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  New York, NY. EE.UU. Año 6 -

 

  7 de Diciembre de 2005

 

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  COLUMNA DE JOTAMARIO ARBELÁEZ

 

Escritores que no mueren

 

 

Jotamario Arbeláez 

Ellas fueron las heroínas en sus azarosos calvarios.

 

Con el triunfo de la muerte sobre R. H. Moreno Durán, quien por un año le hizo faena de gladiador, se comprueba la hipótesis de que todos nos tenemos que morir, así seamos escritores, así rueguen por nosotros santas madres de Dios y así sea tarde o temprano.

Me tocó ver al escritor más ufano de la existencia, al más sabio y al más gracioso, con severo semblante esgrimir su incredulidad y rechazo ante el riguroso dictamen facultativo. "El monstruo" se le había agazapado en el páncreas. Solo restaba esperar un milagro.

En su opulento rodar había cuajado una obra literaria que era su propio monumento en vida, en novela, cuento, ensayo y teatro. Y a la enfermedad le sacó otras obras que trabajarán su memoria. Leyó todos los libros, opinó sobre lo que quiso y despertó pasiones de adoración y rechazo. Muchos no soportaban que encontrara tal contentamiento en sí mismo. Su autosuficiencia le quitaba trabajo a Dios. Había trasvasado lo mejor de su enjundia en su pequeño Alejandro. Estaba en ese momento anterior al crepúsculo en que brillaba más que las cosas. Uno parpadeaba de gusto con su lucidez y su irreverencia. Casanova casero, había edificado su leyenda de amor con Mónica, quien bebió todos sus dolores. Fue ella la heroína de su azaroso calvario.

Durante la persecución en caliente le sacó la lengua a la muerte, nunca bajó la guardia, atendió a los amigos con tragos y términos finos, divulgó con entereza en artículos mortis los progresos del "enemigo", pronunció conferencias, soltó frases brillantes, ganó premios, hizo de jurado en concursos. El filósofo amigo, que desde Alemania le oraba al Anticristo de Nietzsche por él, se murió primero.

El huracanado mediodía de sus funerales, en una banca de la iglesia, topé con Germán Espinosa, el otro gran escritor de Colombia y su amigo íntimo, quien también por esos meses anduvo recorriendo los filos de la muerte, de la que lo salvaron los cuidados intensivos de su esposa, Josefina, quien fue su ángel y enfermera. No le cabía la tristeza en los ojos en medio de tanto doliente. Estampa dolorosa con su barba rizada, elegante abrigo, enhiesto bastón. "Durante mi tratamiento en la clínica olvidé hasta caminar –susurró–, mientras sufría por la salud de R. H. Cuando me dieron de alta y volví al apartamento, Josefina me volvió a enseñar a vivir. Y cuando abrí los ojos a la vida la encontré muerta." Amén, me dije, así se tejen y destejen las coronas en este mundo, las de la vida y de la muerte, que serán de tu eternidad.

También yo tengo un amigo del alma de cuya poesía respiro para vivir, y cuando supe que le habían detectado una mandarina en el cráneo y que había que sacarla, el corazón se me volvió picadillo. Con toda la humildad percibida en las enseñanzas de Gurdjieff, de Francisco de Asís y de Fernando González, Eduardito Escobar se sometió al veloz escalpelo del cirujano. Cuando iba para el quirófano, su camilla se cruzó con la de R. H. en sentido contrario. Le extirparon el meningioma. Hombre justo, le acompañaban sus amores, sus hijos, sus hermanas y sus amigos. El médico reportó que la intervención había salido perfecta. A las pocas horas entré en su sala. El poeta me recibió con una sonrisa de oreja a oreja. "Solo que ya no veo el mundo tan malo y cruel como antes. Y en esa percepción era donde residía el veneno de mi escritura. Dios me libre de que vaya a terminar escribiendo como Pablo Coelho."

De pronto, era el milagro que esperaba para hacerse rico –pensé–, pero no se lo dije hasta que no le retiraran los puntos. Era capaz de pedirle al doctor que volviera a ponerle el tósigo. En la puerta de la Clínica Reina Sofía abracé a Mariela Cristina Arango, ángel amoroso a quien Eduardo debía su salvación. Yo estaba alegre, ella triste. Una trágica noticia de Panamá acababa de partirle el alma.

 

                                                                                                                        

            nadaismo@telesat.com.co

 

 

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