agencia de NOTICIAS LITERA

  New York, NY. EE.UU. Año 6 -

 

Marzo 15/2007


 

 

  COLUMNA DE IGNACIO RAMREZ

 

 

Un libro en la tumba de Tristán Tzara

 

 

Ignacio Ramírez 

Desde lo alto de la torre comercial de Galerías Lafayette, en el candente sector parisino de Montparnasse, se alcanza a ver el cementerio donde duermen —entre otros—, Baudelaire y Sartre. El primero compartiendo las flores del mal de sus cenizas con su padrastro, un general de la Francia guerrera, y su propia madre, quien de alguna manera estaba así predestinada a "llegar por fin al fondo/ de lo ignorado en busca de algo nuevo".

   Sartre, huésped con calavera de castor y bizcoso tedio bajo las gafas de la muerte, tiene en su vecindad un viejo mausoleo constantemente visitado por los gatos, vagabundos gatos de los espantos y los sepultureros. En su tumba dice solamente "Jean Paul Sartre" y únicamente lo descubren quienes, mapa en mano, disponen de tiempo para buscar la lápida tendida, sin flores, sin adornos, sin revelar para nada la presencia de los huesos de aquel pensador que hizo al mundo tener conciencia de su náusea.

   Vistas desde lo alto de la gran terraza que domina a París, esas tumbas famosas son simplemente puntos de referencia para recorrer con la mirada un camino que nos lleve a un punto inolvidable: la tumba dadaísta de Tristán Tzara, en la cual el poeta Jotamario, resucitador del nadaísmo, colocó un ejemplar de "Sinfonías para máquinas de escribir", de Darío Lemos, el poeta que hoy evocamos porque la nota de Jota nos hizo buscar sus poemas y recordar cómo en aquel acto ritual y premonitorio había más que un símbolo de amor por la poesía: un acto de fe en la palabra, cuando Darío Lemos aún estaba vivo y todos los que nos emocionábamos con sus versos lo creíamos en vía de santidad por desgracia de una vida alucinada y una obra recogida cuando el propio poeta afirmaba no saber si su desayuno estaría sobre la mesa, porque sentía la muerte tan cerca como quedó su libro de su dilecto Tzara.

   Minutos antes de subir a la torre de observación, Jotamario recorrió silencioso, solitario, todos los vericuetos del cementerio, con los ojos bien abiertos y la ansiedad propia de quien espera encontrar a un viejo amigo con quien se ha citado por carta o por el invisible telégrafo del sueño.

   Recogió un pétalo marchito de la tumba de Baudelaire. Anotó algo en su agenda secreta y se quedó de pie, largo rato, seguramente pensando en Gonzalo Arango, en Amílkar U., en María de las Estrellas.

   Un marco grueso, de cemento, contiene la tierra bajo la cual el padre del Dadaísmo ensaya revoluciones subterráneas. Y en la mitad, un discreto cuadrado de cemento donde aún se lee el nombre del ilustre huésped de las sombras.

   Jotamario rezó poemas ante la tumba de Tzara. Extrajo de su cartera el libro de Darío y lo recordó "con su llaga sangrante, su pie tajado y purulento", y lo depositó, consternado, en la tumba del cojo durmiente.

   Arriba, en el cielo, desde donde intentábamos descubrir el libro de Darío sobre la tumba de Tzara, a Jotamario se le llenaron de tristeza los ojos.

   Yo, hoy, con el paso de los años, pienso en París con aguacero.

 

 

 

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