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 New York, NY. EE.UU. Año 6 -

 

 

 

ARTÍCULOS LITERARIOS  

 

 

Si no eres novelista no eres nadie

 

Por Joaquín Matos Omar*

 

El Colombia, no sólo los poetas sino también los periodistas y locutores se han lanzado en desbandada hacia los terrenos de la novela. Con ello, el país pasó de ser el reino de los poetas a ser el reino de los novelistas

En días pasados, visitó la ciudad el poeta Juan Manuel Roca, quien vino a ofrecer un recital ––en compañía del también poeta antioqueño Gabriel Jaime Franco––en la nueva sede del Museo de Arte Moderno de Barranquilla. Unas horas después, en una reunión de amigos, le pregunté a Roca cómo le estaba yendo con su novela.

Antes de conocer su respuesta, es preciso contar una pequeña historia. Hasta finales del año pasado, Roca era sólo reconocido, en Colombia y en el exterior, como uno de nuestros más importantes poetas posteriores a la generación nadaísta, quien desde su debut en 1973 con el libro Memoria del agua, ha sacado a luz una extensa bibliografía en la que sobresalen títulos como Luna de ciegos (1975, premio nacional de poesía Eduardo Cote Lamus), Los ladrones nocturnos (1977), Señal de cuervos (1979, premio nacional de poesía Universidad de Antioquia), Ciudadano de la noche (1989) y La farmacia del ángel (1995), entre tantos otros.

Esta obra sólida, madura, rica en imágenes sugestivas, generadora de una estética propia, repito, le ha acreditado un puesto notable en la pléyade de la lírica nacional, como lo prueba el hecho de que sus versos no faltan en ninguna antología de poesía colombiana que se haya publicado después de promediada la década de los setenta.
Pero he aquí que en diciembre de 2003, a sus cincuenta y ocho años de edad, el poeta nos sorprendió con una novela, Esa maldita costumbre de morir, publicada por la prestigiosa editorial Alfaguara. ¿Qué suerte ha corrido en ésta su nueva faceta de novelista? Conozcamos, ahora sí, su respuesta sobre el asunto: “Me ha ido muy bien. Tanto, que me siento como si estuviera escribiendo y publicando por primera vez”.
Al declararlo, el asombro se notaba en su propio rostro. Más aún, añadió lo siguiente: “Tal parece que si no publicas una novela, no existes como autor”.

Este testimonio es revelador de un fenómeno curioso propio de nuestra época, que es el que ha suscitado, por supuesto, la inquietud de escribir esta nota. No el hecho de que un escritor se desempeñe al mismo tiempo en el género poético y en el narrativo, pues sólo en nuestro país podemos citar los casos de José Asunción Silva, José Eustasio Rivera, Álvaro Mutis, Héctor Rojas Herazo, Darío Jaramillo Agudelo y Piedad Bonnett. No: lo que me llama la atención y resulta desconcertante es la circunstancia de que si no eres novelista no seas nadie ni para las editoriales ni para el público lector en un país que históricamente se consideró tierra de poetas y donde aún hoy día se celebran por lo menos tres grandes festivales de poesía, entre ellos el que organiza, desde hace más de diez años, la revista Prometeo en Medellín, que ha llegado a ser estimado como el mejor del mundo, porque en él participan poetas de todos los continentes y a sus recitales asisten multitudes de personas.

Esto parece constituir, en verdad, un revolcón en la tradición del país. Es bien sabido que a finales del siglo XIX y a comienzos del XX, hasta los Presidentes de la República o los aspirantes a serlo solían ser poetas, por lo que se acuñó la frase de que en Colombia se subía al poder a través de una escalera de versos. Esta enorme influencia de la poesía se prolongó hasta mediados de esta última centuria, tal como lo testimonia García Márquez en sus memorias, con una apasionada evidencia.

En efecto, en Vivir para contarla, recordando su primer año de estudiante universitario en Bogotá, en 1947, el autor de Cien años de soledad cuenta: “Es difícil imaginar hasta qué punto se vivía entonces a la sombra de la poesía. Era una pasión frenética, otro modo de ser, una bola de candela que andaba de su cuenta por todas partes. Abríamos el periódico, aun en la sección económica o en la página judicial, o leíamos el asiento del café en el fondo de la taza, y allí estaba esperándonos la poesía para hacerse cargo de nuestros sueños. De modo que para nosotros, los aborígenes de todas las provincias, Bogotá era la capital del país y la sede del gobierno, pero sobre todo era la ciudad donde vivían los poetas. No sólo creíamos en la poesía, y nos moríamos por ella, sino que sabíamos con certeza––como lo escribió Luis Cardoza y Aragón––que ‘la poesía es la única prueba concreta de la existencia del hombre’”

Y añade a continuación: “El mundo era de los poetas. Sus novedades eran más importantes para mi generación que las noticias políticas cada vez más deprimentes”. Luego recuerda “la gloria de Guillermo Valencia, un aristócrata de Popayán que antes de sus treinta años se había impuesto como el sumo pontífice de la generación del Centenario, así llamada por haber coincidido en 1910 con el primer siglo de la independencia nacional” (para medir hasta qué capas sociales llegó a penetrar esa gloria, me permito acotar de mi parte que nuestro conocido juglar de música de acordeón Juancho Polo terminó siendo conocido con el sobrenombre de Valencia, porque de joven siempre proclamaba su ambición de ser tan buen poeta como el célebre payanés).

Unas líneas más adelante, García Márquez menciona su admiración por Eduardo Castillo, Porfirio Barba-Jacob, Rafael Maya, León de Greiff y los poetas del grupo Piedra y Cielo, en particular Eduardo Carranza, de quien trae a cuento justamente su famoso artículo contra la obra poética de Guillermo Valencia, titulado “Un caso de bardolatría”. A este respecto, escribe: “La publicación de ‘Un caso de bardolatría’ en ‘Lecturas Dominicales’ de El Tiempo, que entonces tenía una amplia circulación, causó una conmoción social” Por último, García Márquez rememora el episodio de los tres sonetos que, a su paso por Bogotá durante aquel año, escribió el poeta Pablo Neruda contra el régimen de Laureano Gómez, que fueron publicados por Carranza en ‘Lecturas Dominicales’ y que provocaron un gran escándalo, lo que lleva a nuestro premio Nobel a comentar: “El solo hecho de que tres sonetos casuísticos y más ingeniosos que poéticos pudieran armar tal revuelo, fue un síntoma alentador del poder de la poesía en aquellos años”

Pues bien: ¿qué se fizo tal poder del verso en nuestro país? Desconozco la explicación de las masivas concurrencias del público a las lecturas programadas en los citados festivales de poesía, porque ésta no tiene ni de lejos el mismo éxito en las librerías. Los poetas ven pasar los meses y los años a la espera de que los improbables lectores aparezcan y compren sus libros, pero es inútil: éstos acaban poniéndose amarillos en los anaqueles, hasta que el librero los retira de circulación. Es entonces cuando los asalta la pregunta que se formulan por intermedio de uno de ellos mismos, el gran Jaime Jaramillo Escobar o X-504: “El fabricante de rosquillas puede al menos comérselas, pero el que sólo sabe hacer poemas, ¿qué comerá?”

Bueno, ahora tiene otra opción: aprender también a hacer novelas. Es lo que está de moda. Es lo que el público compra y, por lo tanto, lo que las grandes editoriales aceptan publicar. Si tiene suerte, a la salida de su primera novela, surgirá un agente literario y lo contratará. Ello le permitirá que nunca falten no sólo las rosquillas sino mejores manjares en su mesa. Y la fama y los viajes.

¿Es ésta la razón de ser de esa especie de “fiebre novelística” que vive actualmente el país? No voy a meter a todos en el mismo saco. Hay quienes, como Roca, llegan al género por una genuina exigencia estética interior. Pero de que hay fiebre, la hay: a los casos conocidos de los novelistas originales como Fernando Vallejo (cuya obra El desbarrancadero obtuvo el premio Rómulo Gallegos), Héctor Abad (premio Casa de América por su novela Basura), Mario Mendoza (premio Biblioteca Breve por su obra Satanás), Jorge Franco (cuya novela Rosario Tijeras fue filmada ya), Ramón Illán Bacca (premio Fundación Cámara de Comercio de Medellín por sus Maracas en la ópera, publicada después por Planeta, que editó también su Disfrázate como quieras), Enrique Serrano, Efraím Medina (autor de tres éxitos en serie) y Santiago Gamboa (cuya obra Perder es cuestión de método fue llevada al cine por Sergio Cabrera), se suman los de Laura.


* Joaquín Matos Omar, poeta colombiano.

Ilustraciones de: Nithto Cecilio (Juan Manuel Roca, Juan Gossaín, Efraín Medina)

 

Tomado de Cronopios

 

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