha brindado sinsabores sino cuando he triunfado con ella ganando premios.

     Antes de que la globalización se impusiera ya la poesía le daba la vuelta al mundo en 80 globos. Había que hacer desaparecer las fronteras para permitir la circulación imperiosa del hombre nuevo. Para un poeta es anatema defender a un político en el ejercicio del poder, porque donde radica el problema es en el poder, que tiende a sojuzgar a los sometidos. Cuando un poeta defiende a un mandatario se desacreditan por igual mandatario y poeta. Cuando un poeta grita Viva la poesía responde abajo. Sólo el espíritu ácrata puede circular descontaminado por entre las nubes de smog y de glifosato.  

     Olvidarán los vivos pero los asesinados no olvidan. Henry Miller soñaba con “asesinar al asesino”, como la santa  misión del poeta. Pero este asesinato no era con armas blancas, ni de fuego, ni con picanas eléctricas ni motosierras. Era aplicando en la frente de los genocidas la señal de Caín, para que ni siquiera con su arrepentimiento ni con el perdón de la ley tuvieran paz en la tierra que ensangrentaron. Malditos hasta que la muerte los conduzca a esa eternidad tenebrosa ganada con los desmanes que cometieron. Mientras se espera que algún día reverdezca el olivo. 

      

 

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