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  New York, NY. EE.UU. Año 6 -

 

  Abril 20 de 2006

 

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  COLUMNA DE JOTAMARIO ARBELÁEZ

 

Par Jotas

 

Con Cristo en el ascensor

 

 

Jotamario Arbeláez 

Vuelvo a Cristo de la mano de otro apóstol limpio de culpas, Judas. No se puede quejar la iglesia. Par jotas.      

 

Una lluviosa mañana de sol (”Son las gracias del Señor”) de 1970, coincidimos en el hall del Edificio Seguros Tequendama, por entonces el más alto de Bogotá, el profeta Gonzalo Arango y éste su discípulo amante. Él iba a solicitarle un aviso para la revista ‘Nadaísmo’ a Simón González, hijo de nuestro maestro Fernando González y presidente de Incolda, que funcionaba en el piso 30, y yo a cumplir una cita en el Club de Ejecutivos, piso 31, con Matilde Torres, su secretaria, quien me había invitado a desayunar.

Lo saludé con un beso en la mejilla, como venía haciéndolo desde que descubrí cuando nos cruzábamos que ya no se perfumaba con Vetívert sino con incienso puro, que había dejado el vino por el vinagre, y que venía preparando -a los 13 años de la fundación del movimiento más desalmado y roñoso de la historia del espíritu, que él mismo definió como ‘el evangelio de la nueva oscuridad’-, un libro con afanes mesiánicos que titularía ‘Providencia’, como la isla de nuestros sueños, de donde acababa de regresar.  

Antes de que uno de los seis celestes ascensores nos abriera sus puertas, apareció entre nosotros un ser que no parecía de este mundo, no mayor de 20 años, con una cabellera cantarina que descendía sobre una túnica que le dejaba al descubierto sus tobillos translúcidos. Entramos los tres en el recinto automático, y mientras yo buscaba con mi dedo el tablero ella se limitó a cantar “30”, con una voz de personaje de Swedenborg, ese sutil arquitecto del cielo. Subimos escuchando cómo se nos oxigenaba la sangre. Vi el rostro de Gonzalo  transformado en estampa. El espíritu del aire se llenó de corpúsculos luminosos. Se esparció un aroma de flor de los llanos de Sarón. La música ambiental fue sustituida por ecos de hosannas.

Ingurgité mi té con tostadas con quien habría de ser uno de los amables amores en mi crucifixión rosada; Gonzalo reclamó el aviso para el número 2 de la revista que habría de contener su artículo “Sermón contra Jesús”, del que al poco tiempo se arrepentiría; la fugaz pasajera, luego de un cruce con Simón, nos alcanzó y bajamos mirándonos las tres sonrisas congeladas. -¿Puedes decirnos tu nombre? arriesgó Gonzalo. –Alejandra, Alejandra Silva. A cada uno nos extendió una mano. La tomamos. Supimos que era un cuerpo real.

Teníamos cita con Jaime Jaramillo Escobar en la sede de la revista, en La Candelaria. Él era el gerente, retirado temporalmente de la poesía mientras manejaba su agencia de publicidad, y mientras avanzábamos por el andén del edén de la carrera séptima, nos miramos al borde del paroxismo. Entonces él me preguntó: -¿Poeta, qué sentiste en el ascensor? –Que estaba en presencia de Jesucristo, le respondí con una exaltación que me hizo ruborizar. –¿Así que tú también lo sentiste? me interrogó transfigurado. –Nos hemos encontrado con el Maestro en el ascensor. Testifiqué, siendo que yo aun en Él no creía. Éramos un amasijo de luz mientras avanzábamos. Habíamos estado en plena teofanía. Y no habíamos tomado ningún bebedizo raro.

Cuando llegamos donde el increíble e incrédulo poeta  X-504, no pudimos abstenernos de contarle nuestra experiencia. La convicción absoluta de cada uno corroboraba la del otro. Él nos escuchó sin manifestar desconcierto. Que Jesucristo se les había presentado a Gonzalo Arango y a Jotamario en un ascensor. Muy bonito. En vez de regañarnos por andar en connubios con la cannabis y la superchería, como lo habría hecho cualquiera, llamó a quienes pensaba que podrían dar alguna explicación a nuestro sobrecogimiento de cariz esotérico. Al maestro Ruiz Linares y a Eduardo Mendoza Varela, expertos demonólogo y angelólogo.  

El dictamen fue muy sencillo y profundo, y el poeta no tuvo empacho en comunicárnoslo. “Con quien ustedes se encontraron no fue con Jesucristo sino con el demonio. Porque Cristo nunca se presenta en forma de mujer. En cambio el demonio sí en forma de Cristo.”

No le creímos ni al poeta ni a los especialistas. A partir de ese momento, Gonzalo era un convertido. Al otro día despachó al Nadaísmo y abrazó a Cristo. Yo me resistí, y seguí deseando a la hermosa niña de la luz bélica, aunque a prudente distancia.

En la Funeraria Gaviria volví a encontrarla, frente al cadáver de Gonzalo. Le conté de nuestra experiencia  milagrosa de hacía 6 años, cuando ante ella sentimos el viento paráclito. Ella me dijo que había sentido lo mismo. Pero que era el profeta el portador de la presencia divina. Yo no lo había comprendido. Por algo su conversión no fue al cristianismo, sino al Cristo. Y por algo desde el principio los poetas nadaístas éramos 13. Me demoré 33 años más que el profeta para retornar al Maestro. Y ahora lo hago de la mano de otro apóstol limpio de culpas, Judas. El otro gran besador de mejillas. No se puede quejar la iglesia. Par jotas.                

   

 

                                                            *     *    *

 

Los niños Jesús y Judas

 

Jesucristo ha resucitado en el resto del mundo y en mi corazón hecho pascuas. Los carros y mi sangre circulan raudos por las arterias. Saludo a los gigantescos cartuchos del jardín de mi casa y al mirlo locuaz, y echo a andar por la ciudad con ‘Los evangelios apócrifos’ que me han acompañado toda la vida. Hace más de medio siglo perdí la fe y ahora vuelvo a recuperarla pero en forma de convicción. Nada de creer en lo que no vemos. Yo he visto.

            Estudié mi primer año de bachillerato en el Colegio Americano, donde mi hicieron leer la Biblia de cabo a rabo. Así me compenetré con los misterios de la creación, la culpa y la redención. Más que por mis primeras caídas tan dolorosas, lloré por la pasión de Cristo, sobre todo por la lanza en el costado que le clavaron ya muerto.  

            Cuando cambié al Nazareno por “el profeta de la nueva oscuridad” que me hizo dar el salto al vacío-, dejé de leer la Biblia pero me pasé a estudiar ‘Los evangelios apócrifos’, donde se narran las aventuras de Jesús el Cristo que no refieren los evangelistas canónicos. Entonces Jesús pasó a ser para mí un personaje fabuloso, como Simbad el marino, como Sócrates de Atenas, como Simón el Mago, como Apolonio de Tiana, como Empédocles de Agrigento u Odiseo de Ítaca.

            Hace algunos meses publiqué un artículo titulado ‘El evangelio según Judas’, con base en una remota acotación de Borges, de que este discípulo escarnecido como traidor, por su humildad y sacrificio habría sido el verdadero redentor del mundo. Me llovieron anatemas de la feligresía. Ahora se ha prendido el cotarro por el hallazgo del ‘Evangelio de Judas’, que se comenta pero no se reproduce en el libro de los apócrifos. Allí se afirma que era el discípulo preferido del Maestro, y que lo que hizo fue obedecer la orden de Jesús de que lo traicionara para que se cumplieran las profecías. Si obedeció la orden no hubo traición. Traición hubiera sido no obedecerla.

            Me siento, pues, en una banca de la Porciúncula, y mientras espero que el sacerdote inicie su Sermón de las siete palabras, leo un fragmento del ‘Evangelio árabe de la Infancia’, Cap. XXXV, 1-2, donde se devela el momento del temprano conocimiento de los dos héroes de la Pasión:    

“Vivía allí mismo (en Belén) otra mujer cuyo hijo era atormentado por Satanás. Su nombre era Judas. Cuantas veces la pobre criatura era embestida por el demonio, se ponía a morder a todos cuantos se le acercaban. Y si no encontraba a nadie a su alcance se mordía sus propias carnes y miembros. Al llegar, pues, la fama de la Virgen María y de su hijo Jesús (tenía a la sazón 3 años) a la madre del desgraciado, se levantó ésta y llevó a Judas ante la presencia de Nuestra Señora.

Entretanto, Santiago y José habían sacado al niño Jesús fuera de la casa para jugar con otros niños. Y, estando todos sentados se acercó Judas el endemoniado y se puso a la derecha de Jesús. Entonces fue atacado por Satanás, como de costumbre, y quiso morder a aquel; pero no pudo. Sin embargo le hizo daño en el costado derecho y Jesús se puso a llorar. Más de repente salió Satanás del endemoniado bajo la forma de un perro rabioso. Y este niño era Judas Iscariote, el que luego habría de entregarle a los judíos. Es de notar que el costado en que le lastimó Judas fue el mismo que traspasaron los judíos con una lanza.”

Qué bueno sería que los fans de Cristo, en vez de fanáticos seguidores de la cartilla eclesiástica, se sumergieran en el estudio de los textos que sobre Él proliferan. Si es un placer para los no creyentes, cómo ha de ser para quienes ya tienen a Jesucristo sembrado en sí. Yo no quepo de gozo.   

                                                                                                                        

            nadaismo@telesat.com.co

 

 

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