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New York, NY. EE.UU. Año 7 -
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CRÍTICA

 

Fanatismos del mal, posibilidad del bien

 

Por Fernando Savater

06/01/2007

 

El más sulfuroso de los clásicos contemporáneos del pensamiento político, Carl Schmitt, condensó todo su mensaje en un trágico imperativo: "Combate a tu enemigo". En nuestros días, tras los atentados del 11 de septiembre y sus enormes daños colaterales en las relaciones internacionales, ese principio no sólo vuelve a estar de radical actualidad en las cancillerías sino que parece haberse agravado. Ahora no basta con combatir contra el enemigo sino que hay que magnificar esa batalla hasta las dimensiones de Armaggedon, la lucha final, el enfrentamiento definitivo del Bien contra el Mal, ambos con mayúsculas y con todas las armas de destrucción masiva que puedan manejarse. Desde luego esa supuesta "lucha final" va a durar según parece mucho tiempo, pero tal circunstancia no alivia sino que agrava el planteamiento maniqueo. La intensidad absoluta de la teología parece haber contaminado sin remedio las ambigüedades prudenciales del discurso político. Quedan ya lejos las cautelas de aquellos armadores venecianos que intercambiaban contraseñas con sus colegas turcos antes de Lepanto, con el fin de salvar la mayor cantidad de naves posible en la exageración mortal de la batalla... Aunque quizá en el mundo de los negocios sigan dándose hoy las complicidades que ruidosamente se niegan en la esfera política, porque tras los fanáticos y los exterminadores siempre avanzan recogiendo las nueces los aprovechados.

 

El profesor Richard J. Bernstein es un filósofo de la tradición pragmatista americana en su versión más clásica y menos posmoderna: su garbo intelectual está más cerca del de John Dewey que del de Richard Rorty, por simplificar las cosas. La forma de pensar pragmática que él asume se condensa en las cuatro características ya señaladas por Hilary Putnam: antiescepticismo, porque la duda exige tanta justificación como la creencia; falibilismo, porque ninguna creencia puede tener absoluta garantía metafísica de que jamás necesitará ser revisada; negación de una dicotomía insalvable entre hechos y valores; y primacía de la práctica en la tarea filosófica (mejor que hablar de "razón" como una especie de capacidad intrínseca, Dewey prefería referirse a la inteligencia, es decir a un conjunto de hábitos, disposiciones y virtudes intelectuales adquiridas a través de la educación y el ejercicio). En conjunto, constituyen un pensamiento útil, prudente y cívico, de cuño específicamente norteamericano. Bernstein lo reivindica en este caso concreto para contrarrestar los desbordamientos del radicalismo ideológico que vienen inflamando la política reciente de su país y por extensión de algunos partidos conservadores europeos. Lo cual no implica, desde luego, ni la más mínima tolerancia hacia el terrorismo islamista: pero Bernstein prefiere hacer críticas sensatas a los "nuestros" que repetir la obvia descalificación de aquellos otros que nunca van a leerle...

 

Como ya escribió hace tiempo Sánchez Ferlosio, para sentirse autorizado moralmente a cometer las mayores fechorías basta con estar convencido de tener razón. Al menos en el terreno político, Bernstein comparte este criterio. No cree en ningún supuesto choque de civilizaciones, sino en el enfrentamiento de dos mentalidades: "Una mentalidad atraída por los absolutos, las supuestas certezas morales y las dicotomías simplistas, se contrapone a otra que cuestiona la apelación a los absolutos en la política, que sostiene que no debemos confundir la certidumbre moral subjetiva con la certeza moral objetiva y que, además, mira con escepticismo la burda dicotomía acrítica entre las fuerzas del mal y las fuerzas del bien" (a mí me hubiera sonado mejor en este contexto "convicción" que "certidumbre", pero como no conozco el original me someto al criterio de las traductoras). Esta segunda actitud es lo que Bernstein denomina "falibilismo pragmático". Resulta obvio que cada una de estas mentalidades no define una "civilización" (?), ni siquiera una "cultura" sino que están presentes dentro de cada una de las naciones y comunidades humanas (incluso puede que dentro de cada uno de nosotros, a ratos).

 

Entonces ¿todo es relativo?, ¿no existe un mal radical? Ya queda apuntado que descreer de las certezas absolutas no erosiona la noción de verdad (porque tampoco hay dudas absolutas) ni legitima el escepticismo, sino que encamina hacia la cordura valorativa y hace compatible la firmeza de las convicciones con la finitud de nuestro conocimiento. Pero sí que puede quizá señalarse un mal radical, dice Bernstein: "Es hacer que los seres humanos sean superfluos como tales". No superfluos para la Naturaleza, o para el Cosmos, o para la Omnipotencia Divina sino para los otros seres humanos semejantes a ellos. Los extremismos fanáticos que corrompen las ideologías democráticas alientan ese mal; pero también las creencias religiosas desaforadas, que tratan de configurar las sociedades a su imagen y semejanza. Pocos pueden hoy dudar de que el integrismo islamista es un peligroso caldo de cultivo de comportamientos terroristas o al menos intolerantes; pero tampoco resulta tranquilizador saber que, según una encuesta de la revista Time, el 53% de los norteamericanos adultos espera el regreso inminente de Jesucristo, acompañado del cumplimiento de las profecías bíblicas con respecto a la destrucción cataclísmica de todo lo que es malo. Entonces ¿qué hacer? La respuesta constructiva de Richard J. Bernstein es digna de la honesta noción de lo que debe ser la convivencia humana inmortalizada por Frank Capra: "Los ciudadanos comunes debemos hacer frente y oponernos al abuso político del mal, cuestionar el uso incorrecto de los absolutos, denunciar las reivindicaciones falsas y erróneas de certeza moral, y alegar que no podemos lidiar con la complejidad de las cuestiones a las que debemos enfrentarnos apelando a dicotomías simplistas, o imponiéndolas". No añadiré "¡Dios le oiga!" porque bastaría con que le oyésemos nosotros...

 

 

 


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