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 New York, NY. EE.UU. Año 6 -

 

 

 

 

  ARTÍCULOS LITERARIOS

 

ESTA NOCHE DE NOVIEMBRE

 

 

Benhur Sánchez

Por Blanca Inés Gómez

 

Una imagen del escritor de hoy, inmerso en la escritura de su último cuento, nos remite al ayer de la evocación en un diálogo íntimo con la madre donde el pasado adquiere una nueva dimensión al ser rememorado.

El texto de Benhur Sánchez Suárez “Esta noche de noviembre” es la respuesta a la pregunta conciente por el trabajo creativo de un yo que ha buscado en su ejercicio su propia justificación. De ahí el carácter marcadamente autobiográfico de estas páginas. En ellas están presentes no sólo su propio trasegar por el trabajo creador sino la historia, en ocasiones injusta, de la recepción de una obra que brota no ya del afán de la denuncia sino de la apropiación honda del entorno a partir de la problemática social. La escritura para Benhur Sánchez no ha sido una postura frente al mundo sino una apropiación de lo vivido que legitima la obra.

Desde 1967, año en que fue finalista del concurso de novela Esso, el autor tiene un lugar en las letras nacionales.

El libro que hoy entrega es una mirada sobre el proceso de escritura y una respuesta válida a la pregunta sobre ¿cómo se llega a ser escritor?

Después de una vida dedicada a la literatura y con catorce libros publicados, Benhur hace un alto en el camino para recordar, monologando con la memoria de Laura, el proceso de una búsqueda que, como lo señala, no culmina sino que por el contrario se renueva y reinicia en cada libro que emprende.

Toda mirada autobiográfica es una reconstrucción del yo desde el presente de lo que se ha llegado a ser. Por eso las memorias de un escritor necesariamente se inician con el relato de la infancia, donde se ve a sí mismo reconstruyendo un mundo. En el caso de Benhur, la imagen de la madre es un elemento tutelar que guía y ratifica la vocación heredada del padre y está unida en la memoria al Pitalito de su interior que guarda el aroma de los ocobos del parque y del callejón de heliotropos florecidos de la casa paterna.

Era la época de la violencia donde el miedo se agazapaba en el murmullo del pueblo y en la estridencia de las rancheras que aturdían a sus habitantes el día de mercado. La muerte rondaba la casa de sus antepasados y su abandono fue una experiencia de desplazamiento; de allí su condición de desplazado que él comparte con tantos otros. También, como él, desplazados de otras violencias.

La biblioteca de Serafín, como cariñosamente llama a su padre, le abre las puertas a la lectura, que se prolongará en la biblioteca pública de Pitalito y con las tertulias que comienza a frecuentar siendo aún niño con el grupo de amigos de su padre.

Si bien el punto de arranque de su creación surge de la necesidad de contar lo que ha vivido o lo que le ha sido contado, pronto descubre que “la literatura no es escribir sino también pintar”. Aquí tenemos una segunda imagen tutelar, la de su maestro Teófilo Carvajal. No basta tener una historia para contar. Es necesario “pintar con palabras”, crear un mundo.

Las páginas de este monólogo hablan no sólo del proceso de escritura como búsqueda personal sino que son, también, una impugnación a la crítica y al encasillamiento unívoco del escritor.

Son un ejemplo de humildad que quiere rebelarse contra el falso orgullo de quienes buscan falsamente ser reconocidos. Es verdadero escritor se sabe situar por encima de la inmediatez del lector pues tiene fe ciega en su arte.

Ser escritor en Colombia ha sido un trabajo arduo que el escritor debe poder compartir con el trabajo para sobrevivir. Es ser un escritor de fin de semana y de horas cansadas al final de la tarde que obligan a reiniciar una y otra vez la historia que se cuenta y prolongar el tiempo de escritura.

Cuántos de nuestros grandes artistas, Gabriel García Márquez y Fernando Botero, entre otros, no recuerdan la penuria de una infancia donde la madre es la proveedora del sustento diario.

A su condición de digna pobreza, que Benhur recuerda en la imagen de la maleta escolar de tela cocida por su madre y donde guarda el tesoro de sus escritos, se une el hecho de haber nacido en la provincia y la aspiración a desempeñarse como maestro.

Estas páginas son testimonio no sólo de la vida de un hombre, sino una radiografía llena de tintas negras sobre el amiguismo y la corrupción.

Se impone, por tanto, resucitar la imagen del escritor para decir, sencillamente, que el desarrollo de la novelística del país conoció un momento insustituible: la década del sesenta, signada por la presencia de los Premios de Novela Esso, primera ocasión en que puede hablarse de una verdadera novelística nacional. Por el número y profusión de las obras producidas en el período, por la incubación de escritores de primer orden y por el movimiento crítico que suscitó.

Dicha década representó el ingreso a la modernidad de nuestra novelística. La tensión creada entre los académicos de la lengua y una crítica más actual, que tenía como tribuna los suplementos literarios, se vio reforzada por la presencia del Nadaísmo que supo impugnar el anquilosamiento de nuestra literatura.

Dos de las novelas de Benhur fueron finalistas en dos ediciones del concurso, profundamente significativas: La noche de tu piel, en 1967, cuando fue premiada la obra de Héctor Rojas Herazo, En noviembre llega el arzobispo, para muchos críticos la mejor obra del concurso, y La solterona, en 1968, cuando resultó ganador Alberto Duque López con Mateo el flautista.

El concurso convocó una gran pléyade de escritores de primer orden. Entre los novelistas: Osorio Lizarazo, García Márquez, Zapata Olivella y Rojas Herazo; entre los críticos Efraín Lezama, conocido por entonces como el Doctor Rayo, Ernesto Volkenig y Enrique Uribe White; entre los nóveles escritores: Alberto Duque López y Héctor Sánchez; entre las mujeres escritoras Fanny Buitrago, Elisa Mújica y Flor Romero; y entre los nadaístas Germán Pinzón.

Conocedor del arte de narrar, Benhur Sanchez sabe bien que mirando su pueblo puede ser universal. La novela ha sido para el escritor realista un espejo colocado a lo largo del camino, por eso se siente urgido de mirarse en el espejo de la vida para contar a otros lo que el espejo le revela. De allí su profundo compromiso con la problemática social. Se compara con los ocobos de su infancia cargados de florescencia pues debe dar a conocer lo que carga la realidad, como el ocobo cuando se desflora.

La revolución cubana del 58 suscitó en Colombia, como en el resto de América Latina, un amplio apoyo de los intelectuales a la Cuba de Fidel pero, también, hizo propicio el macartismo de quienes exigían al estado romper relaciones con la isla. En Colombia esta última postura encontró grandes adeptos en el poder civil y religioso y fueron pocos los intelectuales que, como Oscar Collazos, defendieron el realismo a ultranza de corte eminentemente político. La crítica tendió entonces un velo de humo sobre los escritores que hacían de la realidad y la violencia el tema de su escritura, como lo denuncia Benhur, quien ha sabido ser fiel su compromiso de mostrar la realidad.

El libro está enmarcado entre una introducción donde se abre la noche de la evocación y un epílogo que se cierra con el amanecer del día siguiente donde el diálogo con Laura se ha hecho presente. Cada uno de los capítulos del libro lleva al lector al encuentro con una problemática específica del proceso de escribir.

Para Benhur la escritura es una vocación que surge de dar rienda suelta a lo que se quiere ser verdaderamente en la vida y reconoce haber encontrado siempre en Laura el apoyo necesario. “Nunca me reprochaste —dice— que escogiera el camino de la literatura como mi forma de insertarme en el mundo…” Su otra realidad también está presente: la violencia partidista y la necesidad de abandonar el lugar de origen. Entre esos elementos, que el autor recrea, vamos encontrando una historia compartida por todos los que han querido optar por el camino de la gratuidad. La medicina, la abogacía o el sacerdocio deben ser los caminos de elección, la opción por la escritura sólo se legitima cuando la vocación es irresistible.

Recorrer esta experiencia autobiográfica es recordar y reconstruir los imaginarios compartidos, es volver al entorno de los poemas repetidos una y otra vez cuando aún los medios de comunicación no habían invadido del todo nuestra cotidianidad. Era la época del auge de la radio y para entonces la radionovela hacía parte del diario vivir. Como lo afirma Benhur, El derecho de nacer hizo llorar a las amas de casa y a las empleadas en la década del 50.

La biblioteca es otro de los espacios sagrados de toda evocación inicial, recordamos con lucidez los libros que fueron abriéndonos esos mundos nuevos donde por primera vez pudimos habitar. Los tres mosqueteros, María y Madame Bobary se unen en el recuerdo de Benhur con Corín Tellado, para comenzar a hacer posible el entretejer historias.

Inventar historias es precisamente la tarea que se impone el escritor y esa tarea debe cumplir con unas normas que se van haciendo más claras en la medida en que se avanza en la escritura. La verosimilitud, más que la verdad, se impone como necesidad del narrador. Más que recrear espacios recorridos por la magia de la fantasía, Benhur se ha propuesto ser una voz atenta que enjuicia la realidad.

En la obra de Benhur se devela el proceso de apropiación de su mundo interior, de allí se desprende el valor pedagógico de estas páginas que resultan ser una enseñanza para todos aquellos que se inician en el camino de las letras.

La palabra, como herramienta esencial de la comunicación tiene un poder que debe estar al servicio de la más auténtica verdad. La coherencia con el trabajo emprendido lleva al autor a valorar el trabajo de otro autor injustamente olvidado de nuestras letras, Vargas Vila. Su lectura, prohibida por entonces, le dejó al escritor la necesidad de entregar a sus lectores una verdad sin fanatismos, que parte del más profundo convencimiento.

Ser escritor no es pertenecer a un mundo vedado. También se puede serlo desde lo marginal. Pero asumir esta realidad y ser consecuente con ella no es frecuente en nuestro medio. Benhur afirma que escribir es un oficio: tan natural como el del conductor a quien se le paga el pasaje para que nos acerque al trabajo o a la casa o del sastre, porque aquello que en últimas justifica a un escritor es la obra misma.

Tampoco se debe correr tras de la fama, nos dice Benhur, publicar es un proceso de aprendizaje y nunca se llega a conquistar la cima. Todas estas reflexiones hacen parte del camino de la verdad en el proceso de escritura y son compartidas por todos aquellos que han encontrado en la palabra la verdad que acompaña.

La lectura de estas páginas resulta profundamente gratificante por la autenticidad, la sencillez y la generosidad que se adivina en ellas al querer su autor compartir su propio mundo.

 

Pontificia Universidad Javeriana, Bogotá.

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