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  New York, NY. EE.UU. Año 6 -

 

  Marzo 14 de 2007

 

a 

  COLUMNA DE JOTAMARIO ARBELÁEZ

 

Amigos en su tinta

 

 

 

Jotamario Arbeláez 

Se dice que uno es la suma de sus amigos, vivos y muertos. Yo me alegro de tener tantos, tanto aquí como allá. Todos los días los repaso, mentalmente, y disfruto de su memoria. Hoy pienso detenerme en dos, uno que se me fue hace 20 años y otro que lleva casi todo ese mismo   tiempo luchando por no dejarse ir.

     Se llamaba Darío Lemos, y se autopresentaba de la siguiente manera: “Todo el mundo cree que dice una gran verdad cuando declara que existe. Yo digo para contrariar la verdad que yo no existo… Vivo de la poesía, o mejor, la poesía vive de mí. Nunca tengo dinero, ni me interesa. Tengo en cambio abundantes amigos que pagan por mí en tributo a mi genio y a la amistad que les concedo por minutos, pues nadie es digno de mi compañía. Las mujeres se derriten de deseos bajo este sol tropical porque yo cobro las miradas y los besos a precios muy altos y generalmente en dólares.”

         Era un poeta que hacía de sus poemas una almohada para dormir sobre la banca de un parque, cuando lo alcanzaba la noche sin haber logrado vender un beso o una mirada para pagar el camastro. Había gozado de una apostura viril que combinaba con su comportamiento de excéntrico. En sus últimos tiempos –murió de 45- se le había ido la carne del cuerpo como los dientes de la boca, pero seguía aferrado sobre su silla de ruedas a una carpeta de cartulina, donde acumulaba sus escritos recientes. La gangrena le trepaba por una pierna, como él lo vaticinara en escritos de juventud, ferviente discípulo de Rimbaud. Logré que Colcultura le publicara su libro Sinfonías para máquina de escribir, con poemas y cartas que logré salvar y recopilar de los cuartos de los amigos y amigas por donde pasaba e iba dejando. Siguen apareciendo más cartas y más poemas. Ya sería hora de hacer una nueva publicación, ampliada y actualizada.

         Una tarde entré con mi amigo Ignacio Ramírez al cementerio de Montparnasse y deposité uno de los ejemplares de la reciente edición sobre la tumba rectangular de Tristán Tzara, fundador de dadá. Se me escaparon dos lágrimas que fueron a dar a una de las agudas crónicas de Cronopios, como se llama la página que publica mi acompañante en el cementerio. Y quien es el otro mencionado al principio. El hombre terco, tozudo, empecinado, valiente, que ha espantado sus dolencias del cuerpo –que son bien graves- mediante la entrega al diario virtual que más ha hecho por la cultura colombiana en los últimos años, por puro amor al arte, como se dice.

         Hace diez días publicó este mensaje de ausencia, que nos sobrecogió a todos los amigos: “Graves quebrantos de salud me han obligado a suspender la elaboración y  el envío de Cronopios Diario Virtual. Espero que el ánimo y la voluntad que tengo para intentar levantarme de nuevo, me permitan reanudar pronto esta labor que nos ha familiarizado y acercado durante tantos años. En procura  de un restablecimiento he decidido guardar reposo absoluto. Les notifico que no puedo recibir visitas ni llamadas telefónicas y les ruego tener en cuenta esta determinación. Soy consciente de su cariño y solidaridad y así como lo agradezco, sé que esas fuerzas me servirán de fuente para volver pronto…”

         Temimos lo peor, que era que se nos fuera “tan callando”. Pero esta mañana deben haber saltado como yo de alegría los casi cien mil amigos a quienes llega Cronopios, al abrir el buzón y encontrar que resurge con nuevo pulso, dando la batalla por la vida y por aquello que le da sentido, como son la amistad y la poesía. Lección de coraje la que no da este varón de dolores  “aferrado a la vida como una muela tenaz. Y a la raíz, como pluma de ala, que anhela eternizar su vuelo”.  Larga vida para el amigo entre sus mitigados padecimientos. Es el sincero deseo de mi corazón.

 

 

 

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