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  New York, NY. EE.UU. Año 6 -

 

  Mayo 24/2006

 

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  COLUMNA DE PATRICIA LORENTE

 

 

LOS MENDRUGOS

 

Patricia Lorente

Cuando el pasado mes de Octubre llegué aquí, con mi Green Card en mano, mi retoño de doce kilos en la otra, y mi maridito esperándome en el aeropuerto de Dulles International, no iba a haber trabajo que se me resistiese. Si en España el tema laboral estaba hecho unos zorros, pero allá por donde pasé, gusté (las tres mierdas por las que pasé, con perdón de mis queridos jefes), en el país de las oportunidades ésta de aquí no iba a quedarse con las ganas. Los trabajos me lloverían del cielo o me saldrían de debajo de una piedra, y mi personalidad extrovertida y siempre correcta conseguiría cautivar a cualquier entrevistador de pacotilla.

 

Podría ahorrar palabras diciendo que aquí estoy, a 23 de mayo, encantada con mi curro de “Spanish teacher”, con el retoño más pesado que nunca, y con unas ganas de volver al país de los contratos basura que no me tengo. Es tentador, lo aseguro. Pero no me quedo sin contar estas pequeñas anécdotas, más por venganza hacia los mendrugos con que me crucé, que por ningún otro interés.

 

El periódico estaba lleno de trabajo, pero qué desgraciadita al darme cuenta, a aquellas alturas, de que como mi inglés no es perfecto -en absoluto-, tendría que olvidarme del copywriting, así que probé con el diseño web, que se me da de maravilla, y tengo experiencia.

 

El primero en “picar” mi anzuelo fue Michael. Me voy a callar el apellido, a ver si la vamos a liar. Michael era el típico egocéntrico que desde el primer momento, solo hablaba de él mismo. ¿Has visto mi página?, ¿has visto lo que hago?, ¿has visto mis fotos? La cara de cerdo que se le quedó al verme aparecer en su destartalado jardín era indescriptible. Era un fotógrafo “artístico” frustrado que no podía vivir solo del arte, y había tenido que meterse en el negocio de las páginas web para salir al paso, aunque no tenía ni puñetera idea de diseño. Y aseguraba ser (palabras textuales) “el mejor fotógrafo del país”. Lo que yo pudiera decir no le interesaba, y solo hablaba y hablaba mientras me daba un repaso de arriba a abajo con la mirada. Al dia siguiente me llamó y me dijo que era perfecta para tratar con los clientes, “you are lovely”, me dijo, y me pidió que le acompañase a una sesión de fotos en el estado de al lado. Como no soy tonta, y he visto suficientes pelis de Tarantino, le dije que estaría encantada, y que le seguiría hasta Springfield en mi propio coche. Entonces Michael comenzó a analizar mi persona, diciéndome cosas como que no se me había notado en la entrevista que era tan conservadora, que necesitaba a alguien que confiase en él, alguien con una mente más abierta, que la gente en Europa no era así, que él había vivido en Europa y que yo no era como el resto de los europeos… ¡caray! ¡Para un Americano que sabía que España estaba en Europa, y tenía que ser este soplapitos! El disgusto me duró un llanto y varios días de alucine mental. Pero luego me olvidé de Michael y de su horrorosa gorra de pastor de la provenza para siempre.

 

Después de contar ésta, la segunda historia se me antoja un poco más larga, y tal vez menos curiosa, lo dejaré para más adelante. Pero no me quedaré sin decir que un griego con un complejo napoleónico considerable, igual de cerdo, pero con menos clase todavía que el anterior, me dio la patada una semana después de entrar a trabajar como hostess en un restaurante en Washington DC. Por qué. Resumiendo, porque no soy estúpida, ni más ni menos. Y eso, a algunos, les crispa los nervios.

 

Como ven, lo he intentado todo, pero por lo visto, para ciertos individuos, si eres mona tienes que ser además estúpida, y si muestras un ápice de inteligencia la has cagado. Estoy pensando en irme a las entrevistas hecha una piltrafa, renunciando a esos modelitos de ejecutiva que tanto me gustan, tal vez así deduzcan de antemano que, ni me monto en coche con desconocidos y sin contrato, ni le sonrío a quien no me interesa.

 

 

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