ARTICULOS LITERARIOS

New York, NY. EE.UU. Año 6 -
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CRÓNICA DE UN SUEÑO

 

BIENAL NACIONAL DE NOVELA JOSÉ EUSTASIO RIVERA

 

Por BENHUR SÁNCHEZ SUÁREZ

 

Sueños por encima del dolor

 

 

Recuerdo que papá, Serafín Sánchez Vargas, decía que aquellos que no tienen utopías están muertos en vida. Y es que tener sueños es una de las facultades inalienables del hombre. Sueños de metas por alcanzar y de mejores días, por supuesto, tan necesarios hoy en que parece desmoronarse el país frente a una cruda realidad que ha desbordado nuestra capacidad de asombro.

     Ahora, que no sé en qué orificio del universo duerme sus sueños de poeta y el horizonte de nuestra vida pareciera cerrarse en la sinrazón de una lucha centenaria y fratricida, es saludable recorrer esos sueños que, poco a poco, casi sin darnos cuenta, se hacen realidad.

 

Una carta con un sueño

 

En julio de 1987 recibí una carta firmada por Inés Falla de Ospina en la cual me comunicaba la decisión de la Junta Directiva de la Fundación Tierra de Promisión de designarme como jurado de la Primera Bienal de Novela José Eustasio Rivera, a realizarse en Neiva en 1988.

     Me pareció increíble que desde el Huila se intentara realizar un concurso de novela, a pesar de conocer la inestabilidad de otros certámenes similares, que pierden con facilidad su apoyo económico y desaparecen como si nunca hubieran existido. Como aconteciera con el Premio Nacional de Novela ESSO, ganado en su primera convocatoria por Gabriel García Márquez con La mala hora (1961) y en su última por Héctor Sánchez con Las causas supremas (1969) O el Premio Vivencias, que tuvo corta vida, obtenido en su primera versión por Mario Escobar Velásquez con su novela Cuando pase el ánima sola (1979)  O el Premio Jorge Isaacs, en Cali, otorgado en 1982 a Carlos Castro Saavedra (q. e. p. d.) por Adán Ceniza.

     Ya capitalino, con más de media vida de residencia en Bogotá, había adoptado al parecer la estúpida mirada del centralismo hacia la provincia, la misma que, con entusiasmo y emoción, manifestara Manuel Zapata Olivella frente a los primeros cuentos de Humberto Tafur Charry (q. e. p. d.), por allá en la década de los años 60 del pasado siglo. Esa mirada no era otra que la de la incredulidad y del asombro, como si las regiones, por más apartadas que estén del centro, no pudieran realizar con altura, continuidad y propósitos serios obras valiosas para todos, como los cuentos de Tafur o, como en este caso, un certamen literario nacional. Y como si yo no procediera también de esa provincia, así viviera alejado, desarraigado e inconexo en la fría capital.

     Pero los objetivos trazados por la Fundación de exaltar y mantener vivo el nombre del autor de La vorágine me hicieron pensar en que ese sueño no se iba a quedar en el primer intento y que un día sería orgullo para la literatura nacional. Disquisición mía acertada, por fortuna, más por intuición que por ser inteligente, tan inteligente como para predecir el futuro.  Después de 16 años de ininterrumpida labor, los resultados saltan a la vista. Además pensé en que, aún con la carta en la mano, detrás de la convocatoria no sólo estaba el prestigio literario de José Eustasio Rivera, tan explotado por muchos para su beneficio, sino también una institución legalmente constituida, con un enorme potencial de convocatoria y de respaldo.

     Esta institución fue creada gracias a la visión futurista que sobre el Huila ha demostrado siempre Guillermo Plazas Alcid, un hombre que para la región ha sido una de las figuras públicas más relevantes del siglo XX, pionero de muchas cosas, no sólo en el ámbito político y económico sino también en el cultural. No he sido tan obtuso o sectario como para no reconocer que un hombre público como él puede generar importante estímulo y apoyo para la cultura, o que no apoyar sus ideas en este campo, por ser quien es, puede resultar peor que la actitud de un avestruz en el desierto de la Tatacoa.

     El acta de constitución y los estatutos de la Fundación datan de 1984 cuando, después de los trámites de rigor, le fue otorgada la Personería Jurídica el 30 de julio de ese año. Como dato importante es bueno resaltar la presencia de los escritores Humberto Tafur Charry, Gustavo Álvarez Gardeazábal, el escritor y crítico Isaías Peña Gutiérrez, y el escultor Emiro Garzón en la reunión de constitución, los cuatro muy queridos y respetados por la cultura nacional. Esa noche Isaías y Gustavo fueron aclamados como sus Presidentes Honorarios.

     De manera que Guillermo impuso su terquedad y creó la Fundación. Recuerdo cuando aún muchacho caminaba por las calles de Pitalito y me le atravesaba a menudo en su camino hacia el juzgado, donde purgaba su «año rural» oficiando como Juez Civil del Circuito. Había salido de la Universidad del Cauca en 1961, donde ya se había destacado como líder estudiantil y había comenzado a publicar sus primeros periódicos de agitación política. Por supuesto que papá se había hecho su amigo, por convergencia con su pensamiento político, y esa amistad hizo que lo tuviera cerca.

     He sido tan poco afecto a los políticos, y Guillermo lo era a carta cabal, que perdí su rastro varios años. Sin embargo, en 1972, cuando regresé al Huila como director del Instituto de Cultura, lo reencontré con una carrera que envidiarían muchos políticos nacionales. Pero como no se trata aquí de transcurrir por su carrera de hombre público (Consejal, Diputado, Alcalde, Representante a la Cámara, Senador, Ministro y Embajador) sino por sus logros humanísticos, pienso que mis coincidencias con él se centran en su actitud hacia la cultura, que manifestó con claridad en su empeño al crear la Fundación Tierra de Promisión en 1984, y a través de ella la Bienal en 1988, y su deseo de encontrar otros Rivera a lo largo y ancho del país para darles un premio y difundir su obra.

    

Primer éxito para la historia

 

Ahí estaba yo, con la carta en la mano, decidido a aceptar el reto de leer las 32 novelas que habían sido enviadas para optar al primer premio. Y en ese sentido respondí la carta. Acompañé en esta labor a Néstor Madrid Malo (q.e.p.d), excelente crítico y escritor, y a Gustavo Álvarez Gardeazábal, escritor ampliamente conocido por su trabajo literario, dentro y fuera del país, y por sus ejecutorias políticas, apabulladas por una clase dirigente que no le perdonó haberlos desplazado del goce del poder y del corazón de los vallunos.

     Fueron varios meses de lectura hasta llegar al momento de la reunión definitoria, que justamente se hizo en la oficina de Néstor, por entonces Notario de Bogotá, el 12 de febrero de 1988. A nuestro lado estuvo Isaías, asistente del jurado, como secretario, a nombre de la Fundación. A Guillermo, por entonces Ministro de Justicia, nos fue muy difícil contactarlo. Sabíamos que él estaba pendiente de los resultados. La intención del grupo era compartir con él  ese momento tan memorable, el momento en que se iba a dar el fallo de la Primera Bienal.

     Como es usual en un certamen literario de estas características, a la reunión llegamos los jurados con 3 o 5 novelas, que cada uno consideró con calidades para el premio. Coincidimos en 4, aunque hubo preferencias. Sobretodo Gustavo, que concretó desde el principio su mirada crítica en una, la ganadora.

     En un concurso literario, los jurados hacen la lectura de rigor de las obras puestas a su consideración, seleccionan las que, según su criterio, reúnen mejores calidades literarias, temáticas y artísticas, y las ponen sobre la mesa para la discusión. Cuando se proponen varios títulos, es factible pensar que cualquiera de ellos puede ser el ganador. Se seleccionan en primera instancia las obras en que coincidan los jurados, es decir, aquellas con las tres postulaciones. En últimas decide el gusto, superados los límites de la calidad.

     Después de compartir detalles de las lecturas individuales se llegó a dos novelas como optantes al premio: Venturas y desventuras de un frenáptero, y Siempre es posible verlos al pasar. El primer puesto se otorgó al frenáptero por unanimidad y, además, se recomendó la publicación de la obra finalista. Al ser abiertos los sobres correspondientes por parte de Isaías, se encontró que el ganador era Marco Tulio Aguilera Garramuño, escritor bogotano ya reconocido por su obra literaria publicada, y el segundo un escritor nacido en Armenia  y radicado en Cali, Leonardo Peña Calderón, desconocido para nosotros por esos años.

     La novela ganadora, dice Isaías en la presentación de la primera edición, continúa la línea entre picaresca y erótica de sus cuentos y novelas publicados en México en los últimos años. Lenguaje audaz, contemporáneo, estructuras novedosas, el soplo de un esculcador de almas y cuerpos, siguen siendo sus características más notables.

     En otra opinión sobre la obra, ya publicada, Luis H. Aristizábal (Boletín Cultural y Bibliográfico, No. 24-25, 1990, p. 122) afirma: Y es que la novela, con el correr de las páginas, va adquiriendo cuerpo, majestad, se va poetizando. No solamente asoma la literatura sino que empieza a rondar lo magistral, para acercarse y rematar al final con fanfarria triunfal.

     Es indudable que la Bienal arrancó con muy buen augurio. El autor premiado ya tenía un buen record de publicaciones, que lo colocaba entre los escritores de mayor proyección en la literatura colombiana del momento. Nacido en Bogotá, y con varios premios obtenidos, había publicado una novela recibida con beneplácito por la crítica: Breve historia de todas las cosas (1975) A ella le habían seguido Paraísos hostiles (1985) y Mujeres amadas (1988) También tenía en su haber los libros de cuento Alquimia popular (1979) y Cuentos para después de hacer el amor (1983) Por entonces ya estaba radicado en México, donde  trabajaba en la editorial de la Universidad Veracruzana y en su Facultad de Letras, en Jalapa.

     Tres detalles acompañaron esta primera versión de la Bienal. Por un lado la Fundación nunca publicó un libro distinto al ganador, a pesar de la convocatoria donde se otorgaba esta licencia de recomendaciones al jurado calificador (a la inversa procedió el premio ESSO, el de los años 60, que publicaba hasta tres libros finalistas y en 1967 decidió publicar sólo el Primer Premio, En noviembre llega el arzobispo (1967), de Héctor Rojas Herazo (q. e. p. d) uno de los pilares de la novela colombiana en el siglo XX, justamente cuando yo fui segundo finalista.)

     Por otro, el libro ganador se publicó con otro título, Los placeres perdidos, distinto al de los originales presentados al concurso, por pedido expreso de su autor.

     Como tercer detalle hay que resaltar, con la llegada a feliz término de esta primera Bienal, la coincidencia de su otorgamiento con el primer centenario del nacimiento de José Eustasio Rivera (1888 – 1928)

     Además, es bueno recordar que la novela finalista, con toda seguridad más depurada por parte de su autor, ganó el Premio Casa de las Américas de novela, que se otorga en Cuba, en el año 2001. Leonardo, a diferencia de otros escritores, como yo, mantuvo el mismo título durante esos trece años. Publicó varios años después el libro P'a-que-te-cuentos (1999) y, recientemente, un poemario bajo el titulo de La trampa de las palabras (2002)

     

La continuidad

 

Las dudas sobre la continuidad del certamen, que me asaltaran al principio, se desvanecieron por completo el mismo año del otorgamiento del premio de la Primera Bienal. El Congreso Nacional, por iniciativa de Guillermo, aprobó la Ley 42 de septiembre de 1988 para conmemorar el primer centenario del nacimiento de José Eustasio Rivera y, en su articulado, darle piso de ley a la Bienal Nacional de Novela, como parte de este reconocimiento.  Es necesario ahora recordar que la exposición de motivos fue redactada por Isaías y que fue tan contundente en su argumentación que Guillermo, su ponente, no encontró obstáculo para lograr convertir en Ley de la República el reconocimiento y con él el certamen literario.

     Esa exposición  de motivos es, en realidad, un minucioso ensayo sobre la vida y obra de José Eustasio que abarca desde su infancia, sus dificultades y ejecutorias,  y culmina con la solicitud expresa de un reconocimiento para este huilense, colombiano y latinoamericano, que se erige como la más sagrada herencia de nuestro patrimonio cultural, artístico, político y social.

     La Ley dice, en su artículo 4º: Establécese la Bienal de Novela Social Colombiana, o de crítica literaria a partir de 1988, y delégase su organización a la Fundación para la Enseñanza  y Promoción de los Oficios y las Artes, Tierra de Promisión, con sede en la ciudad de Neiva. Y en el Artículo 6º: Autorízase al Gobierno Nacional para celebrar los contratos que se requieran para el cumplimiento de los artículos anteriores.

     Fruto de esta Ley, entre otros, es el Centro Cultural y de Convenciones José Eustasio Rivera, que hoy llena de orgullo a los huilenses.

     Con la entrega del Premio y la edición de la novela ganadora en diciembre de ese mismo año, se dieron a conocer las bases de la Segunda Bienal, confirmando de paso su continuidad en el estímulo a las letras nacionales. Además, se rindió homenaje al escritor Manuel Mejía Vallejo (q. e. p. d.), de grata recordación en el Huila, otro de los escritores que han sido trascendentes para la literatura nacional.

     Cumplido el deseo de hacer el homenaje que José Eustasio se merecía en el primer centenario de su nacimiento y de fortalecer la Bienal con la ley, Guillermo se preparó por segunda vez para viajar a la Unión Soviética como Embajador, donde ya había estado en 1979.

    

Los jurados, un problema

 

Supongo que para las directivas de la Fundación un tema primordial cada dos años, aparte de la consecución del respaldo económico necesario, ha sido la configuración del jurado. Un problema, si no se acierta en su elección, pues se espera siempre que deba estar compuesto por personas de amplio conocimiento de la literatura, que convoquen participación y garanticen seriedad, no sólo en el estudio de las obras, sino en su veredicto.

     Por fortuna, independiente del mecanismo adoptado para llegar a su integración, la Fundación siempre ha acertado en este punto. El incremento en el número de novelas participantes en cada convocatoria así lo demuestra. Y lo corrobora la importancia de las novelas premiadas y publicadas, que hoy son obras destacadas en la historia de la literatura nacional.

     En 1990 se otorgó el premio de la Segunda Bienal, cuyo fallo favoreció la novela La estrella de papel, de Enrique Cabezas Rher. Estuvieron al frente como jurados Manuel Mejía Vallejo, Germán Espinosa y Álvaro Pineda Botero, tres novelistas, ensayistas y críticos de trayectoria, quienes se citaron en Bogotá para la reunión definitiva. Además de la obra ganadora, dieron como finalistas las tituladas Cucarachita nadie, de Mario Escobar Velásquez, y Los guerreros de la montaña blanca, de Bernardo Valderrama Andrade.

     Enrique Cabezas Rher nació en Guapi (Cauca) y como cuentista ganó varios concursos de resonancia nacional. Pero sus calidades narrativas las demostró con su primera novela publicada en 1981, Miro tu lindo cielo y quedo aliviado, merecedora del primer puesto en la Bienal de Novela en Cali en ese año. Después de su éxito en la Bienal de Neiva publicó las novelas Luisa o el infierno rosado (1992), finalista del Premio Nacional de Novela Plaza y Janés en 1987, y El capitán del capitán (2001)

     La Estrella de papel, según destacó el jurado, es al mismo tiempo una novela lineal como una novela circular, en la medida en que es dos novelas en una, en la medida en que permite dos lecturas paralelas, en la medida en que el lector puede decidir el orden en que se enfrenta a los dos textos.

     Por su parte Álvaro Pineda Botero opinó que En La estrella de papel el protagonista, en un lento recorrido por la carrera séptima de Bogotá, recuerda mentalmente los tópicos obsesivos de sus múltiples frustraciones: la religiosa, la profesional, la sexual. ¿Existe Dios?, ¿tiene sentido la existencia?, ¿el trabajo?, ¿la profesión?, y ¿el amor? En el trasfondo de esta obra se plantea un inquietante pensamiento metafísico: el hombre ha abandonado su centro mitológico y religioso y se dirige, impulsado por la ciencia y la tecnología, hacia un fin desconocido.

     Las dos obras que tuvo en cuenta el jurado como finalistas fueron de dos grandes escritores colombianos. Por una parte la de Mario Escobar Velásquez, quien había obtenido un resonante triunfo literario al ganar el premio Vivencias de Novela, en Cali, con su obra Cuando pase el ánima sola (1979) y publicado después Un hombre llamado todero (1980), novela de corte social, reflejo de sus experiencias en el Urabá antioqueño, adonde se había ido a vivir para conocer de cerca su problemática. Su novela declarada finalista en Neiva salió en 1993 y ha sido una de las pocas que, al figurar sin premio en la Bienal, ha sido publicada. Como anécdota curiosa, recuerdo que en el premio Vivencias estuvo también como jurado Manuel Mejía Vallejo, quien consideró entonces a Mario como uno de los grandes escritores de América Latina.

     Por su parte Bernardo Valderrama Andrade, arquitecto, enamorado y, por tanto, estudioso del pasado y presente de la Sierra Nevada de Santa Marta, ya había publicado el libro La ciudad perdida Buritaca 200 (1981). Ganó después el VII Premio Nacional de Novela Plaza y Janés con una novela sobre los habitantes de la Sierra, los Tairona, titulada El Gran Jaguar (1991). Posteriormente publicó Torbellino del tiempo (1991) y Los ojos del cielo (1993)

     Como se hizo habitual, desde la primera Bienal, con la entrega del premio y el libro editado se dieron a conocer las bases de la tercera convocatoria.

 

Cómo se consolida la Bienal

 

Los organizadores siempre han tenido el cuidado de enviar las nuevas bases a quienes participaron en las anteriores versiones como una manera de divulgar el certamen, quizá con menos espectacularidad que otros eventos en el país. Una divulgación silenciosa y tan efectiva que ha incitado a muchos a repetir participación.

     Por entonces Guillermo peleaba su elección para ser parte de la Asamblea Nacional Constituyente de 1991. Con menos seguidores que en años anteriores, por las divisiones liberales en la región, tuvo que hacer alianzas para mantener su nombre en el tope de las preferencias electorales. Su sagacidad política le otorgó el éxito. En la Constituyente, que proclamara la Constitución que nos rige en la actualidad, tuvo una participación importante, aunque menos vistosa que otra suyas en el Congreso Nacional.

     Los jurados de la Tercera Bienal, Germán Castro Caicedo, Mario Jursich Durán y Juan Luis Mejía, un jurado de primer orden por la calidad y trayectoria de cada uno, se reunieron en Bogotá en julio de 1992, para dar el fallo. La elección correspondió a No mires atrás, de Juan Carlos Rubiano Vargas y como finalista se señaló El libro secreto de Milton Wohlman, de mi autoría.

     El ganador había salido de Colombia diez años atrás, en busca de un mejor futuro en Francia, de donde pasó después al Ecuador. El cine, la televisión y la publicidad fueron su fuerte para hacerse a un espacio en el vecino país. Su libro de cuentos Crónicas sincrónicas de Jody Bayone —reportero—, fue publicado en Quito en el mismo año en que lograra el primer premio de novela en la Bienal de Neiva. En 1996 publicó la novela Tres exóticas aventuras de Ray López: detective privado.

     Hay que resaltar el hecho de que Juan Carlos fue el segundo escritor colombiano radicado fuera del país que obtuvo un premio en la historia de la Bienal. Circunstancia bien diciente, pues demuestra los alcances de la organización al hacer conocer la convocatoria más allá de nuestras fronteras y el interés de los escritores colombianos por participar desde cualquier lugar de residencia.

     La novela finalista era mía y en verdad yo no sé que tendrá esa novela que cada vez que me encuentro con Juan Luis, ex director de COLCULTURA, ex ministro de Cultura, diplomático en España, me pregunta por ella y se extraña de su no publicación hasta ahora.

     En los mentideros intelectuales ya se rumoraba la consolidación de la Bienal. Y es diciente descubrir que, a pesar de otras convocatorias nacionales, como los Premios Nacionales de Cultura, publicitados por COLCULTURA por esos años, con estímulos económicos que duplicaban el de José Eustasio, o el premio Nacional de Novela ciudad de Pereira, la participación continuó siendo abundante y de calidad, a juzgar por los ganadores y los finalistas.

    

Un guardaespaldas premiado

 

Para la cuarta Bienal en 1994 el premio le correspondió a  Muriel, mi amor, de Alberto Duque López. El jurado compuesto por los destacados escritores Eduardo Santa, Isaías Peña Gutiérrez y Carlos Orlando Pardo, reunidos en Bogotá, recomendaron además como finalistas las obras Vuelta de campana, de Juan Carlos Moyano, Los funerales, de Adalberto Agudelo Duque, El otro, de Jairo Restrepo Galeano y La novedad obscena del amor, de Mario Lamu.

     El jurado destacó la novela porque Muriel mi amor es la historia de un guardaespaldas inmensamente gordo, a quien le han matado los cinco últimos clientes que él protegía. Es un monólogo. La novela está compuesta por las cinco historias de los cinco personajes. Se llama Muriel, porque así se llama la mujer de la que está enamorado el protagonista. La novela es como un juego entre el autor, los personajes y el lector. Está contada como una fábula, sencilla y cotidiana. El lector tiene la libertad de armar la historia a su manera. Hay un momento en que también él participa de la acción. Es un libro alegre, sincero, espontáneo, humano e ingenuo.

     Por su parte Carlos Torres-Gutiérrez se refiere a las críticas sobre la obra diciendo que lo que no se detuvieron a analizar, es el manejo del tiempo, la confluencia de lo cinematográfico con lo narrativo, sus frases muy cortas como imitando un guión de cine, la poesía atrapada entre los silencios, el espacio citadino, los imaginarios construidos en la ciudad aplastante o la ternura del protagonista que se traslapan con la forma de acariciar las palabras, de un escritor, que al igual que su protagonista, está atrapado entre el amor y la muerte.

     Alberto Duque López ha tenido una carrera literaria exitosa, desde cuando obtuvo el Primer Premio en el Concurso Nacional de Novela ESSO en 1968, con la obra titulada Nueva historia de Mateo el flautista según la versión de su hermano Juan Sebastián y las memorias de Ana Magdalena, hasta el conseguido en la bienal en Neiva. Destacado periodista, su dedicación al cine lo ha llevado a ser uno de los críticos más certeros del séptimo arte, posición que le ha permitido ser invitado a los festivales del cine más connotados del mundo y columnista exclusivo de revistas tanto nacionales como extranjeras. En 1977 publicó la novela Mi revólver es más largo que el tuyo, que lo ratificó como uno de los escritores más experimentales en la historia de la literatura colombiana, en la línea del Julio Cortázar de sus amores. A ella la siguieron El pez en el espejo (1984) y Alejandra (1988)

     Las novelas confirmadas como finalistas eran de autores jóvenes, aunque ya con un nombre en la literatura colombiana. Juan Carlos Moyano, tenía en su haber varios libros publicados, como los de cuento La pasión de las lunas (1981), Guía de sonámbulos (1983) y En la línea Beduina (1984), la novela Punto de fuga (1995) y el libro de poemas Espectros (1979) Por su parte Jairo Restrepo Galeano, el tolimense ganador del Premio de Novela Ciudad de Pereira en 1996 con su obra Cada día después de la noche, también había publicado otros libros, menos conocidos, como el de cuentos Ojos de arena (1983) y las novelas Puertas cerradas (1987) y Narración a la diabla (1998)

     Adalberto Agudelo Duque participó de nuevo para obtener el premio en 1998. De Mario Lamu ni idea. No he podido conseguir ningún dato sobre su obra.

    

La mala no será la quinta

 

Para 1996, cuando Guillermo era alcalde de Neiva por elección popular, se logró institucionalizar para la ciudad la Bienal Nacional de Novela José Eustasio Rivera, mediante Acuerdo No. 052 de ese año. ¿Qué pasó con la Ley 42 de 1988, promulgada para garantizar la vida económica de la Bienal? ¿Ha faltado acaso gestión para que en el Presupuesto Nacional se apropien los dineros necesarios que posibiliten, como es el espíritu de la ley, el normal desarrollo del certamen literario? En verdad, al interior de la fundación, uno no sabe qué dificultades, discusiones, angustias y limitaciones preceden cada convocatoria. Hacia fuera sólo se puede ser partícipe de su éxito.

     Con el Acuerdo mencionado se encargó a la Fundación Tierra de Promisión y al Instituto de Cultura de Neiva la convocatoria, coordinación, promoción y ejecución de la Bienal. De nuevo una directriz oficial volvía a darle respaldo económico al certamen literario, en momentos en que la Fundación atravesaba dificultades de orden financiero. Y de nuevo Guillermo estuvo al frente de la solución, en su empeño por no dejar morir su sueño. Sin embargo, ha tenido que estar pendiente para que no se cumpla el adagio popular aquel de cada alcalde manda en su año, que puede imaginar obstáculos para el normal desarrollo del evento.

     Como una tácita decisión, a mi entender, de la Junta Directiva de la Fundación, a partir de ese momento se comenzó a incluir en el jurado calificador al ganador de la Bienal anterior.

     Como en esta Quinta versión, cuando se otorgó el premio a la novela titulada El tiempo de las sombras, del escritor tolimense Boris Salazar.  Reunido en Bogotá el jurado, integrado por Germán Santamaría, Ignacio Ramírez y Alberto Duque López, tres destacados escritores y periodistas, recomendaron como finalistas las obras Yerba Roja, de Javier Echeverri Restrepo, Aroma de eucaliptos, de Juan Carlos Rubiano Vargas y  Violeta se divierte en el jardín, otra de mi autoría.

     Uno de los hechos más notorios y digno de destacar fue la presentación de 53 novelas, el número más alto alcanzado hasta el momento en la historia de la Bienal. Por su parte Juan Carlos Rubiano Vargas, ganador de la Segunda Bienal, participó por segunda vez, logrando estar entre los mejores.

     Boris Salazar nació en Ibagué, estudió en Cali y estuvo radicado en Nueva York durante sus estudios de especialización en economía. Actualmente es catedrático de Economía en la Universidad del Valle. Con su novela La otra selva obtuvo el premio del Concurso Nacional de Novela Ciudad de Pereira en 1990. Como aconteciera en la Primera Bienal de Novela José Eustasio Rivera con el caso de la novela de Aguilera Garramuño, Boris presentó su obra con otro título, 1928. La novela fue publicada por Tercer Mundo en 1991. En ella reconstruye los últimos años de José Eustasio Rivera en Nueva York, en 1928. De ahí su primer título.

     De El tiempo de las sombras, sostuvieron los jurados, destacamos el acierto en el manejo de la estructura, que permite al lector participar de la trama, familiarizándose con los personajes, acceder a una historia actual y universal, que dentro de lo escabroso y sórdido del tema (mafias hispanas y orientales en Estados Unidos), logra a través del lenguaje un buen manejo de los espacios y una constante de buen humor que oxigena la atmósfera narrativa.

     En el libro Novelistas del Tolima siglo XX (2002), de Carlos Orlando Pardo, encontramos la opinión de Umberto Valverde sobre la novela El tiempo de las sombras, de la cual dice que es la mejor propuesta novelística publicada en los últimos cinco años y que el primer punto a su favor es que entre su producción anterior y este libro hay un salto cualitativo. Salazar  alcanza un relato que tiene una voz propia, que expresa una atmósfera de Nueva York, en el sector donde viven los colombianos.

     Curiosamente la novela Yerba Roja, de Javier Echeverri Restrepo, aparece con una edición en 1993, según los datos de autor aparecidos en la edición de su novela El camino del caimán, Premio Nacional de Novela COLCULTURA, 1995. ¿Una novela que participó en la Bienal cuando ya había sido publicada?

     Mi novela, que apareciera como finalista, se publicó en el 2001 con el título de Victoria en España.

     Por entonces Guillermo había decidido retirarse del cargo de alcalde de Neiva, que había alcanzado por el voto popular, y asumir el de embajador en Nicaragua, cargo en el cual permaneció hasta el año 2000. Tal vez pensó que su sueño estaba asegurado y su presencia no era necesaria para que la Bienal se desarrollara sin contratiempos.

    

Un niño entre los mejores

 

La Sexta Bienal, en 1998 fue para la novela De rumba corrida, de Adalberto Agudelo Duque. Se designaron como finalistas: Tremenda atmósfera, de Mario Enrique Morales, Pensamientos de guerra, de Orlando Mejía Rivera, Apocalipsis bajo la ducha, presentada por Edwin Bermúdez, y La propiedad, firmada por Naudin Gracián Petro. Fueron Jurados los escritores y ensayistas Rafael Humberto Moreno Durán, Fernando Cruz Kronfly y Darío Ruiz Gómez, otro jurado de lujo que se  reunió en Medellín. Por primera vez la reunión se llevó a cabo en una sede distinta a Bogotá. Aunque parezca natural que la reunión de haga en Neiva, hasta el momento ninguna se ha realizado en la sede de la Fundación.

     A diferencia de Juan Carlos Rubiano Vargas, ganador de la Segunda Bienal y finalista en la Quinta, Adalberto Agudelo Duque fue finalista en la Cuarta y ganador en la Sexta convocatoria. Este detalle, aparentemente trivial, confirma la importancia de la Bienal para los escritores colombianos. O, mejor, para cualquier escritor colombiano es importante ser ganador de la Bienal.

     Por otro lado, parece oportuno ahora reflexionar sobre algunos aspectos de los concursos literarios. Si bien es cierto que son creados para descubrir autores que de otra forma difícilmente lograrían sobresalir y publicar una obra, también es cierto que escritores con renombre optan por ellos para mantener su vigencia, más aún hoy cuando la divulgación literaria es casi nula en los medios de comunicación o es necesario pertenecer a  los pequeños grupos que manejan el país literario, los cuales no sólo se abrogan el derecho a ser los únicos sino que obstaculizan el florecimiento de otros autores y otras obras que pueden dinamizar la literatura nacional. También es cierto que no todos los primeros premios pueden ser los mejores. Sólo se presume su calidad por encima de los otros, puesto que raramente la confrontación privada de los jurados se repite en el público lector con la publicación de otras obras del concurso.

     Adalberto Agudelo Duque, manizalita, obtuvo el premio Nacional de Cuento, convocado por COLCULTURA, en 1994, con su libro Variaciones. Una novela de juventud, Suicidio por reflexión, fue publicada en 1967. Después de un receso de varios años volvió a publicar sus textos, como sus libros de poesía Los pasos de la esfinge (1985) y  Los espejos negros (1991); los libros de cuento Javier Carbonero (1997), textos para niños, y Falsas verdades (2002) y las novelas Toque de queda (2000)  y Reloj de luna, esta última en verso (2000) Hoy es un de los mejores narradores con que cuenta la literatura nacional en los inicios del siglo XXI.

     La novela ganadora, De rumba corrida, es un texto novedoso, que permite varias lecturas, a través de las cuales se va tejiendo la sociedad colombiana contemporánea con sus vicios, frustraciones y posibilidades. Es una novela experimental, dice el jurado, barroca y, sin embargo, una nueva propuesta de escritura.

     El primer finalista, Mario Enrique Morales Rincón, había sido declarado ganador del Premio Nacional de Narrativa Pedro Gómez Valderrama con su novela Dos metros bajo tierra (1996), premio que impulsara la Universidad Central de Bogotá y salido de la creatividad del incansable Isaías Peña Gutiérrez.

     Orlando Mejía Rivera, médico manizalita, obtuvo el primer premio de novela en los Premios Nacionales  de Cultura 1998, con la misma obra. Esto quiere decir que participó en los dos premios de novela como si le hubiera apostado al azar, convencido tal vez de que en alguna de las dos convocatorias resultaría ganador. La novela fue publicada por el Ministerio de Cultura en el 2000. Un año antes  había obtenido el primer premio en el concurso de novela patrocinado por el ICFES-CRES (que agrupa las universidades de Caldas) con la obra Casa Rosada, publicada en 1997.

     Edwin Bermúdez representó el hecho insólito de esta convocatoria porque a los 17 años logró llegar a finalista en un importante premio con una novela que él tituló Apocalipsis bajo la ducha. Edwin había nacido en el Canadá pero vivía en la ciudad de Cali por esos años. A propósito, recuerdo que Manuel Mejía Vallejo decía que una buena novela de un escritor joven sólo es una casualidad porque, según él, la novela es un género de la experiencia y la sabiduría, que sólo se adquiere con los años. Los genios son una excepción, afirmaba, con su dejo paisa inconfundible.

     Y, además, otra curiosidad: Naudin Gracián Petro envió su novela con el seudónimo de Ramón Illán Vaca, nombre de otro excelente narrador costeño. ¿Querría engañar al jurado o burlarse de Ramón? Nacido en Montelíbano, Córdoba, había publicado ya varios libros de cuento, en su orden Una manera amarga de apoderarse del vacío (1989), Con los cuerpos enredados (1991), Los muertos valen lo que pesan sus recuerdos (1991) y La realidad de cada día (1994) y las novelas Agar e Ismael (1996) y Un amor para el olvido (2002), de reciente publicación.

    

Un  cantante de ópera que escribe novelas

 

En el año 2000, cuando celebrábamos con regocijo, algunos con zozobra, el final del Siglo XX, un cantante con cara de escritor, obtuvo el premio con su novela Rosas para Franz Liszt. Se trataba de Jesús Rincón Murcia, bogotano, ampliamente conocido por la fundación en 1965 de la Gran Opera Bolivariana, de la cual surgiera después la Orquesta Filarmónica de Bogotá,  y en los últimos años por la creación del Premio Aplauso (1989), que reconoce anualmente la vida y la obra de un artista colombiano. Fuimos jurados Mario Escobar Velásquez, Adalberto Agudelo Duque y yo.

     Por segunda vez me tocó la labor lectora y escrutadora, esta vez por una carta con las firmas de Hernando Pascuas Pinzón, Director de la Fundación en ese año, y Henry Marlo Galvis, Director del Instituto Municipal de Cultura de Neiva. Mi aceptación produjo de nuevo una llamada telefónica y una caja llena de originales en la puerta de mi apartamento en Ibagué. La reunión se llevó a cabo en Manizales con las presencias de Hernando Pascuas, por parte de la Fundación, y Enrique Díaz Escandón, por la Alcaldía de Neiva.

     No nos fue fácil llegar a la decisión final. Si bien coincidimos en destacar tres novelas como optantes al premio, en la práctica cada uno defendió la de sus preferencias. Después de varias horas de deliberación acordamos votar por las rosas para el músico.

     También es una novela novedosa, esta del barítono Jesús. Por una parte el autor hace revivir su Franz Liszt pero en el barrio la Candelaria, en Bogotá, en uno de cuyos bares toca en las noches el piano, y, por otro, una pareja de lesbianas que lo persiguen. Detrás de todo ello hay una historia de corrupción.

     De la novela opina Félix Ramiro Lozada Flórez en su libro Literatura colombiana, un manual de mucha utilidad para estudiosos de la literatura nacional, profesores y estudiantes: Son múltiples los problemas que abarca Rincón en su novela, que van desde la ambición política de Aníbal Puentes, pasando por el alcoholismo de su mujer, Márgara; la relación lesbiana de su hija Alma con la francesa Marie Rose; los intereses arribistas de los padres al pretender un matrimonio por conveniencia de Alma con el conde Geovanni Lozzi, hasta llegar al bajo mundo de un músico extranjero en decadencia, Franz Liszt, una prostituta hermosa, Victoria, la mesera gorda de un bar, Carola, un taxista, Emilio; homosexuales, truhanes, pordioseros y vagabundos en general. Todo ello, narrado detalladamente con un análisis y una crítica sólida, presenta imágenes mordaces de una sociedad en decadencia e inmersa en una profunda crisis de valores, lo que deja entrever mediante visiones certeras de situaciones que afloran poco a poco y nos dejan comprender los sucesos manifiestos en los amores de las dos mujeres, en la vida del bajo mundo, en la degradación de hombres y mujeres que han tocado fondo entre alcohol y drogas y en la convulsionada y agresiva vida nocturna de una ciudad de crímenes y pasiones en la que apenas se sobrevive en los inquilinatos, bares, burdeles, calles y el vagar de unos y otros.

     Jesús Rincón Murcia, bogotano, publicó en 1985 el libro de cuentos Mariposas sobre la ciudad, título del cuento con el que obtuvo en 1983 el premio Ciudad de San Sebastián, en España.

     Como el acta no fue incluida en la publicación de la novela ganadora, detalle acostumbrado en las seis ediciones anteriores, y los jurados no guardamos el acta sino durante el brevísimo momento del fallo y el olvido de sus nombres, no pude reconstruir los finalistas, aunque sí recuerdo una bella novela de Bernardo Valderrama Andrade (por segunda vez finalista), con la temática tairona, cuyo desliz radicaba en la reiterada utilización del idioma indígena, que obligaba al autor al pie de página para la traducción y a mí, como lector, a interrumpir a cada paso la lectura para entender el texto. La otra novela, que recuerdo incluimos como finalista, tenía como telón de fondo al narcotráfico, muy bien escrita, firmada por Claudine Banceline, periodista y escritora barranquillera, con acciones en Miami y paisajes de San Andrés Islas, que me trajeron a la memoria esa inolvidable novela, Los pañamanes (1979), de Fanny Buitrago.

    

La Bienal cojea pero llega

 

Este año, 2002, de nuevo las dificultades parecieron atravesársele a la Bienal. La gestión ante el Ministerio, para hacer cumplir la Ley, tampoco tuvo este año su doliente. La Fundación tuvo que arrendar su sede, antiguo club del Comercio, a la Universidad Cooperativa, y en estos cambios hubo confusión de direcciones y malos entendidos en la comunicación. Así que la participación en la Bienal, aunque fue tan numerosa como en años anteriores, asistió a la devolución de varios paquetes que la Universidad consideró no eran para ella. Sin embargo, los originales recibidos fueron suficiente como para que el jurado, compuesto por la escritora e investigadora Cecilia Caicedo de Cajigas y los escritores César Pérez Pinzón y Jesús Rincón Murcia, leyeran los que se salvaron del naufragio y encontraran en El álbum de Mónica Pont, de Octavio Escobar Giraldo, una novela de altas calidades narrativas.

     En esta oportunidad fue mi oficina en Ibagué, la Dirección de la Biblioteca Darío Echandía del Banco de la República, la que albergó al jurado y a Enrique Díaz Escandón como representante de la Fundación. Por primera vez en la historia de la Bienal ellos determinaron no mencionar ninguna obra finalista. La contundencia de la obra ganadora no dio opciones.

     Cecilia ha sido la primera mujer que oficia como jurado en 16 años de funcionamiento de la Bienal. Pionera de los estudios literarios regionales son notables sus ya reconocidos estudios acerca de la literatura en Risaralda  (Literatura risaraldense, Pereira, 1988) y en Nariño (La novela en el Departamento de Nariño, Instituto Caro y Cuervo, Bogotá, 1990), así como Origen de la literatura colombiana: el Yurupay (1990) y su libro de cuentos La Ñata en su baúl (1990)

     El jurado consideró que la novela tiene altas calidades pues, con un narrador participante se adentra en la historiografía y desciframiento de los escritos de un colombiano residenciado en España. Construida con buena textura narrativa y como especie de Caja de Pandora, la narración tiene una estructura que el lector visualiza en múltiples narratorios.

     El texto del narrador incluye la relación de Leonel y María Fernanda. La reconstrucción del texto del narrador incluye a su vez los secretos del álbum de Mónica Pont. También los textos de Mónica tienden al desciframiento de los escritos de Leonel. Con esta relación de un texto que encierra a otro, la novela abre la Caja de Pandora para permitir desarrollar unas líneas argumentativas con las cuales se muestran los sentimientos de amor, amistad, lectura, calles, espacios y, finalmente, las expresiones vitales de todo tipo. Y en esa selva de la modernidad urbana, le instala la línea argumentativa básica sobre el oficio de escribir, representado en Leonel que concluye, como en La vorágine, perdido en otra maraña, la de la contemporaneidad. Ni rastro de él. Hace cinco meses búscalo en vano el doctor Clemente Silva, mi delegado.

     Novela con propuesta estética por su construcción, con solvencia idiomática y con referentes interesantes sobre poética y arte.

     Octavio Escobar Giraldo, manizalita, es médico cirujano y profesor de la Universidad de Caldas. Su obra literaria es ya reconocida a través de libros como De música ligera, que también fuera Premio Nacional de cuento en 1997, y la novela El último diario de Tony Flowers, publicada en 1995 y señalada por la crítica literaria especializada como el comienzo de una renovación en la narrativa nacional. Además, acaba de obtener el Premio Nacional de Cuento Universidad de Antioquia 2002 con la obra Hotel en Shangri-lá, un conjunto de seis cuentos. Dos premios simultáneos no se consiguen con facilidad ni son una casualidad, otro mérito de Octavio.

    

Ni un huilense para la muestra

 

La Bienal de novela José Eustasio Rivera cumple 16 años de ininterrumpido estímulo a la literatura colombiana. Desde la primera convocatoria en 1986, hasta hoy, ha premiado autores de varias regiones del país y esto confirma su vocación nacional: Marco Tulio Aguilera Garramuño (bogotano), Enrique Cabezas Rher (caucano), Juan Carlos Rubiano Vargas (bogotano), Alberto Duque López (atlanticense), Boris Salazar (tolimense), Adalberto Agudelo Duque (manizalita), Jesús Rincón Murcia (bogotano), y, en esta última, Octavio Escobar Giraldo (manizalita).  8 escritores galardonados, 17 finalistas, algunos de ellos con la novela participante publicada, y 23 jurados convocados, son números que confirman la importancia del certamen.

     16 años son pocos, en verdad, para la historia, pero es un record que, como el Premio Ciudad de Pereira, hacen de la Bienal Nacional de Novela José Eustasio Rivera un monumento insólito en el estímulo a la creación literaria y en especial a la novela colombiana. Ocho novelas publicadas, algunas de ellas con varias ediciones, y la rigurosa selección que el jurado calificador ha realizado en cada una de sus versiones, confirman la seriedad del certamen. Ha sido una historia escrita sin alardes pero con un gran aporte a la literatura colombiana.

     El cumplimiento de todos y cada uno de los puntos establecidos en las convocatorias es otro de los factores relevantes de la Bienal y ha determinado la amplia credibilidad que sobre ella se tiene en el país. La participación de originales, siempre nutrida, también demuestra su importancia. La aparición del libro ganador en edición decorosa abre para su autor las posibilidades editoriales y de difusión, tan necesarias para que sea leído y se conozca.

     La figura de José Eustasio Rivera continúa en la memoria de los colombianos, no sólo por la lectura de su inmortal obra, La vorágine, sino por este certamen que cada dos años premia el esfuerzo narrativo de un escritor colombiano.

     Tal vez el sueño de Guillermo tenga en lo más profundo una fisura y una ausencia: ningún huilense ha logrado hasta ahora ganar el primer premio. Si alguno lo logra en el futuro quedará completo el homenaje a José Eustasio Rivera. Estoy seguro.

    

     Benhur Sánchez Suárez

     Ibagué, Altos de Piedrapintada, diciembre de 2002.

           
 

 

 

 


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