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  New York, NY. EE.UU. Año 6 -

Diciembre  20 - 2006   

 

 

  ARTÍCULOS LITERARIOS

La discreción de Javier Darío Restrepo

 Entre dos edades

Por ALBERTO SALCEDO RAMOS

 

 

Javier Darío Restrepo

El escritor Tomás Eloy Martínez lo considera el profesional latinoamericano más autorizado para disipar las dudas relacionadas con la ética periodística. A los 73 años, Javier Darío se la pasa viajando, buscando la manera de que los nuevos reporteros del continente entiendan que la ética no es un concepto abstracto sino un saber práctico. Y necesario.

   

1) Hágase la luz

  

         Su primera experiencia en el periodismo fue fundar el periódico mural del Seminario donde estudiaba sacerdocio. Un compañero lo convenció de que él era la persona apropiada para contarle a su comunidad los resultados de la olimpiada deportiva que se estaba llevando a cabo.

         Cuando apareció el primer número, la gente se arremolinó frente a la pared para leer la información. Javier Darío Restrepo, que entonces tenía 22 años, se sintió maravillado por el poder de convocatoria de aquella publicación. “No entendía muy bien”, dice, “cómo era que el papel tan frágil y la palabra tan efímera, se fortalecían al entrar en contacto. Esa fue mi luz de Damasco”.

         A partir de aquel día, fascinado por el descubrimiento, Javier Darío tuvo claro que pasaría el resto de su vida procurando repetir el milagro. En principio dirigió varios periódicos religiosos, como Signo, Bastión y La hora. Después empezó a colaborar en diarios y revistas de circulación nacional, como El Tiempo y Cromos. A esas alturas, por cierto, Restrepo sintió que nadar en las dos aguas lo había conducido a un limbo incómodo: los sacerdotes consideraban que no era uno de los suyos sino un reportero con sotana. A los periodistas también les parecía advenedizo. Dispuso entonces acabar de un solo dolor con la ambigüedad, y se decidió por el periodismo.

         De sus 17 años en la Iglesia le quedan, sin embargo, ciertos hábitos, como la disciplina. Y las inflexiones de la voz, que parecen siempre en irremediable trance de liturgia. Él cree que entre los dos oficios hay vasos comunicantes. “El otro”, que constituye la razón de ser del periodista, es en realidad el mismo “prójimo” de los textos bíblicos, un ser sagrado que merece todo el respeto del mundo.

  

2) Testigo de seis guerras

  

         Si hay algo que Restrepo lamenta es no poder seguir siendo un periodista trashumante como en el pasado, cuando era joven y no padecía ningún achaque de salud. Pero hoy, con 73 años y el Vértigo de Menier, no tendría los bríos necesarios para atravesar la selva en burro, ni para vadear ríos y mares en lancha con motor fuera de borda, ni para recorrer a pie el resto del mundo, enfrentándose al helaje de los páramos y a los ardores del trópico, sin más armas que su entusiasmo febril. En pocas palabras, no sería un reportero a la altura de sus propias exigencias.

         La periodista Gloria Cecilia Gómez, que lo conoció en sus tiempos de cronista viajero, asegura que Javier Darío no tenía agüeros cuando se trataba de andar caminos largos para conseguir la información. Guillermo Aldana, quien fue su compañero en el noticiero de televisión 24 Horas, corrobora esa apreciación, pero advierte que Restrepo, a pesar de sus ímpetus, tenía un notable sentido de la prudencia, atribuible quizás a su formación clerical. Para ilustrar su afirmación cuenta que una vez, en Managua, en plena llegada triunfal de los sandinistas al poder, Restrepo fue el único periodista extranjero que se abstuvo de tomar el agua cruda del acueducto local, con el argumento de que no le inspiraba confianza. La precaución lo salvó de ser internado en un hospital o de pasarse dos días en el baño, como sus compañeros. “A algunos tal vez les parezca una anécdota irrelevante”, añade Aldana. “Sin embargo, yo creo que ahí está reflejada la gran austeridad de Javier Darío, su sentido de la disciplina, dos virtudes necesarias pero no muy frecuentes entre los reporteros”.

         Como cronista presenció varios conflictos en Colombia y en otros países. Por ejemplo, El Líbano y Guatemala. Cuando llegaba a los hoteles después de cumplir sus jornadas, tomaba papel y lápiz para escribirle cartas a su hija María José, en las cuales le contaba los pormenores de la violencia que le tocaba cubrir. Lo que en principio parecía el ejercicio casual de un padre nostálgico, se convirtió después de un tiempo en el libro Testigo de seis guerras. La peregrinación de Restrepo con los originales debajo del brazo duró dos años. Planeta fue una de las tres casas editoras que le rechazaron el manuscrito, pero curiosamente fue Planeta la que al fin terminó publicándolo, cuando el libro se ganó el Premio de Periodismo Germán Arciniegas, que organiza la editorial.

        

 

3) La lección del colega mexicano

        

         El escritor y periodista argentino Tomás Eloy Martínez ha escrito que cuando Javier Darío cubría los conflictos entre la guerrilla y el ejército, no aparecía nunca en cámara “para no robarle espacio a la información”. Aquella conducta era producto de una convicción personal, pero también obedecía a la timidez, que es uno de los rasgos esenciales de su carácter. Así las cosas, ser un reportero raso de los que esconden el rostro detrás de sus relatos, era la mejor manera de defender su tranquilidad.

         María Teresa Herrán, quien escribió junto a Restrepo el libro Ética para periodistas, dice que él “es tan transparente que a veces llega a ser ingenuo”. Y añade que por esa característica visceral – y no sólo por sus principios – es un hombre ajeno al poder. En cierta ocasión, cuenta el propio Javier Darío, un periodista mexicano le regaló una reflexión inolvidable sobre este aspecto del oficio: “Yo me paso el día metido en las oficinas más importantes. Piso sobre las alfombras más finas de México, me atienden el empresario y el ministro, pero por las noches, cuando me voy cansado para mi casa, me toca viajar en un rinconcito del Metro, revuelto con la secretaria y el jardinero”.

         Colegas allegados a Javier Darío opinan que él se ha pasado la vida viajando en ese rinconcito del Metro, y lo ha hecho sin estridencias, con una discreción exquisita. Llegado a este punto, Restrepo afirma que la ostentación y la soberbia son dos de los grandes males de ciertos periodistas actuales. “Señalan a todo el mundo, con pruebas o sin ellas, pero jamás aceptan una crítica ni se preguntan, así sea por error, qué pueden hacer para mejorar su trabajo. Actúan como si ellos fueran la noticia y no los encargados de transmitirla. Compiten en importancia con las fuentes, ponen a sonar sus nombres y sus fotos en las secciones de chismes, por razones que no tienen nada que ver con el cumplimiento de sus deberes, y hasta se emborrachan en los restaurantes de los magnates. Así van perdiendo la noción de la realidad”.

  

4) El nuevo reto

  

         Analizar el comportamiento de los medios es una de sus pasiones. Eso se debe a su vocación académica. Restrepo es uno de los maestros de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), creada en 1995 por Gabriel García Márquez y Jaime Abello Banfi. Además ha sido defensor del lector en los periódicos El Tiempo y El Colombiano.

         “Javier Darío es en esencia un pedagogo que disfruta sus encuentros con la gente joven”, dice Gloria Cecilia Gómez. “Cuando yo empecé a trabajar era muy inexperta y él me tuvo paciencia. No comenzó dándome grandes lecciones sobre los dilemas morales de los periodistas, sino explicándome qué diablos era un procurador de la república y en qué se diferenciaba este funcionario de un contralor. Él tiene una tendencia natural a explicarlo todo, desde lo más trascendental  hasta lo más sencillo”.

         Restrepo plantea varios cuestionamientos al periodismo que se está haciendo hoy en Colombia. Uno de ellos es que se trata de un periodismo estancado en el presente. No indaga en el pasado para buscar el contexto de los hechos, ni se pregunta lo que podría suceder en el futuro. Pareciera existir, dice Restrepo, un desprecio por todo lo que está más allá de la inmediatez. En este punto cita a John Tebbel, uno de sus autores preferidos: “noticia no es lo que ya pasó sino lo que pasará”.

         Hace poco, viendo en un noticiero de televisión la información sobre un nuevo desastre provocado por los arroyos de Barranquilla, Restrepo tuvo la sensación de que estaba recibiendo la misma historia del año pasado, la misma del año antepasado, la misma de hace treinta años. Aquella era, en realidad, una crónica ambulante trasteada de un año al otro con absoluta desfachatez, en la que apenas cambiaban los nombres de las víctimas. Aparte de las lamentaciones de siempre, grabadas en primer plano para que resultaran más aparatosas, no había una sola voz que dijera lo que debería hacerse para que los arroyos no sigan matando a la gente. ¿A quiénes les corresponde impedir estas calamidades? ¿Por qué no han cumplido con sus responsabilidades? ¿Cuándo las van a cumplir?

         Existe, además, según Javier Darío, un sentido de la realidad muy limitado. Nos preguntamos, como Shakira, dónde están los ladrones, pero jamás averiguamos hacia dónde iremos si seguimos en manos de los ladrones que estamos mostrando. Hay que darles más espacio – añade con énfasis – a los buenos periodistas narrativos, aquellos que saben reflejar lo esencial a través de las atmósferas. “Ninguna verdad será completa mientras no esté bien contada. Ya nos han dicho un millón de veces lo que está pasando. Ahora el reto es empezar a descubrir lo posible”.

  

5) El zumbido y el moscardón

 

         En 1995, en vísperas del primer taller que Restrepo dictó en la FNPI, Gabriel García Márquez se le acercó para preguntarle qué metodología iba a aplicar. Él le respondió que la ética es un saber práctico, tal y como lo propuso Aristóteles, y añadió que en el periodismo la ética y la calidad técnica son inseparables. García Márquez aprobó sus palabras y soltó una sentencia que a Restrepo le pareció “luminosa”.

         -- La ética no es una condición ocasional sino que debe acompañar siempre al periodismo como el zumbido al moscardón.

         El zumbido y el moscardón es, justamente, el título que Javier Darío le puso al libro en el que recoge las memorias de los casi 50 talleres que ha dictado para la Fundación Nuevo Periodismo, en diferentes países de América Latina. En el prólogo de ese libro, Tomás Eloy Martínez escribió lo siguiente: “en los tiempos de tentación autoritaria y pérdida de fe en las instituciones democráticas, el periodismo suele ser el último refugio de los sensatos. Y aun en las épocas menos aciagas, la comunidad vuelve sus ojos hacia él, en busca de respuestas responsables a problemas complejos. Javier Darío Restrepo es, quizás, el profesional latinoamericano con  mayor autoridad para disipar esas dudas”.

         Algunos de quienes han tomado esos talleres, como el reportero Ignacio Gómez, llaman la atención sobre el hecho de que Javier Darío plantee las críticas más agudas sin armar alharacas y sin necesidad de despeinarse. Guillermo Aldana cree que a Restrepo le interesa la discusión alrededor de las ideas y no de las personas. Por eso, cuando fue defensor del lector en El Tiempo y en El Colombiano no pidió la horca pública para los responsables de los errores, pero sí fue duro con los problemas que ellos encarnaban.

         Restrepo tiene un consultorio en la página web de la FNPI, en el cual atiende inquietudes procedentes de todos los rincones de América Latina. Él sabe que ese oficio lo convierte, de alguna manera, en una especie de pontífice, pero en seguida – bajando el tono, como siempre -- recuerda que la ética no es un asunto grandilocuente sino una preocupación cotidiana por encontrar la verdad y contarla bien.

         “Como conozco a Javier Darío”, advierte María Teresa Herrán, “sé que lo peor que podrían hacer por él es endiosarlo. No cometan el error de presentarlo como el caudillo de la moral periodística colombiana, porque ni a él mismo le gustaría que eso ocurriera”.

         Restrepo comparte la visión de María Teresa Herrán. Por eso este año, mientras muchos colegas se han empeñado en celebrarle su medio siglo de vida profesional, él ha preferido seguir de largo dentro del Metro que le tocó en suerte, sentado discretamente en el mismo rinconcito que ha enaltecido con su dignidad.

Sabiamente

 

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