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New York, NY. EE.UU. Año 7 -
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Falsos consuelos

 

Por Ludolfo Paramio

 

Buscar explicaciones del mal puede ser inevitable, ya que constituye nuestra única fuente de consuelo. Susan Sontag, en un estudio sobre la forma en que nuestra sociedad ha percibido las enfermedades que en cada momento encarnaban la fatalidad, mostró hace años cómo una estrategia casi inevitable era la de culpabilizar a la víctima, atribuyendo a sus malos hábitos o a defectos de su carácter el mal que la golpeaba. En aquel momento se refería al cáncer, y sabía de lo que hablaba, pero algún tiempo después el debate sobre el sida reforzó su razonamiento y le dio pie para un nuevo ensayo.

 

Ante los atroces hechos del 11 de septiembre la tentación ha reaparecido. Todos los condenan, pero algunos no pueden evitar que apunte la explicación culpabilizadora: estos ataques de tan indecible crueldad serían consecuencia, directa o no, de la creciente injusticia del mundo, de un orden internacional que produce desigualdad y pobreza crecientes, o del agravamiento de la situación de los palestinos, a los que el gobierno Sharon viene sometiendo a duros ataques militares en medio de la indiferencia o la pasividad de los países desarrollados y en especial de Estados Unidos. Una frase lo resume: estos hechos son fruto de la desesperación.

 

Esta explicación, aun formulada en voz baja para no ofender a las víctimas, puede ser no sólo una crueldad añadida, sino sobre todo un pésimo diagnóstico. Por lo que sabemos hasta ahora, a los autores materiales de los ataques no les movía la desesperación sino el fanatismo. Tenían los recursos personales necesarios para haberse convertido dentro de su propia sociedad en profesionales con buenos ingresos: eligieron morir por su idea del mal y del bien, por su fe, no porque la vida no les ofreciera otras posibilidades. Pueden ser muestra de una clase media más o menos frustrada, pero no vienen de los desheredados de la tierra.

 

Tampoco se puede pensar que su acción es consecuencia de los acontecimientos políticos de los últimos meses. Es bastante evidente que estos ataques exigieron un largo período para su planeamiento y ejecución: no se improvisa en una semanas un puñado de pilotos suicidas que puedan realizar las maniobras adecuadas para alcanzar sus objetivos, ni se les consigue situar dentro de Estados Unidos con la suficiente cobertura para evitar que sean descubiertos. Se ha hablado de que los atentados comenzaron a planearse hace cinco años, y no es una cifra inverosímil. Dicho de otra forma, aunque la pobreza en el mundo se hubiera reducido en los últimos años, y una paz justa permitiera ya la convivencia entre palestinos e israelíes, estos ataques podrían haberse producido igualmente.

 

Si Bin Laden ha sido el cerebro de estos hechos, la entrevista de Robert Fisk para The Independent (publicada en El País del 16 de septiembre) nos muestra a un hombre para el que los acontecimientos mundanos sólo cuentan en la medida en que vienen a confirmar sus argumentos de fe: los gobernantes saudíes traicionaron al Islam al permitir la entrada de infieles (tropas norteamericanas) en suelo sagrado, y las dificultades económicas actuales del país son sólo una señal para que la población los rechace. El razonamiento es religioso, ni político ni social.

 

Por descontado, ningún acuerdo de paz sobre Palestina podría haber evitado estos ataques si la lógica es ésta. La ofensa es la existencia de Israel, no la condición en la que se encuentran los palestinos. Los golpes que han alcanzado a Nueva York y Washington no son acciones estratégicas dentro de un conflicto político, sino castigos a una nación culpable. No se intenta provocar una negociación o un acuerdo, sino el simple castigo público del mal. Por ello estas acciones no han sido reivindicadas y probablemente no lo serán, como no lo fueron los atentados de Kenia, Tanzania o Yemen. El agresor no pretende ser un actor o interlocutor político, sino nada menos que la justicia de Dios.

 

Más complicado es saber cómo han aparecido fenómenos como éste, y también aquí es grande la tentación de culpabilizar a Estados Unidos por su apoyo al fundamentalismo islámico para combatir a los soviéticos en Afganistán. Ciertamente se trató de una enorme irresponsabilidad política, una de tantas que cabe achacar a cualquier potencia hegemónica cuando la realpolitik sustituye a los principios. Pero Bin Laden, en particular, no parece haber sido una criatura de la CIA, según las fuentes que maneja Chris Blackhurst (también para The Independent, 16 de septiembre).

 

En los últimos años muchos españoles se han visto en la necesidad de explicar a interlocutores de otros países que ETA no es el resultado de la existencia de un problema vasco, sino que ETA es el problema vasco. Las organizaciones terroristas surgen en un momento dado y en unas circunstancias determinadas, que en ningún sentido las hacen inevitables, pero adquieren después una dinámica fatal que las lleva a permanecer independientemete de que aquellas circunstancias cambien radicalmente. El terrorismo fundamentalista que ha provocado la tragedia del 11 de septiembre no es consecuencia inevitable (o previsible) de nada, y debe ser combatido en si mismo, no como síntoma de algún mal más profundo.

 

El crecimiento de la pobreza y la desigualdad durante los últimos veinte años constituye un desastre social que en el futuro causará asombro y vergüenza. Las brutales acciones de castigo de Sharon deberían ser condenadas por Estados Unidos y Europa, como lo son los actos de terror suicida en los que mueren niños y jóvenes israelíes. Y ciertamente las acciones de Estados Unidos y los aliados, en esta nueva guerra declarada contra el terrorismo internacional, deben ser cautelosas y medidas para evitar daños a inocentes y a pueblos ya sumidos en situaciones muy graves. Pero todas estas afirmaciones se derivan de un elemental sentido de la justicia y de la prudencia, y no deben utilizarse como falsas explicaciones sobre el origen del mal.

 

 

 


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