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  New York, NY. EE.UU. Año 6 -

 

  Junio 17/2006

 

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  COLUMNA DE PATRICIA LORENTE

 

 

El privilegio de la diversidad

 

Patricia Lorente

Paseo con mi amiga Mei por las calles de la ciudad. Llevamos a nuestros niños en los carritos, miramos a la gente, chismorreamos, nos quejamos del país, de la política internacional, soñamos con nuestra vuelta a casa, y con que nuestros hijos crezcan en un entorno como el nuestro. Mientras hacemos esto, en ese lugar “un poco más al fondo” de mi cabeza, me miro desde fuera, a mí y a ella. Mei lleva su burka, sus sandalias, sus ojos pintados de negro. Yo llevo el pelo hecho un cisco, mis horquillas, y si hace calor, enseño piernas, brazos, espalda. Me siento orgullosa de estar aquí, y me siento privilegiada por haberla conocido.

 

Estoy en el autobús, de vuelta a casa después de mis clases de español. Mi alumna, A., que es judía, me ha estado hablando de la comida Kosher. La carne procede de vacas que no sufrieron cuando fueron a morir. No olieron la muerte de sus compañeras, estaban tranquilamente en la granja, y recibieron un corte limpio y especial en la garganta que no les permitió darse cuenta de nada. Nunca imaginé que había toda una ética –si se quiere llamar así- en el modo de matar a una vaca, pero la hay, y me gusta saberlo. Miro a mí alrededor. Soy la única blanca del autobús que viene de Bethesda a Silver Spring. Me siento fenomenal, y me encanta mirar caras diferentes, toda mi vida sin haber salido de Europa ha sido tan aburrida…

 

Tomo un café con D.G., que vive en “el barrio chungo”. La calle U no es el sitio favorito de las abuelitas, especialmente si son blancas. D.G. me habla de la historia de la calle U. Fue un barrio afroamericano de alta alcurnia donde médicos, dentistas, abogados, vivían en sus buenas casas. Uno puede darse cuenta de esto si sólo echa un vistazo a las preciosas casas que componen el barrio. El jazz de los mejores se dejaba oír por allí, donde personajes como Duke Ellington tocaron en sus clubs y en sus calles. Y se respiraba tranquilidad. En el 68, tras el asesinato de Martin Luther King, el barrio se echó a perder, y se convirtió en una peligrosa zona.  Tras la apertura de una estación de metro en los noventa, la calle U renace de nuevo, y poco a poco, se van viendo algunos blanquitos habitando y paseando por la zona. Cafeterías, restaurantes, alguna tienda bohemia, ayudan al renacer de este precioso barrio del este de D.C. D.G. es un hombre excepcional, y nadie puede decir que los americanos son unos ignorantes si uno le toma como ejemplo.

 

Hay un hombre en el parque. Es paralítico, es negro, y tiene un ‘tic’ en los ojos. Mi hijo se acerca a él sin miedo, y le pone la pelota en los pies, esperando a que él pueda darle una patada. Yo sonrío y me disculpo, el hombre sonríe a su vez, “beautiful baby”, me dice, y comenzamos a charlar. Estoy tan orgullosa de que mi hijo crezca rodeado de personas tan diferentes, y sin pararse a pensar que lo son. Ve a todos iguales, no tiene miedo de nadie de quien no deba tenerlo.

 

Vuelvo a pasear con Mei. Hoy estamos más positivas, el calor ha llegado a la ciudad, el sol brilla, y nuestros hijos van cantando y haciendo sonidos alegres en sus carritos. Seguimos criticando la política internacional, todavía queremos volver a casa, pero hablamos de nuestras culturas, nos hacemos preguntas sin parar. Nos declaramos privilegiadas por haber tenido la oportunidad de vivir en este imperfecto país con nuestras familias, de conocer otras culturas, de ver un millón de razas que ni sabíamos que existían, de saber mucho más del mundo de lo que hubiéramos podido jamás saber o imaginar sólo estudiando o leyendo periódicos. “Quien me viera paseando al lado de una mujer con burka en España”, le digo. “Quien me viera paseando en Jordania con una fresca como tú”, seguramente pensará ella, mirando mi veraniego atuendo occidental. Su hija y mi hijo se dan la mano, de carro a carro, y esta imagen se burla de todos aquellos que tratan de separar a los hombres con prejuicios frívolos, o mezclando religión o estúpidas políticas con lo que son, en sí, las personas. La capacidad de hacer “migas” con cualquiera está ahí, pienso, esperando a que le demos una oportunidad.

 

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