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New York, NY. EE.UU. Año 7 -
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GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ

40 AÑOS DE UNA OBRA CUMBRE Y 25 DEL NOBEL

Noticia de un éxito

 

Con 'Cien años de soledad', una obra escrita bajo la amenaza de la pobreza, García Márquez revolucionó la literatura en español – Hoy, en la confluencia de múltiples celebraciones, entre ellas los ochenta años de Gabo, el mundo entero destaca la importancia literaria de su obra. Esta es una muestra de ello: el artículo homenaje de eldiariomontanes.es

 

Por César Coca

De eldiariomontanes.es

 

En el verano de 1966, una pareja de mediana edad se dirigió a una estafeta de Correos del barrio de San Ángel, en Ciudad de México, para enviar un paquete a Buenos Aires. Días antes, habían empeñado una pequeña estufa y una vieja batidora en un monte de piedad en el que, a fuerza de llevar objetos con descorazonadora regularidad, eran ya conocidos. Con lo obtenido por el depósito, pagaron el franqueo y tras entregar el paquete al funcionario la mujer comentó: «Lo único que falta ahora es que la novela sea mala». No lo era. En aquel envío postal iba la mitad (la otra había sido remitida días antes) de las 590 cuartillas escrupulosamente mecanografiadas de la novela más importante de cuantas se escribieron en español el pasado siglo: 'Cien años de soledad'. Importante por su trascendencia y por sus cifras: se ha traducido a 50 idiomas y se han vendido más de 30 millones de ejemplares. El próximo 6 de marzo, Gabriel García Márquez, su autor, cumplirá 80 años; en junio hará 40 de la publicación de esa obra; y en octubre, 25 desde que la Academia sueca le concediera el premio Nobel. El mundo literario se dispone a conmemorar estas tres efemérides cruciales para quien ha sido calificado como el escritor vivo más famoso del planeta.

 

García Márquez ha dicho que casi todo lo que aparece en sus cuentos y novelas son cosas que oyó o vivió durante su infancia. Una infancia pasada con sus abuelos maternos -él, militar retirado; ella, un ama de casa capaz de llevar con mano de hierro las riendas de la familia-, en una casona que cobijaba a varias generaciones de parientes y en la que en ocasiones solemnes eran acogidos con alborozo los hijos que el coronel había tenido con distintas mujeres de la comarca. Allí, con un abuelo que lo llevó a conocer el hielo, una tía que fabricaba animales de caramelo para vender en las ferias, una criada que sabía todas las canciones populares de la ribera del río Magdalena y una larga lista de vecinos que luego han ido apareciendo en sus novelas, vivió el pequeño Gabriel José sus primeros años.

 

Era ya un mozalbete cuando regresó con sus padres, para entonces al frente de una familia numerosa, y allí vivió con menos desahogo. En sus memorias, el escritor ha contado cómo pese a los esfuerzos a veces disparatados de su padre, que lo mismo trabajaba de telegrafista que abría una farmacia, los agobios económicos eran frecuentes, hasta el punto de que en más de una ocasión llegaron a cortarles la luz por retaso en los pagos, su estancia en un instituto de Zipaquirá, gracias a una beca, y finalmente su ingreso en la Universidad, donde sólo estuvo 14 meses y nunca pasó de ser uno de los peores alumnos de la Facultad de Derecho de Bogotá.

 

Nace un periodista

 

En los pasillos y los aledaños de la Universidad (por las aulas iba poco) se frustró un abogado pero se creó un periodista. El debut del futuro autor de 'Noticia de un secuestro' en las páginas de los diarios se produjo el 21 de mayo de 1948, en la página 4 de 'El Universal' de Cartagena, con un texto más literario que informativo que ni siquiera llevaba título y que comenzaba así, con esa primera persona tan infrecuente en la prensa: «Los habitantes de la ciudad nos habíamos acostumbrado a la garganta metálica que anunciaba el toque de queda».

 

Había descubierto que lo que deseaba hacer el resto de su vida era escribir, cuando, sólo cuatro años antes, recién llegado a la Universidad, cayó en sus manos 'La metamorfosis' de Kafka, en traducción falsamente atribuida a Jorge Luis Borges. Aquella misma noche, tras leerlo de un tirón, decidió lanzarse por los terrenos paralelos del periodismo y la literatura, en jornadas agotadoras de horarios cambiados y costumbres moderadamente licenciosas.

 

Como cuando, en Barranquilla, donde trabajaba para 'El Heraldo', salía de la redacción pasadas las dos de la madrugada y se dirigía al prostíbulo en el que vivía (un meublé llamado 'El Rascacielos', situado en la calle del Crimen), en una habitación de paredes de cartón que dejaban oír las conversaciones, no solamente íntimas, de quienes las ocupaban. Allí escribía cuatro o cinco páginas, a veces hasta un cuento completo, de los que formarían su primer libro: 'Ojos de perro azul'. El mismo García Márquez ha narrado su vida de entonces: «Como yo era periodista, mi horario de vida era el mismo de las putas, todos nos levantábamos al mediodía y nos reuníamos a desayunar juntos».

 

El periodismo le dio durante varios años la oportunidad de escribir críticas de cine, pequeñas notas, editoriales y reportajes. Sin duda, fueron estos últimos los que le proporcionaron una fama notable en el ambiente periodístico de su país, y con los que tuvo la oportunidad de recorrer el mundo y conocer historias que luego formarían parte de su producción literaria. Un año crucial fue 1955: en esa fecha apareció 'La hojarasca', su primera novela, y poco después, tras la publicación del serial -luego editado en forma de libro- 'Relato de un náufrago', 'El Espectador' le envió a Europa, primero como corresponsal en Roma y más tarde en París. Apenas llegado a la capital francesa, el Gobierno cerró el periódico. Sus editores le remitieron un billete para regresar a Colombia, pero Gabo decidió quedarse. Una apuesta arriesgada para un sudamericano con aspecto de argelino, sin trabajo, que durante muchos meses pasó hambre, vendió botellas vacías para poder comprar una 'baguette' e incluso pidió en el metro.

 

Pero un golpe de suerte y no poco ingenio cambiaron su destino. El golpe de suerte fue la llegada a París de una compañía folclórica colombiana que iba a hacer una gira por el Este de Europa. El ingenio, la ocurrencia de enrolarse en la misma: una oportunidad única para recorrer mundo y escribir reportajes.

 

A finales de 1957 se trasladó a Venezuela, para trabajar en una revista de la que era redactor-jefe su amigo Plinio Apuleyo Mendoza. Durante unos meses publicó algunos de sus mejores trabajos ('Caracas sin agua', 'Doce horas para salvarlo'...). Después comenzaría a escribir para la agencia cubana Prensa Latina, primero en Bogotá, luego en La Habana y más tarde en Nueva York, donde tenía siempre a mano una barra de hierro, por si los simpatizantes de Batista asaltaban la oficina.

 

Al borde de la miseria

 

En la ciudad de los rascacielos vivió una experiencia conocida: se quedó sin trabajo y sin un duro. Y, de nuevo, decidió jugársela. Se subió a un autobús con toda su familia y puso rumbo a Ciudad de México. Un penoso viaje que concluyó, nunca ha podido olvidarlo, apenas unas horas más tarde de que otro gran periodista-escritor, Ernest Hemingway, se pegara un tiro. Muchos años después, cuando vivía en la lujosa urbanización de Las Lomas, en el corazón de la capital azteca, habría de recordar cómo en aquella época acudió a una entrevista con el director de una revista femenina, a quien iba a pedir empleo, con la suela de un zapato despegada. No tenía otro par ni dinero para arreglarlo.

 

Siguió escribiendo cuentos y novelas ('El coronel no tiene quien le escriba', 'La mala hora', 'Los funerales de la Mamá grande'), que llegaban a las librerías en pequeñas ediciones de alcance muy limitado. Para ganar algún dinero, hacía textos publicitarios y guiones destinados a espacios comerciales en la televisión. Pero cuando tuvo la iluminación de escribir 'Cien años de soledad' decidió renunciar a todo para dedicarse a ella a tiempo completo. Durante año y medio, fue Mercedes, su esposa, quien debió lidiar con prestamistas, acreedores, la tienda de abastos de la esquina y el casero, para conseguir prórrogas en los pagos. Cuando García Márquez terminó la novela, vivían literalmente de la caridad de sus amigos. Su situación cambió en apenas unos días en cuanto el libro se publicó, tal fue su éxito.

 

La llamada de Estocolmo le llegó poco después de haber publicado 'Crónica de una muerte anunciada', un relato escrito con una singular economía de medios. Antes, mientras vivía en la Barcelona efervescente de finales del franquismo, había publicado 'El otoño del patriarca', una historia de desmesura total en el contenido (el dictador que vive 200 años) y en el continente, con esas frases de barroquismo extremo que se alargan durante varias páginas.

 

A García Márquez siempre le ha fascinado el poder, algo que queda de manifiesto en esa novela torrencial sobre un dictador cruel y solitario que es el símbolo de todos los dictadores. Quizá eso explique su intensa actividad política, que se vio acrecentada con el Nobel, y que le ha restado tiempo para escribir. Una actividad que ha hecho que su influencia trascienda del ámbito literario. Por eso, por encima de los más de 100 millones de ejemplares que, según estiman algunos, ha podido vender con el conjunto de su obra, hay veces en que las miradas se dirigen hacia él en busca de un comentario. Ha pasado a propósito de la política cubana y colombiana. Pero no sólo eso. Cuando Clinton quiso conocer un día una versión diferente a la de sus analistas sobre la realidad latinoamericana invitó a cenar a la Casa Blanca a García Márquez y Carlos Fuentes. El primero dejó escritas sus impresiones en un artículo periodístico: 'El amante inconcluso'.

 

La fama y sus servidumbres

 

Con todo, hay un puñado de críticos que piensan que su mejor novela pertenece a este período en el que ha frecuentado más que nunca los palacios de gobierno: se trata de 'El amor en los tiempos del cólera', trasunto literario de la historia del noviazgo de sus padres. Después han llegado 'El general en su laberinto' y algunos libros de extensión menor: el volumen 'Doce cuentos peregrinos', las novelas breves 'Del amor y otros demonios' y la reciente 'Memoria de mis putas tristes' y la obra teatral 'Diatriba de amor contra un hombre sentado'. También dos textos mucho más largos y de carácter bien distinto: uno, la primera parte de su autobiografía, 'Vivir para contarla'. Otro, un formidable reportaje para el que contó con la ayuda de un equipo de investigadores que buscaron datos a lo largo de toda Colombia: 'Noticia de un secuestro', el relato de un suceso (la captura de doce personalidades de la vida social y política con la que los narcotraficantes pretendían chantajear al Gobierno), que conmovió al país.

 

El escritor debió renunciar en ese momento a hacer una de las cosas que siempre le han gustado más en el terreno periodístico: la recopilación de información. No sólo porque fue una tarea gigantesca, sino también porque ya había tomado conciencia de que nunca más podría ser un reportero. Lo vio con claridad el día en que se encaminó hacia un pueblo de Colombia donde se había producido un envenenamiento masivo por una hornada de pan en mal estado, y al llegar encontró a una docena de periodistas que no estaban allí para investigar sobre el asunto, sino para ver, y luego contar, cómo el reportero García Márquez hacía su trabajo.

 

Hace ahora un año, en una entrevista, dijo que quizá no vuelva a escribir. Sin embargo, hay personas muy próximas que apuntan que tiene varios cuentos terminados y que el segundo tomo de su autobiografía está casi listo para su publicación. En todo caso, y quizá también debido a que tras superar una leucemia parece más dispuesto a disfrutar de sus aficiones y dedicar su tiempo a los nietos, no es probable que se embarque en una novela de largo aliento. No lo necesita para cerrar una brillante carrera literaria que tan improbable parecía al escritor que hace ahora 40 años coqueteaba con la indigencia. García Márquez ha vivido y lo ha contado.

 

 

 


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