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  New York, NY. EE.UU. Año 6 -

 

  Marzo 23 de 2006

 

a 

  COLUMNA DE JOTAMARIO ARBELÁEZ

 

 

Amante latino del español

 

 

Jotamario Arbeláez 

No recuerdo haber pasado un día de mi vida, desde que aprendí a leer y escribir, en que no haya leído y escrito así sea una página. Como mi abuela analfabeta me pagaba un centavo por cada hoja que le leyera antes de dormirnos, me aprovisioné de los libros más copiosos de la literatura, como Los miserables, de Víctor Hugo, Cumbres Borrascosas de Emily Bronte y la saga de Alejandro Dumas, con lo que obtuve para comprar esclava de plata y patines con freno. Pero cuando le hube leído todos los libros, me tocó hacer la pantomima de que le leía unas historias interminables de un tomo en blanco de los que papá utilizaba en la sastrería para apuntar las medidas. Cuentos chimbos de mi invención que la pobre viejecita me pagaba munífica. Y después me tocó escribirlos, en el mismo cuaderno, para volverlos a leer, ya en familia, ante los elocuentes comentarios acerca del escritor fantasma por parte de la timada sexagenaria.

         Por eso nunca tuve el terror de la página en blanco, que ataca a tantos escritores, en especial de los medios de comunicación, que son los que tienen el compromiso de parir a una hora fija. Todo lo que uno ha leído vuelve a salir con otras palabras hacia otros ojos, como todo lo que uno vive ya lo vivieron en la ficción otros personajes.   

         Cuando comencé a hacer frases celebres expresé que no practicaba la literatura como un oficio sino como un ocio, no para sobrevivir a todo sino sobre todo para vivir, para divertirme, para jugar. No se si las vueltas de la vida o los giros de la literatura me han cobrado la paradoja. Ahora debo permanecer sentado tecleando para pagar el agua y el pan y los boletos del circo y las zanahorias para el conejo. Cuando a uno no le pagaban nada por escribir y escribía con toda irresponsabilidad lo que le daba la gana ¡qué divertido era!, aunque a veces corriera el riesgo de ir a parar a la cárcel. Porque tiempos hubo en que las palabras mal combinadas para el régimen gubernamental, académico o religioso, nos hacían reos de terrorismo verbal y objeto de consejo verbal de guerra.

         Había que estar contra el gobierno porque todos los gobiernos son malos a partir de que los eligen, para quienes no votaron por ellos, o simplemente no votaron, o se arrepintieron del voto. Había que estar en contra de la academia en defensa, ya no de la pureza sino de la entera libertad del lenguaje, como había que estar contra la iglesia para reivindicar la verdadera imagen de Cristo. Que no es la rubicunda del Corazón de Jesús, sino la que he recibido en forma de cristal en mi corazón.

         Yo quiero tener un millón de libros, cantaba parafraseando a Roberto Carlos. Y por mi abuela que los tendría, si no fuera por todos los que me robaron. Pero no me hago mala sangre. Yo también me robé unos cuantos, y cuando tuve dinero me devolví a pagarlos a las librerías afectadas. Algunas no me lo recibieron, por darle mayor crédito a mi inmerecida fama de mitómano.

         Ya no escribo contra Dios ni contra el tirano. Ni en loor del bandido, del eterómano o del erotómano. Me contento con mirarme mover las manos por sobre las teclas ya borrosas de mi escritorio, errantes por el silencio. Mis manos transparentes de tocar todo lo que tenían que tocar, menos música.

         Como nunca aprendí otro idioma, me siento todo un señor castellano provisto de ocho tomines. Nada amo tanto en el mundo como mi lengua. Con la que he llegado, llego y llegaré a todas esas partes que también amo.

         De no ser por mi abuela Carlota Arbeláez, de Rionegro, quien no sabía leer ni escribir, hoy no sería escritor y lector de tiempo completo. Como gracias a mi mujer, que no sabía en lo que se metía, hoy soy un amante redondo. Pero esa ya es otra historia. Que les va a costar otros tres centavos.

 

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