agencia de NOTICIAS LITERA

  New York, NY. EE.UU. Año 6 -

 

Marzo 15/2007


 

 

  COLUMNA DE IGNACIO RAMREZ

 

 

 

Recordar a Tiberio

(Togüí – Boyacá, 1937 /  Madrid, España, 1983)

 

 

Escultura de Tiberio Vanegas

Sin título

En París, durante los últimos años de su vida, en un diminuto apartamento cercano a la estación del metro Alessia, pasaba los días y las noches pintando con la escuálida luz que una diminuta y única ventana permitía acceder al estrecho espacio de su taller, que era también vivienda y tertulia de sus más entrañables amigos, que en él encontraban a un ser lúcido, culto, brillante y cálido, lo mismo que al anfitrión atento y al ser humano vibrante y lleno de ganas de vivir.

 

Cuando regresaba a Colombia, fines de 1983, para cumplir con un compromiso académico establecido con la Universidad Nacional, murió en el siniestro aéreo de Barajas, aeropuerto de Madrid, en el mismo episodio extraño en el que igual se fueron su notable colega y compatriota Jairo  Téllez e irónicamente, también, la llamada Papisa Marta Traba, la más polémica crítica de arte que pasó por la historia del siglo XX colombiano, el crítico literario Ángel Rama, el escritor Manuel Escorza y otras figuras de la intelectualidad latinoamericana, a veces distanciadas por las convenciones pueriles de la vida, pero esa medianoche unidas para siempre por el llamado misterioso de la muerte.

 

Tiberio, siempre conversador, siempre dispuesto a comentar sus experiencias artísticas y a confirmar sus conceptos sobre el mundo contemporáneo, según cuentan quienes le vieron por última vez en París, había entrado en un extraño mutismo que todos interpretaron como el trance de quien va  a cambiar de mundo. Nadie supo si operaba en él la premonición de quienes tienen cita con el misterio. Quizás fue el más silencioso de los pasajeros del Olafo.

 

Tiberio se hizo Maestro en la Escuela de Bellas Artes de la Universidad Nacional de Bogotá y refrendó ese privilegio en la Escuela Nacional Superior de Bellas Artes de París.

 

Navegó, voló y anduvo los mares, el aire y los caminos infinitos de la escultura; como dibujante se regodeó en la seducción de la línea, el sorprendente hallazgo de la forma; como pintor se sumergió en el universo del color, la obsesión temática de observar los actos cotidianos de los seres humanos, el reto ante las formas y el trazado de línea fronteriza entre la realidad y la fantasía, de las cuales fue siempre un lúcido y un lúdico habitante. Como profesor y director del Área de Escultura de la Universidad Nacional en Bogotá, construyó un puente entre su sabiduría de observador y analista de la estética y la sed de conocimientos y de polémica latiente en la inquietud de sus alumnos.

 

El Salón de Pintores del Primer Festival Cultural Colombiano en Milán, Italia, en octubre del año 2000, se hizo en su honor y en Bogotá hace algunos años varios de sus colegas evocaron su figura y su talento, pero si analizamos bien las cosas, el fariseo mundillo de la cultura gubernamental no ha oficiado la justicia que le debe a alguien que como él, iluminado y guerrero, formó parte de un período definitivo e importante del arte nacional... Quienes disfrutamos del privilegio de ser sus amigos le recordamos y le queremos siempre, porque en la vida y en la obra de Tiberio Vanegas se encuentra un digno ejemplo de cómo el arte y el mensaje de sus creadores permanecen por encima del tiempo, más allá de la ausencia.

 

 

 

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