agencia de NOTICIAS LITERA

 New York, NY. EE.UU. Año 6 -

 

 

 

ARTÍCULOS LITERARIOS  

 

 

El peligro de leer libros.

“¿Qué hacer con la literatura?”

 

*Héctor Abad Faciolince

**Revista UNIVERSIDAD E ANTIOQUIA Número 277 / Julio – Septiembre 2.004. Págs. 43 a 47.

 Reprodujo y difunde NTC ... Nos Topamos Con ...

ntc@andinet.com

Cali, Dic. 12, 2.004.

 

A propósito del Encuentro de Escritores por los DD HH (E/e.e./DDHH), reunido en Cali, Dic.2 al 5, 2.004.

 

1 Un poco tarde para la historia, en 1966, el Papa Pablo VI toma la decisión de abolir el Index Librorum Prohibitorum, es decir, el célebre catálogo de las obras científicas, literarias o filosóficas que ningún católico devoto debería leer jamás. Este momento coincide con el período en el que un grupo de intelectuales europeos empieza a preguntarse con angustia sobre el poder, la utilidad o los [mes de la literatura.

Quizá no haya ninguna relación de causalidad entre estos dos hechos, pero es curioso que hayan sucedido casi al mismo tiempo. Mientras el Papa en Roma abolía el Índice de los libros pecaminosos -una lista que había engordado durante casi cinco siglos hasta llegar a ser un mamotreto de decenas de miles de títulos-, en París un grupo de intelectuales (Jean Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Jorge Semprún y otros) se reunían en un debate auspiciado por el Partido Comunista Francés para intentar despejar interrogantes como los siguientes: "¿La literatura posee todavía un poder real? ¿Qué forma adopta ese poder? ¿Poder de negación, de impugnación, de transformación, o comprobación de impotencia?".

Antes de intentar explicar esta angustia existencial que no ha abandonado a los literatos desde entonces, detengámonos un momento en ese largo período de la historia de Occidente, desde la invención de la imprenta hasta la Revolución Francesa, o si quieren, desde las censuras preventivas ordenadas en 1487 por Inocencio VIII, hasta 1966 cuando Paolo VI suspende el Índice. Entre estas fechas, más amplias o restringidas, los libros no podían publicarse ni leerse con libertad en los países occidentales. En el siglo XVII, cuando el Index estaba en su apogeo, y cuando todo libro necesitaba un imprimátur eclesiástico antes de ser publicado, ante el hecho incontrovertible de que algunas obras profanas tenían claras cualidades literarias, se optó ya no por censurarlas, sino por rescribirlas, para no verse en la obligación de prohibirlas completamente. En España hubo Celestinas y Lazarillos reescritos para oídos píos. Las famosas "ediciones castigadas" de la literatura del Siglo de Oro. En Italia se corrigió de punta a cabo el Decamerón, de acuerdo con las siguientes instrucciones de Roma: "Per niun modo si parli male o scandalo de' preti, frati, abati, abatesse, piovani, provosti, vescovi o altre cose sacre: ma si mutin li nomi e si faccia per altro modo che parrà meglio". (2) Siguiendo estas directivas Lionardo Salviati cambió la cronología y hasta la geografía del Decamerón, para ambientar situaciones escabrosas fuera del ámbito de la cristiandad. Las cibadesas se volvieron condesas, las monjas señoritas, los abades maestros, y se eliminó toda ironía o alusión que pudiera parecer anticlerical. No sin razón, este Salviati fue llamado el "público y notorio asesino de Boccaccio". (3) Las versiones corregidas de grandes autores españoles e italianos circularon regularmente hasta bien entrado el siglo XX. La edición de La Celestina que había en la ínfima biblioteca del colegio del Opus Dei donde yo tuve el gusto de estudiar, contenía un pequeño colofón que rezaba: "Edición para uso de jóvenes y señoritas, castigada por...", por ya no recuerdo quién. Un caso todavía más curioso de "edición castigada" fue el de Petrarca. Fray Girolamo Malipiero, preocupado de que el Canzoniere contuviera amores demasiado carnales entre Francesco y Laura, resolvió rescribir en 1536 un Petrarca Espiritual. Para darle un sentido místico a su poesía sin alterar las rimas, cada vez que aparecía la palabra Donna, la convertía en Madonna. Tal vez lo más maravilloso de su intento era que Malipiero declaraba que la primera intención de su trabajo de reescritura consistía en salvar el alma del poeta (que había fallecido dos siglos antes, es cierto, pero quizás no sea blasfemo suponer que a veces Dios puede revocar sus propias sentencias infernales). Y fue más lejos este Malipiero: al modificar los sonetos de Petrarca consiguió que el poeta toscano del Trecento condenara la Reforma luterana del siglo XVI y sostuviera con furia que Alemania, por obra de Lutero, se había convertido en una nueva Babilonia. El hecho fundamental es el siguiente: a partir de la invención de la imprenta, y más adelante con las varias Reformas, la Iglesia había perdido el control sobre la circulación de las ideas. Durante siglos el poder eclesiástico, y por imitación de éste también el poder político, no pudieron tragarse el sapo de la libertad de conciencia e hicieron hasta lo imposible por detener el empuje cultural de las letras de imprenta. Antes de Guttenberg los copistas conventuales tenían casi el monopolio de la cultura escrita y la circulación de las letras no pasaba de unos cuantos códices y manuscritos que iban de convento en convento, o de mano en mano entre el puñado selecto de los humanistas. De hecho, antes de finales del siglo XV; los papas y monarcas casi nunca habían tenido que preocuparse por la circulación de los escritos, pues ésta estaba encerrada firmemente en su propio puño. Pero apenas un siglo después, en 1596, el Index del Papa Clemente VIII contaba ya con 2.100 títulos prohibidos. La imprenta multiplicó la circulación de todo tipo de ideas, sacras y profanas, y hacia mitad del siglo XVI el hecho de poseer libros en una casa privada se había convertido ya en un pésimo indicio durante los procesos por herejía. Leer libros en lengua vulgar, incluyendo la Biblia, podía ser motivo suficiente para condenar a un artesano o un burgués a penas bastante graves. En la Feria de Francfort, que desde esos años era el centro donde se exhibían las novedades literarias, el papado obligó a que todas las obras expuestas para la venta tuvieran una autorización previa de la iglesia, un imprimátur. En la República de Venecia, el más importante centro editorial en la Europa del siglo XVII, surgió un importante grupo de escritores libertinos que pudieron contar con el apoyo de las autoridades, en ese momento enfrentadas al poder pontificio, y también con la simpatía de los libreros, más interesados en vender que en censurar. Uno de estos escritores libertinos, Ferrante Pallavicino, autor de El correo desvalijado, El príncipe hermafrodita, y La retórica de las putas (libros obviamente incluidos en el Index hasta sus últimas ediciones), fue hábilmente engañado por algunos enviados pontificios, y conducido mediante falsas promesas hasta Aviñón. Allí fue procesado por sus libros, condenado y decapitado a los 29 años de edad. La idea de la tolerancia por las ideas ajenas, y la conquista de la libertad de prensa tardarían siglos en imponerse. A veces ayudaron los motivos puramente mercantiles, es decir, el simple desarrollo del negocio de la imprenta y de los libros, como ya he señalado en el caso de Venecia. Decía Voltaire, en 1733, que "los pensamientos de los hombres se han convertido en un importante objeto de comercio." Para evadir la censura eclesiástica y también la oficial de los distintos monarcas, se multiplicaron las estratagemas, tales como las fechas y los lugares de edición falsos, y así, libros de 1620 editados en París, aparecían como publicados en Bruselas y en 1568. A veces era verdad que la edición tenía que hacerse fuera del país. El mismo Voltaire tuvo que publicar algunos de sus libros fuera de Francia, y con seudónimos, pero los libreros parisinos muchas veces lo defendieron, más que por motivos ideológicos, por la gran pérdida que les acarreaba el no poder editar y vender libros de tanta popularidad. No fue fácil para Diderot y los demás filósofos del Siglo de las Luces, publicar sus ideas sobre la libertad de imprenta y pensamiento. Algunos eclesiásticos quisieron detener la publicación de La Enciclopedia. Antes de llegar al 26 de agosto de 1789, cuando la Declaración de los derechos del hombre consagró finalmente la libertad de prensa, muchísimos libreros clandestinos sufrieron cárcel y persecución, y no pocos autores corrieron la suerte de Ferrante Pallavicino. Y si no fueron decapitados ellos mismos, los decapitados fueron sus escritos.

 

2 Quizá todo esto, varios siglos después, nos resulte bastante envejecido, anacrónico, como una disputa de otras épocas, o como una pelea contra molinos de viento. Sin embargo, les puedo contar una anécdota más reciente. Hace pocos años, en diciembre del año 2000, por un encargo de la editorial Grijalbo-Mondadori, estuve en El Cairo escribiendo un libro sobre la metrópoli más populosa de África y del mundo islámico. Pocas semanas después de estar allí, leí una noticia en Al-Ahram (un periódico en lengua inglesa que se publica en El Cairo), que me dejó estupefacto: el escritor Salaheddin Mohsen había sido detenido en el aeropuerto cuando intentaba huír hacia Turquía. Debería pasar varios años en la cárcel debido a la publicación de una novela suya que, en opinión de los dignatarios de la universidad EI-Azhar, resultaba ofensiva con el Corán y la religión musulmana. Pocos años antes, esta misma bellísima y antiquísima mezquita y universidad de EI-Azhar, había hecho recoger, por ser contraria a las buenas costumbres y al pudor, toda la edición de la obra cumbre de la literatura árabe, Las mil y una noches. A favor del régimen egipcio, es necesario señalar que esta última decisión fue revocada por un tribunal superior. Ejemplos como el del escritor Mohsen podrían citarse en muchos otros regímenes totalitarios de hoy; la mayor parte de los países islámicos, China, Corea del Norte y también Cuba. En todos estos países lo natural es que se controle la circulación de las ideas, la edición de libros, y que una autoridad estatal o eclesiástica decida sobre la conveniencia o no de publicar ciertos títulos. En la mayor parte de América Latina, como en el mundo occidental desarrollado, nos parece casi natural y se da por supuesta la conquista de publicar libros sin una censura previa. Conviene señalar, sin embargo, que hasta hace muy poco lo obvio no era que se pudiera publicar cualquier obra libremente; lo obvio era lo contrario: que ningún libro pudiera publicarse sin controles. Todavía en 1953 la Enciclopedia apologética de la religión católica, al referirse a la libertad de prensa, sostenía que "la libertad requiere que se la ilumine, se la ayude y se la proteja" y la iglesia debe considerarse como una madre que "restringe la libertad del niño, para evitarle graves peligros". Quienes hemos sentido cierto apego por las ideas, de la Ilustración siempre hemos celebrado la inmensa conquista de la libertad de prensa, y también la relativamente reciente desaparición del Index Librorum Prohibitorum, aunque tardía, nos ha parecido un logro de apertura mental y tolerancia. Sin embargo, con su abolición perdimos también una herramienta utilísima. Según un satírico veneciano, Sarpi, este libro era el catálogo perfecto de la biblioteca privada que debería poseer todo hombre culto. Hay algo más. No faltan quienes sostengan que la censura previa y la amenaza de las prohibiciones afinaron muchas veces el ingenio, la capacidad de insinuar sin decir, desarrollaron el arte de la ironía, y aguzaron también en los lectores la necesidad de leer con mayor atención todo aquello que quedaba implícito, o escondido bajo los pliegues de un aparente apego a las opiniones aprobadas. Se dice que buena parte del maravilloso estilo del Siglo de las Luces, se debe al juego para evadir las tijeras de los censores. Y que los lectores tenían la satisfacción y la agudeza de tener que llenar por su propia iniciativa las elipsis. Habrá que decir, no obstante lo anterior, que ha sido en los países donde hace más tiempo se consiguió la libre circulación de ideas y de libros (Europa Occidental, Estados Unidos), precisamente allí, donde más lejos se ha llegado en las conquistas sociales que favorecen, si no la felicidad (que es algo impalpable, algo que cada uno quizá lleva por dentro), al menos sí el bienestar humano. Sin libertad de pensamiento y de imprenta no habrían podido circular las ideas de la Ilustración. Sin estas libertades no habrían podido darse las conquistas de Martin Luther King por los derechos de los negros, o la revolución juvenil de los años sesenta, que transformó de una vez y para siempre las relaciones entre jóvenes y adultos, estudiantes y profesores, padres e hijos, clérigos y laicos, gobernantes y gobernados. Cierta informalidad desenfadada, desconocida antes de la década del 60, no habría sido posible sin que se pudieran ventilar libremente las ideas y las protestas. En el campo científico sí que fue fundamental la posibilidad de que no se persiguieran las ideas, los experimentos, y las teorías aparentemente disparatadas y heréticas sobre el mundo. Galileo, Copérnico, Newton, y sobre todo Darwin, serían impensables en ambientes de imprenta controlada. La Congregación del Índice, embebida en su pasión geocéntrica, resolvió prohibir en 1616 todo escrito pasado, presente o futuro que se ocupara "de mobilitate terrae et de im- mobilitate solis". Sobra decir que durante muchos decenios las obras de Darwin, Nietzsche, Marx, estuvieron en el Índice, y recuerdo que todavía el capellán de mi colegio, hace apenas 30 años, sostenía que el solo hecho de poseer libros de estos autores exponía a su dueño al riesgo de la condenación eterna. Inglaterra, en 1695, fue el primer país en abolir la censura previa de los libros; este hecho no es casual y explica en parte su gran desarrollo científico, literario, técnico y cultural de los siglos XVIII y XIX. En la América hispánica colonial las restricciones a la circulación de los libros, y por ende de las ideas, las dificultades para el establecimiento de imprentas, fueron incluso más férreas que en España. La Santa Inquisición era muy celosa al defender las frágiles almas de ese montón de indios y mestizos que apenas empezábamos a saborear las gracias y ventajas de la única religión verdadera, y por ende éramos considerados más susceptibles a terribles contagios culturales de todo tipo. La primera imprenta llegó a la Nueva Granada apenas en 1738. Era de los jesuitas y durante decenios se dedicó a publicar únicamente obras de tipo religioso: novenarios, vidas de santos, relatos de milagros, libros de oraciones; los así llamados "incunables granadinos", no pasan de ser colecciones de villancicos y una verdadera imprenta sólo llegaría en los años de la Independencia. Los primeros impresos no religiosos, ni siquiera libros todavía, aparecieron casi sesenta años después.

 

3 Pero volvamos al principio, a la relativamente reciente preocupación de los intelectuales por las funciones, el poder y los fines de la literatura. La abolición del Índice fue como la entrada en desuso de una vacuna cuya enfermedad ya ha desaparecido. Fue como si la literatura hubiera dejado de ser una amenaza. Cuando ya no se vacuna contra una enfermedad, quiere decir que ésta ya ha perdido toda su fuerza de contagio o infección. Análogamente, después del Índice, los intelectuales de Occidente empezaron a preguntarse si la literatura todavía servía para algo. Ya ni siquiera la Iglesia se preocupaba por el contenido supuestamente revolucionario o herético que podían tener muchos libros. Ya las novelas no eran acusadas de ser obscenas o mentirosas y hasta las herejías de Darwin se podían discutir. Quizá esto mismo era lo que preocupaba a los intelectuales franceses de izquierda que debatían el problema de la literatura en 1965: temerosos de que los escritores hubieran sido integrados por el sistema capitalista, algunos se preguntaban si debían seguirse o no las directrices del Partido Comunista de la Unión Soviética, para que la literatura ayudara en la construcción del nuevo paraíso socialista en el mundo entero. A este temor por una asimilación, a este miedo a haberse vuelto inocuos, se debe que la pregunta por la utilidad de la literatura sea una pregunta típica de los años sesenta y setenta del siglo pasado (el siglo del triunfo y de la derrota del fascismo y del comunismo), y típica también de intelectuales que se movían en sociedades de ésas que Karl Popper definió como "sociedades abiertas". En una sociedad cerrada, en una sociedad comunista, por ejemplo, o en una dictadura de extrema derecha, en un régimen como el nazi, que acostumbraba quemar por igual libros y seres humanos, o en un gobierno teocrático como el de muchos países islámicos de hoy, esa pregunta ni siquiera se plantea, así como nunca se la planteó tampoco Voltaire, que vivió y combatió con letras y sin armas en una sociedad cerrada. En un régimen autoritario la literatura tiene un papel claro y evidente: la literatura es un corrosivo potentísimo contra el oscurantismo de un poder que tiende a la arbitrariedad y a la autarquía. En una sociedad abierta, en cambio, donde los autores no suelen ser perseguidos, ni los libros prohibidos, ni los artículos censurados, los escritores caen en esa especie de depresión que consiste en el miedo de que sus propuestas sean asimiladas, absorbidas, integradas, engullidas por un sistema que todo lo soporta y al mismo tiempo lo disuelve en aire, como si fuera inmune a todo cuestionamiento. Casi nunca hay escándalo, el poder es indiferente o tolerante con las burlas, no hay quemas de libros, no hay honrosas cárceles por altos ideales ni terribles fatwas como las que reparte el gobierno de Irán (la más célebre y lamentable de todas es aquella contra Salman Rushdie por sus Versos satánicos). En las sociedades cerradas, por el contrario, los escritores tienen muy claro que su papel es útil, pues muchas personas se alimentan de sus palabras, las usan como banderas y proclamas, se apoyan en sus relatos e ideas para sacar a relucir las reivindicaciones sociales, políticas, culturales, etc.

 

4 En todo caso la, pregunta de este ensayo, por fortuna, es mucho más ambigua, es decir, mucho más literaria, que la que se formulaban los intelectuales franceses en 1965: ¿Qué hacer (por leninista, que suene en un primer momento, se matiza al usar el adverbio) "con" la literatura? Porque es cierto que con la literatura se hacen cosas: se hacen sonetos, por ejemplo, que son maravillosas cuadriculas verbales, esquemas métricos y rítmicos. Se cometen injurias, que es un subgénero de los que Borges amaba y practicaba. Se proponen experimentos, como en el caso, de Góngora o de Joyce, de Queneau o de Cabrera Infante. Se escriben novelas decimonónicas, se repiten recetas del realismo mágico, se copian o plagian autores ilustres, se imita autores mediocres, se juega, se divaga, se construyen bestiarios fantásticos, se escribe un panfleto a favor o en contra de alguna revolución, se rescribe la historia, se seducen mujeres, se coquetea con hombres, se les lame el culo a los poderosos, o se les toma el pelo, o se les jala la lengua o se les saca lo mismo. En fin, esta herramienta de palabras escritas se presta para un sinnúmero de ejercicios prácticos y fantásticos. No deberíamos quejarnos. No nos podemos deprimir simplemente porque ya no tenemos un enemigo que nos persiga con índices y anatemas religiosos o políticos. No podemos creer que ya hemos sido asimilados por un sistema injusto y omnívoro, capaz de tragarse todo. No podemos caer en el autoengaño de que todo lo que digamos o publiquemos será siempre inútil, neutralizado no por las prohibiciones sino por el cúmulo, por la explosión inabarcable de la imprenta, la televisión, la informática, el hipertexto, el Internet, etc. La literatura (dentro de la cual está también el ensayo, la reflexión (cultural más amplia, una parte del periodismo) sigue teniendo un gran papel, y una gran capacidad cuestionadora y transformadora en las sociedades abiertas del primer mundo, y en las más o menos abiertas de nosotros en el tercer mundo. En Colombia siguen matando y amenazando a escritores y periodistas. El hecho es monstruoso, sí, pero nos recuerda y nos hace conscientes; de que este oficio todavía sirve para mostrar lacras, abrir ojos, despertar conciencias, desfacer entuertos, propiciar cambios útiles que no siempre favorecen a los más poderosos. Claro que se pueden hacer cosas con la literatura. No sólo libros para distraer o consolar, no sólo poemas para pasar el tiempo, o artículos para coger sueño. Todo esto es válido, y yo no estoy en contra de la literatura como forma de evasión. Es una de las cosas que se pueden hacer con ella. Pero hay otras opciones, quizá más valiosas. La literatura, para empezar, es esa corriente lingüística que en América Latina nos ha permitido seguir comunicándonos en una lengua común. Hoy podemos juntarnos escritores de muchos países, desde la Patagonia hasta el Río Bravo, sin necesidad de traductores, y ponemos a conversar, porque un día resolvimos adoptar una lengua y algunos modelos ilustres: la lengua de Cervantes y de Quevedo, la del Inca Garcilaso, Lope de Vega, Sor Juana Inés de la Cruz y Juan de Castellanos. Nosotros conservamos y protegemos un tesoro ilustre, un arma afinada durante setecientos años por millares de ingenios, desde Garcilaso hasta Borges y Vargas Llosa. Y no porque seamos puristas apegados a una tradición, sino porque transmitimos las cadencias de una ilustre construcción cultural de siglos, adaptada a nuestras nuevas y cambiantes realidades. América Latina está atrasada en casi todos los dominios de la técnica, de la política, de las ciencias naturales, de la organización social. Sin embargo, no está atrasada en su cultura literaria. ¿Por qué? En primer lugar porque el imperio que nos colonizó estaba a la vanguardia en este arte; y en segundo término porque para leer y escribir no se necesitan grandes capitales ni inversiones descomunales por parte del Estado. Leer libros es todavía una de las ocupaciones y diversiones más baratas que existen. Por fortuna todavía no cobran para entrar en las bibliotecas públicas. ¿Qué podemos hacer, pues, con la literatura? Podemos hacer que la vida sea más intensa y más interesante. Podemos multiplicar por números infinitos nuestra experiencia. Podemos "conversar con los difuntos" y "escuchar con los ojos a los muertos" como decía Quevedo, es decir, mantener vivo un antiguo arte que ha servido para despertar las conciencias, para no tragar entero las palabras de los poderosos, para cuestionar lo que pasa, para identificar mejor la maldad, la hipocresía y el engaño. No deberíamos deprimirnos. Las palabras y la literatura siguen siendo importantes. Los poemas, los ensayos y las novelas no tienen un efecto inmediato, como a veces sí lo tienen las leyes y las revoluciones; pero su efecto, aunque lento, es más profundo: horada las conciencias y los hábitos de pensamiento, impulsa los anhelos de independencia y justicia. Hay muchos indicios de que esto sigue siendo así, aunque ya no haya Índice ni censura !e previa. Los más poderosos le siguen teniendo miedo y desconfianza al tráfico de nuestras palabras, al comercio de ideas que elogiaba Voltaire. Hace poco, en Medellín, un amigo mío periodista recibió una amenaza de muerte. Había publicado un artículo en el que les pedía respetuosamente a los ganaderos de Colombia que también ellos pagaran impuestos por sus tierras y sus reses, cosa que nunca han hecho desde los tiempos coloniales los terratenientes latinoamericanos. En un primer momento, este amigo se asustó. Luego me dijo que estaba contento. Para él esa amenaza era la demostración de que este oficio, cuarenta años después de la desaparición del Index Librorum Prohihitorum, seguía siendo incisivo, seguía siendo peligroso para los poderosos, y peligroso, en un sentido más personal, para nosotros. Esto es algo que no debemos dejar de combatir: el horror de que nos quieran silenciar; pero es algo que también tenemos que celebrar: el orgullo de que todavía nos lean y nos teman. No se ha inventado todavía un medio de comunicación más rápido, más eficaz y económico que las palabras. Nosotros no somos los dueños de la palabra, ni mucho menos, pero los años dedicados a pulirlas y a cuidarlas, a combinarlas y mejorarlas, nos dan una fuerza y una cohesión que no se puede despreciar. Aun si nos decapitan, como a Ferrante Pallavicino, creo que al final habrá valido la pena. Habrá otros enamorados de las palabras que no dejarán que todos los libros se prohíban o se quemen. ---

 

* Héctor Abad Faciolince (Colombia). Nació en Medellín en 1958. Estudió Periodismo en la Universidad de Antioquia y Lenguas y Literaturas Modernas en la Universidad de Turín, Italia. Es también traductor y periodista. Entre sus obras publicadas destacan: Malos pensamientos (1991), Asuntos de un hidalgo disoluto (1994), Tratado de culinaria para mujeres tristes (1997), Fragmentos de amor furtivo (1998), Basura (2000) y Angosta (2004). Notas 1 Jean-Paul Sartre et al. Que peut la littérature?, París,' Union Générale d'Editions, 1965. Trad. española ¿Para qué sirve la literatura?, Buenos Aires: Proteo, 1966, p. 23. 2 "De ninguna manera se hable malo de modo escandaloso sobre los curas, los frailes, abades, abadesas, párrocos, prevostes, obispos u otras cosas sacras: sino que cámbiense los nombres y se haga de cualquier modo que parezca mejor." 3 Mario Infelise, I libri proibiti, Roma: Laterza, 2002, p. 47.

 

** Esta ponencia fue presentada por Abad F. En el Encuentro Internacional de Escritores ¿Qué hacer con la Literatura? desarrollado en Lima, Perú. del 26 al 28 de Noviembre de 2.002. (1) Organizado por la Universidad de Lima. Temática: está destinada a propiciar una toma de conciencia sobre la situación de la literatura en el momento actual y a promover la reflexión y el debate sobre qué hacer con la literatura frente al avance incontenible de la cultura de la imagen. De igual modo, se discutirá acerca de la función del escritor en el conflictivo mundo de hoy, así como la situación actual del libro y la lectura.

Información: jcornejo@correo.ulima.edu.pe

(1)  Algunos detalles del Encuentro en

(2)  "http://dialogo.ugr.es/convoc2_nov02.htm"

(3)  "http://www.elperuano.com.pe/identidades/73/actuales_2.asp"

(4)  y Vargas Llosa pide a escritores mantener viva la literatura:

(5)  "http://www.terra.com.pe:95/noticias/n21129-2.shtml"

 

SUBIR

 © 2008 por Agencia de NoticiasLiterarias.com

Reservados todos los derechos