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 New York, NY. EE.UU. Año 6 -

 

 

 

 

  ARTÍCULOS LITERARIOS  

 

Filosofía y democracia

 

Por ANTONIO MORA VÉLEZ*

 

 

Sostuve durante veinte años –en mis clases de Historia de la Filosofía en la Universidad de Córdoba—que la filosofía surgió en Grecia como una consecuencia de la Revolución Democrática que se produjo en esa sociedad en el siglo V antes de nuestra era, y a la cual me referí en un artículo anterior en estas páginas (marzo 10 de 2004). Me enfrenté a mis colegas especialistas en la Filosofía Oriental, para quienes la “ciencia de todas las ciencias” surgió mucho antes, en las civilizaciones milenarias de China e India. Para sustentar tal afirmación aduje que la filosofía requería del medio democrático para poder existir y que en las sociedades milenarias citadas, el despotismo de castas y dinastías lo hacían imposible.

 

Para filosofar, decía –siguiendo a Thomsom, a Russell, a Chatelet y a Novack--  hay que tener el tiempo suficiente para estudiar, investigar y escribir, y los espacios y el público para exponer el fruto de tales actividades. Y contar con un acerbo científico que nos proporcione las bases para hacerlo. Tales circunstancias se dieron en la Grecia de Pericles, y en modo alguno en las llamadas “sociedades asiáticas” de milenios anteriores, envueltas todas ellas en la bruma del mito y con un sistema de “esclavitud generalizada” que sólo le permitía reflexionar sobre las primeras causas a los escribas de Palacio, ocupados por entonces  en otros menesteres ajenos por completo de las ciencias. La filosofía es producto del pensamiento racional --la antítesis del pensamiento mítico—decía, y solo pudo existir en un ambiente de democracia y de desarrollo científico que lo facilitara.

 

En las sociedades modernas, estas tres disciplinas del pensamiento que surgieron juntas, no siempre van de la mano. Los filósofos poco tienen que ver con la “democracia”, casi todos están relegados a los claustros universitarios, limitados por el dogmatismo de las escuelas y de espaldas por completo a la crisis de esta forma de Estado y de gobierno. Es poca “la bola” que los gobernantes le ponen a los datos de las ciencias, y los Estados Unidos son un ejemplo lamentable en materia de contaminación. Los políticos, por su parte, nada o poco saben de filosofía y de ciencias. Y, para colmo de males, a los científicos se les ha dado por decir que en sus dominios no se necesita la filosofía, que las ciencias se dan su propio método, teniendo por método lo que no es otra cosa que filosofía, pero filosofía fragmentada, desconectada de los demás fragmentos que surgen de las otras ciencias. 

 

Para tratar de acercar la filosofía a la democracia toca a los filósofos señalar las pautas de una interpretación racional de la democracia actual; someterla a un juicio crítico-histórico, para encontrar sus limitaciones y proponer estrategias de superación de la crisis que ella padece. A ellos les corresponde dilucidar interrogantes como: ¿Es la esencia de la democracia la elección de los gobernantes?  ¿Qué hacer para evitar que el dinero desvirtúe la voluntad popular en las elecciones? ¿No será necesaria una revisión de la concepción tripartita del Poder e incluir una nueva rama, democrática pero sin intermediación política, que controle a las anteriores? ¿En qué medida la democracia representativa ha caducado y es necesario pensar en una forma más avanzada de democracia, realmente participativa y no como la actual, distorsionada y burlada por la clase política?

 

La filosofía también le abre caminos al conocimiento, le plantea soluciones posibles al hombre que las ciencias se encargan de confirmar o descartar. Así como los primeros filósofos griegos le dijeron a los ciudadanos que el cosmos y la sociedad se regían por las mismas leyes, para enfrentar el fatalismo del mito y abrirle de ese modo posibilidades de cambio al pensamiento, hoy los filósofos de las universidades están en la obligación de repensar la democracia y las relaciones de ésta con las ciencias sociales, y encarar el sueño de un nuevo modelo de sociedad que ponga en el centro de sus preocupaciones la conservación del hombre y de su “cuerpo inorgánico”: la naturaleza.

 

*  Antonio Mora Vélez, escritor colombiano

 

Tomado de Cronopios

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