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  New York, NY. EE.UU. Año 6 -

 

  Agosto 5/2005

 

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  COLUMNA DE JOTAMARIO ARBELÁEZ

 

Tímida defensa de Jesucristo

 

Jotamario Arbeláez

 

 

Jotamario Arbeláez 

En estos días, en una mesa redonda que compartí con Conrado Zuluaga, él hacía la cuenta de que en los diez años hábiles que nos quedan de vida –considerando nuestras edades-, si nos leemos un libro semanal, alcanzaremos a leer 540 libros. Me asusté. Porque si tengo unos 7.000 libros en la biblioteca, de los que me habré leído la mitad, se me van a quedar sin leer al menos 3.000. En los que invertí más o menos noventa millones de pesos, si los tasamos a un promedio bajito de treinta mil. Y lo peor es que sigo comprando. Y repasando la Biblia por los laditos.

 

Y peor todavía. Todos los días me leo cuatro periódicos y otras tantas revistas, en busca de temas para mis columnas de prensa, y para estar actualizado con lo que sucede en el mundo. El equivalente de un libro. Entre la sabiduría y la informática me decidí por la última. No más Alás ni Budas ni Gandhis, existiendo Osamas, Donbernas y Tirofijos.

 

Agradezco a los griegos lo que me dieron, a los egipcios, a los esenios, a los celtas, a los cátaros, a los templarios, a los alquimistas, a la sociedad teosófica. Ahora de la realidad dan cuenta el Wall Street Journal y los informes de Amnistía Internacional. Me decidí por ser un comunicador en contravía del poeta incomunicado. Al presente puedo interpretarlo todo con un mínimo margen de error. Filósofo del instante, de lo superfluo. De sobre mi mesa de trabajo desaparecieron las enciclopedias y los tomos científicos, ahora solo hay mapas y encuestas. De alguna forma tenemos que ganarnos la vida. Así sea perdiéndola. Veo en cambio a colegas colgados de una hamaca releyéndose los siete tomos de En busca del tiempo perdido y me da qué envidia. ¡Pero tampoco! Me siento bien servido con haberme papeado La vida de Jean Santeuil.

 

Al volverse uno un escritor público debe tener por lo menos la decencia de condescender con el peatón. De poner por encima de todo el respeto por la dignidad humana. Acompañar a las víctimas, o de la violencia o de la injusticia. Se corre el riesgo de ser considerado demodé, habiendo tanta frivolidad disponible. Por qué no hablar, por ejemplo, de la modelo que en la revista Soho apareció suplantando a Cristo en la última cena, en altiva exhibición de sus senos siliconados. Con doce distinguidos caballeros en pose de discípulos haciéndole la segunda. No creo en Jesucristo y he sido una de las personas más irreverentes con su doctrina. Pero una cosa es ser hereje y otra un comerciante vendeculos con un mesías. Una figura femenina desnuda en papel de Cristo, por más bella que sea, termina percibiéndose repugnante. A qué varón van a excitar con tamaña referencia calvárica. Son los señores de Soho mis más caros amigos, pero en esta oportunidad termino alineándome con los ofendidos cristianos, y ni siquiera por el irrespeto conceptual a la desdivinizada figura sino por la chocante chabacanería.

 

Parecería el fin de los tiempos, un nadaísta defendiendo al señor Jesús de jóvenes atrevidos con una cámara y una revista llena de avisos. Meros mercaderes de tetas. Que no son Voltaire, cuando decía refiriéndose a Jesucristo con ira santa: Escupid sobre el infame, Ni el marqués de Sade, que se especializó en denigrarlo en plenos orgasmos. Ni Vargas Vila, que le puso más espinas en la corona. Ni Gonzalo Arango cuando ordenara en su manifiesto: Disparen contra la paloma del Espíritu Santo.

 

Cuando Occidente comenzó a burlarse del Islam los seguidores de Mahoma le echaron abajo las torres. Y no solo a los gringos sino a todos sus calanchines, entre quienes nosotros mismos estamos pagando. No se puede jugar con los sentimientos religiosos de pueblos que funden sus creencias en fanatismos. Tengo claros los límites y el sentido de los mitos santificados. Con las banderas de Cristo se arrasaron civilizaciones enteras y Cristo Rey fue convertido por los mismos curas en un pájaro de la violencia. Pero el Cristo que va más allá del cristianismo, el Cristo que vive en el corazón del ser, el Cristo Cristal, es lo único que lo humaniza, que le posibilita el amor, la caridad, el perdón, que le impide caer en la abyección y la iniquidad.

 

Con este planteamiento sincero espero despertar más solidaridad entre los ateos que entre los mismos creyentes. Y hasta luego, que me voy a leer.

 

            nadaismo@telesat.com.co

 

 

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