ARTICULOS LITERARIOS

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Libros de segunda lectura; Risaralda

Por Iván Rodrigo García Palacios

Fernando Vallejo

Autor: Bernardo Arias Trujillo
R. Montoya y Montoya Editor, Medellín, 1959 (229 p.

Esta edición, que el editor presenta como tercera y definitiva, es de doscientos ejemplares de lujo, numerada de 01 en adelante (el ejemplar que reseño corresponde al número 98), con empastado en cuero rojo, con título, ilustración y facsímil de la firma autógrafa de Bernardo Arias Trujillo en bajorrelieve en letras doradas, fue impresa en Medellín como un homenaje al trágico escritor manizalita nacido en 1903 y muerto intempestivamente en 1938.

Fue Arias Trujillo autor, además, de Diccionario de emociones, una versión muy personal y discutida de La balada de la cárcel de Reading, de Óscar Wilde, así como de artículos y ensayos sobre diversos temas publicados en La Patria de Manizales, y algunas revistas. En términos generales, fue miembro, polémico y escandaloso, de la intelectualidad colombiana en aquella época en que destacaron los intelectuales agrupados bajo el denominativo de greco caldenses.

Risaralda fue publicada originalmente en 1935 y desde entonces y por muchos años fue considerada una gran novela, del corte primigenio de La vorágine, cuyo primer efecto, anecdótico eso sí, fue hacer que aquella región dejara de llamarse Rizaralda, con z, como originalmente se le llamaba, por el cambio accidental de esa letra por una s en el título de la primera edición, ortografía con la que continúa escribiéndose todavía para todos los efectos.

Pero, esos son detalles. Lo importante es que Risaralda fue una obra narrativa que rompía con todo y en todo sentido: fue escrita como un homenaje del autor: “Para vosotros, negros litorales y mediterráneos de Colombia, es este libro saudoso de elegías, que es como un canto llano, como un responso fraternal y colombianista a vuestra estirpe moribunda”. Así comienza el ofrecimiento que hace Arias Trujillo en el texto que antecede a la novela y que lo enfrenta a todas las elites aristocráticas, tanto de Manizales como del resto del país y por supuesto, de la intelectualidad, para quienes los negros eran personas y personajes marginales.

Igualmente, la novela rompe con el lenguaje pudibundo y mojigato de la narrativa de la época, y rescata para la literatura colombiana la exposición del cuerpo y su accionar, en contra de las normas del decoro, logrando de paso dejar escritas algunas de las más bellas escenas que sobre la danza y el baile se han escrito.
Y la lista de rupturas y novedades podría continuar, pero la dejo para que la continúen los lectores de libros de segunda lectura, pues en esa búsqueda encontrarán sorpresivos asombros.


Por el momento, prefiero transcribir unos pocos párrafos del ensayo de Roberto Vélez Correa, sobre Bernardo Arias Trujillo, el escritor, publicados por la Universidad de Caldas en 1997, en conjunto con el ensayo de Albeiro Valencia Llano, dedicado a Arias Trujillo, el intelectual. Esta cita se refiere a la estructura y estilo de la novela. Y, dice así: “La obra está planteada desde las primeras páginas como un libreto para una historia que será llevada al celuloide. Aparecen los Decoradores: El trópico y el criollaje; el Marco de los Sucesos: El Valle del Risaralda y un reparto de los llamados Muñecos principales. Tiene un aviso: ‘Película escrita en español y hablada en criollo’ y a continuación un epígrafe bajo el nombre de Movietone, donde recoge un texto de Romaind Rolland que dice en uno de sus apartes: ‘No hay palabras ni nobles ni vulgares’, lo cual, de alguna manera refuerza el aviso sobre el idioma en que se desarrollan los diálogos y en el caso de la novela, las caracterizaciones, intrusiones y demás ambientaciones del narrador”.

“Se podría de paso señalar que Risaralda tiene varias deudas con el cine, en su propuesta formal y en la ambición épica de su historia con todos sus telones de fondo tachonado de lujurioso colorido, donde se desarrolla una acción, en veces pintoresca, en veces propia de los héroes clásicos. El ir y venir del narrador, que no sostiene el punto de vista omnisciente, al menos en su totalidad, permite el juego de focalizaciones de cámaras humanas que tan pronto penetran la intimidad de los personajes, se explayan con sus lentes hacia la amplitud del paisaje”.

El mismo manejo del tiempo que posee cierta correspondencia entre los ciclos meteorológicos y el avance del argumento, hace pensar en un diseño auto consciente por parte de su autor que intenta llevar de la mano la narración. La caracterización de la selva primigenia, en su quietud que denota eternidad; las aguas acogedoras del río donde llegan a bañarse los vaqueros después de la semana de ardua jornada y por último, el desboque de la naturaleza que arrasa actores vivos e inertes, en el momento en que el hilo de la historia empieza a cortarse por la tragedia amorosa inminente y que está subtitulada como: ‘Proyección cinemática en cámara lenta’. Todo esto configura una novela donde el tiempo penetra las cosas y los destinos de las criaturas”.

“Incluso, en páginas tempranas, la historia ofrece un esguince anacrónico, una anticipación que a la manera de prolepsis o flash forward entrega al lector un hecho futuro y sobre el cual se detiene bajo el tono de elegía:
“¡Pachita Durán que manejabas la navaja con la misma agilidad felina que tenías para bailar un bambuco trovado, o te derretías por un negro pillo! ¡Ay, Pachita! Ya estás muerta y tu deceso aconteció después de una tremolina en tu fonda belicosa, que era guarida, nido amoroso, tertulia macha de compadritos, casa de citas, tráfico libre de amor y de trago”. Hasta aquí, dejo a los lectores el antojo de leer o volver a leer una novela endemoniadamente excitante.

Tomado de Lecturas Dominicales de "El Colombiano" de Medellín, Colombia

 

 

 

 


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