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  New York, NY. EE.UU. Año 6 -

 

  Septiembre 29/2004

 

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  COLUMNA DE JOTAMARIO ARBELÁEZ

 

La rueda de Chicago

 

 

 

Jotamario Arbeláez

Se necesitan muchas arrestos para haber sido una especie de gerente del hippismo, finalizando los 60s, en la calle detrás del Hilton, continuación del parque y el pasaje de la calle sesenta, donde el humo de la cannabis azulecía los establecimientos celestes donde los niños de las flores se aposentaron para que la paz fuera un reino. ¿Y quienes eran los duros que gerenciaban el vacío de semejante imperio lisérgico? Juan Escobar, Carlos Mendieta y Benjamín Villegas. A Juan lo mataron unos cacos mientras se besaba con su novia Celmira en un parqueadero. Carlos sigue ofreciendo a domicilio sus fantasías exuberantes y Benjamín se ha convertido en el editor más bravo de nuestra historia. Comenzó facturando libros de lujo de perfección tan insolente que le acarrearon todos los premios de la industria en las ferias mundiales, mas un día decidió medírsele a los lectores comunes con literatura corriente pero con lomo dorado, y así ha llegado a la cincuentena de títulos, uno cada semana, en un alarde que debe tener pálida a la competencia con nexos internacionales de poca monta.       

            Así debieron ser Gallimard, Mondadori, Feltrinelli y otros monstruos de la industria del papel machacado con pulcra prosa. Si los editores son los principales enemigos del escritor, como dice la prensa, a cualquier escritor que se precie le gustaría contar con tal contrincante.

            ¿Y a qué viene este comentario que nadie me está pidiendo sino que mis propios dedos propician? A que acaba de caer en mis manos La rueda de Chicago, la novela de mi hermano de tinta Armando Romero. Que es otro personaje digno de coba. Porque como la tuerca es al tornillo y el botón al ojal, es el editor al que escribe. Armando se enlistó en nuestros cuadros cuando recién salía de la escuela, empuñó sus poemas y se fue por el mundo a partir de Latinoamérica, y después de una estancia larga venezolana reculó en Cincinnati, donde vive con Constanza la griega, enseñando lo que sabemos en la universidad del estado.

            Este Armando Romero, tan caleño o más que Sebastián de Belalcázar, no dio paz a su máquina de escribirnos, esa terca enseñanza de nuestro mal logrado profeta, el que nos puso en el camino cuya meta era el desfiladero sin malla de protección. Nunca disparamos un arma, pero si ha sido mucho el plomo que hemos dado con nuestras teclas. Después de un par de novelazos titulados Un día entre las cruces, publicado por Tercer Mundo en 1993 y La piel por la piel, por Monte Ávila en 1997, ahora se lanza con una historia de amor loco como ya casi no se ven, en la ciudad de los tétricos mataderos y de Al Capone. Elipsio, el personaje que es igualito al escritor cuando no está en casa, busca a su amante que perdió no sólo de vista, por entre los recovecudos laberintos de la metrópolis estremecida por el jazz que martillara el hombre del brazo de oro mientras le ponía los cuernos a Sartre, y el complot de los terroríficos poetas surrealistas amantes de Molotov. Como en las grandes obras empastadas, protagonista es la palabra, y estelar también el estilo. Uno se monta en esos párrafos y de farra se va por el sans facon. La expectativa episódica se refrena por el goce estético de la cantata. Uno se ahoga acompañando al personaje en su búsqueda esquizofrénica y siente que mataría al autor si encontrara un final feliz.

Todos hemos querido escribir nuestro Ulises, el modelo que nos corrompió para nunca, y a gatas nos ponemos dosificándolo en nuestros parvos escritos. Y como a Kafka no lo hemos podido sacar de los recovecos del corazón, vamos evacuándolo revestido de celofán en nuestros cándidos apotegmas. Y la deuda con Dostoyevsky se la pagamos para que siga para siempre apostándole a la ruleta. Y con Álvaro Mutis nos metemos en sus veleros. Y allí vamos. Si los colombianos, como dicen las estadísticas, se leen solo un libro al año, éste es el libro que debieran leer este año.  

            Cada vez que Armando Romero escribe una novela, la casa se le llena de insectos. Es como si convocara la marabunta. Cuando trabajaba Un día entre las cruces las hormigas invadieron su máquina de escribir, y él las iba matando letra por letra. Con La piel por la piel, en Mérida, el cuarto se le iba llenando de cucarachas. Y con La rueda de Chicago, recibió por la ventana una invasión de langostas. Pero también le llegó Villegas, porque los extremistas se juntan. Y así ahora podemos disfrutar, gracias a esta extraña simbiosis, de La rueda de Chicago, en la que todos debemos montarnos.   

           

            nadaismo@telesat.com.co

 

 

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