agencia de NOTICIAS LITERA

 New York, NY. EE.UU. Año 6 -

 

 

 

 

 

  ARTÍCULOS LITERARIOS

 

CARA A CARA CON EL DIABLO

 

 

Héctor Escobar Gutiérrez

Por: Gustavo Colorado Grisales

 

El organizador del I Congreso Mundial de Brujería que se realizó en Bogotá a mediados de 1975, no podía ocultar su desazón ante la noticia que le comunicaba uno de sus asistentes: El Diablo no podría participar de manera oficial en  ninguna de las múltiples actividades diseñadas para darle realce al evento. Ni en tertulias, ni en recitales, ni en calidad de conferencista, y mucho menos en los rituales programados para honrar los poderes mágicos que, según muchos entendidos, gobiernan el mundo. Simón González se llevó el dedo índice a la nariz, gesto que para sus colaboradores más cercanos era la señal inequívoca de que las cosas no funcionaban como el deseaba. En todo caso la noticia implicaba un absurdo de proporciones mayúsculas: El Demonio, Lucifer, El príncipe de las tinieblas en persona, tendría que conformarse con ser un anónimo asistente, un invitado más al gran aquelarre, al encuentro que reuniría en la capital de Colombia a los más ilustres representantes de las logias y sectas que se habían dedicado desde el comienzo de los tiempos a conservar y difundir los más poderosos y temibles arcanos del universo. Definitivamente seguimos siendo el mismo país de godos y pacatos de los tiempos de Rafael Nuñez y su Regeneración, debió pensar el hijo del filósofo Fernando González, imaginando tal vez cómo podía alguien concebir un congreso de política internacional sin la presencia de Henry Kissinger, un encuentro de futbolistas en el que estuviera ausente Pelé o una muestra de cine en la que el recién premiado Marlon Brando brillara por su ausencia. En ese momento, paralizando a sus asistentes con la fuerza de su mirada de hombre acostumbrado a escudriñar el fondo de las cosas, González apenas tuvo tiempo para maldecir el momento en que Colombia, la tierra de la Expedición Botánica, de Antonio Nariño, de Uribe Uribe y de tantos masones ilustres, tuvo la mala idea de consagrarse en cuerpo y alma al Corazón de Jesús.

 

El diablo colgó el teléfono, y sintió que una mezcla de ironía y frustración se acumulaba en su garganta como una sustancia densa y ácida, parecida a la que dejan en la boca muchas noches de Whisky y desenfreno. Sin embargo prefirió dejarlo pasar: Después de todo no era cuestión de hacerse mala lecha por cuenta de la gazmoñería de unos tipos acostumbrados a pontificar sobre todo lo que pasaba frente a su mirada inquisitorial: la política y el sexo, la música y las películas, los negocios y la moral; sobre todo esta última había sido durante siglos patrimonio exclusivo de los jerarcas de esa iglesia que ahora se oponía de manera inapelable a su presencia en el evento. Si el Diablo... si el señor Escobar Gutiérrez participa en el congreso, nos opondremos con todas nuestras fuerzas a su realización, le dijo a Simón González uno de los sacerdotes encargados de seguir de cerca el curso de un encuentro que muchos contemplaban con una ambigua mezcla de curiosidad e ironía, convencidos de que era una muestra más del invencible caos de exotismo y superstición en el que viven inmersos los habitantes de los tristes trópicos. No cabía duda, insistían: se  necesitaría una segunda Rama Dorada escrita por una mente de las dimensiones de Sir James George Frazer, para explicar tamaña capacidad de alucinación. De cualquier manera una cosa era cierta: El Diablo Escobar Gutiérrez no participaría como invitado especial al evento. El rey de este mundo sería pues un convidado de piedra en ese encuentro que ocupó por unos días la atención de los medios de comunicación del país y de muchos lugares del mundo.

 

¿Quién era ese hombre cuya sola mención provocaba urticaria en los sectores más conservadores de la curia e incluso en la vieja dirigencia política de su provincia natal? Su cédula de ciudadanía dice que se llama Héctor Escobar Gutiérrez y que nació en Pereira en el año de 1941. Bajo el signo de Géminis, añaden los manuales de astrología. Esa es la parte visible del asunto, porque sus más fieles devotos insisten en que es el ungido, el elegido por las potencias infernales para propagar la doctrina en este lado del mundo y, sobre todo, para honrar con rituales más antiguos que el hombre al supremo artífice de todo lo creado, que en el umbral de los tiempos se confunde con la materia prima de que está hecha la vida. Una amplia y a veces pintoresca reseña biográfica suya aparece en el segundo tomo del libro sobre Historia de Pereira, escrito por Hugo Ángel Jaramillo en la década de los ochentas del siglo XX. Cuenta la leyenda que las beatas del barrio Providencia, donde reside desde hace décadas, todavía se santiguan y cambian de acera al pasar junto a su casa, pues hay quien jura hoy, en los tiempos del descubrimiento del genoma humano y la aventura del ciber espacio, que aún es posible escuchar ayes y gemidos flotando en un denso olor a azufre, los cuales tienen su origen en lo más profundo de esa vieja casa ubicada en la calle principal de un sector de clase media en decadencia, frecuentado al despuntar el siglo XXI por algunos de los representantes más audaces de las nuevas economías subterráneas.

 

Que por su casa han pasado los representantes más conspicuos de la dirigencia económica, política y cultural de la región. Que de hecho allí se realizaron durante mucho tiempo ceremonias diametralmente opuestas, pero en el fondo idénticas, a las contempladas en la liturgia cristiana. Que algunas de las mas preciadas virginidades de la generación de la era disco se perdieron en sus meandros. Que es de hecho, como buen representante de las potencias abisales, el más refinado seductor que uno pueda encontrarse en su camino. Que sus sonetos compuestos con precisión milimétrica son en realidad la clave cifrada de una conspiración dirigida a gobernar el mundo y que sus lecturas del Tarot son mucho más que un ejercicio de supervivencia. Estas son apenas algunas de las muchas cosas que se dicen en los centros culturales, en los medios periodísticos y en los clubes sociales donde las damas que juegan canasta le temen y lo veneran por igual. Sin embargo, qué tanto de verdad puedan contener esas aseveraciones, sólo El Diablo lo sabrá.

 

SACRIFICAR UN MUNDO

 

Sacrificar un mundo / para pulir un verso era la premisa de los llamados poetas parnasianos. Con todo, no es ese el caso del poeta Héctor Escobar Gutiérrez, pues lo suyo es más bien la terca voluntad de poner los versos al servicio de  su particular concepción del mundo, anclada en la convicción de que la historia espiritual y por lo tanto la Historia del hombre en general, está soportada sobre un grave malentendido y por eso regresar a instancias primordiales de la aparición de la vida en la tierra, después de desandar el camino, y enfrentarse con lucidez y coraje a la esencia de lo que somos, es condición necesaria para emprender el sendero hacia la conquista de  nuestra verdadera identidad. No por casualidad uno de los ángeles caídos -según la iconografía cristiana- lleva el nombre de Lucifer, dijo en una ocasión en una de esas noches de bohemia que de repente se convierten en largas y deliciosas disertaciones sobre lo que más le apasiona en este mundo: el conocimiento de las facetas más ocultas de las criaturas. Sentado a la mesa en una sala presidida por buena parte de las imágenes que a través de los tiempos han sugerido la presencia de lo arcano y de la dualidad en cada un de las acciones del hombre, el poeta desgrana su credo particular, con un tono de voz pausado, en el que las palabras, más que pronunciarse, se saborean y se reinventan sobre la marcha, con el propósito de retornarlas a su condición esencial: la de laberinto- espejo en el que, si prestamos atención y no nos dejamos arrastrar por la banalidad del uso diario, podremos descubrir al fin el rostro de lo que en realidad somos, o lo que es los mismo, el aliento de la divinidad, de esa potencia a la vez creadora y terrible que habita en el fondo de nosotros mismos.

 

Si hay algo a lo que el ser humano le teme es al encuentro consigo mismo. Con esa parte primordial que está más allá de las teorías y supersticiones que se conocen con el nombre de religiones, cuando en realidad, si nos atenemos a la etimología de la palabra Religión, encontraremos que el sentido de religare alude precisamente al imperativo vital de remitirnos hasta el fondo de nuestro propio ser, a esa comarca oscura que nos ha sido arrebatada por toda una caterva de inquisidores, para emprender de ese modo la construcción de una manera auténtica de estar en el mundo, que nos reconcilie con el substrato bestial que nos anima, con el mundo de los instintos y de las visiones ancestrales, para que a partir de allí logremos acceder a lo que los grandes iniciados postularon como la auténtica realidad, que poco o nada tiene que ver con las que se nos ha mostrado siempre desde el reino de la moral. A medida que hilvana las frases que contienen su ars vital y poética, su rostro se va animando y las palabras adquieren la tonalidad serena y a la vez llena de matices de quien se sabe portador de un legado que no solo ha conseguido sobrevivir, sino que se ha fortalecido con el paso de los siglos. Antes  de continuar se levanta de la mesa, y de los anaqueles de su vieja biblioteca extrae algunos ejemplares que le servirán para reforzar buena parte de su discurso. Allí están -como nó- El Fausto de Goethe y los poemas de León de Greiff, conviviendo al lado de los relatos de horror preternatural de Howard Philips Lovecraft y un par de biografías de Aleister Crowley, el nigromante que forma parte del panteón de profetas mayores de la demonología contemporánea. Cuando regresa de su incursión a ese reino de palabras mágicas y de visiones inefables, el poeta arquea aun más las cejas pobladas que ya forman parte de su leyenda y contempla los candelabros que guardan la entrada a su altar particular, antes de emprender la exposición de lo que igual puede ser una declaración de principios respecto a la literatura o el resumen de su cosmovisión. En esa búsqueda de sí mismo que ha sido el propósito único de los grandes sabios, la palabra juega por supuesto un papel fundamental, como quiera que es la piedra fundacional que soporta todos los pasos del iniciado, la que alumbra el camino de sus aciertos y sus yerros. Las palabras, bien lo sabemos, esconden detrás de su utilidad práctica, todo un universo de símbolos, alusiones y resonancias que dan cuenta del universo, tanto de aquél que los científicos pretenden develar, como de su cara oculta, que acaso por eso mismo es la más importante de todas. Mire usted algo tan sencillo como el nombre del barrio donde vivo: acaso no sea una casualidad que se llame precisamente Providencia, igual que el lugar de nacimiento de Lovecraft, ese poeta y narrador que muchos críticos todavía nos quieren presentar como un escritor menor, aunque sus intuiciones hayan resultado más perdurables que las historias de muchos autores contemporáneos suyos, que incluso fueron galardonados con premios internacionales. Podríamos continuar hablando hasta el infinito del sentido ambiguo y a la vez certero de las palabras y por eso le voy a hablar de un ejemplo más entre tantos. Cómo le parece a usted, que el anagrama de SEMANA SANTA es nada menos que SATÁN ES MANÁ y ahí tiene entonces una muestra simple de cómo a través de los tiempos la figura del demonio ha caminado siempre de la mano de lo que la religión cristiana conoce con el nombre de Dios, al punto de que podemos afirmar que el gran garante histórico y metafísico de la existencia de las religiones oficiales es precisamente aquél a quien consideran su peor enemigo. En las palabras y en los mundos que contienen y que se tejen a su alrededor, está pues cifrada la naturaleza de la vida y por eso, en mi condición de poeta que cree firmemente en su poder, todos mis actos están dirigidos a explorar el lenguaje hasta el fondo de sus posibilidades, porque el sentido exacto de la expresión “Y el verbo se hizo carne”, tan cara a la cosmovisión cristiana, tiene que ver no tanto con el verbo en su condición de potencia sino en cuanto acción permanente que permite transformar el mundo material y espiritual y con ellos al hombre mismo. Es en ese punto donde mi relación con el demonio y sus poderes adquiere su auténtica dimensión: quiero ante todo que esos poderes me ayuden a ser un buen poeta y para llegar a serlo se necesita antes que nada ser un hombre auténtico, o lo que es lo mismo, fiel a su propia condición. Mire una cosa: a esta altura del camino, estoy  más que seguro de que esa es la única alternativa para acceder al carácter sagrado y litúrgico de la poesía. Solo una entrega total a sus potencias nos permitirá aproximarnos a lo más inalienable de sus revelaciones. No por nada, mi estimado amigo, un artista de las dimensiones de William Blake escribió alguna vez que los buenos poetas pertenecen siempre al partido del diablo y a fe que el hombre tenía razones de peso para decirlo. Siguiendo ese camino, podríamos hablar de los ya mencionados grandes maestros. De Dante, cuyo viaje a los infiernos no tuvo nada de metafórico, de Baudelaire y su genio para convertir en versos sus visiones del abismo. Entre los más cercanos a nosotros no podemos dejar de lado a León de Greiff, ese poeta insular y nocharniego cuyo voluntario anacronismo es una forma de recordarnos que el lenguaje mantiene unos lazos indestructibles con lo más profundo de la condición humana y que recuperar la esencia de ciertos vocablos olvidados es acaso la mejor manera de aproximarnos a lo que algunos llaman El espíritu de los tiempos. Por mi parte, estoy convencido de que, en todo caso es un método más efectivo que la lectura de todos los tratados históricos juntos, sin que por ello esté descalificando el valioso aporte de estos últimos al conocimiento del hombre y su curiosa aventura sobre la tierra.

 

Candy, Niño y Luna, los tres canes domésticos que, al lado de su mujer, le hacen compañía a este diablo de carne y hueso, se pasean  por la casa  con el aire desenvuelto de tres príncipes en sus dominios. Olfatean las bases de los candelabros en los que se encienden las velas rituales, descansan sobre los cojines sobre los que se sientan los cofrades de este a quien no le gusta que le digan maestro, y por momentos levantan los ojos hacia los paredes donde cuelgan cuadros que representan al Pantáculo o símbolo del todo; a Samael y Lilith las primordiales potencias oscuras de la cábala hebraica y sobre todo, un retrato transfigurado del poeta Escobar, pintado con evidente devoción por un joven artista pereirano de innegable talento llamado José Acevedo, cuyo trazo deja entrever la influencia de esas corrientes estéticas forjadas a la lumbre del cómic y de la iconografía de las bandas de Heavy Metal. Desde la cocina de la casa, llegan los aromas de un almuerzo en sazón que acaban por inquietar aun más a los tres animalitos que, a su manera, hacen las veces de criaturas tutelares de esta casa en la que por cierto, el estereotipo de lo terrible no aparece por parte alguna.

 

SOY UN SEÑUELO DEL PARAÍSO

 

Todo Nigromante tiene su altar y el del poeta ocupa la habitación central de la casa. Por allí pasaron durante años muchos representantes de la élite regional y nacional en sus distintas expresiones. Escritores, políticos, empresarios, artistas. A algunos los empujaba la curiosidad por saber quien era ese tipo del que se hablaba en los corrillos, en algunos casos con muestras de hilaridad y en la mayor parte de ellos con auténtico horror. De ese que produce frío en las pelotas, como declaró una vez un pragmático hombre de negocios  que desde ese día prefirió consagrarse a la especulación en la bolsa y olvidarse de veleidades metafísicas. Pero excentricidades aparte, en este altar dedicado a los cultos paganos sí que vuelve a tener sentido la idea de que la forma y el fondo son una y la misma cosa. De hecho, de la conjunción exacta entre la naturaleza del rito, de los elementos utilizados para oficiarlo y del talante del sacerdote, depende en su totalidad el que los propósitos sean alcanzados, y eso lo sabe todo artista y más que nadie este Poeta- Hierofante que dispone los objetos del culto con la misma atención y esmero que dedica a la escritura de sus versos.

 

Un altar es ante todo el lugar donde el mago o el sacerdote se reconocen a sí mismos y por lo tanto a la humanidad entera, como partícipes de un todo que en mi caso particular es la vida misma en sus distintas expresiones, que abarcan desde lo material hasta lo espiritual, entendidos en su más amplía acepción y no únicamente en la relacionada con la maniquea clasificación a la que los cristianos han sometido las distintas facetas de la existencia del hombre. En realidad, el cuerpo y el espíritu son las dos caras de la misma fuerza vital y es en ese sentido que la magia se plantea como un camino de integración, en  el que las antinomias cuerpo -alma, bien-mal o luz-tiniebla, son apenas la manera como se refleja en nuestra realidad esa totalidad que es la esencia misma de todo acto creador. Sólo si uno entiende el misterio de la vida en ese contexto, puede medir el alcance de lo que significa un ritual y los objetos o símbolos utilizados para conseguir los propósitos que se persiguen a través de su práctica. No olvidemos entonces que los objetos trascienden en ese plano su carácter utilitario para devenir en elemento mediador que abre las puertas hacia otras posibilidades de percepción. Visto en el marco de lo litúrgico, un puñal dejará de ser un instrumento de muerte, para convertirse en un agente de vida,  en tanto le permite al oficiante ponerse en contacto, de manera real o simbólica con la sangre que resume lo más sublime de la vitalidad y que es si se quiere, el élan al que hacen alusión tantas y tan disímiles escuelas de pensamiento en diferentes momentos de la historia.

 

En sus palabras es posible intuir el propósito de descifrar las claves de un universo que parece otro, pero que es en realidad el mismo de todos los días, sólo que visto a través de ese espejo oscuro de que hablara San Pablo y a través del cual es posible mirar las cosas cara a cara. A esta altura del camino es inevitable reconocer que su objetivo es en parte el mismo que alentara la fatigosa aventura de seres como Cagliostro o Miguel Angel, Eliphas Levi o Paracelso, quienes desde disciplinas distintas sólo en su apariencia, intentaron, pagando el precio de la locura y de la vida misma, asirse a lo que de divino y por lo tanto de diabólico, gravita sobre la materia casi siempre vana y tediosa de que están hechos los asuntos cotidianos. Para comprobarlo, basta con citar de manera textual los versos de Autorretrato, el poema que cierra su libro Estetas y Heresiarcas, publicado en Pereira en 1987, obra en la que rinde tributo a quienes el poeta considera sus grandes maestros y que es, si se quiere, una de sus muchas declaraciones de principios.

 

Goético tantrista, del demonio devoto/ impenitente lector de los impíos grimorios/ iniciado en el arte de ritos amatorios/ en el desnudo altar deposité mi exvoto, escribió Escobar en los primeros cuatro versos de ese soneto en el que se condensan algunos de los componentes fundamentales de toda ceremonia religiosa, independiente de si su objetivo es convocar a las fuerzas celestiales o conjurar a toda una legión de potencias infernales. Allí están los grimorios, los ritos amatorios, el altar desnudo y los exvotos que todo oficiante sabe imprescindibles para convocar la presencia efectiva de lo oscuro o de lo numinoso. Son también los elementos que según el poeta es posible derivar del acróstico de la palabra diablo, que este hombre escribe con su propia mano, en tinta azul, sobre una ajada servilleta que desde hace rato andaba rondando por la habitación como si esperara ese momento.

 

D eus        

I gnis

A qua

B inarium   

L umen

O rigo

 

“Dios, como fuego y como agua, es el binario luminoso que da origen al ser” es el significado cabalístico de esa palabra.

 

Un Dios  que en sus orígenes es un binario hecho de fuego y agua, identificado por su condición luminosa, es la concepción del mundo que destella en el fondo de las seis ¡seis! letras de esa palabra tan manoseada a lo largo de los tiempos por los teólogos, las profesoras y los padres de familia que pretenden asustar a los niños y a los grandes con la mera posibilidad de enfrentarse a solas con lo más ineludible de su propia condición, dice el poeta, abismado una vez más en la contemplación de las profundidades insondables del lenguaje, a cuyas verdaderas dimensiones sólo es posible acercarse a través del simbolismo de los objetos rituales o en los momentos de  revelación que de siglo en siglo nos prodigan los grandes poetas.

 

Pero estábamos hablando de los objetos y de su  poder trascendente,  en la medida en que ellos son portadores de una carga simbólica que se remonta al comienzo de los tiempos y que está emparentada con lo que el psicólogo Karl Gustav Jung llama los arquetipos en sus estudios sobre el inconsciente colectivo, insiste el poeta antes de desplegar sobre la mesa varios de los tesoros más preciados de su templo particular. Allí está el puñal idéntico al que Aleister Crowley lleva al cinto en una vieja fotografía publicada en una revista de difusión esotérica. Desde algún rincón  hacen su aparición los candelabros y los textos que contienen las invocaciones y los mantras; pero en todo caso, la atención suprema la concita una pequeña caja metálica que contiene algo que para el poeta Héctor Escobar es único en el mundo y por lo tanto constituye un punto de referencia muy alto en la historia de la magia y el satanismo.

 

Cuando el hombre abre la caja con un aire de concentrada reverencia que provoca en quienes se acercan a ella una suerte de suspensión mental, lo que se ofrece a la vista resulta ser en primera instancia algo nada memorable. Ni siquiera un estudioso del universo de los reptiles tendría razones para sentirse especialmente impresionado: En el recipiente metálico aparece una colección de huesos que a todas luces pertenecen al cráneo de una serpiente de buen tamaño. Allí los afilados colmillos, por aquí lo que podría denominarse la zona frontal y por este lado las mandíbulas inferior y superior. El orgulloso propietario de esa colección de huesos no puede evitar que una sonrisa de condescendencia aflore a sus labios cuando observa el rostro de decepción de sus invitados. Ya verán, ya verán, hombres de poca fe, parece decir entre dientes, mientras deposita la caja sobre la superficie de vidrio de la mesa y parte hacia la habitación de las ceremonias, de donde regresa portando lo que a las claras es un esquema básico de El Árbol de la vida, esa representación minuciosa del cosmos que la historia del ocultismo le atribuye a los primeros cabalistas.

 

A este lado tenemos entonces el árbol de la vida y a este otro los huesos del cráneo de una serpiente, empieza diciendo, con el tono de voz del profesor paciente que trata de convencer a unos alumnos díscolos y con escasa predisposición hacia los milagros, aunque un par de minutos después contemplen alelados la figura que acaba de hacer su aparición, ordenada paso a paso por las manos del taumaturgo, como si asistieran al descubrimiento de uno de esos palimpsestos que ocultaban antiquísimas tradiciones bajo la superficie formada por una colección de canciones profanas.

 

Lo que ustedes tienen ante sus ojos, señores, es nada menos que el  esqueleto del diablo o su representación, para ser precisos. Exclama subiendo una octava  el tono de su voz y en efecto, lo que aparece ante los ojos del visitante es la  figura del diablo forjada por hombres que antecedieron en siglos a quienes propagaron las estampas del maligno creadas a imagen y semejanza de la mitología cristiana. La similitud es demasiado evidente como para dejarla pasar: la media luna de los cuernos, los antebrazos, los pechos que sugieren la presencia de lo andrógino y el falo amenazante, símbolo de una inagotable fertilidad, dan cuenta de esa clase de azar que para los iniciados es la prueba de que el mundo obedece a un ordenamiento atento a los designios de un demiurgo oculto. A esa altura de las cosas, el talante profano de los visitantes, no puede menos que recordar las palabras de un autor cuyo nombre no pueden precisar en ese momento, las cuales aluden a la inexistencia de la casualidad, porque los acontecimientos que bautizamos con ese nombre corresponden más bien a una inaprehensible cadena de causalidades.

 

De manera que aquí tienen señores, para que la contemplen cuanto deseen, la figura primordial del demonio, reproducida de manera simbólica a partir de los huesos de un animal que, si nos atenemos a las palabras del Génesis, el texto que compendia buena parte de los mitos comunes a cristianos y judíos, fue el encargado de tentar a la madre de la humanidad, hasta conseguir que sus artimañas la condujeran a echar por tierra la perfección del edén o para decirlo con palabras de un filósofo: a permitir la irrupción de lo temporal en lo eterno ¿Me siguen señores? Estamos hablando de que la serpiente o el demonio hicieron posible que nos humanizáramos, que nos convirtiéramos en esta criatura grandiosa y doliente que fue capaz de desafiar a la inconmovible divinidad que dormía placidamente en el seno de su nebulosa gloria. Esta criatura que es heredera directa de los primeros ángeles caídos o lo que es lo mismo, de los grandes rebeldes que a través de los tiempos han sabido encontrar su lugar en la voz de los poetas, en los lienzos de los pintores, en las artes de los magos y en las partituras de los músicos que se eligieron a sí mismos para cantar los misterios de la existencia. Ahora bien, si la historia del paraíso terrenal es una simple leyenda ¿Por qué razón el animal erigido a la categoría de símbolo para resumir lo más execrable, es decir, la rebeldía ante el poder omnipresente de la divinidad se nos aparece ahora en perfecta correspondencia con esta especie de mapa del universo físico y espiritual levantado con minuciosidad admirable por generaciones enteras de iniciados?

 

La  réplica ósea del demonio o lo que sea permanece allí, hierática, sobre el mapa en el que los planetas son nombrados con palabras hebreas, hasta que las manos devotas de este vecino de Providencia que recorre cada día las calles de Pereira con una asiduidad que recuerda las manías del viejo Kant, la devuelven, tanteando cada pieza con las yemas de los dedos índice y pulgar, al reducido ámbito de esa caja metálica que alberga en su interior, según su celoso guardián, el Baphomet de los Templarios.

 

Son curiosidades nada más, apunta el anfitrión, en un tono del que no se puede precisar bien si es de burla o de consuelo. Igual puedo hablarles de este puñal que según todos los indicios, pudo haber pertenecido a Aleister Crowley, que como ustedes bien saben, es uno de los grandes iniciados de los tiempos modernos; pero antes déjenme recitarles unos versos que escribí hace más de veinte años a la memoria de ese hombre ángel cuyo legado sigue vivo en quienes profesamos la fe en las potencias primigenias:

 

Que Lucifer me asista al invocar tu sombra,

cada vez que me apreste a recorrer contigo,

el siniestro sendero eludiendo el castigo :

¡Hermano, mago negro, cuyo valor me asombra!

 

Que seamos para siempre emisarios proscritos

por haber profanado de lo sacro el misterio

ocultado en la cripta de un alto monasterio

donde antaño oficiamos los rituales malditos.

 

Que descendamos ambos a los fondos del Mal,

sin temer al demonio que custodia el umbral

con sus rojas pupilas de rayos incendiarios.

 

Que bajemos impávidos con nuestros ojos fijos

hacia el hórrido averno de arcaicos acertijos

para afirmar los pactos, secretos, temerarios.

 

Candy, Luna y Niño, se pasean por entre las piernas de su dueño, indiferentes a la cadencia de sus cuartetos y tercetos y a la sutil amenaza que vibra en el aire cuando Escobar aparece portando en su mano derecha un puñal curvo, con la hoja oxidada por el paciente trabajo de los años. Cuando acaricia lo que una vez fue su filo, levanta las cejas, como si con ese gesto quisiera expresar que sus efectos sublimes o letales, poco o nada tienen que ver con el hecho de la existencia física del arma. Se trata más bien de la energía que la ha impregnado al pasar por tantas y tan diversas manos, hayan sido de asesinos o de santos, que al final da lo mismo. Les estoy hablando de que antes de llegar a las manos del gran mago, este puñal viajó a través de los años y sobrevivió a los cataclismos que los hombres llaman Historia, para cumplir su cita con ese hombre  destinado a darle el uso para el cual había sido forjado. Hablo del destino, por supuesto, o de lo que se conoce con ese nombre, pues si logramos que nuestra capacidad de percepción y de creación poética descorra el velo de las apariencias, nos encontraremos con que la vida es un tejido complejo y sutil a la vez que opera a modo de lenguaje utilizado por divinidades ignotas para comunicarse con sus elegidos. Así que puede que tampoco sea una casualidad el que esté a esta hora sobre esta mesa al alcance de nuestras manos.

 

Cae la noche sobre las calles de una ciudad cuyos temores son otros al despuntar el siglo XXI: Atracos en los que alguien puede perder la vida por no entregar su reloj o sus zapatillas deportivas; desapariciones y muertes de niños y jóvenes que pueden estar más relacionadas con las mafias del tráfico de órganos y de prostitución infantil que con las acciones de supuestas sectas satánicas; balaceras entre capitanes del narcotráfico que igual se disputan la posesión de una ruta o el cuerpo de una joven aspirante a modelo; policías que ya no saben si son el brazo derecho o torcido de la legalidad y que ofrecen su alma y su arma al mejor postor. Antes de que la oscuridad se haga completa, las incandescencias del atardecer se reflejan en las ventanas de la casa marcada con el número 21-08 del barrio Providencia, donde las campanas de una iglesia vecina llaman a una misa en la que unos cuantos feligreses, sobre todo los más viejos, rogarán en el momento de la eucaristía para que las fuerzas del bien prevalezcan sobre las hordas de hechiceros y forajidos que a estas alturas de la historia de Pereira y de Colombia, acechan desde todos los puntos cardinales. De momento, Heroína y Clarisa, dos septuagenarias que viven desde hace más de treinta años en el sector, dan un rodeo y se santiguan por si acaso, antes de pasar frente a la casa de ese hombre que en algunas noches de insomnio invencible ha sido el héroe al revés de sus pesadillas.

 

 

TODA ROSA TIENE SU ESPINA

 

Y todo Diablo tiene su leyenda. La suya ha sido cultivada con la minuciosidad, el rigor y el tono preciso que caracteriza a determinadas obras literarias. Ciertas voces que indagan en algunos aspectos del pasado y el presente de la ciudad de Pereira, incluso se atreven a insinuar la elaboración de una cartografía que de cuenta de cada uno de sus pasos. En esos mapas se hablaría de sus muchas facetas: del intérprete de las cartas del tarot, que en horas de la tarde aguarda la llegada de las mujeres de clase media y alta, ansiosas por encontrar en el entramado que forman los gestos simbólicos de El Mago, El Loco o La Muerte, alguna respuesta para sus incertidumbres. Del sibarita despreocupado que gusta de frecuentar cócteles y fincas donde se festeja con vino la palabra poética. Del tipo que alguna vez se ganó la vida dictando clases de religión católica en el colegio La Florida, vereda del municipio de Santa Rosa de Cabal. De un consumado seductor que ha sabido cultivar un envidiable serrallo particular. Del poeta preciosista y obsesivo que mide sus versos con una regla de cálculo y, por encima de todo, la del hombre que en sus poemas y en sus encuentros cotidianos se asume como el diablo; así de simple, de la misma forma en que otros hombres ostentan su título de médico o abogado. Como debe ser, añadiría alguien, pues al fin y al cabo estamos hablando del que es en realidad el oficio más viejo del mundo.

 

Uno no va por el mundo haciéndole propaganda a sus convicciones, aunque supongo que el ser fiel a ellas y en la medida en que eso se refleja en sus actos y en su obra poética, las personas mismas que lo rodean se encargan de reforzar el aura que es consustancial a todo creador. Por primera vez desde que aceptó hablar del tema, el hombre abandona el tono que acompañó sus declaraciones sobre el valor de la palabra y el papel exacto de los ritos en la vida de alguien que se asume como un nigromante. Empecemos por aclarar algo- dice- el demonio en realidad no tiene nada de terrible. Es más: en la mayoría de las cosmogonías se le presenta como la criatura más hermosa de la creación, así que tendremos que partir de la base de otro malentendido más en la historia de infamias urdidas  contra el rey de este mundo por los representantes de sectas signadas por el estigma de la envidia y la subyugación a toda clase de poderes. De modo que cuando los seres humanos aluden al diablo como algo terrible, lo que hacen es reflejar la parte tenebrosa y bestial que anida en lo más profundo de si mismos. No es casual que en tantas iconografías se le represente con cuernos y cola, que son elementos distintivos de nuestra parte bestial, del substrato animal que nos hermana con todas las criaturas del universo. Siguiendo esa idea, uno puede afirmar entonces que somos animales y somos divinos por la gracia de Dios o de Lucifer, según se le mire.

 

Un café amargo es buen pretexto para hacer un alto en el camino. A las once de la mañana cae una de esas lluvias repentinas que son la seña de identidad de Pereira, que se desgajan desde lo alto de la cordillera y obligan a suspender la jornada de quienes se afanan en bancos y oficinas, para ser reemplazadas minutos más tarde por uno de esos calores sofocantes que cortan el aliento. Por lo pronto, mientras amaina la lluvia, de la leyenda de este Diablo se pueden  decir muchas cosas. Que un hombre que fue obispo de su ciudad en los años setentas, amenazó con organizar una cruzada digna de las que caracterizaron el espíritu cívico de la ciudad, con el propósito de expulsar de una vez y para siempre a esa especie de trasgo que arrastraba hacia el fango de la corrupción a los jóvenes hijos y nietos de los patricios herederos naturales de la aldea bendecida por el padre Cañarte. Que era imposible dormir en los alrededores por los jadeos de dicha y dolor de las vírgenes utilizadas como altares vivientes en rituales en los que además se consumían oscuras y peligrosas hierbas emparentadas con la mandrágora y la belladona. Que más de un incauto acabó loco después de participar en una de esas celebraciones en las que se invocaba al espíritu de Dionisos y, en fin, que a lo mejor el tipo tenía algo que ver con la aparición de sectas que al ritmo de tenebrosas músicas en fechas especiales del año como el Viernes Santo, el 23 de junio o el 31 de octubre, se ocupan de asuntos tan macabros como la profanación de tumbas o la succión de la sangre de bebés arrebatados a sus madres mientras andaban de compras por los supermercados.

 

En todas esas consejas lo que se intuye es el talante irremediable de la estupidez humana, capaz de banalizar y convertir en terrores mediocres, lo que en realidad debería ser el goce profundo de quien contempla la suprema luz.  Hay que recuperar el tono de las cosas señores. Toda esa bobería lacrimógena tiene que ver más con películas de terror barato, digamos de Zombis o esas cosas, que con la dimensión sobrenatural del Mal auténtico y, vuelvo a insistir: el Mal entendido como la rebeldía y el conocimiento supremos, ajeno por completo a las estampas que nos han vendido acólitos de  tercera categoría. Entendidas las cosas de esa manera, cuando alguien se consagra al estudio de otros mundos en el seno de una sociedad pacata, es inevitable que se empiecen a tejer historietas alrededor de su figura, pero incluso esa parte hay que asumirla, en el sentido de no darle más importancia de la que se merece. Miren ustedes: no es casualidad que en una ciudad como Pereira, donde existen antecedentes de la presencia del demonio Mabzacadas en los mitos de las tribus Quimbayas que habitaron estas tierras; que tiene como vecino a un municipio donde se realizan cada dos años los carnavales del diablo y que además es una localidad reconocida por sus mestizajes, con lo que eso tiene de tierra abonada para el florecimiento de todo tipo de manifestaciones paganas, digo que no es casual que haya sido Pereira el lugar donde apareció algo tan inquietante como el esqueleto que les mostré, o que en sus calles se gesten historias que hablan de apariciones de Lucifer en bares y discotecas; digo que no es casual que en este sitio preciso del cosmos haya podido hacer mi profesión de fe sin tener que enfrentar nada distinto a unos contratiempos menores. Por esas razones, lo de las historias salpicadas con el aroma del azufre o los envidiables gemidos virginales, tienen que ver más con la representación que las personas elementales se hacen de la figura del demonio y es en ese punto donde uno se pregunta a qué viene tanta alharaca, si son más terribles los monstruos que aparecen en los programes infantiles de la televisión que los indefensos chupasangres que habitan en los meandros turbios de las leyendas urbanas.

 

LOS ABOGADOS Y EL DIABLO

 

Como todos lo sabemos, detrás de las leyendas acecha siempre el brazo armado de la ley, temerosa siempre de que tras el hálito irreal de las fábulas se mueva, embozada, una conspiración real. Por eso el universo de las historietas está plagado de policías filósofos, comisarios sacerdotes, abogados mesiánicos y periodistas que al llegar la noche se convierten en súper héroes predestinados a salvar la humanidad. No sorprende entonces el hecho de que, tras su aparición  en la vida pública, tanto dentro del país como fuera de él la casa del diablo se haya visto visitada por investigadores policiales de toda estirpe, que intentan establecer alguna conexión entre algunos delitos rodeados de características especiales y este hombre afable, de vida apacible y costumbres sedentarias que nació en Pereira en 1941 y que nunca se ha movido de ella porque, según sus propias palabras, está cansado de darle vueltas y vueltas al universo en una peregrinación destinada a durar por los siglos de los siglos. Antes de hablar del asunto, el poeta se sirve otra taza de café espeso, pues eso de pasar de la eternidad a los estrados judiciales sin solución de continuidad, es algo que necesita de un buen estimulante que lo ayude a uno a mirar con compasión la variopinta fauna que sumada nos revela el patético rostro de la especie humana, según declara antes de empezar a relatar su experiencia con los prosaicos y  a la vez terribles laberintos de la justicia terrena.

 

Uno de mis primeros contactos con los administradores de justicia y por lo tanto con el absurdo, tuvo lugar cuando un hombre con quien coincidí en algunas ocasiones, empezó a sufrir trastornos emocionales y en una de sus crisis se presentó a una inspección de policía con el propósito de denunciar a Héctor Escobar Gutiérrez bajo la acusación de que el mencionado señor le había robado el alma. El cuento narrado así a secas no puede producir más que hilaridad, sólo que el acusado era yo y eso, en una sociedad surcada por la irracionalidad en todas sus manifestaciones, es motivo más que suficiente para preocuparse ¿Se imagina usted a un secretario de juzgado enfrentado a los pormenores que preceden al robo de un alma? No quisiera estar en el pellejo del pobre juez encargado de llevar la investigación, en el momento de tomar la decisión acerca de cuantos años de prisión le caben al desnaturalizado culpable de semejante delito. Para fortuna de todos, a la especie humana todavía le queda un reducto de cordura y el asunto no pasó a mayores, concluye mientras acaricia el lomo de la más pequeña de sus mascotas, con el aire de quien busca en el reino animal alguna clase de consuelo para los padecimientos humanos.

 

Cuando el  inminente fin del siglo XX y el del segundo milenio cristiano le dio patente de corso a toda clase de milenarismos para que entronizaran sus credos y sectas en los diferentes estratos de la población, se hizo inevitable que la figura del demonio recuperara popularidad, en lo que a la mirada de los medios de comunicación se refiere. Por ese camino, al lado de las sectas nueva era y de sus discursos sobre los tiempos de acuario combinados con recetas vegetarianas, surgieron desde las sombras infinidad de cofradías que invocaban, cada una a su manera, la presencia tutelar de un demonio en especial. De vez en cuando uno de esos grupos se iba de la mano y acababa trasladando el infierno a la tierra a través de una de esas acciones que tanto indignan a los buenos ciudadanos, que sin embargo no se conmueven cuando sus gobiernos emprenden una carnicería de marca mayor. En ese momento, los cuerpos de policía asumieron que tenían que vérselas con un enemigo al que era difícil enfrentar con armas convencionales y de buenas a primeras se encontraron con que el diablo de Pereira a lo mejor tenía mucho qué decirles al respecto.

 

A pesar de que el tema de las llamadas sectas satánicas ha  sido siempre materia de discusión, me parece que la cuestión se intensificó a mediados de los años noventas, cuando las desapariciones de niños y jóvenes y aún de personas mayores  empezaron a verse asociadas con el fenómeno. Pero lo que marcó el punto más alto, al menos en el caso de la ciudad de Pereira fue el descubrimiento de cantidades de restos de niños, en el sector de Nacederos, justo detrás del zoológico Matecaña, en la vía que conduce al municipio de Marsella. En ese momento la cosa se puso como quien dice color de hormiga y como cada vez que se presentan esos casos la gente necesita buscar un chivo expiatorio al cual se pueda hacer responsable de todos  los males, se cae de su peso que la figura  más fácil y expedita de la cual echar mano era y sigue siendo El Diablo, o  al menos lo que la cultura cristiana entiende como tal; es decir, el principio y fin de todos los males, la perversión humana. En ese momento yo, que empezaba a sentirme felizmente olvidado, volví a aparecer en principio como una posible fuente de información que pudiera arrojar alguna luz sobre el drama de tantas familias y después como lo que la jerga judicial llama un presunto responsable. Por fortuna, la captura de ese hombre de apellido Garavito, quien admitió su culpabilidad en los crímenes, acabó por sellar el asunto, en lo que al diablo se refiere.

 

Cuando aborda el tema de los malentendidos que tocan directamente los aspectos legales que en algunos momentos de su vida lo han puesto en la mira de los investigadores, el hombre no puede evitar el referirse de nuevo a la hipocresía de una sociedad que -según él- está dispuesta a aferrarse siempre a toda clase de supercherías y comodines, con tal de no asumir la responsabilidad que le compete en cuanto a la naturaleza de sus  aberraciones. Mirándose las palmas de las manos, como si esperara encontrar en ellas alguna respuesta, Escobar acaba por admitir que a pesar de todo, con todas las incomodidades que puedan implicar, esas cosas no son más que gajes del oficio que con el transcurrir del tiempo pasan a formar parte de su colección particular de anécdotas.

 

Cuando lo de la desaparición de los niños y el posterior descubrimiento de los huesos en la vía a Marsella, empecé a recibir visitas de las autoridades, que comenzaban a inquietarse porque en los rumores callejeros ya se hablaba de la presencia del Papa Negro y su posible vinculación con los hechos. Y ese papa negro supuestamente era yo. Imagínese la dimensión que adquirieron las cosas, que hasta recibí la visita de varios periodistas de medios internacionales, entre ellos uno de Alemania, que buscaban información sobre el rastro del demonio en este lado del mundo, como si ellos no tuvieran suficientes muestras de su existencia en el suyo. Pero lo más increíble de todo sucedió cuando la policía empezó a mandar sabuesos disfrazados a mi casa, para que trataran de averiguar que era lo que sucedía aquí. Primero enviaron a una mujer madura y voluptuosa, con aire de Femme fatale, que llegó con el pretexto de que le leyera las cartas del tarot, pues esperaba encontrar en ellas alguna respuesta para sus inquietudes. Al darse cuenta de que la mía no era la mansión del horror, los investigadores llegaron a la conclusión de que a lo mejor no me gustaban las damas mayores y entonces probaron con una más joven; mejor dicho, una auténtica Lolita, que decía buscar en mí al maestro que la guiara por el camino de la verdad. Frente a tamaño empecinamiento, opté por dedicar mi tiempo a darle consejos, inútiles como todo consejo, sobre lo que debía o no debía hacer con su adolescencia en tiempos tan difíciles. Al final, en una medida extrema propia de los desesperados, optaron por  mandarme jovencitos, convencidos como estaban de que si no me gustaban las mujeres otoñales ni las muchachas de dieciocho años, no quedaban dudas de que el diablo tenía que ser un maricón empedernido. En este último caso, mi salida fue hablarle a los muchachos de las raíces culturales que explican la necesidad de la figura del demonio y su papel en las civilizaciones de todos los tiempos. No sobra decir que a todos los enviados por las autoridades los traté con el respeto y deferencia propios de mi estirpe.

 

Al convencerse de que no era con espías como iban a conseguir algo, recibí la visita del jefe de investigadores, quien viajó especialmente desde Bogotá para entrevistarse conmigo. Su sorpresa debió ser de tamaño mayor, cuando comprobó que El diablo de Pereira no solo carecía de los consabidos cuernos, cola y pezuña hendida que aparecen en tantas imágenes alusivas al tema, y que su casa no exhalaba el olor a azufre tan frecuente de las historietas, sino que todo en  su manera de ser estaba muy lejos del aura crispado y de la actitud agresiva  propia de los sicópatas. Ya podrán imaginar ustedes que lo atendí con la calidez que merece todo huésped y hasta alcanzamos a tomarnos algunas copas, en medio de una extensa conversación en la cual el señor manifestó sus inquietudes en el sentido de lo que significaban esas desapariciones y muertes en un país de por sí violento y que su obligación como investigador era agotar todos los recursos y atar la mayor cantidad de cabos posible.

 

Por supuesto que lo entiendo señor, le dije, y me dediqué a hacerle una exposición minuciosa de mi visión del mundo, de lo que significan los rituales como posibilidad de conjurar las fuerzas demoníacas que sin duda gobiernan el mundo, pero no para hacer el mal, sino para dirigirlas al servicio de la propia obra. Le hablé también de la presencia del demonio en la literatura y en todas las manifestaciones del arte y de la vida en general; insistí en que por alguna razón Pereira es un escenario dotado de condiciones especiales que facilitan la materialización de lo que cierta forma de ignorancia llama lo sobrenatural, pero sobre todo hice énfasis en que la preocupación central de mi vida es lograr el control de determinadas fuerzas mágicas para convertirlas en lo que, ya les dije, es el único propósito de mi paso por la tierra: Ser un buen poeta. No sé si el señor me entendió, o si llegó a la conclusión de que había perdido el tiempo entrevistándose con un loquito más de los que con tanta frecuencia tienen que enfrentar los policías, pero lo cierto es que se despidió de la manera más cordial y respetuosa y hasta el día de hoy no he vuelto a tener noticias suyas.

 

EL POETA EN SU REINO

 

Esteta del misterio -como Poe signado-

venido de un planeta del vacío exterior;

en tu país viviste cual vidente exiliado

y en tu mirada ardía un cósmico pavor

 

                    Del poema titulado Howard P Lovecraft

 

Todo este periplo a través de grimorios y criptogramas, de leyendas negras y expedientes policiales, para desembocar en lo que es la materia prima del trasunto existencial de este hombre que declara haberlo apostado todo a la palabra poética. Porque como lo dije al principio, la palabra en su aspecto de potencia y movimiento a la vez, es el único camino hacia el conocimiento del hombre y de sus relaciones con el cosmos. Le estoy hablando de algo en lo cual han insistido las escuelas filosóficas y las grandes religiones, independiente del tipo de credo que postulen: Que las claves de la existencia están contenidas en las palabras de los profetas e iluminados, que en el fondo y sin excepción, fueron ante todo grandes poetas, dice Escobar mientras toma del anaquel los originales de uno de sus libros inéditos De los mitos... y otros poemas es su título, que por lo demás resume toda su concepción del oficio del poeta: la de ponerse al servicio de las verdades que subyacen entre los pliegues de la realidad, haciendo de los vocablos y de su manera  especial de articularse, una herramienta para socavar el tejido de engaños y dudosas verdades al que los dogmas y poderes de toda laya han sometido a los hombres. Eso dice, mientras  ojea las páginas redactadas en su vieja máquina de escribir; y cuando encuentra los versos que considera apropiados para resumir lo que quiere decir, empieza a leer con una voz densa y llena de matices, acostumbrada a seducir auditorios y mujeres. Son los pájaros negros, son los cuervos del sueño/ que anidan en los cráneos de los hombres dormidos; para clavar sus picos, corvos, alucinantes/ y alimentar con sesos su apetito insaciable/vienen de los espacios más hondos de la noche/ desde el antiguo caos remontaron el vuelo/ surcando eternidades de plomizos augurios/ invadieron el mundo con sus roncos graznidos. En la sugestiva  cadencia de esos versos es posible adivinar la presencia tantas veces invocada de aquellos que el poeta considera sus más grandes maestros, así en la vida como en la obra. Por allí transitan el verbo alucinado de Charles Baudelaire, compartiendo lecho con las tétricas visiones de Poe y Lovecraft, sin olvidar la  cegadora lucidez de Goethe o Dante. En ese contexto, y contra el pronóstico de los aficionados a legitimar estereotipos, el amor forma parte esencial de la propuesta literaria y existencial implícita en la obra de Escobar, como puede desprenderse del siguiente poema:

 

Amor, mi negro amor, mi ídolo oscuro;

cuando fui Baudelaire, eras mi Juana;

cómo me place ahora verte ufana

viniendo de un ayer que es hoy  futuro.

 

A celebrar tu encuentro me apresuro

para verte en presente y en mañana;

porque siempre serás mi amante hermana,

mi eterna flor del mal, mi ángel impuro.

 

Disfrutemos la magia de este encuentro;

que en ti quiero sumirme, adentro, adentro,

hasta arder en la hoguera de tu entraña.

 

La pira de tu sexo tenebroso,

donde muero y renazco sin reposo,

gracias al arte de tu alquimia extraña.

 

Amor en contravía, amor en el lado negro de la montaña, pero amor al fin y al cabo es lo que se desprende de la lectura de estos versos en los que el encuentro de la pareja primordial se nos revela en su dimensión alquímica. En ese universo, la vida sensible es el matraz y los cuerpos de los amantes los  materiales que posibilitan la transmutación de lo perecedero que habita en las criaturas, para permitir su acceso a esas instancias sólo alcanzables mediante esa fuerza que en lo físico se expresa a través de la atracción sexual. Por eso en la poética de Héctor Escobar el cuerpo y el espíritu se conciben como partes de un puente tendido entre la tierra y Ese infinito que se transparenta en textos como el que sigue: Sorber con ansia anhelo tus fluidos virginales/ para avivar con ellos mis restos sepulcrales/ pues por tu aorta fluye el néctar al que aspiro.

 

Sólo un espíritu muy estrecho de miras puede concebir que en el mundo de la magia y de la poesía las cosas se tomen en su sentido literal, añade el poeta, adoptando el tono de quien no puede soportar del todo las flaquezas de sus semejantes. Es apenas obvio que en el lenguaje de los grandes magos el amor alude a un estado de la materia- espíritu y no a esa cosita sensiblera que aparece en las novelas rosa y en buena parte de las películas. Estamos hablando de un asunto mayor, señores, que en mi caso se resume en una apuesta por el ser, con todos los riesgos que pueda implicar ese concepto; y en la búsqueda de ese ser la poesía juega el papel capital. Ahí en ese punto creo que adquiere una dimensión distinta la frase aquella de que más sabe el diablo por viejo.

 

Pronunciar la última frase y levantarse de la silla en busca de un poco de agua para sus perros, se convierte en ese solo acto con el que el hombre pone fin a la conversación. De momento, los íconos de su panteón particular podrán dormir el sueño eterno, seguros de que su poseedor sabrá volver a ellos en el momento preciso. Aunque las viejas se santigüen al pasar frente a su puerta. Aunque el jefe de policía se rasque la cabeza ante la dimensión del acertijo que tiene ante sus ojos y a pesar de que hace casi treinta años al hombre no lo dejaran participar en el Congreso Mundial de Brujería.

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