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  New York, NY. EE.UU. Año 6 -

 

  Mayo 26 de 2006

 

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  COLUMNA DE JOTAMARIO ARBELÁEZ

 

 

'El crimen del siglo', la estruendosa novela de Miguel Torres que me dejó sin aliento

 

 

Jotamario Arbeláez 

Roa Sierra sucumbió linchado. En un crimen de Estado que le fue endilgado a la plebe.

¿Quién mató a Roa Sierra? (I)

 

La odisea de un pobre diablo que podría ser Colombia vista desde abajo.

 

Nadie sabe, pasados 58 y 43 años respectivamente, quiénes fueron los autores intelectuales de los mayores magnicidios de América (1), el de Jorge Eliécer Gaitán y el de John F. Kennedy.

 

Los derechistas más temerarios llegaron a señalar esa responsabilidad en un solo personaje -acaso un líder tan o más importante que sus presuntas víctimas-, Fidel Castro, hoy postrado por causa de una crisis intestinal, después de haber conducido su revolución por cerca de 50 años y haber sorteado con éxito más de 600 intentos de los gringos por cobrarle su atrevimiento, en lo que hubiera sido el magnicidio supremo.

 

Ese viernes que mataron a Gaitán se cayó la araña del comedor de la casa sobre la sopa de todos. "A partir de este momento se nos va a venir el mundo encima", alcanzó a decir el tío 'Picuenigua' desenfundando un machete. Por eso, muchos años después, yo me alié con un muchacho antioqueño que me dijo que si no hubieran matado a Gaitán él no habría fundado el nadaísmo. Que deberíamos poner el mundo patas arriba. Me hice amigo también de Arturo Alape, un compañero de la izquierda caleña que se había echado sobre sus hombros la responsabilidad de dar con el real asesino, y terminó por hacer su propio 'bogotazo' editorial, con la participación de Fidel.

 

Ahora acabo de leer El crimen del siglo (2), la estruendosa novela de Miguel Torres que me dejó sin aliento. Más literatura que tesis, pero hipótesis al fin de cuentas, narra el periplo aterrador del victimario reconocido -la odisea de un pobre diablo que podría ser Colombia vista desde abajo-, la pretendida reencarnación del general Santander, dando vueltas y revueltas alrededor de las calles del crimen, en el rebusque para mantener a su ex amante María y a su pequeña hija Magdalena, mientras vive de gorra en la casa de doña Encarnación, su madre, sostenida por un hermano. Visita con asiduidad a un astrólogo alemán, que le da la mano con unos pesos y le trata de reconstruir el espectro.

 

Bertolt Brecht, al hablar de los triunfos de los grandes conquistadores, reclamaba loor para el cocinero. En esta novela, el cocinero es el héroe, así sea de papelillo, abrumado por la figura de quien un día adoró y se le cayó, cuando no fue capaz de conseguirle un puesto con el señor presidente. Entonces le fue creciendo el rencor, y fue entrando en el maremágnum, hasta que logró financiar una pistola de lástimas.

 

Siempre se han planteado las hipótesis -a falta de un responsable cierto- de que a Gaitán lo mataron la oligarquía y el gobierno de Ospina Pérez, que él denunciaba como responsables de la violencia que comenzaba; o la CIA, aterrada con el auge del caudillo, que parecía conducir al gobierno a alguien imposible de manejar; o el comunismo internacional, para sabotear la Conferencia Panamericana.

 

El investigador Jordán Jiménez se encargó del asunto y no encontró nada. Se importaron sabuesos de Scotland Yard, quienes no descubrieron ni siquiera quién les escamoteó la billetera en el aeropuerto. En los textos de historia para los niños se estableció que el asesino fue un psicópata que actuó solo.

 

El doctor Alfonso López Michelsen, con el 'venenete' que lo caracteriza, dijo a Enrique Santos Calderón en su libro Palabras pendientes -y se lo sostuvo a este columnista en su biblioteca (de él)-, que el crimen de Gaitán había obedecido "a un lío de faldas".

Afirmó más linfático que, cuando dio por primera vez esa declaración, doña Amparo y doña Gloria, esposa e hija del tribuno del pueblo despachado por mujeriego, según él, le retiraron hasta el saludo. (Continuará)

 

(1)Habría qué considerar en este rango a Abraham Lincoln y a Luis Carlos Galán, a John Lennon y a Luther King, a Carlos Pizarro y a Eloy Alfaro, quien no sucumbió propiamente como Gaitán, sino como Roa Sierra, linchado. En un crimen de Estado que le fue endilgado a la plebe.

 

(2)Seix Barral, 2006.

 

* nadaismo@telesat.com.co

Jotamario Arbeláez

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