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  New York, NY. EE.UU. Año 6 -

 

  Diciembre 16 de 2006

 

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  COLUMNA DE JOTAMARIO ARBELÁEZ

 

 

Hogar, dulce ahogo

 

 

Jotamario Arbeláez 

Leí por ahí que detrás de cada gran

hombre hay una mujer mamada. 

 

Al poeta Eduardo Escobar, en algunas de sus últimas notas de prensa, muy sexudas por cierto, le ha dado por vapulear a la mujer, no a la suya, sino a las de todos, al Arquetipo. Toma como punto de arranque a las feministas, lo que lo salva, pero termina dándoles por parejo a las parejas de los matrimonios formales. Esa quejumbre tal vez provenga de sus lecturas de Schopenhauer y de Otto Wieninger, tendientes a generalizar el nefasto rol femenino, pero no hay dos mujeres iguales así como toda relación es distinta. Y cada cual lo único que puede hacer es narrar cómo le ha ido en la procesión.

     En absoluto creo que las mujeres sean injustas en sus reproches, en el duro martillar de su cantaleta sobre el cerebro del amo de sus desvelos. Ellas son así y allí están, firmes como la roca perforada por una lágrima. Para el placer y el dolor tienen un gemido. Son la piedra sobre la que se levanta la casa. El pedazo de leña que mantiene el hogar prendido. Tienen los labios fáciles para el beso de amor y de despedida. Lo dan todo, esperando en reciprocidad una entrega total bastante difícil. No hay mujer que no valga lo que pesa en abrazos, así los vaivenes de las hojas en la tormenta las manden lejos. Las mujeres no tienen la culpa de ser mujeres, como si la tienen los hombres de pensar que ser hombres les concede el privilegio de ser sus dueños. Cuando se vuelven madres tocan el cielo con las manos, así ese cielo deje de ser el marido. Leí por ahí que detrás de cada hombre grande hay una mujer mamada. 

         Tampoco hay que aceptar así como así que los hombres en general seamos una manada de machos desconsiderados. He conocido señores que han sido unas verdaderas madres con sus esposas y por consiguiente han terminado pariendo. No es la regla. De parejas gozosas están llenos los centros comerciales y las salas de cine. Sólo cesan los arrumacos cuando las hembras son sonsacadas por otras hembras para lanzar su grito de independencia. Y hasta allí duró el florero.

         El florero que fue el recipiente de las más bellas expresiones del jardín perfumado termina convertido en un  bólido. A la señora le da por “hacer su vida” de acuerdo con los planteamientos en boga. Si el marido tiene sus ideales, sus metas y sus proyectos ella también puede tener los suyos, y mientras menos tengan en común mejor. Ya su realización no se manifiesta en Carulla sino en la congregación, donde quién sabe que ‘avión’ le concede silla.

         Es entonces cuando al varón le corresponde comportarse con toda la diplomacia que le permite su género. Nada de garrotazos ni de palabras brutales, que allí comenzaría el acabose. Es lo que esperan las aliadas para acabar de conquistar esta nueva alma para el limbo liberacionista.

         A las feministas les tengo un inmenso respeto, de lejitos, como a las arañas pisacaballos. Considero necesaria su lucha, por tantos siglos de opresión resignada. Así diga Tabuchi que el feminismo es el único caso en la historia de rebelión de los amos contra sus esclavos. Pero me niego a aceptar el nuevo estereotipo, que me significaría sacrificar mi norte de seducción. No en el sentido de tener en cada puerta un amor, sino de hacer sentir a las damas, como lo aconseja Baudrillard, que están ante alguien que les hace la venia de su admiración sin medida.

         Admiración que comienza con la señora de Dangond Lacouture, quien tuvo el carácter y la valentía de perdonar y reconciliarse con su agresor que es al fin de cuentas su amor, desafiando las iras de su familia y de las ligas de liberacionistas desobligantes. En una sociedad violenta como la nuestra, cómo no aplicar en familia la figura del perdón que ensaya el gobierno. Si a una mujer no hay que tocarla ni con la sépalo de una rosa, menos la mujer tiene por qué condenar a perpetuidad a las tinieblas exteriores a un marido a quien se le fueron las luces.

 

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