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  New York, NY. EE.UU. Año 6 -

 

  Marzo 7 de 2007

 

a 

  COLUMNA DE JOTAMARIO ARBELÁEZ

 

Gabo al teléfono

No oía nada, no escuchaba ni cinco

de las palabras pausadas del Nobel.

 

 

 

Jotamario Arbeláez 

La primera vez que lo vi fue una tarde lluviosa de 1963. Me estaba dando el lujo de una fina ginebra con lo que había conseguido para almorzar, en El Cisne, el legendario refugio de bohemios de la carrera séptima. Subrayaba un párrafo interminable del libro de Samuel Beckett, Malone muere, que era mi Biblia, cuando entró por la puerta batiente, con chaqueta de lana de cuadros rojos, pantalón de dril caqui y mocasines de goma. Como ocupaba la primera mesa, y el establecimiento estaba casi vacío, se encaminó hacia mí con su espeso bigote y su protuberante lunar en el pómulo. “¿Has visto a Martatraba?”, fue lo único que me dijo. Le contesté que recién había entrado y me había preguntado “¿Has visto a Garcíamárquez?”, y que como le contesté que no, se había ido. Pero yo estaba a punto de síncope por la emoción de conocer “al monstruo”, luego de “a la papisa”, y que me hubieran dirigido la palabra. Acababa de leer La hojarasca y me había deslumbrado, a causa de su evidente parecido con Mientras agonizo, de Faulkner, que había devorado horas antes.

         Cuarenta años después asistí –atendiendo a la cortesía de José Ángel Leyva, de la revista Alforja-, a la Feria del Libro en El Zócalo, la inmensa plaza de ciudad de México. Y al entrar en la habitación del hotel, sobre la mesilla, hallé una invitación a cenar esa noche en el Hilton, de parte de García Márquez. Allí me hice presente, con un ejemplar de Molloy, segundo volumen de la trilogía de Beckett que culmina con El innombrable, que aun no consigo. Había otros invitados, entre ellos el poeta Alvarado Tenorio, el novelista Evelio José Rosero, el periodista y escritor Antonio García y Hernando Cabarcas. En medio del whisky abundoso el patriarca nos reportó que antes de Cien años de soledad nadie había reparado en él en Colombia, a lo que aproveché para comunicarle mi conmoción del día remoto en que lo conocí, por la lectura previa de su noveleta inicial y de El coronel, publicado en Mito.

         Después de la cena, su generosidad –y Mercedes- nos condujo al Bar Siqueiros, previa contratación de una cantante que admira, micrófono en mano cantó él mismo y, antes de despedirnos al amanecer, al poeta Alvarado y a mí nos dijo que nos esperaba al día siguiente en su casa “a comer”.

         Salí temprano a dar vueltas por entre las obras de los muralistas con Alvarado, y éste me demandaba a cada rato que telefoneara a casa de Gabo para consultarle a qué horas le parecía que llegáramos. Pero yo había tomado al pie de la letra colombiana el término “a comer”, como si fuera en la noche. Sin reparar en que en México se le dice “a comer” a almorzar. Así que dejé pasar las horas hasta las 3:30 p.m., cuando me avine a llamarlo, desde un teléfono público ruinoso en una de las esquinas del Zócalo. Me contestó él, y yo, en el colmo de la estolidez, le pregunté por Mercedes. A ver si ella nos lo hacía pasar. Cuando supo quien era se rió de mi bobería. Y me increpó que los habíamos dejado esperando. Que ya era muy tarde. Pero que pusiera atención, que era muy importante lo que tenía que decirme.

     En ese momento comenzaron a sonar los altoparlantes de estruendo de la Feria del Libro, anunciando sus novedades, entre ellas las ediciones de los libros del primer escritor del mundo. No oía nada, no escuchaba ni cinco de las palabras pausadas del Nobel. Le estiraba el auricular a Alvarado a ver si el sordo era yo y él tampoco oía nada. Y yo me sentía incapaz de interrumpirlo para decírselo, y pedirle que me permitiera ir hasta mi habitación del hotel a repetir la llamada. Habló más o menos veinte minutos, yo sudando impotencia y reinsertando monedas inútiles. Imagino que me dijo todo lo que sentía por el nadaísmo, por nuestra obra, por nuestro pasado o futuro. Nos ponía en el patíbulo o en el pináculo: todo lo que aventure es mentira. Sus palabras se las tragó el viento de la comunicación imperfecta. Y ni modo de pedirle que las repita. En todo caso, muchas gracias.  

 a un marido a quien se le fueron las luces.

 

 

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